Tensiones nacionales
SITUACIÓN EN USA
A la Inglaterra del siglo XVI, país muy católico, llegó la influencia protestante de Lutero y Calvino. El rey Enrique VIII, que había estudiado para clérigo antes de ser llamado al trono, luchó contra esas doctrinas con tal éxito y vehemencia que el Papa de la época le nombró defensor de la fe. Ocurrió que quiso divorciarse de Catalina de Aragón pues esta no paría varones y así casarse con Ana Bolena (que tampoco se los dió). El Papa no lo consintió, el rey se enfadó y así surgió el cisma anglicano: el rey se proclamó cabeza de la iglesia en Inglaterra. El Papa lo excomulgó.
La Iglesia anglicana comparte la doctrina con la católica en altísima medida con lo que la nueva iglesia fue igual de dura con los protestantes luteranos y calvinistas. Estos últimos fueron perseguidos con tal saña en los años siguientes que en 1635 decidieron unos cuantos salir al exilio: las tierras de América. Allí crearon colonias lejos de cualquier persecución, reafirmándose en su doctrina y aislándose del mundo. De este modo, mientas que el movimiento protestante extremista inglés fracasó con la caída de los puritanos (época de Cromwell), en las otras tierras se reafirmó aún más con la llegada de más remesas de calvinistas ingleses que emigraban tras la caída de su movimiento en la madre patria.
Así tenemos la situación siguiente: una cultura de fortísima impregnación religiosa de carácter extremado calvinista. Es la época de la caza de brujas, de las luchas contra los indios a los que consideran animales diabólicos, etc... todo ello debido a su visión del mundo.
¿Cual es su visión del mundo? El calvinista cree en la predestinación: El hombre concreto no se salva para el cielo en virtud de su ejercicio recto de la libertad, de su fe y su oración sino porque Dios lo ha elegido para su Paraíso desde el comienzo de los tiempos. La razón de esto es la Omnisciencia de Dios: si Dios lo sabe todo, sabrá también qué será de mí, si me salvaré o no, con lo que no tiene sentido ser virtuoso y así aspirar al cielo si es que todo ya está escrito. Puedo ser un santo en la tierra y condenarme pues Dios ya lo ha decidido previamente debido a sus ocultas razones. Al revés, aun siendo un réprobo entre mis semejantes Dios me exaltará entre los suyos si así lo decide Él. Como se ve, esta concepción sobre lo divino y lo humano niega que el hombre sea el último responsable de su destino, se rechaza la libertad.
Así las cosas, el calvinista vive en un dilema: ¿Me salvaré? ¿No me salvaré? ¿Qué piensa Dios de mí? Es con este enfoque que se comprende bien la afición obsesiva de los calvinistas por la escritura de un diario personal: las neuras que se escriben en ellos superan las de Woody Allen en sus filmes.
Pero llega la solución: Si Dios lo sabe todo, también conoce mi sufrir. Si soy su elegido, no hará pasar un mal rato a uno de sus amados por lo que de alguna manera me lo hará saber. ¿Cómo? Colmándome de riquezas. ¿Cómo conseguirlas? Trabajando. El calvinista tipo se transforma así en un currante eficiente deseoso de llenarse de bienes materiales en su deseo de confirmar el amor de Dios por él. ¿Cómo reconocer a los amados por Dios? Si tienen riquezas materiales, lo serán. Si no, serán pecadores. De este modo se identifica al dinero y al poder con el amor divino, el pecador es el pobre que no levanta cabeza porque así lo ha decidido Dios.
(Este criterio tiene una objeción a mi ver: de ser así la cosa, las riquezas deberían bajar del cielo sin trabajar ni nada: Trabajando mucho se hace rico cualquiera, santo de Dios o vil protervo)
El empuje calvinista se va diluyendo progresivamente en el flujo de las migraciones sucesivas que llegan a USA: Chinos, polacos, mejicanos, suecos, alemanes, italianos, irlandeses... que cambian el panorama social del país. El calvinismo religioso pasa a ser una minoría insignificante en número, pero influyente como modelo práctico de conducta. Así vemos que el dinero ya no es consecuencia del amor de Dios, pero sí el pasaporte de la respetabilidad: Si uno posee una casa hermosa, desempeña un trabajo muy bien pagado, es socio de innumerables clubs selectos, etc... es que debes de ser buena persona y como tal te tratarán aunque no te conozcan de nada. Ese criterio sigue vigente hoy entre los llamados WASP: White, anglosaxon, protestant, que son los que de toda la vida copan los puestos más altos de la sociedad
Como vemos, el éxito social en USA es fruto de la mezcla del trabajo en sí con criterios religiosos para mí muy discutibles pero cuyo efecto práctico es indudable: en USA se aprecia mucho el espíritu emprendedor.
