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EN LA PLAYA.
Relatos. por Miguel Angel Aedillo.
Sindicación
 
METODOLOGÍA DE POSICIONAMIENTO VISUAL SALADO O 15000 FORMAS DE ENFRENTARSE AL MAR 1

Solo, de pie, mirando el mar.

Solo, de pie, dando la espalda al mar.

Solo, de pie, con los ojos cerrados.

En pareja, de pie, mirando el mar.

En pareja, de pie, mirando al otro.

Solo, sentado, mirando al mar.

En pareja, sentados, mirando al mar.

En pareja, sentados, mirando atrás.

Solo, tumbado, boca abajo, mirando al mar.

Solo, tumbado, boca abajo, mirando atrás.

Solo, tumbado, boca arriba, mirando al cielo.

Solo, tumbado, boca arriba, en paralelo a la costa. ( inédito)

En pareja, tumbados, boca abajo, mirando al mar.

En pareja, tumbados, boca arriba. ( contando estrellas)

En pareja, tumbados, lateral, ojo contra ojo.

En pareja, tumbados, él encima de ella.

En pareja, tumbados, ella encima de él.

En pareja, tumbados, él encima de él.

En pareja, tumbados, ella encima de ella.

Solo, sentado en la arena, leyendo.

Solo, sentado en una silla, leyendo.

Solo, tumbado, boca arriba, leyendo.

Solo, tumbado, boca abajo, leyendo.

Solo, tumbado, frente al mar, con gafas de sol. ( contando estrellas)

En pareja, frente al mar, ella tumbada, él sentado con gafas de sol.
( problemas)

 
LA COMETA 2

Las cometas sin la brisa son simples plásticos de colores.
 
LA COMETA

Vuelan cometas en la playa, estructuras siempre delicadas pero muy

vistosas y tecnicamente proporcionadas y preparadas para grandes

vuelos.

Sus dueños preparan el despegue con sutileza y cuidado, realizan to-

dos los preparativos con gran cálculo y eficacia, observando los cam-

bios de marea y la fuerza de la brisa, parámetros indispensables para

la perfecta ejecución del vuelo deseado.

Un golpe seco de brazos lanza hacia las nubes a la cometa, gira y cor-

ta el viento con rapidez, realiza giros imprevistos, bruscos, buscando

la corriente de aire adecuada, que le permita planear alrededor de la

mirada de su piloto y de las demás cabezas que observan la proeza

del vuelo de algo tan leve.

Y esa levedad se transforma en magia, y sus colores se convierten en

la bandera de nuestra infancia, que se repite en cada mirada nueva

de un nuevo observador.

Cada vez que contemplo el vuelo de una cometa, veo reflejado en el

cielo mis intentos para hacer volar mis cometas de papel, lanzadas

desde la ventana de mi habitación, incapaces de flotar breves instan-

tes en el aire, consiguiendo tan sólo golpearse contra la fachada roja

de la realidad de aquellos años.

Cada vez que observo el vuelo de una cometa, envidio su facilidad y su

paseo aereo, su habilidad y su soltura en el espacio.

Pero ya no contruyo cometas.

Aunque siga viendo volar mis sueños.
 
MARINERO EN TIERRA

Nunca he entendido los poemas de Rafael Alberti.

Creo que su añoranza de las aguas marinas era una pose, que junto

a su pesada silueta se encallaba en el puerto de sus versos.

Dicen que era arisco como un mar embravecido, tempestuoso ante la

crítica de sus imágenes, guerrero contra los diestros ademanes de la

política.

Siempre portaba un sombrero marinero, azul con visera acartonada,

y apuraba con su mirada el horizonte, esperando pescar alguna metá-

fora salvaje y rescatarla de las redes segundos antes de su última a-

gonía, para leerla en voz alta y explotar su inspiración en un papel mo-

jado de lágrimas, escondido tras la concha ajada de los sueños del

poeta de la barca amarrada de por vida.

 
EL RUMOR DEL OLEAJE

Encerrado en una oficina de la ciudad de Madrid me sorprendo al sen-

tir algo de tristeza por la lejanía del mar.

Han pasado los meses entre papeles y olvidos, encontrando sitio en

una nueva rutina.

Muchas veces me pongo de puntillas para intentar contemplar por en-

cima de las cabezas de la gente, el horizonte azul.

Y a veces creo verlos, surcando las olas, atravesando la bahía, entre

gaviotas y brumas, cargados de mercancías viajeras.

