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Mi estantería
Acerca de
-¡Ratonera! -exclamó el señor Polly y, a continuación, para variar y con mucho mayor énfasis- ¡Rrrrratonera! Hizo una pausa y se despachó con una de sus peculiares expresiones personales: -¡Ah, cruel, estúpida ratonera!
Sindicación
 
Preludio Nueve
En mi tocadiscos, bajo la música, se escucha una molesta arenilla. Resulta complicado, y aunque fuera posible escribirlo, sería aburrido de leer, explicar cómo caen las nubes sobre el sol en esta tarde de domingo. Si me tumbo en el sofá, desde mi ventana sólo se ven "los árboles recortados contra el cielo"; junto a la ventana se abre un cuadro del Buenos Aires de hace un par de siglos. El resultado, con la arenilla del tocadiscos, deja un ánimo extraño. Con los oídos tapados y el latido de mi corazón, la buena soledad se acentúa, y comprendo que el cielo lo percibo a la vez como se extiende esta tarde y como lleva apareciendo, en las tardes y en mi memoria, desde que tengo uso de razón, o antes incluso.
En incontables tardes, en tardes de tomar té en la oscuridad del salón; en tardes de mirar fotos y papeles viejos; en tardes de invierno junto al calor de las chimeneas, sonatas para piano, humo de cigarrillos de los mayores, está mi vida; la vida que me hacía daño antes de ser mía. La muerte de mi vida ha sucedido años antes de mi propia muerte, y ahora vivo de paseos y sonrisas cómplices hacia los otros paseantes, reclusos, mascotas de los cuerpos que les llevan.
 
Handbags And Gladrags
Estuve con el abuelo. Estaba más delgado. Dijo que le había puesto nombre a cada uno de sus dientes para saber cuál está usando cuando mastica, y si es suyo o postizo.
Describió con todo detalle lo que se puede ver a través de las ventanas del ala opuesta del edificio: los árboles, los pájaros, los carteles...
Me hizo poner ni mano en su rodilla y puso su mano sobre la mía. Una mano ligera, fría y áspera. Nos miramos como dos extraños.
Estuvo hablando de su cuerpo como si lo estudiara científicamente: de sus gestos, en los que reconoce los gestos de parientes a los que casi no recuerda; de las arrugas y las pecas de sus manos, que se extienden día a día como una urticaria; de los tobillos comidos casi hasta el hueso por años de calcetines; de los labios lamidos por la cuchilla de afeitar; del pelo que es una pelusilla, un envoltorio, una mortaja.
Dijo que lleva tres años leyendo el mismo libro, porque es incapaz de concentrarse, y que la tele la mira para pensar en otras cosas.
Me habló de sus compañeros de la residencia: de la señora que juega sola al bingo, del que se lo hace todo encima y tardan en cambiarle, de los que caminan en círculos...
Me preguntó por mi hermana y luego volvió a repetirlo todo desde el principio, en el mismo orden.
Entonces le dije que volvería la semana siguiente y me contestó que el que a lo mejor no volvía era él.
A dos pasos de la residencia, los inmortales se gritaban desde los coches, compraban, decidían que se amaban, empujaban a los niños al colegio, planeaban vacaciones y subidas de adrenalina, celebraban, comían sin pensar en los dientes, y encerraban a los mortales en sí mismos.
 
Las Seis Partitas
Para aprender a tocar un instrumento musical se aconseja empezar despacio. Hay que fijarse en cada nota. Interpretar la partitura de corrido. La velocidad vendrá sola. Con la mecanografía sucede algo parecido.
Al estudiar cualquier asignatura se recomienda comprender antes que memorizar y, en caso de ser imprescindible, valerse de reglas mnemotécnicas. Las fechas no son importantes. Es importante comprender los procesos. Hay un tiempo limitado para hacer los exámenes.
Para aprender a conducir, al menos según decía mi profesor, hay que tratar al coche suavemente, como si fuera una persona. Mi profesor conducía muy bien. Diría que suavemente. Pero trataba muy mal a las personas, en especial a su mujer. La engañaba con una chica quince años menor. Para aprender a conducir es importante controlar la velocidad.
Para aprender a cocinar hay que elegir bien los ingredientes, aprender de los errores, vigilar la sal y los tiempos de cocción, tener buena mano y voluntad. Los mejores platos se consiguen con amor.
Si te topas con un accidente en la carretera, lo primero es evaluar los daños y luego llamar a la policía o a una ambulancia. A los motoristas no hay que quitarles el casco. A los heridos no se les da agua.
Los juegos, incluso los de azar, tienen sus reglas particulares. En los electrodomésticos, ordenadores, etc. las reglas se llaman "instrucciones"; en los padres se llaman "consejos"; en los abuelos "refranes"; en los medicamentos se llaman "el prospecto". Los animales, las plantas, los planetas, los fenómenos meteorológicos, las nubes... tienen cada una su nombre y su familia, y se inscriben en clasificaciones mayores.
Los niños no deberían escuchar determinadas cosas, los adultos trabajan y los viejos acaban en residencias.
Mi adivino favorito de la televisión ha leído una frase que decía: "Todas las habitaciones de la vida, a fin de cuentas, son cajones volcados", ha puesto un disco de Glenn Gould -ha seguido el compás con la cabeza-, y ha dicho que las operaciones son el fracaso de la medicina...
¿De qué es el fracaso todo lo anterior?
 
But Not For Me
Mañana me voy de viaje. Estaré dos días sin televisión, así que hoy he estado tomando el sol de la pantalla para acumular energía. Sólo canales locales, eso sí.