SITUACIÓN EN ESPAÑA
España es un país de cultura católica muchas veces extremista debido a su aislamiento secular de Europa. La tradición se aplica oficialmente a todos los aspectos de la vida sin ningún espíritu crítico, que suele identificarse con las influencias "perniciosas" protestantes primero, ateas después. Esto se plasma también en la actitud ante el trabajo.
España es el nido de la picaresca: Si el trabajo es el fruto de una maldición bíblica -"Ganarás en pan con el sudor de tu frente", el genio popular valora al que sabe vivir del aire, a costa de los demás, el vividor. Un currante industrioso con ganas de salir adelante jamás conseguirá la admiración popular y sí el que vive del cuento. Esto, que comenzó como una tradición literaria basada en la pobreza popular en tiempos de Carlos I, ahora alcanza una masiva promoción mediática con el mundo del famoseo que genera parásitos sociales para su autoconsumo televisivo - ejemplo, Gran Hermano y similares, los programas y revistas del hígado, que no del corazón, etc...
Si a esto unimos la mohína secular del país ante la desproporción desorbitante entre los sueños y la realidad, nos enfrentamos a un cóctel explosivo: falta de amor al trabajo, sensación de fracaso, delirios de grandeza, el quiero y no puedo... son ingredientes básicos de lo que se ha dado en llamar el orgullo español, rasgo por el que los europeos sin excepción definen a los españoles. El español orgulloso es uno que sale de casa todos los días con ganas de comerse el mundo, fracasa, se frustra y... o se va al bar para emborracharse y regresar a casa para zumbar a la mujer, o regresa a casa sin más y zumba a la mujer igual.
Un rasgo del orgulloso español es la envidia: como no consigue lo que desea debido a sus carencias (falta de amor al trabajo, nulo sentido del orden y la diligencia, sueños irracionales de grandeza), no puede soportar que otros logren aquello en cuyo afán él ha fracasado. En lugar de pensar que él también puede acceder a eso que el otro ha logrado a poco que se aplique a la tarea, el orgulloso hispano cree que si el otro lo ha conseguido es por ser un ladrón, un jeta, etc... y, peor aún, que si el otro triunfa es a costa de su fracaso, como si el otro conspirara contra él con el deseo pleno de hundirle en la miseria.
Esto llega a consecuencias de genuina patología social: hay quienes se alegran de fracasar porque así saben que nadie se meterá con ellos al no conseguir despuntar. Si consigues la excelencia en algo, te harán la vida imposible pues te constituyen en la demostración palpable de su propio fracaso, algo que el orgulloso no puede reconocer jamás a riesgo de quebrar su sentido del honor, su autoestima, etc...
En esta polémica del Estatut, etc... se oyen muchas voces que atacan al catalán como ser insolidario que desea llevarse la gran tajada nacional. El deseo legítimo de mejorar sus competencias aprobado con una gran mayoría en su Parlament es contestado por los medios españoles con gran ruido intoxicador de muchas mentes de las gentes sencillas de otras tierras.
Considero - y no pretendo que nadie esté de acuerdo conmigo - que esta escandalera de patio de vecinas es sólo una muestra más de esa envidia cainita que no soporta que alguien triunfe, que sea industrioso, que tenga planes para sí, etc... En vez de decirse que para triunfar como él hay que ser como mínimo tan trabajador como él en todos los ámbitos de la vida, aquí no se puede soportar que la realidad te eche en cara tu mediocridad: tu mal es siempre consecuencia del bien ajeno.
