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Cuaderno de viaje en Italia
Vida y mentiras de un spagnolo en el Belpaese
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Nuevo paės, nueva etapa. Espero que merezca la pena contarlo.
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Reflexiones sobre la soledad (III)

Las relaciones de pareja son consecuencia, ya sea directa o indirecta, ya sea consciente o inconscientemente, del miedo del ser humano a la soledad. Es cierto que, en la mayorėa de los casos, tuvieron como origen el amor, o un sentimiento de afecto parecido, pero tambičn es cierto que cuando este amor, o sentimiento de afecto parecido, se ha desvanecido, la relaciōn de pareja se mantiene -o podrėa decir que sobrevive- por miedo a reencontrarse cara a cara con la soledad.

Dicen que los personas son āngeles con un solo ala y que para llegar a volar necesitan apoyarse los unos a los otros. Segųn interpreto esta imagen, el cielo serėa una plācida felicidad, donde llegan aquellos que han encontrado la compaņia de los demās; mientras que el suelo serėa una anodina soledad, donde se quedan los que no tienen a nadie en quien apoyarse. El ser humano aspira a tocar con sus propias manos el cielo; tiene pānico a quedarse toda la vida arrastrāndose por el suelo.

Cuando una relaciōn de pareja se termina por causas que ni siquiera el miedo a reencontrarse con la soledad pueden evitarlo, el ser humano busca de nuevo el amor, o la ausencia de soledad, en otra persona o en otra compaņėa.

M., mujer de sonrisa infinita, se ha pasado la vida cambiando de pareja. Los novios siempre le han durado dos aņos, aņo arriba, aņo abajo, y a pesar de que durante los dėas siguientes a la ruptura siempre afirmaba con convicciōn que le apetecėa estar sola una temporada, estar con los pies en el suelo, se volvėa a enamorar a los escasos meses. M. se enamoraba de su nueva pareja como la primera vez, como convencičndose a sė misma que su recičn estrenado novio, o compaņėa masculina, le transportarėa para siempre al mundo de los sueņos.

C. es una mujer a la que un repentino cāncer le arrebatō su marido en un suspiro. Durante los dėas siguientes al funeral, C. se sintiō intensamente arropada por sus hijos. Ella nunca habėa sentido a la familia tan unida como aquellos dėas, nunca habėa apreciado tanto la compaņėa de sus hijos. Pero esta situaciōn fue pasajera porque la vida nos obliga a respetar una rutina diaria que ni la muerte de nuestro ser mās querido tiene derecho a romper, y sus hijos tuvieron que volver a sus respectivos hogares y trabajos. C. se hundiō en la soledad de una casa inmensamente vacėa, cuyos techos trataban de engullirla y la obligaban a recorrer sus habitaciones arrastrāndose por el suelo. Entonces C. recibiō un regalo de su vecina-mejor amiga: un cachorro de perro llamado “Perro”. A partir de aquel dėa, C. cuidō y mimō a “Perro” como si de un hijo suyo se tratara, mientras que “Perro” no se separaba ni un segundo de ella, entregāndole incondicionalmente todo su cariņo y compaņėa. “Perro” le dio fuerzas a C. para que no se hundiera en el suelo, hasta el dėa en que ella volviō a maquillarse y a sacar sus mejores vestidos del armario.
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