Monteriggioni
Hace un par de semanas me fui en moto a Monteriggioni, una aldea amurallada a menos de 20 kilometros de Siena. Las circunstancias invitaban a romper con la monotonía: el día era cálido y azul y, sobre todo, no tenía que trabajar. ¿La moto? Una scooter que me han dejado para uso personal en el hotel. Es la única ventaja de trabajar en horario de tarde-noche en un lugar abandonado por los medios de transporte públicos cuando empieza a oscurecer.
Antes de montarme en ésta, nunca había conducido una moto. “Perdona, pero es que hace tanto tiempo que no me monto en una que, bueno, no recuerdo cómo se pone en marcha.” “Claro, el freno delantero es el de la izquierda.” Me puse el casco, encendí el motor y llegué vivo (y muerto de frío) a casa. Conducir una moto es como montar en bici, pero sin hacer esfuerzo físico. Encender, acelerar, pulsar el intermitente y frenar. Desde aquel día han desaparecido las pocas distancias que había en Siena y dejé de vivir a las afueras.
Me gusta sentir como el frescor me golpea la cara y se cuela por todos los resquicios de mi ropa. No me gusta sentir a mi espalda un coche ansioso por adelantarme porque reaparecen en mi mente viejos fantasmas. Afortunadamente la carretera secundaria que comunica Siena y Monteriggioni no está muy frecuentada. Sintiéndome libre, me deje llevar por la moto, deslizándome con pastosa suavidad por sus continuas curvas. No había prisa y la carretera no era un trámite, sino la principal razón del viaje.
En moto las sensaciones son fugaces y prueban los reflejos de tus cinco sentidos. Los árboles me saludaban con su intermitente sombra. Quitamiedos de corteza y hojas. Durante el trayecto atravesé un pequeño bosque de espesa vegetación. Su olor a naturaleza húmeda y su condensado frescor me recordaba a Candelario, donde hace más de un año que no voy. Nunca había pasado tiempo sin estar en mi pueblo “político”.
Monteriggioni apareció sobrio e imponente en lo alto de una colina. Vieja muralla de piedra gris y robustas torres. Sobre ella, sobre la muralla, el horizonte se ensancha y el campo parece no tener límites. Dentro de ella, de la muralla, cuatro calles, más restaurantes que casas y una plaza.
Ya estaba atardeciendo cuando me senté en la terraza de la cafetería “Cerchia”, donde, además de servir café, venden productos típicos de la Toscana, tabaco, carretes de foto y helados. El sol brillaba, pero no se dejaba ver, estando más cerca de las montañas que del cielo. La terraza estaba tan abarrotadas de turistas como el resto de la aldea. De las mesas surgían conversaciones pausadas y suaves. Un constante susurro de diferentes lenguas (e idiomas). Sólo las esporádicas risas, a veces carcajadas, rompían la monotonía del aire. De fondo, se escuchaban los gemidos de un violín. Melodía triste y fatigosa. Y detrás del murmullo de los turistas y de las notas del violín, estando más cerca que lejos, el silencio.
Cuando las sombras ganaban a la luz la batalla por el suelo de la plaza, los turistas empezaron a abandonar Monteriggioni. Yo, asumiendo mi compromiso social dentro del rebaño, me uní a ellos. Y volví a Siena con el atardecer en el espejo retrovisor de la moto.





