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Cuaderno de viaje en Italia
Vida y mentiras de un spagnolo en el Belpaese
Acerca de
Nuevo paìs, nueva etapa. Espero que merezca la pena contarlo.
Sindicación
 
Navegando por La Toscana

Abril se despidiò con nubes grises y agua. Mayo se ha presentado en sociedad nevando. Nieve que flota en el aire, cayendo y subiendo, para luego atrincherarse en los màrgenes de la carretera. Nieve de algodòn que la gente, ignorante, llama polèn.

Esta manhana hacìa de nuevo sol y he salido de casa con dos cascos, he recogido a una amiga y nos hemos ido a navegar por La Toscana. Nunca habìa visto, si mi mala memoria me permite utilizar el tèrmino “nunca”, un paraje natural tan espectacular y, al mismo tiempo, tan humilde. Belleza de andar por casa que tan bien retratada sale en las postales que todos compartimos en el archivo visual colectivo.

La Toscana es un paisaje de suaves y ondulantes colinas que el tiempo ha moldeado con caprichosa elegancia. Un inmenso mar verde de olas sin espuma, donde los desperdigados caserones de piedra son diminutas islas en las que no hay palmeras, sino cipreses.

Durante horas hemos recorrido carreteras solitarias, con el casco entre las piernas, el cuello torcido y empachados de aire fresco. Carreteras que perfilaban las colinas, en un continuo subir y bajar de montanha rusa para todos los pùblicos, haciendo trabajar, para luego relajarse, al motorino.

Un “giro” que tambièn ha tenido su anècdota divertida cuando nos hemos quedado sin gasolina a pocos metros de Radi, un pueblo perdido en medio del campo con una sola calle (que decidieron llamar, muy sabiamente, Radi). Por suerte allì encontramos una “osteria” donde unos campechanos obreros, los ùnicos que habìa en su comedor, se ofrecieron a llevarnos a Monteroni d’Arbia, un pueblo con gasolinera a 4km de distancia. El màs viejo de ellos, que se sentò atràs con nosotros, no paraba de hablar a pesar de que no le entendìamos nada. Una vez en la gasolinera uno que era griego se encargò de sujetar la botella que estàbamos llenando de gasolina mientras mantenìa un cigarro encendido en la otra. No conforme con este riesgo innecesario, le daba una calada de vez en cuando. Pa’habernos matado. Y al volante estaba el tercero en discordia, un albanes que callaba y sonreìa. Al final decidieron llegar tarde a la obra para llevarnos de vuelta a Radi, donde habìamos dejado el motorino. Unos hombres muy peculiares y amables que nos sacaron de un buen aprieto.

Ci sentiamo!
No