logotipo

img_google
Cosas de una chica de treinta
La vida tal cual es, le pese a quien le pese
Suscribir con Bloglines
Sindicación
 
El espíritu de las navidades pasadas (cuento, evidentemente, de navidad)
El despertador sonó a las 7 menos cuarto de la mañana, saqué la mano de debajo de la nórdica, y plof… la maquinita cambió su domicilio sobre la mesita, por las ignotas regiones ocultas bajo la cama. El se lo buscó. Por las ganas no saldría de la cama, es Nochebuena y no he pegado ojo. El vecino ha colocado unas luces en la ventana justo frente a la mía, muy monas, se encienden y se apagan, se encienden y se apagan, lo malo es que esta noche se han estropeado y a la vez hacen un ruido rítmico prrrrr prrrr prrrr prrrr, así todo el tiempo. En un momento de locura me he levantado, he cogido unas piedras de río que me regalaron por mi cumpleaños para crear un ambiente más armónico en el salón, y la he emprendido a pedradas contra las luces. Mi chico miraba desde la cama un poco asustado y medio dormido, mientras gritaba “cierra la ventana que entra frío”. No he parado hasta hacer puntería, la instalación ha hecho PUUM y me he metido en la cama helada pero feliz.

En mi trabajo hay una norma no escrita, pero inexorable: el que llega tarde, pringa. Y hoy, Nochebuena, el día que nadie quiere pringar, yo he llegado la última y con más de media hora de retraso, al entrar por la puerta mi jefa no ha esperado a que cuelgue el abrigo para encargarme el informe de cierre anual, Y por supuesto lo quiere antes de ultima hora en su mesa. Lo dicho, el que llega tarde: pringa.

Tecleo medio ausente pensando en la cena, sí en la oficina tenemos normas no escritas, pero inexorables, en mi familia la costumbre de nuestros mayores, va a misa, y el menú de Nochebuena está estrictamente legislado: de primer plato gachas de harina y de segundo cordero. Todo muy simbólico. Las gachas se impusieron durante “los años del hambre” al parecer unas navidades no tenían nada que comer, excepto leche y harina, entonces una de mis tatarabuelas, ideó la receta y todos pudieron comer. Cuando los malos tiempos pasaron se mantuvieron las gachas, acompañadas de cordero como símbolo de prosperidad. Desde que tengo uso de razón, cada navidad me cuentan esta historia, y la verdad, ya huele el tema. Yo preferiría chuperretear langostinos como hace todo el mundo.

En ese instante me doy cuenta de que he olvidado descongelar el cordero, y que en mi familia no les gusta el sabor de la carne pasada por el microondas, son muy especiales ellos, y después del trabajo no le va a dar tiempo para descongelarse de forma natural. La angustia se apodera de mí, es la primera vez que organizo la cena de Nochebuena, y va a salir un churro que pasará a los anales históricos de mi familia, seré recordada de generación en generación como la tatarabuela desastrosa con fijación por las luces de navidad. Desesperada llamo al único hombre que puede salvarme:

- ¡Abuelo! ¿Dónde estás? ¡te necesito!

- Pues va a ser que no, porque tengo una mañana muy movida. Ahora mismo estoy en el Centro Comercial, voy a hacer de reclamo para tu madre.

- ¿Qué me estás contando?

- Tu pobre madre ha conseguido trabajo de promotora comercial, vende la colonia que ha sacado la folclórica esa que era tan famosa cuando la guerra de Marruecos, tu no la recordarás… pues la pobre aún no se ha estrenado, y claro, como va a comisión… no le va a llegar el sueldo ni para pagar el autobús… por eso hemos planeado lo siguiente: yo finjo ser un cliente cualquiera, le compro la colonia y digo que mi esposa es feliz desde que la usa. A ver si así la gente se anima. ¿A que es buena idea?

- ¿Y abuela donde está?

- Tiene hoy el concurso de tejedoras, está muy ilusionada, tiene posibilidades de ganar y todo.

- ¿Entonces quien saca el cordero del congelador?

- No se, pero tu no te preocupes, que estamos en Nochebuena.

No, si yo no me preocupo, sólo llevo toda la mañana sin ir al baño, y tengo un hambre de lobo, el informe no se acaba nunca, y en la oficina están empezando a preparar la fiesta de Nochebuena, a la que no puedo asistir, la jefa me ha comunicado que la organizarán en la sala de juntas, para no molestarme mientras liquido el informe, debe ser el espíritu navideño, el que le impulsa a ser bondadosa.
Encima, este año, cenaremos salchichas.

