Viaje a los Balcanes (II)
III. ZAGREB
Zagreb, la capital de Croacia, nació a inicios del S. XVII de la unión de dos ciudades, situadas en lo alto de dos colinas vecinas, que fueron enemigas históricas hasta que el instinto de supervivencia, que no reside exclusivamente en animales y plantas, sino también en imperios, edificios, ciudades y tantos otros seres supuestamente inanimados, las obligó a poner fin a sus hostilidades para sobrevivir a una profunda y compartida crisis económica. Desde entonces, Zagreb ha formado parte de grandes naciones europeas, como el Imperio Austro-Húngaro y la Yugoslavia de Tito, pero siempre ha estado relegada a un puesto secundario. Un pasado histórico que le ha dejado en herencia una belleza ordinaria, sin grandes pretensiones e fácilmente olvidable, pero honesta y sorprendentemente luminosa en un día cálido de prematura primavera.
La guía “Lonely Planet” de Croacia, en su apartado dedicado a la cultura del país, apunta: Los croatas aman la buena vida y le dan gran importancia a las apariencias. Las calles están limpias, sus trajes son elegantes y las fachadas de las casas casi siempre parecen recién pintadas. A pesar de la debilidad de su economía, la gente prefiere renunciar a cenar fuera de casa o ir al cine con tal de poder permitirse hacer un viaje a Italia, donde renovar su armario con las ultimas tendencias en moda. Teniendo en cuenta la elevada tasa de desocupación y los salarios congelados desde hace ya tantos años, muchos turistas extranjeros se preguntan cómo los croatas logran sobrevivir y por qué no hay rastros de miseria en el país.
Mi impresión de Zagreb, si bien fugaz y superficial, coincide al cien por cien con esta descripción de la sociedad croata. Calles peatonales atiborradas de terrazas que, a su vez, desde primera hora de la tarde están atiborradas de personas. Mujeres de cuerpos estilizados cuya apariencia externa es el resultado de un elaborado y costoso trabajo, en el que nada es fruto de la casualidad, y que pone en entredicho su belleza interior. Tranvías que se detienen en la Plaza Josip Jelacica, centro neurálgico de Zagreb, donde empieza diariamente el milagro de la ciudad para aquellos que viven en los barrios residenciales. En definitiva, Zagreb tiene una intensa y agitada vida de calle, característica que define cualquier capital occidental, y que, a pesar de la imagen que tenía de un país balcánico, hace que la capital croata tenga mucho más de cultura mediterránea que centro-europea.
IV. EMBAJADA ESPAÑOLA DE ZAGREB
Para acabar con mi incómoda situación de extranjero sin papeles y, por tanto, ilegal, fui a la embajada española de Zagreb que, situada en una calle sin placa y con una sola acera, resultó muy difícil de localizar. La embajada era una pequeña casa de paredes amarillas con jardín, que se asemejaba mucho más a un apartamento de playa que a un edificio gubernamental, y que hubiera sido imposible identificarla si no fuese por el policía que hacía guardia en la entrada y la enorme bandera roja y gualda que descansaba en su fachada.
Un joven desaliñado y de rostro apático me abrió la puerta y me pidió que me sentara en la “sala de espera”, que en realidad era un pasillo de apenas un metro de ancho y cuatro de largo, en el que habían dos sillas de cuero y cuatro carteles con textos en español pegados en la pared. Un espacio claustrofóbico en el que los minutos eran mucho más densos y, por tanto, el hecho de tener que esperar era mucho más molesto que de costumbre. Una mujer de mediana edad, de cabello corto y cuerpo concéntrico, me recibió sin invitarme a entrar en la habitación en la que ella se encontraba, entablando una conversación a través de una puerta abierta, desde dos espacios físicos distintos y separados. Incómodo, le explique mi situación y ella me pidió, con un español fluido y lleno de frescura, que la delataba como española de origen, que volviera a esperar mientras estudiaba que se podía hacer.
Para amenizar la espera, que se prometía larga, conversé con un joven croata que ocupaba la otra silla de la “sala de espera”. Tenía el pelo cortado a máquina, ligeramente más rapado por los lados, con la mayoría de los jóvenes croatas. Él estaba en la embajada para conseguir un permiso de residencia. Quería trasladarse este verano a España, donde tenía pensado buscar trabajo en la costa levantina. Ésta no sería la primera vez que lo haría: hace tres años estuvo trabajando en un hotel de la costa gaditana. Pero ahora pensaba quedarse más tiempo, quizás un año, y quería que, en esta ocasión, su situación en España fuera completamente legal. Cuando yo le comenté que vivía y trabajaba en Italia, él me hizo la pregunta que en los últimos meses me han repetido tantas veces, principalmente personas que viven o quieren vivir fuera de su país de origen: ¿por qué has cambiado Italia por España cuando la situación económica de España es mucho mejor? Es como si la gente fuera incapaz de comprender que la felicidad es un concepto demasiado humano para poder ser parangonado con la economía de un país.
Tras media hora de espera, la funcionaria encontró la solución a mi problema: hacerme un pasaporte temporal de tres meses. Pero, para poder expedirlo en esta embajada, tenía que declararme oficialmente como residente en Croacia. Así, mientras rellenaba una ficha con mis datos personales, le pregunté que debía escribir en el espacio reservado a mi residencia actual. “Tienes que escribir una dirección de Croacia.” “Pero yo no conozco ninguna.” “Pues, invéntatela.” “No puedo inventarme la dirección que supuestamente tengo en un país del cual no sé ni siquiera cómo se escribe la palabra calle. ¿Por qué no me dice usted alguna?” “No puedo. Esta responsabilidad es exclusivamente tuya.” A pesar de la lógica de mis argumentos, ella no dio su brazo a torcer, negándose a darme una dirección cualquiera, al azar, aunque ni siquiera existiera. Al final encontré la solución a este absurdo problema: escribir una dirección que, casualmente, tenía apuntada en un cuaderno que, casualmente, llevaba conmigo en ese momento. A partir de aquel momento, de forma oficial, vivo en el numero 10 de la calle Setaliste Kralja Zvonimira, en la ciudad de Dubrovnik. O, lo que es lo mismo, vivo en un albergue juvenil cuya existencia sólo conozco a través de internet, en el cual nunca he estado. Y, posiblemente, nunca estaré.
Una vez rellenado todo el papeleo, solo faltaba un detalle, pequeño pero esencial, para terminar con todo el proceso burocrático: imprimir el pasaporte. La funcionaria necesitó la ayuda de una colega y del libro de instrucciones de la fotocopiadora porque, como ella misma me confesó, hacía años que no hacían un pasaporte español en esta embajada. Después de varios intentos fallidos, consiguieron hacer mi pasaporte, que tenía el formato antiguo que desde hace varios años se dejó de utilizar en España. Entonces, la funcionaria, por primera vez relajada y visiblemente satisfecha, me dijo: “Vaya día ajetreado que hemos tenido hoy. Todos aquellos que podían haber venido a la embajada, lo han hecho esta mañana. Así no se puede trabajar. Mira qué hora es: casi las dos y media.” Sin lugar a dudas, la figura del funcionario es universal. Y ya sea croata, español o inglés, no hay nada que le de más fastidio a un funcionario que tener que hacer su trabajo un viernes por la mañana.





