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Cuaderno de viaje en Italia
Vida y mentiras de un spagnolo en el Belpaese
Acerca de
Nuevo paìs, nueva etapa. Espero que merezca la pena contarlo.
Sindicación
 
Vico Alto

En los 3 meses que llevo en Italia he realizado tres trabajos: camarero de comedor de hotel, botones y recepcionista. Sin lugar a dudas, estoy metiendo cabeza en el mundo de la hosteleria de Siena. Trabajos de rutinas simples y mecànicas, que se realizan casi sin pensar y que no dan muchas màs satisfacciones que el mero abultamiento de tus bolsillos. Autènticos “curros”. Pero, como siempre, en ellos me encuentro con personas de lo màs variapintas y que le dan algo de encanto a mis horas de trabajo. Asì pasò en “Vico Alto”, el hotel donde hacìa de camarero.

En la cocina de “Vico Alto” trabajaba una mujer hindù de avanzada edad que no hablaba italiano. Ella decìa que “parlo inglese”, pero cada manhana cuando le preguntaba “How are you?” solamente obtenìa su silencio por respuesta. Su larga trenza negra, tenhida de alguna cana, su piel morena que parecìa fruto de una sobredosis de solarium y su mancha en el centro de la frente no dejaban ninguna duda de su procedencia, aunque nunca me lo hubiera dicho. Tampoco me dijo nunca su nombre, pero esto es màs difìcil deducirlo por su aspecto fìsico. Ella se dedicaba a fregar los platos, los cubiertos y las tazas que los camareros recogìamos del comedor, labor que realizaba con constancia, serenidad y sin despegar los labios excepto cuando tarareaba alguna extranha canciòn. Bajo su uniforme de trabajo siempre vestìa un pantalòn de chandal azul celeste y zapatillas de deporte que, junto a varios pendientes infantiles con forma de estrella y luna y sus ojos grandes y brillantes, le daban aspecto de quinceanhera con patas de gallo. Ninha que ha envejecido demasiado ràpido o mujer con alma de chiquilla.

El primer dìa yo me preguntè còmo hacìa una mujer incapaz de comunicarse para conseguir un trabajo. Luego conocì a su marido que tambièn trabajaba en el hotel, pero de recepcionista. Por supuesto, tambièn era hindù (yo nunca he visto una mujer hindù casada con un hombre de otra raza). Y èl sì hablaba italiano, aunque no mucho mejor que yo.

En la misma cocina, a la hora del almuerzo, trabajaba un cocinero italiano. Su pelo blanco era brillante y grasiento, como la campana de humo que habìa encima de sus hornillos. Un cabello largo que se peinaba hacia atràs para disimular una calvicie propia de su edad. Era una persona que trasmitìa elegancia con el mandil de cocinero atado a la cintura y una sartèn en la mano. Pero era una elegancia muy particular, que podrìa definir como provincial. Siempre estaba fumando, encièndose los cigarros con la colilla del anterior. Era como si el cartel de “Vietato fumare” que habìa en el muro de la cocina tuviera una claùsula especial que le excluìa a èl. Sin duda una ley no escrita que habìa adquirido gracias a su veteranìa. Su labio inferior, gordo y flàcido, le daba aspecto de viejo sabueso. Estaba hinchado y caìdo, seguramente como resultado de llevar tantos anhos (tantas decadas) soportando el peso de un cigarro.

Anna, que trabajaba conmigo en el comedor recogiendo y colocando platos, cubiertos y vasos (que luego otros camareros tendrìan que volver a recoger y colocar en un diario y angustioso proceso cìclico), tambièn fumaba en la cocina. Aunque Anna, a diferencia del cocinero, lo hacìa cuando no habìa nadie y en un rincòn que no cubrìa una càmara de seguridad (o vigilancia) que habìa en ella. Los primeros dìas Anna fumaba solamente en el cuarto de banho. Lo hacìa a escondidas, devorando el cigarro en cuatro caladas. Antes de salir del cuarto de banho siempre tiraba de la cadena. Al principio se resistìa a confiarme este pequenho secreto, pero desde el primer dìa le delatò el inconfundible olor de su aliento a cigarro a primera hora de la manhana. Anna tenìa 24 anhos, era del sur de Italia, presumìa de descendencia griega (a pesar de nunca haber estado allì) y le quedaban pocos meses para acabar la carrera de Biologìa. Le gustaba el flamenco y los espanholes. Un dìa, en el cuarto de banho que tambièn hacìa las funciones de vestuario, me pidiò que le abrocharà una tira suelta de su sujetador rojo. En mi ùltimo dìa en el hotel quedamos en tomarnos un cafè (o una cerveza) que pronto acabarà unièndose a la interminable lista de asuntos que han quedado, para siempre, pendientes.

Ci sentiamo!!
No