logotipo

img_google
Cuaderno de viaje en Italia
Vida y mentiras de un spagnolo en el Belpaese
Acerca de
Nuevo paìs, nueva etapa. Espero que merezca la pena contarlo.
Sindicación
 
Aiten y Snezana

Aiten tenía 16 años cuando trabajó por primera vez en un hotel de una zona turística de su país, Túnez. Él no tenía necesidades económicas, pero le gustaba estar en contacto directo con personas de otras partes del mundo. Aiten quería saber que había más allá de las fronteras de su país, y los libros no le satisfacían lo suficiente. Él era un muchacho curioso e inquieto y, a pesar de que odiaba estudiar, en poco tiempo aprendió a hablar inglés y alemán y a chapurrear alguna frase hecha y alguna broma fácil en español e italiano.

Snezana era una niña cuando estalló la guerra en su país, Serbia. Mientras ella aprendía que un soneto está compuesto de dos tercetos y dos cuartetos, la onda expansiva de las bombas hacía vibrar las ventanas de su escuela. La familia de Snezana se vio obligada a abandonar su casa e iniciar una vida nómada a la que parecía destinada por su origen racial: la familia de Snezana es gitana. Snezana tuvo que dejar atrás su vida cotidiana, su escuela, la mayoría de sus amigos y amigas... Snezana dijo adiós a una niñez que la guerra le estaba robando para siempre.

Después de un año trabajando en el mismo hotel, Aiten pasó de ser el botones a convertirse en animador turístico. Su función era hacer feliz a aquellos que estaban de vacaciones: era un trabajo muy sencillo. Aiten vivía su rutina en contacto directo con personas extranjeras y su conocimiento sobre el resto del mundo crecía cada día un poco más. Él aprendió como se reía el alemán, cuando se dormía el español, porque se enamoraba la italiana. Y después de aprender esto, y mucho más, Aiten conoció a V.

La familia de Snezana viajó y viajó, asistiendo al bautizo de tantos países recién nacidos, huyendo de la mano negro de la guerra. En este largo viaje en círculos, en este largo peregrinaje por una razón, pero sin un destino, la guerra fue desmembrando la familia de Snezana con la misma facilidad con la que había desmembrado la antigua Yugoslavia: un hermano decidió no huir de la muerte y hacerse soldado, una hermana se enamoró de un extranjero y se quedó atrás, un abuelo murió de viejo sin ser tan viejo, una hermana no sobrevivió a un bombardeo del ejercito invasor (¿o era el defensor?)...

V., una muchacha de padre suizo y madre italiana, veraneaba con su familia en el hotel donde trabajaba Aiten. Se enamoraron recíprocamente, atraídos irracionalmente por todo aquello que los diferenciaba, y compensaron en dos semanas toda la espera que estarían forzados a soportar el resto del año. Demasiado tiempo y demasiada juventud para tomar precauciones industriales: Aiten tenía 20 años cuando, a través de una carta, V. le contó que estaba embarazada y que pensaba convertirse en madre. Aiten le respondió a V., a través de otra carta, que él deseaba convertirse en padre y, si ella estaba de acuerdo, también en su marido.

Aiten quería viajar y dejar atrás todo lo que había sido hasta entonces su vida. Snezana quería dejar de viajar y recuperar todo lo que había sido hasta entonces su vida.

Cuando la guerra terminó, Snezana y lo que quedaba de su familia regresaron a Serbia. Querían reiniciar su vida, volver a la tranquila rutina que la guerra les había robado. Pero poco quedaba en aquella ciudad que les recordará a la que no hace tantos años atrás ellos consideraban la suya. Ni siquiera su casa, clavo ardiente al que el padre pensaba aferrarse con las dos manos para reconstruir su vida familiar, había sobrevivido a la guerra. En aquella ciudad destruida y deprimida, de vida podrida por el odio y la violencia, entre tanto rastro de metralla y recuerdos quemados, no había esperanza para la familia de Snezana. Y se echaron de nuevo a la carretera e iniciaron un nuevo viaje. Pero esta vez sí tenían un destino definido: Italia, un país donde la paz es sinónimo de esperanza.

Las necesidades biológicas aceleraron los trámites familiares y burocráticos, y dos meses después de aquel intercambio postal, Aiten y V. se casaron en Suiza. La luna de miel la celebraron con una semana recorriendo, las pocas horas al día que salían del cuarto del hotel, las calles de Paris. De vuelta a Suiza, a la casa de los padres de ella, Aiten empezó a trabajar en la cocina de un restaurante, mientras V. decidía que carrera universitaria empezaría después del parto. Pero dos meses antes de lo previsto, niño demasiado ansioso, V. dio a luz. El bebé nació tan débil que a los pocos días murió.