Mi adivino favorito, confirmando sus poderes, aparecía en dos canales a la vez, con la misma ropa pero distintas predicciones. Desde que le sigo he averiguado que va a la piscina tres veces por semana, que cuando era jóven fue modelo de ropa interior, que su cumpleaños es el 12 de noviembre y que él mismo llama a su consulta cuando se le presentan problemas, pero que no sirve de nada porque los de su gabinete le reconocen la voz.

Yo llamé un día para preguntar si mi hermana se iba a reconciliar con un novio, porque andaba llorando por toda la casa, y me dijo que no me preocupara por mi hermana, que el que realmente estaba mal era yo. Empecé a sentirme a morir y se lo dije. Me dijo que la ambulancia estaba en camino y cuando llegué al hospital el médico de guardia me dijo que yo era el quinto caso que llegaba remitido por el adivino en lo que iba de noche.

Cuando no tiene llamadas, el adivino pone música barroca y lee alguna cita que ha recogido en sus horas de estudio. Hoy hemos escuchado el Stabat Mater de Pergolese y ha leído la siguiente cita, que me parece importante recoger: "enciende una vela cuando te enamores y apágala cuando la mujer de la que te has enamorado se enamore de ti, porque ya no necesitarás otra luz que la de sus noches". No me dio tiempo a apuntar de quién era.

Mañana tengo que madrugar, explicarle al gato cómo se abre el congelador, conducir, visitar tumbas, comprar pan, mirar a lo lejos, aumentar mi colección de nubes, perderme en lo más profundo del bosque, escribir, y, sobre todo, mirar las estrellas a 300 km. de la ciudad.







 
El Gato
Muchas personas -la mayoría de mis vecinos-, están deseando que diga esto que voy a decir para tomar una decisión definitiva sobre mi familia, pero tengo que decirlo porque, a día de hoy, es ya un hecho incuestionable: el gato, un gato que heredé de mi padre, un siamés mayor que yo, se ha puesto a hablar como los animales de los dibujos animados.

Y lo peor no es que hable sino que, como la mayoría de los que hablamos, no tiene nada que decir. Dice con palabras lo mismo que antes expresaba con maullidos, es decir: que no soporta los sonidos agudos -me obliga a ponerme los auriculares para escuchar música-, que quiere entrar, que quiere salir y que no puede masticar el pienso que le damos porque le faltan los colmillos desde hace años; que en lugar de pienso quiere helado de chocolate, aunque digan que si toma azúcar se le caerá el pelo (se le cae de todas maneras). Cuando voy a abrirle la boca para ver lo de los colmillos me dice que ni se me ocurra poner mis manazas en su boca.

Un veterinario amigo de mi hermana le ha dicho que cualquier animal doméstico, si vive lo suficiente y presta un poco de atención, puede aprender a hablar. Es como la gente que aprende otros idiomas viendo la tele. Me horroriza pensar que todos los animales que han pasado por casa habrían acabado diciendo tonterías de no haber muerto o escapado. Tuvimos unos monos pequeñitos que le quitaban el tocino al salchichón antes de comérselo y se meaban desde la jaula hacia afuera en plan gamberro; una perdiz coja y depresiva; un loro que decía "ma-ma-ma..."; un hamster que se merendó a sus crías y una tortuga que se escapaba del recipiente con palmerita donde vivía hasta que, un buen día, una visita la pisó. A lo mejor ha tenido lugar en casa, a través de todas nuestras mascotas, un proceso evolutivo cuya culminación es el gato parlante.

No sé...

El gato se niega a revelar su edad, por lo que es imposible averiguar cuanto hay que vivir para aprender a hablar.
Mi hermana dice que el gato la mira con expresión lasciva cuando la sorprende desnuda.
Mi madre dice que el gato nunca se ha dejado tocar porque en realidad es el fantasma de otro gato que desapareció.

Se han puesto todos tan pesados que he cogido la puerta y me he ido a comprar helado de chocolate. El gato ha dicho que compre de ese que tiene trocitos de chocolate.
 
MI tratamiento

El médico me dijo que escribiera. Que empezara allí mismo por rellenar unas recetas para una señora que estaba esperando al otro lado de la puerta. "Una falsa diabética", me dijo, "le receto pastillas de insulina pero ni siquiera se asoma por la farmacia. Colecciona las recetas; me lo ha dicho su hija".

Suelo ir al médico aunque no tenga cita y le pregunto a la enfermera si el Doctor Aspa me puede hacer un hueco en la tarde, y me quedo en la sala de espera aunque me digan que no. La gente va llegando despacito como en una película de zombis, con sus radiografías y su mala salud. Intentan memorizar todo lo que le tienen que contar al médico. Suspirán. Son amables los unos con los otros. Se ceden los asientos porque siempre consideran que el otro está peor. La consulta del Doctor Aspa es un sitio del que es difícil que le echen a uno.

Después de las recetas he seguido escribiendo sin parar desde que salí de la consulta, hace una semana larga.

Le dije a mi madre que me dejara escribir la lista de la compra. Quité la propaganda de los limpiaparabrisas de los coches y escribí allí lo primero que se me vino a la cabeza. Casi se me había olvidado cómo es mi letra. He escrito cartas a diferentes organismos; he entrado en un chat en el que jugaban al trivial; he escrito críticas de discos que no he escuchado y de libros que no he leído, en la página de Amazon; he mandado un curriculum inventado a todas las empresas de las páginas amarillas; tengo una colección de cuadernos y cuadernitos en los que apunto recetas, nombres para futuros hijos y palabras extravagantes; he copiado artículos de periódicos y revistas.

Me he hecho con lo que cualquier escritor podría llamar "una pequeña obra". A ver lo que me dice el Doctor Aspa la semana que viene. Conociéndole, seguro que me dice que me lea todo lo que he escrito. Seguro. Me las veré y desearé para reunir todos los papelitos. A veces pienso que el Doctor Aspa sólo trata de ganar tiempo.