Pero no huele a sal.

Y el rumor que escucho no es el mar, soy yo, que invoco desde mi in-

terior su fresco compás, su olvidada marea.
 
LA BANDERA PIRATA.

Me gusta navegar bajo bandera pirata.

La calavera sonriente y las tibias cruzadas ondeando al viento despier-

tan un deseo voraz en mi interior.

Un deseo que sólo se calma abordando un navío cargado de oro y

joyas.

Diez vueltas al mundo conocido atraviesan mis orejas y llevo tatuado

el nombre de todas mis conquistas:

La India.

Cabo de Hornos.

Alaska.

Tasmania.

Hong-Kong.

Ceuta...

Aunque en mi mente siempre se halle Ambodifotatra, mi hogar.

Donde reposamos el ardor guerrero y liquidamos el tesoro logrado en

mujeres y en vino, despanzurrados en sus playas, ebrios de riqueza y

libertad.

Ambodifotatra, la leyenda de la isla invisible.

La que no aparece en ningún mapa de los treinta ejércitos que han

intentado sin éxito, no ya conquistarla, sino hallarla.

Ambodifotatra, el paraíso de los pañuelos de colores, las alhajas de

oro y las prótesis artificiales.

Ambodifotatra, el final del viaje de cualquier viejo pirata, descansando

en su cementerio junto a otros garfios, parches y patas de palo.

El cementerio pirata más famoso del mundo, el cementerio trampa.

En el cual la marea puede sorprender al visitante y dejarle atrapado a

expensas de los espíritus juguetones de sus moradores.

El lugar donde la bandera pirata ondea más allá de la muerte.

Sin compasión.
 
LA COSTA DE LAS MEDUSAS MUERTAS.

Nadie se baña.

Toda la playa ha amanecido convertida en un cementerio improvisado

de medusas.

Cientos de medusas muertas son arrastradas por las olas hacia la

expectante orilla.

Nadie se baña.

Las medusas pican, y nadie quiere sentir su latigazo.

Pero están muertas.

Un niño recoje una con un palo, los tentáculos cuelgan inertes de la

rama inerte.

Otro la toca.

- ¿No pica?

- No, están muertas.

Cierto, pero el ser humano prefiere al mar convertido en piscina, con

las olas justas, los peces inofensivos pequeños y los grandes en las

películas o a miles de kilómetros.

Nadie pregunta ¿Por qué?

Todos desean saber ¿Cuándo? van a limpiar la playa y así poder dis-

frutar de sus vacaciones sin molestias ni interrupciones de caracter

natural, tan fastidiosas.
 
UN DÍA DE PLAYA CUALQUIERA.

Reflejos solares dibujados en el fondo, siluetas de luz danzando al

son de las mareas.

Vibrando en acuáticas formas de expresión salada.

Esculturas de sal y arena, bajorelieves en la piel tostada de rayos,

dicen, peligrosos.

Incrustaciones solares en los poros abrigados de protección.

El calor primerizo de junio.

La brisa, siempre la brisa.

Y la gorra en casa.
 
LA PLAYA GUARDA LA ROPA DE INVIERNO.

La playa solitaria se ha convertido en un hervidero de pies morenos,

que pisotean las conchas que buscabamos en enero como si fueran

piedras preciosas.

Los trocitos pisoteados se clavan en las plantas de los pies de niños

colorados como sus papás.

Los barcos siguen su camino, sin alterar su rumbo.

Cómo si nada.
 
TONO HEDÓNICO NEGATIVO.

- Lo que usted necesita es una temporada cerca del mar.

De esta forma se despidió de mí el Dr. Balsa, mi psicoanalista, des-

pués de diagnosticarme un "tono hedónico negativo".

Pero existe un problema más, a mí no me gusta el mar, lo odio.

La mayoría de la gente se lo pasa estupendamente tostandose al sol,

dandose baños de sal, tomando cañas y vistiendo de formas poco ha-

bituales, pero yo no.

¿Tono hedónico negativo ?

¿Qué demonios significa eso ?

¿ Qué puede solucionar la contemplación del mar ?

¿ Para qué han servido las cincuenta sesiones al mes con el Dr. Bal-

sa ?

Creo que para nada.

Mi vida sigue en vía muerta.

Pero le haré caso.

