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Fin de curso
A punto de comenzar mis vacaciones me pongo a pensar en lo vivido durante este último curso: la apatía de los de bachillerato, el vil temperamento de varios alumnos canallas de ciclos, la inutilidad de la ESO...

Ocurre que de cara al año próximo nos podemos poner en las mismas. Me cuentan que los alumnos futuros serán o más flojos, vacíos e insustanciales que antes o más agresivos, crueles y violentos que lo que hemos conocido este curso. Menudo panorama.

Lo que me preocupa es que la progresiva baja de matriculaciones a consecuencia de la natalidad deprimida y a la huída de muchos alumnos a la pujante enseñanza privada llevan a los centros a retener a los alumnos recurriendo incluso a métodos que moralmente me repugnan.

Me refiero a dejar aprobar a alumnos que carecen de base académica, deseos de aprender, actitud, método, etc... para que así los números cuadren y se puedan mantener el número de grupos en el curso siguiente, lo que determina las plazas de profesores, los recursos asignados al centro, etc...

Este modo de proceder implica que muchos alumnos pasarán a un curso de nivel superior ante el que indefectiblemente se estrellarán. Estos alumnos, cada uno hijo de su padre y de su madre - si existen - se quedan con la sensación de que no hace falta estudiar ni esforzarse para salir adelante en la vida. Si además unimos a esto último el desbarajuste humano de muchos de ellos el panorama resulta de todo punto deprimente.

Resulta penoso ver sentada ante tí a gente que jamás traerá un libro a clase, que sólo asiste por que no la aguantan en casa o para que su familia cobre subsidios públicos. Se creen muy listos pues pasan de curso en la escuela cuando en realidad la escuela nunca está en ellos: siguen tan ignorantes como cuando entraron, a veces peor.

Analizando las causas que impulsan a esos colegas a proceder como lo hacen me quedo con la impresión de que impera entre nosotros el "Sálvese quien pueda": Ya que no se puede mejorar la situación, saquemos de ella lo que se pueda. Cabría pensar que el hecho de ser rigurosos en las clases y en las correcciones aun a riesgo de perder alumnos, grupos, plazas, etc... debiera ser nuestro patrón de conducta por una cuestión de ética profesional. No obstante, el miedo cerval a tener que salir desplazado por perder una plaza tras muchos años de estabilidad, etc... obliga a muchos a obrar como se hace. No debiera ser así, pues los profes somos aves de paso. Sabemos que trabajo tendremos, la cuestión es dónde y con quiénes.

A mi ver, la solución a esta incómoda situación parece que llegará de aquí a cinco años, cuando empiece a notarse el alza de la natalidad en el número de alumnos: cada generación de alumnos será mayor que la anterior con lo que los grupos tenderán incluso a aumentar. Ya podrán suspender muchos alumnos sin que eso afecte a las estadísticas, a los censos, a las asignaciones...

Resulta triste pensar en cuántos alumnos quedarán en la estacada formativa: saldrán a la vida y se los comerán crudos. No nos extrañe que hallemos en nuestras aulas a fieras corrupias que reaccionan con ira ante cualquier esfuerzo pedido, que ven en sus compañeros a víctimas de sus sevicias, en los profesores a payasos que deben entretenerlos... y todo porque, sin pretenderlo nosotros, les hemos enseñado que todo vale con tal de salirse con la suya, que nada tiene consecuencias negativas y que todo se les debe ya que nunca se los ha atado en corto y enfrentado a la realidad de la vida.