Cuaderno de viaje en Italia
Vida y mentiras de un spagnolo en el Belpaese
Acerca de
Nuevo paìs, nueva etapa. Espero que merezca la pena contarlo.
Sindicación
 
Viaje a los Balcanes (I)

I. CAMBIO DE AIRES


Hace un mes me encontraba en la cumbre más alta de una inesperada crisis personal. Estaba en el paro, tenía que buscar una nueva casa, estaba pagando las facturas anímicas de una nueva derrota emocional... En aquel momento veía el futuro a través de un cristal opaco, demasiado sucio. Pero entonces me encontré con Felix, un amigo español, que me hizo una propuesta irrechazable: hacer un viaje por los Balcanes. Sin dudarlo un instante, me apunté a la expedición. Necesitaba un cambio de aires, alejarme de Bologna y de su realidad cotidiana. Un viaje improvisado, en el que todo sería improvisado, era la mejor manera de ponerle un punto y aparte a mi situación personal, de saciarme de nuevas experiencias y de poder empezar “da capo” mi vida.

Pero si quería hacer el viaje no podía dejar ningún cabo suelto en Bologna. Disponía de un semana para recolocar mi rutina cotidiana y me comporté como un alumno modelo de la escuela de primaria. Así, el día antes de hacer la maleta, la fortuna me compensó todas las desilusiones que había sufrido en este comienzo de año, dándome de primeras dadas un póker de ases: una nueva casa encontrada, una nueva bici regalada, un nuevo trabajo que realizar y una nueva muchacha que descubrir. Estaba en condiciones para viajar como me gusta: con la maleta ligera de equipaje y la cabeza libre de preocupaciones.



II. TREN BOLOGNA-ZAGREB

A las 17:30 quedé con Josu, Vanesa y Félix, mis tres compañeros de viaje, en la estación de trenes de Bologna. Félix llegó con media hora y una combinación de líneas ferroviarias de retraso, uniéndose definitivamente al grupo en Venezia. Con la expedición al completo, sólo 7 horas de tren nocturno y 2 fronteras nos separaban de nuestra primera etapa del viaje: Zagreb.

En un viaje nocturno en tren, a diferencia de hacerlo en bus, es imposible dormir más de 2 horas seguidas porque los revisores cumplen puntualmente su obligación de despertar a los viajeros para revisar sus billetes. Una molestia constante que se vuelve mas irritable si la ruta del tren es internacional porque al revisor se une el policía de aduana, que no solamente te despierta, sino que lo hace de forma agresiva, con sus palabras, con su mirada, como si tratase de enfatizar en cada uno de sus gestos su condición de militar y, por tanto, su supuesta superioridad ante el común de los mortales.

En la frontera entre Italia y Eslovenia tuvimos el primer encuentro con la policía de aduana. Allí, con la mirada nublada por el sueño robado, vi, o creí haber visto, como un agente examinaba con lupa mi pasaporte, que me devolvió sin dirigirme una sola palabra. Un detalle que hubiera carecido de importancia si no fuera porque, pocas horas después, en la frontera con Croacia, otro policía de aduana, que no necesitó examinar mi pasaporte con lupa, me pidió que le mostrase el DNI. Yo le respondí que no lo llevaba conmigo, que estaba viajando sólo con el pasaporte. Entonces él me ordenó, con un italiano de sintaxis simple, claro y conciso, que cogiera mi equipaje y lo acompañara. Yo le pregunte el porqué, y él me respondió que mi pasaporte estaba caducado. Yo no quise creerle, y él me lo mostró, sin dejarme que lo cogiera. La validez de mi pasaporte había expirado el 20 de febrero del 2008. Es decir, apenas 24 horas antes.

Con una sonrisa estúpida dibujada en la cara, incapaz de asimilar la gravedad de lo que estaba sucediendo (había pasado la frontera de un país, y estaba intentando atravesar otra, indocumentado), seguí al policía, en silencio. Éste se detuvo en el siguiente vagón, y yo con él, delante de un compartimento-dormitorio, para despertar y pedir la documentación a un grupo de jóvenes americanos. Utilizando ahora un inglés de sintaxis simples, claro y conciso, dijo al grupo de jóvenes americanos que no podían entrar en Croacia sin visado. Esta inesperada noticia cayó como un jarro de agua fría en sus rostros, volatilizando cualquier rastro de legañas y de pesadez en sus párpados. Entonces, el policía me miró, con una ligerísima sonrisa en los labios, y reconocí en su mirada al niño travieso que saborea la euforia de una travesura que ha salido perfecta. Se sentía orgulloso de haber metido el miedo en el cuerpo a los jóvenes americanos. Con un tono de voz descaradamente amable, me preguntó a dónde iba. “Zagreb”, le respondí. “No. Tú tienes que ir a Budapest.” “No puedo. No viajo solo y ya tengo pagada la habitación de hotel en Zagreb.” “Es mejor si vas a Budapest.” “Por favor. Yo solamente soy un turista que quiere conocer Croacia. Estaré en el país sólo 4 días. Por favor...” De nuevo, el policía dibujo una ligerísima sonrisa en sus labios, un instante antes de abrir mi pasaporte y timbrarlo con el sello de la aduana croata. “No te metas en problemas, ¿ok?” Y así entre en Croacia, con el pasaporte caducado, legalmente indocumentado.
No