Con mis últimos ahorros alquilé un piso en primera línea de playa,

comí la mejor paella de bogabante posible, bebí vino de la tierra bien

fresquito, me compré el bañador más hortera que encontré y con una

barquita amarilla me adentre en el mar.
 
MENSAJE EN UNA BOTELLA.

Paseando por la playa me encontré una botella verde, que el mar ha-

bía devuelto con la marea de la mañana.

Antes de abandonarla en la papelera más próxima, me dí cuenta que

dentro había un papel enrollado.

Mis ojos de niño volvieron a capitanear mi imaginación y nervioso fuí

corriendo a buscar algo con lo que sacar el mensaje.

¡ Cuántos veranos esperando noticias de Viernes ¡

¡ Cuántas tardes ansiando noticias de la Isla de Salgari ¡

¡ Cuántos sueños de viajes perdidos ¡

¡ Cuántas botellas lanzadas sin obtener respuesta ¡

Con un alambre conseguí recuperar el pliego intacto.

Estaba un poco húmedo y lo abrí con todo el mimo y cuidado que per-

mitía mi curiosidad.

Decía:

" Seguir buscando es el tesoro, no desesperes, estoy muy cerca."

Mis ojos de niño volvieron a emocionarse.

Ahora la botella reposa debajo de mi cama, entre las olas de mis sue-

ños, cuando duermo, que es el único momento en el que regreso a la

misteriosa y divertida Isla del Tesoro.
 
TINTES DE MAR A CIEN PESETAS.

La vieja tenía el pelo largo y blanco, cubierto por un gorro de la lana

con visera, ajena a los calores del mes de julio.

Las arrugas formaban diminutos ríos de sudor y ternura, y su labio su-

perior se adentraba tímidamente en el inferior, provocando un gesto

infantil e inocente.

Recorría la playa de un lado a otro vendiendo su mercancía:

"Tintes de mar a cien pesetas"

Lanzaba su frase con voz temblorosa y frágil, publicitando a la brisa su

producto.

Muchos días la ví recorrer las arenas calientes entre la gente y las

sombrillas, entre las toallas y los olores a cremas protectoras.

Pero nunca alguien que quisiera comprar el famoso tinte de mar.

La llamé con educación.

Ella vino hacia mí con tranquilidad, arrastrando sus pasos entre la fal-

da holgada, creando en la arena unas huellas pequeñas y superficia-

les.

- ¡ Quiero un tinte de mar ¡

- Son cien pesetas.

- ¿ Cómo debo utilizarlo ?

- Dentro encontrarás las indicaciones.

Y me entregó un frasquito azul que contenía un papel enrollado, a la

manera de los mensajes en una botella.

La observé desaparecer entre las sombrillas, con sus frasquitos tin-

tineando entre sus manos enredadas de pulseras de colores.

Abrí el frasquito azul, saqué el misterioso prospecto, lo desenrollé,

intenté leerlo...

No podía.

Nada de lo allí escrito se entendía.

No sabía si sentirme engañado en serio o reirme de mi falta de inte-

ligencia para resolver enigmas como éste.

Sonreí.

No entendía .

Pero mi cara se coloreo con una sonrisa azul, como el mar.
 
LA MADRE NATURALEZA.

Siempre había vertido mis desechos en cualquier parte, pero un día

me levanté convertido en "La Madre Naturaleza".

Los seres humanos, unos animales sin escrúpulos y sin inteligencia,

se dedicaban a lo que yo, antes de mi metamorfosis, consideraba nor-

mal:

Llenar todo de mierda.

Pero ahora yo, como Madre Naturaleza, no podía consentir este crimi-

nal desorden medioambiental, y me defendía así:

Levantando olas de cincuenta metros; abriendo grietas en la corteza

terrestre; abrasandoles la cara cuando exponían sus asquerosos

cuerpos al sol, en las playas convertidas en vertederos de vacaciones

y basura.

Que las fábricas alimentaban mis pulmones y los llenaban de verti-

dos químicos incontrolados, yo cambiaba el ciclo de las estaciones,

las mareas y las fases lunares.

Que talaban o quemaban hectáreas de bosques, yo erizaba los cau-

dales de los ríos y los aterrorizaba destruyendo sus débiles casas.

¡Qué pena no poder mantener la primavera como estación total y de

esa manera multiplicar el número de suicidios per cápita en el bello

mes de las flores y el amor¡

Pero desperté.

Seguía siendo un ser humano, o sea, nada.