Aprovechando un despiste de la jefa, llamo discretamente a cafetería, y pido que se ponga Juancar:

- Juancar, por favor, ¿puedes traerme a la oficina una tostada integral y un café con leche y sacarina? Es que estoy castigada, no puedo bajar a la cafetería y me caigo de hambre…

- ¿Y para que vas a comer esa porquería? Si en una hora os subimos tres bandejas de jamón serrano y canapés de caviar.

- Ya, pero es que no puedo ir a la fiesta tampoco…

- Tu jefa es como un dolor… venga, te lo llevo, pero sólo porque es Navidad…

- ¡¡¡Gracias!!! Oye… se discreto…

- No te preocupes, ya sabes que he servido copas a los más altos dignatarios, la discreción es en mí algo innato, Chati.


Cuarto de hora después un vozarrón inunda la oficina:

- ¡Chati! ¡Aquí tienes tu desayuno! – cruza por delante de las narices de la jefa con la bandeja en alto, y me planta encima de la mesa una caña y un pincho de tortilla. ¡Que te aproveche, guapa! ¡Y Feliz Navidad a todos!

La jefa se aproxima a mi mesa, mirando fijamente la caña:

- Estaba yo pensando, que el informe me lo pasas impreso y luego lo leemos entre las dos, para corregir los errorcillos que puedas haber cometido

Mi vida es una mierda.

A juzgar por los gritos, la fiesta de la oficina está en pleno apogeo cuando termino el dichoso informe. Odio a todo el mundo, y sólo quiero salir de allí, irme a mi casa, sacar el cordero del congelador, meterlo en el microondas sin que se de cuenta mi familia, y cocer las gachas siguiendo la tradicional receta de mi tatarabuela. Luego cenaré, y beberé hasta caerme al suelo donde no pienso levantarme hasta el final de las fiestas.

Pulso imprimir, el informe toma cuerpo de papel y al leerlo por encima me parece bastante bueno, digno de un ascenso, o por lo menos de un regalito navideño, me siento más optimista, termino la caña, canturreo “Campana sobre campana” y entonces la impresora hace: piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii “atasco papel”. Nadie me ve, desenchufo la impresora, le abro las tripas, saco el papel (me corto), la cierro, vuelvo a enchufar, y le doy tres golpes secos antes de volver a imprimir, la máquina renquea, pero al final se rinde ante mi superior inteligencia y escupe folios.

En la fiesta, mi jefa se está poniendo ciega a jamón y parece haberse olvidado de mí, dejo el informe sobre su mesa con un post-it: “He tenido que salir por asunto familiar grave. Feliz Navidad y disfruta de la fiesta”. Cinco minutos después estoy en la calle y por primera vez en todo el día me siento libre.

Cuando llego a casa, mis abuelos están viendo una película del oeste en el DVD, en el suelo hay una copa enorme que pone “A la tejedora más rápida del barrio” y la casa huele a colonia.

- ¿Qué es este olor?

- Nardo, clavel y azahar – y mi abuela me rocía con un perfumador- es lo que vende tu madre en el centro comercial.

- Abuela ¡por dios! ¡Que huele a gominola derretida!

Suena el timbre, abro, y encuentro a los del restaurante de la esquina con cajas de comida.

- ¿Esto que es?

- La comida de navidad- mis abuelos mi miran como si fuese boba, la hemos encargado, ¿verdad que es práctico? Calentar y comer, además en platos de plástico, para no tener que fregar después.

- ¿Y que pasa con las gachas y los años del hambre?

- Mira nieta, los años del hambre, pues que no vuelvan.
 
I study English (a ratos)
Tras éste corto paréntesis en el que he pasado de darle a la tecla como de comer bocadillos de mantequilla de cacahuete (una pequeña fobia mía infantil) vuelvo al mundo blogosférico con los mismos escasos ánimos que me caracterizan. A todos aquellos que se han preguntado donde he estado este tiempo, confesar que no he estado precisamente puliendo mi parqué, sino tirada en el sofá de mi casa en posición fetal.

No os preocupéis, no ha sido nada grave, simplemente que tras mi último pufo opositoril, necesitaba pararme y reorganizar mi vida, y para ello nada mejor que el sofá, la manta y la posición fetal. Tras el proceso he amanecido con nuevos ánimos: despejé la mesa de apuntes caducados, y he configurado un nuevo espacio de estudio en el que pretendo dejarme las neuronas de aquí a marzo, cuando se prevé el gran acontecimiento: el puto examen. De aquí a entonces, si observáis que desvarío más de la cuenta, o me da por alabar a Fadrique de Basilea, o criticar el Proyecto TUNE, considerad mi estado, y sed benévolos.

