Un recuerdo de un partido y un padre
Era otoño y llovía en Amsterdam. Hacía horas que había oscurecido cuando, agotado de estar en casa, cogí el chubasquero-poncho verde oscuro, me subí a la bicicleta y pedaleé hasta el centro de la ciudad.
A las 8 de la tarde, a esa hora en la que en Amsterdam no es aún noche profunda, pero que el sol ya es un lejano recuerdo, las calles del Barrio Rojo siempre están muy concurridas. Rebaños de turistas con la mirada ingenua, negros con la mirada oscura, grupos de adolescentes con la sonrisa en la mirada, mujeres con la mirada enrojecida, japoneses que no saben si mirar porque está prohibido hacer fotografías... El Barrio Rojo está en el centro de Amsterdam, pero es todo lo contrario a Amsterdam. Nada de lo que para mí representaba esta ciudad se ve reflejado en estas cuatro calles, y sus respectivos cuatro canales, atiborrados de gente, de luces, de ruidos, de miradas.
En los alrededores del Barrio Rojo hay un restaurante que también está fuera de lugar en Amsterdam. Se llama “La Paella”. Comida española con una carta repleta de raciones de embutidos, quesos, croquetas, pulpo a la gallega, tortilla de patatas... Y, por supuesto, paella. Un restaurante que en su entrada tiene una barra y una televisión, donde los días de “Champions” y los domingos echan los partidos de fútbol que disputan los equipos españoles. Era miércoles y el Real Madrid jugaba un intrascendente encuentro contra un equipo griego, así que allí me planté para deshacerme del aburrimiento, sentado en un taburete y con una caña en la mano.
El propietario de “La Paella” es gordo, nervioso y charlatán, como todos los propietarios de restaurante que se siente orgullosos de serlo. Es un personaje muy particular, que no te deja indiferente. A él le gusta sentirse el patrón de su embarcación, dejarse ver y hacerse escuchar. El propietario te habla de la vida y obra de sus clientes, de sus viajes alrededor del mundo, de los mejores burdeles que ha visitado. En los días de fútbol, si está alegre, él parece un cliente más, participando y dando pie a conversaciones que, como la mayoría de la nacionalidad de los parroquianos que están viendo el partido, son en español. En “La Paella”, en los días de fútbol, tu puedes ir solo, pero, si quieres, puedes dejar de sentirte solo.
El partido era tedioso, el Real Madrid jugaba en el Bernabéu y era excesivamente superior al equipo griego, pero decidí pedirme la segunda caña y ver la segunda parte del encuentro. Estaba dándole el primer sorbo a la cerveza, cuando entró en el restaurante un hombre de cincuenta y tantos, con la mirada infinitamente cansada, que se sentó a mi lado. Se pidió un whisky-cola y se encendió un cigarro.
No fue hasta que se acabó el cubata, cuando me dirigió por primera vez la palabra. Fue un comentario intrascendente sobre el partido, un mero trámite formal para entablar una conversación conmigo. Él había venido solo a “La Paella”, pero quiere dejar de sentirse solo, pensé.
Me preguntó cómo me llamaba y que hacía en Amsterdam. Le conté a grandes rasgos mi pequeña historia y él me preguntó qué pensaban mis padres sobre lo que hacía. Yo le respondí que lo asumen, pero no lo comprenden, sobre todo mi padre. Es normal: todos los padres se preocupen por sus hijos. Yo le pregunté si él vivía en Amsterdam o si estaba de viaje. Entonces él se metió la mano en el bolsillo, abrió su cartera y sacó una foto de carnet de un joven de veintitantos, con pelo largo y barba de varios días.
Es mi hijo, me dijo. Había venido a Amsterdam, pidiéndose vacaciones en la empresa, para buscar a su hijo. Llevaba tres años sin hablar con él por culpa de una fuerte discusión que habían tenido por culpa de una cosa que, a fin de cuentas, no era tan importante. Desde entonces las únicas noticias que había tenido de su hijo eran aquellas que había recibido a través de su ex mujer. Gracias a ella sabía que su hijo vivía en Amsterdam desde hacía casi un año. Él no tenía ninguna dirección a la acercarse, no disponía de ningún número de teléfono al que realizar una llamada. Lo único que él sabía es que su hijo estaba viviendo con una comunidad “de esa gente que ocupa edificios”. Quise recordar la cara que aparecía en esa fotografía tan pequeña, pero no pude ofrecerle ninguna ayuda.
El hombre sacó de nuevo el paquete de tabaco y me ofreció un cigarro. Le dije que no, pero él insistió. Había dejado de fumar. Y no quiero fumarme el paquete entero, me dijo. Nos fumamos el cigarro en silencio. No te enfades demasiado con tus padres porque ellos también pueden salir heridos, me dijo, antes de escribirme en un papel su nombre, su número de teléfono, su dirección de correo electrónico y el nombre de su hijo.
El hombre se levantó del taburete antes de que acabase el partido de fútbol, demasiado intrascendental, mientras me agradeció la compañía agradeciendo la inexistente ayuda. Y se marchó por la puerta un padre sin hijo, dejando en el aire un espacio vacío.
Comentario:
Muy buena historia, muy bien contada.





