Insieme a te non ci sto piu
Se le ha escapado cuando una señora ha insistido en saber con exactitud si iba a tardar dos o tres meses en encontrar trabajo. "Ni que fuera adivino", ha dicho mi adivino favorito, mi adivino de cabecera. Después se ha dado cuenta y ha rectificado: "Ni que fuera matemático". La siguiente llamada la ha despachado rápidamente, acusando a una chica de la que no ha preguntado ni la fecha de nacimiento, del robo de un dinero desaparecido, sólo porque era morena. Ha puesto un disco de Vivaldi, ha leído una cita de Goethe -"la felicidad es de plebeyos"-, y ha dado el programa por finalizado, sin recomendar, como tiene por costumbre, que se utilicen velas de cera de miel para mejorar la economía.
Antes de que se empleara para fabricar maniquíes como quiera que se llame el material que hoy en día se utiliza, se hacían con cera como la de las velas. Eran hermanos de los de los museos de cera, presa de los incendios de las películas. Mariano de Cavia se inventó un incendio imaginario en el Museo del Prado de Madrid y lo publicó en el periódico. Todo el mundo le creyó, como dicen que se creyeron La Guerra de los Mundos radiofónica de Orson Welles. Mariano de Cavia, que hoy sólo es recordado en Madrid cuando se pregunta por la calle que lleva su nombre, bebía, vivía en un hotel y le tenía puesto un piso a su imponente biblioteca.
Me han traído MILLION DOLLAR BABY. Le hace sentir a uno que pertenece a una raza de seres trascendentales en los que se puede confiar en todo momento, con los que se puede compartir un café aun siendo absolutos extraños, en lugar de sentir, como es habitual, que pertenecemos a una raza de comedores de hamburguesas asesinos que, en el mejor de los casos, se sientan a esperar la muerte. Si fuera otra persona diría que ésas son las cosas por las que merece la pena vivir pero, siendo yo, sólo lo escribiré.
Antes de que se empleara para fabricar maniquíes como quiera que se llame el material que hoy en día se utiliza, se hacían con cera como la de las velas. Eran hermanos de los de los museos de cera, presa de los incendios de las películas. Mariano de Cavia se inventó un incendio imaginario en el Museo del Prado de Madrid y lo publicó en el periódico. Todo el mundo le creyó, como dicen que se creyeron La Guerra de los Mundos radiofónica de Orson Welles. Mariano de Cavia, que hoy sólo es recordado en Madrid cuando se pregunta por la calle que lleva su nombre, bebía, vivía en un hotel y le tenía puesto un piso a su imponente biblioteca.
Me han traído MILLION DOLLAR BABY. Le hace sentir a uno que pertenece a una raza de seres trascendentales en los que se puede confiar en todo momento, con los que se puede compartir un café aun siendo absolutos extraños, en lugar de sentir, como es habitual, que pertenecemos a una raza de comedores de hamburguesas asesinos que, en el mejor de los casos, se sientan a esperar la muerte. Si fuera otra persona diría que ésas son las cosas por las que merece la pena vivir pero, siendo yo, sólo lo escribiré.