Hay quienes temen que Cataluña y Euskadi decidan independizarse. No lo temen por causa del dolor ante la ruptura de algo que se ama sino porque esas comunidades son de las más ricas de España y su falta causaría una gran crisis económica. Muchos catalanes están hartos de que grandísimas cantidades se vayan de su tierra a cubrir carencias ajenas - algo en principio muy loable - pero también de que no se invierta en su tierra (de modo, por ejemplo, de que las autopistas catalanas que se construyen son todas de pago, mientras que casi todas las de fuera no lo son) y de que, por otra parte, esas comunidades pobres sigan siendo pobres tras tantos años de supuesta gestión en contra de esa pobreza.
Cabe pensar que si eso es así es o porque los gobernantes de esas zonas pobres son pésimos gestores - con lo que hay que suponer que los votantes son tontos de capirote al votar reiteradamente a semejantes negados - o, lo más probable y peor aún diría yo, porque esos gobernantes usan ese dinero para comprar voluntades, para tapar bocas, para que nadie proteste ante las situaciones de injusticia que allí se dan. Si esas comunidades pobres siguen siendo pobres seguirán siendo subvencionadas - ejemplo, el PER, con el que algunos trabajan sólo dos meses y el resto del tiempo a vivir del paro, en vez de trabajar todo el año - y ellos seguirán en el poder gestionando esos fondos, quejándose de su pobreza ante los medios y acusando a otros de insolidarios. Pero si esas comunidades ricas se fueran, adiós dinero, adiós excusas, adiós poder. Muchas mentiras quedarían expuestas, rodarían muchas cabezas... Algo que muchos intereses no pueden consentir pues les sería insoportable que les mostraran cómo son en realidad: una gran mentira.
Si uno quiere triunfar en la vida, que se afane día a día en su ámbito en ser mejor, en trabajar más, etc... sin preocuparse de qué hacen otros ni hacerse mala sangre si a otro le va mejor. No pido que adoptemos la actitud calvinista - no lo quiera Dios, y nunca mejor dicho, - pero tampoco vayamos por la vida de cigarras holgazanas que se rían de las industriosas hormigas y luego se quejen de no tener qué comer y así acusar a las hormigas de ladronas.
A la Inglaterra del siglo XVI, país muy católico, llegó la influencia protestante de Lutero y Calvino. El rey Enrique VIII, que había estudiado para clérigo antes de ser llamado al trono, luchó contra esas doctrinas con tal éxito y vehemencia que el Papa de la época le nombró defensor de la fe. Ocurrió que quiso divorciarse de Catalina de Aragón pues esta no paría varones y así casarse con Ana Bolena (que tampoco se los dió). El Papa no lo consintió, el rey se enfadó y así surgió el cisma anglicano: el rey se proclamó cabeza de la iglesia en Inglaterra. El Papa lo excomulgó.
La Iglesia anglicana comparte la doctrina con la católica en altísima medida con lo que la nueva iglesia fue igual de dura con los protestantes luteranos y calvinistas. Estos últimos fueron perseguidos con tal saña en los años siguientes que en 1635 decidieron unos cuantos salir al exilio: las tierras de América. Allí crearon colonias lejos de cualquier persecución, reafirmándose en su doctrina y aislándose del mundo. De este modo, mientas que el movimiento protestante extremista inglés fracasó con la caída de los puritanos (época de Cromwell), en las otras tierras se reafirmó aún más con la llegada de más remesas de calvinistas ingleses que emigraban tras la caída de su movimiento en la madre patria.
Así tenemos la situación siguiente: una cultura de fortísima impregnación religiosa de carácter extremado calvinista. Es la época de la caza de brujas, de las luchas contra los indios a los que consideran animales diabólicos, etc... todo ello debido a su visión del mundo.
¿Cual es su visión del mundo? El calvinista cree en la predestinación: El hombre concreto no se salva para el cielo en virtud de su ejercicio recto de la libertad, de su fe y su oración sino porque Dios lo ha elegido para su Paraíso desde el comienzo de los tiempos. La razón de esto es la Omnisciencia de Dios: si Dios lo sabe todo, sabrá también qué será de mí, si me salvaré o no, con lo que no tiene sentido ser virtuoso y así aspirar al cielo si es que todo ya está escrito. Puedo ser un santo en la tierra y condenarme pues Dios ya lo ha decidido previamente debido a sus ocultas razones. Al revés, aun siendo un réprobo entre mis semejantes Dios me exaltará entre los suyos si así lo decide Él. Como se ve, esta concepción sobre lo divino y lo humano niega que el hombre sea el último responsable de su destino, se rechaza la libertad.
