Viaje a los Balcanes (III)
V. DUBROVNIK
Después de 12 horas de viaje nocturno en autobús, de entrar y salir de Bosnia-Herzegovina, donde los conductores desayunaron una espesa sopa de verduras cuando aún estaba amaneciendo, llegamos a Dubrovnik. Conocida como “la Perla del Adriático”, esta ciudad de glorioso pasado político, comercial, cultural y artístico era la visita más deseada por mis compañeros de viaje. Para mí, una ciudad bonita más por conocer.
El casco viejo de Dubrovnik, amurallado, tiene un encanto especial. Sus casas de piedra blanca y sus tejados con tejas rojas, sus calles estrechas y empedradas con un mármol límpido y brillante que de noche, al reflejar la luz de las farolas, parece mojado, su robusta muralla que durante siglos ha protegido a la ciudad de los ejércitos enemigos y que, ahora, la protege del ruido y la contaminación del tráfico, sus vistas al mar Adriático, sereno y pensativo... Cada rincón de la vieja Dubrovnik es suficientemente estético para ser encuadrado y vendido como postal de recuerdo. Pero, mientras subía y bajaba sus callejuelas, me detenía en el centro de sus diminutas plazas, observa la luz que se derramaba por las fachadas de sus casas, sentía algo que me molestaba. Había algo que se escondía, que pasaba desapercibido a la mirada fugaz y poco exigente del turista, que, en silencio, mentía porque no estaba diciendo toda la verdad.
Horas después, en uno de los extremos de su vía principal, la tantas veces adulada por escritores y autores de guías de viaje “Placa”, un cartel que informaba sobre los bombardeos sufridos por Dubrovnik durante la guerra civil de principios de los años 90 me dio la respuesta. A causa de la crueldad de aquel conflicto bélico, la vieja Dubrovnik sufrió el impacto de alrededor de 2.000 proyectiles. El 68% de sus edificios fueron dañados por las bombas, dejándola a escasos centímetros de la ruina absoluta. Consciente de la importancia de la vieja Dubrovnik, ya sea por ser la herencia material más valiosa de un tiempo pasado, que indudablemente fue mejor, ya sea por ser fuente inagotable de turismo internacional, el Gobierno croata ha hecho todo lo posible para reconstruirla de la manera más fidedigna posible. Para esta restauración han puesto en práctica métodos de trabajo tradicionales y han usado materiales homólogos a los que se usaron en la época. Pero, a pesar de haber sustituido las tejas de todos los tejados para que tengan un color homogéneo, a pesar de haber usado piedras calcáreas de la isla de Brac, cuyo blanco tiene una tonalidad similar a las utilizadas en las viejas construcciones, que provenían de la isla de Korcula, a pesar de haber contratado a expertos en restauración que se han dedicado durante años, en exclusiva, a trabajar en la ciudad, las huellas del tiempo, el visible contraste entre el pasado y el presente, son evidentes. No hay nada más dañino a los ojos del observador que la falsa antigüedad de un edificio histórico, los monumentos de pastiche. Dubrovnik me ha dejado en los ojos un sabor agridulce.
VI. NICOLAO Y DIANA
Nicolao, como tantas otras personas que viven del turismo en Dubrovnik, comienza su jornada laboral en las dársenas de la estación de autobuses. Sin embargo, él no ofrece habitaciones donde pasar la noche, como la mayoría, sino que es propietario de una monovolumen con la cual realiza excursiones por los alrededores de la ciudad a precios módicos, siempre negociables. Nicolao conoce a todos sus colegas de trabajo, pero él no es fiel a ninguno. El día que llegamos a Dubrovnik ayudó a Ivor, que alquilaba habitaciones, a regatear con nosotros el precio de las camas. En cambio, a la mañana siguiente, se asoció con Slodobanka, que también alquilaba habitaciones, para trasladarnos a su casa y, después, hacer una excursión en su monovolumen a Kotor, en Montenegro. Antes de ponernos en marcha, Nicolao mantuvo una conversación con Ivor en un extremo del parking, alejados de miradas y oídos indiscretos. Ivor, seguramente, le reprocharía a Nicolao por habérsela jugado, para luego perdonarle, como tantas otras veces habrán tenido que hacer Nicolao con él. En el sector turístico, como en la guerra, no hay mejor amigo que tu peor enemigo.
Antes de empezar nuestra excursión a Kotor, Nicolao nos llevó a su casa para, palabras textuales, “coger una cosa”. La “cosa” en cuestión resultó ser Diana, una mujer americana, de media melena peinada con la raya en el medio, como una niña de primaria, y con la piel rugosa y punteada de manchas oscuras, como una persona de su edad. En casa de Slodobanka, donde hicimos una segunda parada para dejar las mochilas, Diana se ofreció a hacernos una breve autobiografía mientras bebíamos una café a la turca que, como de costumbre, eran posos la mitad de la taza. Con su inglés de profesora nativa de academia privada, Diana nos contó que había nacido en Boston, ciudad agradable, pero demasiado fría. Después de graduarse en la Universidad, se trasladó a Puerto Rico, donde vivió cinco años, como así hizo en La India, antes de regresar a EE.UU. para casarse y formar una familia. Así podría haber puesto el punto y final a su historia, añadiendo quizás algún comentario sobre su trabajo y/o sobre la forma de ser o física o los estudios de sus hijos, y todos hubiéramos pensado que tenía una vida feliz y tranquila. Pero Diana es ese tipo de personas que no se conforman con una vida feliz y tranquila. Ella le exige mucho más al día a día, es una revolucionaria de la rutina. Así y ahora, ella trabaja en Sarajevo como profesora de Filología Inglesa en la Universidad, después de liberarse legalmente de los compromisos matrimoniales para poder hacer las maletas y cumplir uno de sus sueños pendientes: vivir en Europa.
Diana ha desafiado la verdad de su edad y ahora está viviendo una segunda juventud, con una fuerza vital que, siendo demasiado inmensa para contenerla en un cuerpo tan pequeño, desbordaba su piel, en cada uno de sus gestos, inundaba su boca, en cada una de sus sonrisas.