Y continué el resto de mi vida arruinando mi entorno, sin respetar las

sencillas e inútiles papeleras y sin utilizar los bonitos contenedores

de colores.

Creando sin piedad, mi tonelada de desperdicios al año, tan a gusto.

Es lo que tiene ser un animal con capacidad para la memoria pero

que prefire la tranquilidad y la supuesta inocencia del olvido.
 
LA CARRETERA DE LA PLAYA.

Recorro toda la carretera de playa cada mañana y cada tarde.

Siempre imagino como resolvería un problema de tráfico grave, como

que un joven poco preparado pero sobrado de caballos de potencia

me embistiera sin remedio.

¿Me asustaría? ¿Me agarrotaría el miedo?

¿Para quién sería mi último pensamiento?

¿Qué canción sonaría la última en la banda sonora de mi vida?


El pasado domingo, tres de abril de 2005 tuve un accidente.

El joven apareció.

Le ví.

Reaccione como pude.

Vistas las consecuencias, bien.

Sólo pensé que la cagaba.

No recuerdo la canción que sonaba, y seguía sonando después, y

hubiera continuado el compás sin importarle si yo estuviera vivo o

muerto.

Sigo al volante.

Recorriendo a diario la carretera de la playa, sin hacerme preguntas

tontas.
 
ON THE BEACH.

"ON THE BEACH" es una canción de Chris Rea.

Es una buena canción.

Con un riff de guitarra bien resuelto.

Pero no veo la playa por ningún lado.

"ON THE BEACH" sería el título de esta serie de relatos en su edición

inglesa.

No entiendo inglés.

Debe ser eso.
 
EL BUSCADOR DE MONEDAS.

Cada vez son más los buscadores de monedas en las playas.

Antes, cuando se veía uno, llamaba la atención.

Un señor con pinta de no tener otra cosa mejor que hacer, pasea por

la playa en busca de pequeños tesoros perdidos y monedas caídas

del bolso en el preciso momento que un nene requiere la compra de

un helado de chocolate.

Arrastran su artilugio con delicada y medida profesionalidad.

Rastrean cada centrímetro de fina arena.

Una señal les indica el posible descubrimiento, se agachan con difi-

cultad y buscan con los dedos acariciando la arena, encuentran y lo

guardan en el bolsillo.

Nunca se puede conseguir ver el preciado botín.

Son los nuevos buscadores de oro.

Pendientes, pulseras, anillos, medallas.

Monedas de uno, de medio, de un cuarto, céntimos.

¿Cuántas horas son necesarias para conseguir para un chato?

¿Cuántos días necesitan para encontrar el regalo perfecto para el día

de la madre?

Conociendo como conocemos ahora al ser humano, cada uno tendrá

su propio sueño, su hallazgo ideal, su meta, su objetivo vital.

Y el de la mayoría será encontrar en una playa desierta, un maletín lle-

no de dinero.

 
DON QUIJOTE EN LA PLAYA DE BARCELONA.

- ¡Mire mi señor Don Quijote, el mar¡.- dijo un asombrado Sancho.

A lo que Don Quijote no dió ninguna respuesta.

Rocinante hundió sus pezuñas en la arena y lentamente bajo las du-

nas llevando a cuestas a la estilizada y cansada figura.

Al llegar a la orilla, Don Quijote desmontó de su flaco caballo y se arro-

dilló, mojando su oxidada armadura. Atrapó con sus dos manos todo

el agua que sus delgadísimos dedos podían contener y llamó apresu-

rado a su leal escudero:

- ¡Sancho¡¡Sancho¡

- ¿Le sucede algo a vuesa merced?

- ¡Mira Sancho¡¡Mira¡

- Ya lo veo, mi señor, es agua.

- ¡¡Pero no es azul, Sancho¡¡; ¡¡NO ES AZUL¡¡ - gritó al cielo llorando.

Sancho observaba mudo el desconsuelo de su amo. Le limpió las lá-

grimas con un pañuelo y creyó ver en el envejecido rostro del caballe-

ro, unas gotas azules que recorrían sus huesos tristemente.

Sancho guardo rápido en su bolsillo el pañuelo.

Don Quijote volvía a ser víctima de encantamientos.

 
LA LLAMADA.

Una joven pasea sola por la playa, impasible ante el acoso de las olas

de marzo.

Tras de sí va sembrando unas huellas pequeñas y livianas, que mue-

ren borradas por la marea azul.