Así las cosas, el calvinista vive en un dilema: ¿Me salvaré? ¿No me salvaré? ¿Qué piensa Dios de mí? Es con este enfoque que se comprende bien la afición obsesiva de los calvinistas por la escritura de un diario personal: las neuras que se escriben en ellos superan las de Woody Allen en sus filmes.
Pero llega la solución: Si Dios lo sabe todo, también conoce mi sufrir. Si soy su elegido, no hará pasar un mal rato a uno de sus amados por lo que de alguna manera me lo hará saber. ¿Cómo? Colmándome de riquezas. ¿Cómo conseguirlas? Trabajando. El calvinista tipo se transforma así en un currante eficiente deseoso de llenarse de bienes materiales en su deseo de confirmar el amor de Dios por él. ¿Cómo reconocer a los amados por Dios? Si tienen riquezas materiales, lo serán. Si no, serán pecadores. De este modo se identifica al dinero y al poder con el amor divino, el pecador es el pobre que no levanta cabeza porque así lo ha decidido Dios.
(Este criterio tiene una objeción a mi ver: de ser así la cosa, las riquezas deberían bajar del cielo sin trabajar ni nada: Trabajando mucho se hace rico cualquiera, santo de Dios o vil protervo)
El empuje calvinista se va diluyendo progresivamente en el flujo de las migraciones sucesivas que llegan a USA: Chinos, polacos, mejicanos, suecos, alemanes, italianos, irlandeses... que cambian el panorama social del país. El calvinismo religioso pasa a ser una minoría insignificante en número, pero influyente como modelo práctico de conducta. Así vemos que el dinero ya no es consecuencia del amor de Dios, pero sí el pasaporte de la respetabilidad: Si uno posee una casa hermosa, desempeña un trabajo muy bien pagado, es socio de innumerables clubs selectos, etc... es que debes de ser buena persona y como tal te tratarán aunque no te conozcan de nada. Ese criterio sigue vigente hoy entre los llamados WASP: White, anglosaxon, protestant, que son los que de toda la vida copan los puestos más altos de la sociedad
Como vemos, el éxito social en USA es fruto de la mezcla del trabajo en sí con criterios religiosos para mí muy discutibles pero cuyo efecto práctico es indudable: en USA se aprecia mucho el espíritu emprendedor.
SITUACIÓN EN ESPAÑA
España es un país de cultura católica muchas veces extremista debido a su aislamiento secular de Europa. La tradición se aplica oficialmente a todos los aspectos de la vida sin ningún espíritu crítico, que suele identificarse con las influencias "perniciosas" protestantes primero, ateas después. Esto se plasma también en la actitud ante el trabajo.
España es el nido de la picaresca: Si el trabajo es el fruto de una maldición bíblica -"Ganarás en pan con el sudor de tu frente", el genio popular valora al que sabe vivir del aire, a costa de los demás, el vividor. Un currante industrioso con ganas de salir adelante jamás conseguirá la admiración popular y sí el que vive del cuento. Esto, que comenzó como una tradición literaria basada en la pobreza popular en tiempos de Carlos I, ahora alcanza una masiva promoción mediática con el mundo del famoseo que genera parásitos sociales para su autoconsumo televisivo - ejemplo, Gran Hermano y similares, los programas y revistas del hígado, que no del corazón, etc...
Si a esto unimos la mohína secular del país ante la desproporción desorbitante entre los sueños y la realidad, nos enfrentamos a un cóctel explosivo: falta de amor al trabajo, sensación de fracaso, delirios de grandeza, el quiero y no puedo... son ingredientes básicos de lo que se ha dado en llamar el orgullo español, rasgo por el que los europeos sin excepción definen a los españoles. El español orgulloso es uno que sale de casa todos los días con ganas de comerse el mundo, fracasa, se frustra y... o se va al bar para emborracharse y regresar a casa para zumbar a la mujer, o regresa a casa sin más y zumba a la mujer igual.