La familia de Snezana se instaló en Bologna, donde vivían unos familiares lejanos del padre. En pocas semanas, gracias a la ayuda de sus familiares y a la solidaridad que comparten los compatriotas que se encuentran lejos de su tierra, el padre de Snezana encontró trabajo en una fábrica. Trabajaba muchas horas muy mal pagadas, pero con su sueldo y las pequeñas aportaciones de la madre, que hacía trabajos temporales en negro, a los pocos meses se pudieron mudar a su propia casa. Pequeña, a las afueras de la ciudad y de alquiler, pero la familia de Snezana volvían a dormir en una casa que, después de tantos años, se podían atrever a llamar hogar.

El destino, macabro, pero compasivo, les robó un hijo, pero les devolvió la libertad de mirar al futuro con los brazos abiertos. V. decidió que quería estudiar Ciencias Políticas en Bologna, ciudad donde estudió su madre. Aiten aceptó su decisión: no se sentía cómodo viviendo con sus suegros en la misma ciudad y Suiza es un país muy limpio, con casas bonitas y coches preciosos, pero no era lo que él estaba buscando. Nunca se lo dijeron, secreto compartido y recíproco, pero la verdadera razón para trasladarse a Bologna era la necesidad de dejar atrás, lo más lejos posible, un doloroso recuerdo.

Aiten y Snezana llegaron a Italia con la necesidad de construirse un nuevo futuro, con la necesidad de olvidar un pasado demasiado oscuro.

En Bologna Snezana se convirtió en una adolescente con una vida corriente, pero tuvo que hacer un sacrificio a cambio: su nombre. En Bologna Snezana dejó de ser Snezana para convertirse en Bianca. Al principio este hecho le daba fastidio, le resultaba extraño y no conseguía habituarse al hecho de que la llamaran Bianca. Tenía la sensación de que se referían a otra persona, a alguien que no era ella. Le costó entender que, de hecho, era así: ella ya no era la que antes era, Snezana, sino la que sería a partir de entonces, Bianca, una persona completamente nueva y diferente. Y Snezana se convirtió en pasado, y Bianca en presente y futuro.

Al principio todo fue maravilloso para Aiten y V. en Bologna. Un nuevo país, una nueva casa, una nueva libertad compartida. V. estaba fascinada en su primer año de Universidad y Aiten se sentía cómodo trabajando como camarero en una pequeña “trattoria” romana. Pero fue una situación fugaz que apenas llegó a los exámenes de febrero. Entonces, mientras la rutina laboral y doméstica oscurecía el estado de ánimo de Aiten, la excitación cultural y social estaban convirtiendo a V. en la persona más feliz del mundo. Ninguna casa tiene los cimientos suficientemente rígidos para salir ilesa de semejante contraste emocional. Antes de que acabara el primer curso de la Universidad, V. y Aiten se separaron de mutuo acuerdo.

El padre de Bianca no era feliz en Italia: echaba de menos la tierra en la que había nacido. Una nostalgia que le envenenaba el alma y que se traducía en discusiones diarias en casa. Una nostalgia que arruinaba su vida y que le forzó a abandonar a su familia por miedo a arruinar también la vida de ellos. Bianca tenía 17 años y se quedó sin padre, pero con una madre sin trabajo estable y un hermano pequeño. Ella estudiaba hostelería en el liceo, y a los pocos meses encontró trabajo como ayudante de cocina en una pequeña “trattoria” romana.

Aiten tiene un sueño: comprarse un barco con el que navegar desde las costas africanas hasta alguna playa brasileña. Atravesaría el Atlántico, haciendo escalas en las pequeñas islas que se irá encontrando en el camino. Aiten quiere sentirse perdido en medio del océano, rodeado de diferentes tonalidades de azul, en el punto exacto donde nace el silencio. Pero Aiten necesita aún ahorrar mucho dinero para poder comprarse un barco y, tan importante como el dinero, necesita aún encontrar un amigo que quiera acompañarlo en este viaje.

Bianca tiene un sueño: ser escritora. A ella le apasiona escribir, a pesar de que nunca ha leído un libro. A ella le aburre la lectura. Bianca lleva muchos años escribiendo su primer libro que, por ahora, tiene más de 1000 páginas. Ella escribe sobre su vida, es decir, sobre sus sentimientos y experiencias, sobre su familia y amigos. Es como un diario, pero sin ser un diario. Bianca espera que algún día pueda publicar su libro, pero al tratar sobre su vida es muy difícil ponerle un fin, ya que lo único que tienen en común todas las vidas es su final: la muerte.

(...)

Aiten es alto y tiene las manos grandes. Bianca es pequeña y tiene los dedos diminutos. Aiten tiene la piel morena, piel de aire que no sopla, pero quema, del desierto. Bianca tiene la piel pálida, piel de niebla baja que toca la ladera de la montaña. Aiten ha viajado toda su vida por placer o, al menos, por decisión personal. Bianca ha viajado toda su vida por obligación o, al menos, para permanecer siempre al lado de su familia. Aiten y Bianca son muy distintos, complementarios, pero en algún momento de sus vidas han compartido dos cosas: trabajo y almohada.
No