Una música electrónica suena débil, y la joven busca entre sus bolsi-

llos su teléfono, contesta a la llamada...

- Sí?

- ----------

- Dime, casi no se oye.

- -----------------------------

- Si, estoy bien, como siempre, ¿sientes las olas?

- -------------------------------------------------------------------

- Sí, no te preocupes, ya estoy mejor, ¿notas el murmullo de la brisa?

- -------------------------------------------------------------------------------------------

- El trabajo agotador, ya lo sabes, unos días mejor que otros...

- ---------------------------------------------------------------------------------

- Sí, eso ya está superado, de verdad, agradezco tu preocupación,pero

- ---------------------------------------------------------------------------------------------

- Prefiero no hablar de ello, en serio, ¿SIENTES LAS OLAS?

- -----

- ¿SIENTES LAS OLAS SÍ O NO?¿ME ESTAS ESCUCHANDO?

ESCUCHA¡¡¡¡, ¿LAS SIENTES?

- ----

- Ahora no llores, mamá, no llores, por favor...

- ---------------------------------------

- Sí, ya sé que tu quieres lo mejor, pero ahora no es buen momento.

- ---------------------------------------------------------------------

- Sí vale, ya hablamos otro día, adiós.

El teléfono no vuelve a su bolsillo, lo lanza con todas sus fuerzas ha-

cia el mar, que lo engulle al momento.

Lo lamenta por la radiación vertida, pero su sonrisa resplandece ante

su futura incomunicación.
 
EL DOMADOR DE OLAS.

El espectáculo de variedades marinas llegó a la ciudad.

Nadie entendía como un espectáculo que se definía marino llegara en

camiones, por la carretera nacional.

¿Y dónde meten a los delfínes?- era la pregunta oficial.

Montaron una gran carpa, y dentro, ocupando la parte central, monta-

ron una enorme y transparente pecera.

Empapelaron todas las calles con carteles y repartieron vales des-

cuento para menores de siete años acompañados por la familia.

Vendieron muchas entradas y el día del estreno la carpa estaba casi a

rebosar de niños y de curiosos.

Se apagaron las luces y se iluminó la pecera.

El agua hasta el momento tranquila comenzó a salpicar levemente a

los de la primera fila, lo que en principio fueron unas tímidas risas se

convirtieron en gritos de desaprobación ante la total falta de respeto al

público. El agua salpicaba ya a la octava fila y parecía no tener fin.

El público abandonaba sus asientos buscando una salida segura, al-

gunos caían resbalando con los charcos formados en la escalera, los

que tenían hijos trataban de cubrirlos y que no se asustaran.

Cuando el caos parecía reinar en la carpa, a la orden de "MAR FUERA"

todo volvió a la normalidad.

La potente voz que provocó la mansedumbre del agua permanecía en

la oscuridad.

El público no entendía nada, pero retomó sus asientos.

Un foco iluminó de pronto a un hombre con traje de neopreno.

Se presentó como EL DOMADOR DE OLAS.

- "Aquí no hay delfines."- se escucho desde la fila nueve.

Un gesto suyo bastó para que el agua comenzára a formar siluetas en

el aire, cambiaban cada pocos segundos, enlazando un dibujo con o-

tro, formando algo así como una jirafa, un avión y un grupo de delfines

saltando.

- Eres un payaso - le dijo su mujer al de la fila nueve.

Eran verdaderas esculturas acuáticas, y del miedo inicial, y del asom-

bro posterior, se paso a una ovación generalizada cuando las olas

escribieron con sus lenguas de espuma : " GRACIAS ".

El domador de olas desapareció sin saludar, y las olas aprovecharon

el descuido del público para devorar a unos cuantos humanos.

El periódico se hace eco del suceso :

"VARIOS MUERTOS DEBIDO A UN FALLO TÉCNICO DE LA ESTRUC-

TURA DEL NUEVO CIRCO LLEGADO A LA CIUDAD."

La verdad es :

EL MAR NO AGUANTA MÁS DESTRUCCIÓN POR PARTE DE LOS HU-

MANOS Y AYUDADO POR ALGUNOS DISIDENTES, HA COMENZADO

A ATACAR A LA TIERRA.

 
EL HOMBRE QUE HACÍA PREGUNTAS AL MAR.

Un hombre le hacía preguntas al mar.

Desde las más absurdas, como ¿conociste a Moby Dick?, a preguntas

más profundas como ¿por qué eres azul?.