Un rasgo del orgulloso español es la envidia: como no consigue lo que desea debido a sus carencias (falta de amor al trabajo, nulo sentido del orden y la diligencia, sueños irracionales de grandeza), no puede soportar que otros logren aquello en cuyo afán él ha fracasado. En lugar de pensar que él también puede acceder a eso que el otro ha logrado a poco que se aplique a la tarea, el orgulloso hispano cree que si el otro lo ha conseguido es por ser un ladrón, un jeta, etc... y, peor aún, que si el otro triunfa es a costa de su fracaso, como si el otro conspirara contra él con el deseo pleno de hundirle en la miseria.
Esto llega a consecuencias de genuina patología social: hay quienes se alegran de fracasar porque así saben que nadie se meterá con ellos al no conseguir despuntar. Si consigues la excelencia en algo, te harán la vida imposible pues te constituyen en la demostración palpable de su propio fracaso, algo que el orgulloso no puede reconocer jamás a riesgo de quebrar su sentido del honor, su autoestima, etc...
En esta polémica del Estatut, etc... se oyen muchas voces que atacan al catalán como ser insolidario que desea llevarse la gran tajada nacional. El deseo legítimo de mejorar sus competencias aprobado con una gran mayoría en su Parlament es contestado por los medios españoles con gran ruido intoxicador de muchas mentes de las gentes sencillas de otras tierras.
Considero - y no pretendo que nadie esté de acuerdo conmigo - que esta escandalera de patio de vecinas es sólo una muestra más de esa envidia cainita que no soporta que alguien triunfe, que sea industrioso, que tenga planes para sí, etc... En vez de decirse que para triunfar como él hay que ser como mínimo tan trabajador como él en todos los ámbitos de la vida, aquí no se puede soportar que la realidad te eche en cara tu mediocridad: tu mal es siempre consecuencia del bien ajeno.
Hay quienes temen que Cataluña y Euskadi decidan independizarse. No lo temen por causa del dolor ante la ruptura de algo que se ama sino porque esas comunidades son de las más ricas de España y su falta causaría una gran crisis económica. Muchos catalanes están hartos de que grandísimas cantidades se vayan de su tierra a cubrir carencias ajenas - algo en principio muy loable - pero también de que no se invierta en su tierra (de modo, por ejemplo, de que las autopistas catalanas que se construyen son todas de pago, mientras que casi todas las de fuera no lo son) y de que, por otra parte, esas comunidades pobres sigan siendo pobres tras tantos años de supuesta gestión en contra de esa pobreza.
Cabe pensar que si eso es así es o porque los gobernantes de esas zonas pobres son pésimos gestores - con lo que hay que suponer que los votantes son tontos de capirote al votar reiteradamente a semejantes negados - o, lo más probable y peor aún diría yo, porque esos gobernantes usan ese dinero para comprar voluntades, para tapar bocas, para que nadie proteste ante las situaciones de injusticia que allí se dan. Si esas comunidades pobres siguen siendo pobres seguirán siendo subvencionadas - ejemplo, el PER, con el que algunos trabajan sólo dos meses y el resto del tiempo a vivir del paro, en vez de trabajar todo el año - y ellos seguirán en el poder gestionando esos fondos, quejándose de su pobreza ante los medios y acusando a otros de insolidarios. Pero si esas comunidades ricas se fueran, adiós dinero, adiós excusas, adiós poder. Muchas mentiras quedarían expuestas, rodarían muchas cabezas... Algo que muchos intereses no pueden consentir pues les sería insoportable que les mostraran cómo son en realidad: una gran mentira.
Si uno quiere triunfar en la vida, que se afane día a día en su ámbito en ser mejor, en trabajar más, etc... sin preocuparse de qué hacen otros ni hacerse mala sangre si a otro le va mejor. No pido que adoptemos la actitud calvinista - no lo quiera Dios, y nunca mejor dicho, - pero tampoco vayamos por la vida de cigarras holgazanas que se rían de las industriosas hormigas y luego se quejen de no tener qué comer y así acusar a las hormigas de ladronas.





