Apuntes de un viaje en solitario por Sicilia (II)
El padre que emigrò a Amèrica. La playa de piedras de Isola Bella, con la caìda del atardecer, se està quedando vacìa, cuando un muchacho siciliano se sienta a mi lado. Unas sandalias femeninas que alguien se ha olvidado le sirven de excusa para iniciar la conversaciòn. El muchacho trabaja como “custodio” de Isola Bella, una genuina reserva natural de diminutas dimensiones que atrae a los jòvenes gamberros como la luz a los mosquitos. Le cuento de mi viaje a Malta y èl me dice que apenas ha salido de Sicilia, excepto para volar a New York. Allì vive su padre, quien tuvo que emigrar forzosamente hace años, dejando a su familia atràs. Le pregunto el motivo, pero su voz se vuelve baja y huidiza, volviendo incomprensibles sus palabras. Instantes despuès, quizàs para romper el denso silencio que se habìa producido en el ambiente, quizàs para compartir una sincera emociòn, el muchacho me dice que podrìa pasarse todo el dìa asì, es decir, estar sentado en la playa mirando el mar. Me despido de èl y le pregunto el nombre. “Tommy”, me responde.
Playa de piedras de Giarre Riposto. La playa de piedras de Giarre Riposto, una “cittadina” entre Taormina y Catania, es genuinamente italiana. Sus bañistas, que no han dejado libre un centìmetro de espacio pròximo a la orilla, son el reflejo visual de la sociedad italiana de clase media y trabajadora, es decir, de la verdadera naturaleza de los italianos de hoy en dìa. En la playa de piedras de Giarre Riposto està el hombre metrosexual. Toma el sol luciendo su perfectamente hinchado y bronceado cuerpo, cualidades que resaltan gracias a un blanquìsimo slip. Està Carmelo, un niño delgado y cabezòn, que se divierte tirando piedras al mar (algunas sorprendentemente casi màs grandes que su cabeza). Carmelo està constantemente huyendo de su panduzo, purito en boca, padre que le intenta regañar por no hacerle caso. Està el hombre que se mete en el agua con traje de submarinismo al completo, arpòn a pequeña escala y machete atado al tobillo incluidos. ¿Tendrà miedo del ataque de un tiburòn blanco mientras explora las profundidas de esta exòtica playa? ¿O querrà ser el centro de atenciòn de toda la playa y, màs en concreto, del grupo de bellas bañistas que hay a su lado? Està el grupo de señores que juegan a las cartas sentados alrededor de mesas de plàstico y bajo una arboleda de sombrillas. Y tambièn està el grupo de niños que se baña en una piscina de plàstico, estàn los pescadores “amateur” situados encima de enormes piedras, està la joven que tiene a juego el bikini, los pendientes, la toalla, las sandalias...
“La chiesa si chiude!”. En medio de una plaza, en medio de Catania, en el medio de un inmenso mercadillo, hay una iglesia atiborrada de gente. Son las fiestas de la “madonna”, y los devotos asedian la parroquìa para rezarle las debidas oraciones. Fuera, en los aledaños de la iglesia, hay decenas de vendedores, bajo un nùmero equivalente de sombrillas, que venden enormes velas amarillas de ofrenda. Junto al portòn de la iglesia hay un par de mujeres sonrientes que reparten roscas de pan y te dan las gracias si las aceptas y un cura intenta cerrar la puerta de entrada e impedir que siga entrando la gente, en su mayorìa ancianas, pero es incapaz de frenar una marea humana que, a pesar de su debilidad individual, es obstinada e increìblemente poderosa en grupo. Otro cura, embutido en su àbito de ceremonia, anuncia desde el altar, con micròfono en mano, que la iglesia se debe cerrar para preparar a la “madonna” para la celabraciòn de la “sera”. El cura que antes estaba en la puerta ahora recorre la parroquìa repitiendo con voz cada màs irritada y subida de tono: “Signora, la chiesa si chiude!” Una mujer que se ha quedado fuera suplica poder entrar en la iglesia para “fare la croce” y punto.
Spaghetti e frutti del mare. Llego a Palermo por la noche y decido dar una vuelta por el centro. Despuès de dejar atràs decenas de placitas e iglesias, decenas de edificios monumentales y cientos de fachadas semiderruidas, me encuentro con dos humildes chiringuitos situados junto a un puerto deportivo. El primero està especializado en fruta fresca, en el que estàn tres mujeres charlando delante de tres enormes trozos de sandìa devorados y sendas colillas de cigarro clavados como banderillas en el centro de cada càscara. El segundo està especializado en espaguetis con frutos del mar. Tengo hambre y me apetece probar algo autèntico en un sitio autèntico.
Mientras espero a que la cocinera, que gesticula tanto al echarle la bronca a su hija que parece imposible que no se rompa las muñecas, me prepare mi raciòn, me alegro la mirada con un niño que se desnuda en medio de la calle y comparte con los comensales su diminuto culo. La cocinera acaba dàndole una bofetada a la hija, quien apto seguido recibe otra del padre, por si habìa alguna sombra de duda sobre la justicia del castigo. Aunque la peor parte se la lleva su hermano, un nervioso chiquillo con cara de travieso, que recibe un escobazo por tirar un trozo de tarta al suelo. Estoy pensando que ya no puedo ver nada màs castizo cuando este mismo chiquillo, que tiene un par de aros en la oreja, se acerca hasta mi mesa montado en una pequeña moto de gasolina para preguntarme si quiero la pasta “al dente”.
Tenìa razòn la cocinera que, al preguntarle còmo preparaban los espaguetis, me ha contestado que estàn muy ricos. Para pagar me tengo que acercar a la mesa diminuta donde estàn sentados ella y 5 miembros màs de la familia comiendo cantidades industriales de espagueti. Estoy seguro que los hijos se comeran todo su plato sin rechistar.
Cefalù. Casas de piedra maquilladas de blanco que observan la marea. Rumor de conversaciones en un italiano tranquilo y meloso que se funde con armonìa con el sonido de las olas. El sol quema, la brisa suaviza y el agua refresca. Mar de azul claro que tiende al oscuro, de marea que te abraza, pero que no te maneja. La “Rocca”, un peñòn rocoso, se eleva por encima de los tejados con tejas, recordando que la naturaleza llegò antes al planeta Tierra que el prepotente ser humano. Decido beberme una “Peroni”: quiero celebrar que me despido de Sicilia habiendo conocido Cefalù.