Dibujaba con un palo, escribiendo con mayúsculas todas las palabras

para que al mar le resultára más fácil leerlo.

El mar las leía poco a poco, devorando cada palabra con sus lenguas

de espuma.

Pero nunca obtenía respuesta.

Él deseaba una pura conversación marina, y eso como todo el mundo

sabe depende de dos, y uno no articulaba más que oleajes ininteligi-

bles.

Un día incluso se atrevió a formularle la pregunta que sabía podía de-

satar su ira, que no era otra que, ¿qué opinas de la Tierra?

Pero ni con esas, era imposible conseguir una plena comunicación.

Los días pasaban y él continuaba preguntando al mar impasible :

¿Cuánto mides?

¿Siempre has sido tan salado?

¿Te gusta erosionar?

¿Tienes algo qué ver en los naufragios?

¿Te molestan mis preguntas?

La época de las lluvias llegó antes de lo previsto y el hombre que ha-

cía preguntas dejo de hacerselas durante unos días.

El primer día que el sol retomaba su fuerza, desemplovo su lapicero

grande de rama y salió en busca de conversación, con los ánimos re-

novados.

Al llegar a la playa no pudo contener su emoción y se puso a correr en

todas direcciones, la playa estaba llena de palabras.

Palabras dibujadas con olas, caligrafía de mar adulto.

Letras perfiladas con la marea alta.

La emoción en los ojos le impedían leer, pero no le importaba dema-

siado, el diálogo se había completado.

El mar había contestado a su llamada.

Contestaba sus preguntas.

Guardando la calma y comenzando a leer todas y cada una de las pa-

labras que inundaban la playa, pudo comprobar que era una sola fra-

se que se repetía miles de veces :


ENCUENTRA LA PREGUNTA.

ESA ES LA RESPUESTA.
 
NO VOLVER LA ESPALDA AL MAR.

Escepticismo.

Pesimismo.

Melancolía.

¿Algún chispazo de optimismo?

¿Alguna posibilidad de marcha atrás?

¿Alguna posible solución?

¿Dónde está la salvación?

En el paisaje.

En la distancia.

En un lugar soñado.

La marea sube, las olas atrapan los malos sueños y los arrastran mar

adentro.

Por un momento las cosas parecen aclararse.

Son espejismo.

Al menos una ventana se abre frente al mar.

Y nos invoca al viaje.

La escapada.

Con los pies.

Con los ojos.

Con los sentidos.

Pensamientos que parecen resolver problemas materiales.

No hay que volver la espalda al mar.

La Tierra observa, esperando nuestro regreso del mar de los sueños,

para recordarnos que la visión de ese mar es sólo un sueño de vera-

no.

Y la hacemos caso.

Nada más girar la cabeza olvidamos los sueños.

El azul queda instalado en el espacio cerebral del olvido.

Tan solo la brisa puede volver a despertar la sal de nuestros sueños.
 
ALGUNAS PERSONAS SOLAS NECESITAN UN PERRO.

Algunas personas solas necesitan un perro.

A falta de una compañia mejor.

O a que sólo hay un perro que les aguante.

La costa está llena de gente sola con perros.

Les dejan cagar en la arena de la playa.

La mayoría de las personas solas que necesitan perros, también ne-

cesitan un poco de educación.

Mis chanclas y yo se lo agradeceremos de por vida.
 
NO ESTAMOS SOLOS.

La chica abrigada de azul que recorre cada mañana la playa, se pre-

gunta como es capaz de tomar el sol con este frío una señora de esa

edad y no ponerse mala, ya que no falla ni un día desde hace un mes.


Un hombre con gorra de marinero se pregunta dónde puede ir con

esa prisa una chica tan joven, a esas horas, y con este frío. También

se pregunta porque no pican, con el buen cebo que le vendió Miquel.


Miquel abre la tienda de artículos marinos sin prisa. Desde la ventana

goza de una pequeña visión de la playa y sus recoge conchas.


Un matrimonio de jubilados pasea su edad con bolsas de plástico

colgando de sus manos arrugadas, recojen conchas, la mujer le dice

al hombre :

" Esas no, de las otras. "

Y le indica que mire hacia el otro lado donde un joven con traje de neo-

preno intenta hacer "fly-surf".


Desde el aire todo es diferente, y el chico que intenta amortizar el gas-

to del equipo de "fly-surf" cuanto antes, intenta sin conseguirlo, volar, y

distinguir con claridad la raza del perro de ahí abajo.