Como parte de mi preparación opositora acudo dos días a la semana a clases de inglés, donde digo cosas del estilo: I study English for my job (si hay faltas de ortografía I´m sorry, pero lo llevo fatal con la lengua de Tony Blair). Me aburro mucho en clase, no tengo amigos y nadie quiere relacionarse conmigo. Somos un grupo subdividido en:

- Prejubilados: uno de ellos es fan de un tal Franco (y no es el de Pasión de Gavilanes) y una trabaja como voluntaria en un rastrillo eclesiástico.

- Funcionarias mayores de 40.

- 3 universitarias y 1 universitario: los cuatro son muy jóvenes y no entienden los chistes del Francófilo, ni ganas que tienen. El chico está tan ocupado intentando ligarse a las 3 chicas que es incapaz de conjugar el To BE de forma coherente.

- Las lesbianas: son pareja y pasan de relacionarse con el resto.

- El teacher: padre novato, bastante tiene para el.

- YO: no cuadro en ninguno de los grupos anteriores, nadie comprende mi problemática y soy demasiado mayor para que el universitario se interese por mí (un día me llamó señora, el muy idiota), vamos, que me aburro mortalmente en clase.

Con éste panorama, comprenderéis lo mucho que me cuesta ir a clase y lo dispuesta que estoy a hacer novillos siempre que puedo, encima esta semana, con el rollo del puente, sólo asistiríamos los prejubilados y yo. La verdad, pasarme la tarde aguantando un rollo en inglés sobre The economic politic of Franco, como que no era el ideal de mi vida, pero tampoco tenía otras opciones mejores, hasta que a pocos metros del Centro de Idiomas, pegándose con una cabina telefónica, encontré a Mister Educancia.

Mister estaba con ganas de hablar, entonces primero me acoquinó contra una pared y pasó a explicarme con pelos y señales como la cabina le había tangado un euro, y eso sólo podía formar parte de un complot de Timofónica para conseguir financiación y dominar el mundo. Así resumido queda un poco confuso, pero os aseguro que tras una hora aguantando a pie firme todo el rollo, acababas creyendo en la conjura y en el Ratoncito Pérez, si hacía falta.

Como se me estaban congelando los pies le propuse que entrásemos en una cafetería donde podría seguir exponiendo sus teorías sobre la vida, y las cabinas telefónicas, y yo frenaría el proceso de congelación iniciado en mis dedos. Lo arrastré hasta una cafetería de estilo minimalista, donde además del café te ponen una chocolatina y puedes leer la Cosmo y la Glamur. Allí repanchingada en una especie de sofá de megadiseño, estaba dispuesta a soportar toda la verborrea del mundo y más allá.

Tras repasar la política, la economía, la podredumbre social y el declive de las sanas costumbres y virtudes hispanas, de pronto al Mister le dio un aire, puso cara de cordero degollado y con voz susurrante preguntó “¿Y de La Fraguell que sabes?” a lo que yo respondí “¿Qué?” sus continuos gritos me habían dejado momentáneamente sorda e incapaz de escuchar aquel repentino susurro.

Repitió la pregunta un poco más alto, y esta vez respondí “¡Que!”, sorpresa total.

- “Pues está en un pueblo cercano a Londres, tan feliz. El curro no la estresa, el pueblo le gusta, y ya ha iniciado los trámites para obtener el carné de la Public Library, vamos, no se puede estar más integrada”.

-Pobrecilla, ¿y tu crees que volverá?-

- No se, la verdad es que los designios de La Fraguell suelen ser inescrutables, pero por lo que cuenta en sus mails, está feliz de la vida.

- Pobrecilla, ella sola, en un país extraño

- Hombre, que tampoco es Mozambique, además tiene amigas por allí dispersas…

- No mientas, seguro que lo está pasando mal…

- Imagino que lo justo… pero tampoco está como para tirarse por la ventana…



Y así iniciamos un nuevo debate: ¿Es Feliz la Fraguell en la Gran Bretaña?, cuyo tema principal acabó derivando en: “La Fraguell es mi amor secreto, y ahora no se que hacer”. Llegados a este punto, opté por cerrar el pico y dejar que se despachase a gusto, además aquello era mejor que Frijolito y Amor Real juntos.

La paciencia y el café se me acabaron a la vez, mientras nos traían la cuenta me fijé en los posos del café: si te concentrabas un poco y le echabas imaginación, parecían formar el mapa de Gran Bretaña, y un poso chiquitín a la altura de Londres, era como si La Fraguell me estuviese saludando con la mano: I´m happy