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Cosas de una chica de treinta
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La cadena
Hoy recojo el testigo que me ha pasado Don Tonino en forma de cadena bloguera, a quien le doy mis más sinceras disculpas por no haberlo tomado antes, pero este sábado tuve proceso selectivo y no estaban mis neuronas como para ponerse a discurrir sobre mis hábitos y costumbres como homo sapiens sapiens.

La cadena consiste en contar 5 de mis manías /costumbres /hábitos extraños, y digo yo ¿no somos todos un poco excentricos y maníacos? ¿lo que es extraño para mí, lo es para otra persona? bueno, pues más o menos estos son los mios:

1) Cuando viajo en autocar siempre me siento en la zona izquierda, respecto al asiento del conductor. Suelo hacerlo sin pensarlo, supongo que es un hábito tan arraigado en mi cerebro que no necesito ya ni programarlo.

2) Después de un examen, recojo todos los apuntes de la materia examinada, los archivo, retiro todos los objetos de la mesa, y la limpio con una bayeta y agua, o con limpiacristales. Luego vuelvo a colocar la mesa. Supongo que es una forma de asumir el pasado y afrontar un nuevo reto.

3) No soporto las cosas tiradas en el suelo. Es algo que me ataca los nervios, tanto en mi casa como por la calle.

4) Nunca me visto de rosa, a lo sumo de fucsia. De hecho, el color que más odio en este mundo es el rosa.

5) Contar mi vida y milagros en un blog, para horror de mi churri, que siempre teme alguna indiscreción por mi parte. Y es que debe pensar que nuestra vida es tan emocionante como la de los Beckan (que va a ser que no).

Bueno, estos son mis cutres habitos extraños, siento no tener nada mas aberrante que contaros.

Paso el testigo a mi colega y amiga Aliana y a El mascachoperro, un chico muy salado.
 
El regalo
Cada comienzo de año inicio mi rutina devolviendo regalos varios, y es que estoy hasta las mismísimas narices de aguantar con una sonrisa obsequios aberrantes que no tienen nada que ver con mis gustos y aficiones. La historia suele ser más o menos esta: abro el paquete y me encuentro un oso amoroso rosa. Flipo en colores durante unos segundos, el donante me mira con una sonrisa y dice “¿te gusta?, en cuanto lo vi supe que era ideal para ti. Bueno, a mi me gusta mucho”. Lo primero que pienso es “si tanto te gusta porque no te lo quedas tu”, no llego a verbalizar la frase porque entonces me dicen “yo me compré uno igual, pero en azul celeste”.

Entonces empiezo a darle vueltas al oso amoroso rosa y a mis neuronas planteándome las siguientes hipótesis:

- ¿Cuál es la imagen que proyecto en mi entorno? ¿De verdad doy el tipo de una chica a la que le gusten los osos amorosos rosa? ¿He pronunciado en algún momento las palabras “que bonitos son los osos amorosos rosa, como me gustaría tener uno”? ¿Tengo algún tipo de trastorno bipolar con una personalidad amante de los osos amorosos rosa y otra medio siniestra?

Tras los primeros minutos de angustia existencial recuerdo que en las navidades pasadas, esta misma persona me regaló una vela de olor antitabaco ya que “te gustan tanto, y tienes varias” no le respondí que si tengo en casa 5 velas de olor antitabaco, es porque todas me las ha regalado el mismo donante: TU. Me temo que se ha agotado la era de las velas antitabaco, para iniciar la de los osos amorosos, y la verdad, a las velas les encuentro más utilidad, si se va la luz las enciendes pero prueba a hacer lo mismo con un oso amoroso rosa, y ya verás la que montas.

Pasados unos días voy a la tienda de los osos amorosos en un intento desesperado para que me lo cambien, pero sin ticket de compra como que no, y en el caso de tenerlo en lugar de darme la pasta (quiero la pasta para comprarme una minifalda vaquera rebajada en la tienda de al lado) sólo podría cambiarlo por otro artículo. “Pero si ustedes sólo venden osos amorosos” “Claro, pero puede cambiarlo por uno azul, o verde, o amarillo, aunque el amarillo no se lo recomiendo, es muy sucio” “Pero yo no quiero un oso amoroso…” “Ah… pues haberlo pensado antes de comprarlo”

Salgo de la tienda desesperada con el oso bajo el brazo cuando una idea brillante activa mis neuronas: necesito un niño.

Pitufín me mira con cara de sorpresa cuando le doy el oso amoroso rosa, a sus dos años y medio lo que más le gusta en esta vida es descamochar peluches, sólo su fiel amigo el Oso Ramón se mantiene intacto y tiene el privilegio de compartir cama con su amo, dudo que el nuevo peluche implique el fin de su amistad.

Me he librado del oso amoroso rosa, y he quedado como una reina (hortera, pero reina al fin y al cabo), unas semanas después, el donante me visita “¿Dónde has puesto el oso amoroso rosa? No lo veo” “Pues mira, vino Pitufín de visita y se encaprichó de el, tuve que dárselo para no traumatizarlo” “¡Pobre!, bueno, he visto que están de rebajas, mañana te compro otro”