¡ Trogui, Trogui ¡

Llama a su perro una señora con ropa deportiva y moldeado de antes

de ayer, envidiando el viaje que le espera a aquel barco rojo.


El " Cornamusa " parte de puerto hacia las Islas de Cabo Verde con

bandera de la C.E.E, aunque lo que le gustaría a Marc es que ondeára

la bandera pirata. Mientras se distrae mirando con los prismáticos ha-

cia la costa, le llama la atención una señora tomando el sol.


La señora que toma el sol da por concluida su sesión de sol de invier-

no y se levanta con algo de dificultad. Su bikini es estampado y su mo-

reno envidiable. Antes de recoger su silla y una pequeña radio, hecha

un vistazo a su alrededor, como para comprobar que todo queda en

su sitio, y se fija en un hombre solo, que lee un libro, sentado en un

banco de madera frente al mar, y dice :

- ¡ Pobre, qué soledad ¡
 
LA SUICIDA.

Paseo todas las mañanas por la playa.

Todas las mañanas sin falta, arrastro mi cuerpo dormido a despertar

contra las olas.

Por la playa no se ve a nadie. La arena solitaria se introduce en mis

zapatillas, Los minúsculos granitos que invaden mi calzado desem-

barcan en mi casa. De vez en cuando los observo como trepan para

tomar la encimera y hacer suya la cocina. Aparecen en el sitio más

inesperado. Ignoro cuando darán por concluida su invasión.

Antes no era así, la playa no estaba sola.

Nos acompañaba una figura abrigada y de pelo alborotado, una joven

que cada amanecer aparecía sentada mirando al mar, siempre en el

mismo sitio, a la misma hora. Aunque el mar todavía no se hubiera

despertado, allí estaba ella esperando su llegada.

Nunca me atreví a acercarme demasiado, no quería arruinar su ensi-

mismamiento, no me atrevía a distraer su concentración, parecía tan

relajada, tranquila.

Nunca conseguí ver su rostro, ni siquiera podía componer unos trazos

de su belleza, que sin duda poseía. Todo su retrato para mí se resu-

mía en unas pálidas manos y una delicada forma de sentarse.

Un día se levanto de su asiento, dejando una marca achatada y unos

surcos finos de sus dedos como huellas en la arena, y comenzó a

adentrarse en las revueltas y frías aguas de febrero.

El mar parecía estar esperando su visita, y entre espumas y lentamen-

te empezó a desaparecer, sin violencia, sin ruido, y la marea siguió su

curso.

Y ella se marchó.

A veces paso largas horas esperando a que vuelva, pero no lo hace.

Y sigo paseando solo por la solitaria playa de las mañanas.
 
EL OBSERVADOR TÉCNICO DE BARCOS.

El observador técnico de barcos ve barcos como el que ve sueños.

Los ve atravesar con su casco las aguas del mar entre brumas o en-

callados en el descanso del ancla, despertando del viaje, descargan-

do mercancías pesadas, algunas soñadas.

El observador técnico de navíos trabaja día y noche, con el periscopio

a nivel del mar, tumbado en la arena llena de piedras, conchas, restos

de basura y cagadas de perro.

El observador técnico de navíos apunta con letra pequeña y apretada

todos los datos útiles en su libreta azul. Con su bolígrafo azul anota en

su ficha técnica, las fechas, las salidas, las entradas, las característi-

cas, las banderas, los destinos.

El observador técnico de navíos nunca ha pisado el mar, no desea

que el contacto personal enturbie su labor, intenta con esto mantener

intacta su profesionalidad.

Una mascarilla le mantiene alejado de la brisa, le defiende del salitre

y del olor que entretiene.

Maldice no poder usar tapones de cera para los oídos y protegerse de

las ruidosas olas y las exageradas gaviotas.

Sus ojos son sus lentes y entre el paisaje azul, busca las formas de

los barcos cortando el horizonte.

El observador técnico de navíos no tiene descanso y se le puede en-

contrar en la playa, enfrente del paseo marítimo. Trabaja de contínuo,

visionando prismáticos en mano y anotando frenéticamente cuando

estamos en temporada alta.

"Nunca faltarán barcos como nunca faltarán sueños." - dice emociona-

do.

El observador técnico de navíos es como los mismos sueños.

Algunos los ven sin dudar, otros no creen en ellos.
 
VEO BARCOS.
Sin duda, veo barcos.