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EN LA PLAYA.
Relatos. por Miguel Angel Aedillo.
Sindicación
 
ON THE BEACH.

"ON THE BEACH" es una canción de Chris Rea.

Es una buena canción.

Con un riff de guitarra bien resuelto.

Pero no veo la playa por ningún lado.

"ON THE BEACH" sería el título de esta serie de relatos en su edición

inglesa.

No entiendo inglés.

Debe ser eso.
 
EL BUSCADOR DE MONEDAS.

Cada vez son más los buscadores de monedas en las playas.

Antes, cuando se veía uno, llamaba la atención.

Un señor con pinta de no tener otra cosa mejor que hacer, pasea por

la playa en busca de pequeños tesoros perdidos y monedas caídas

del bolso en el preciso momento que un nene requiere la compra de

un helado de chocolate.

Arrastran su artilugio con delicada y medida profesionalidad.

Rastrean cada centrímetro de fina arena.

Una señal les indica el posible descubrimiento, se agachan con difi-

cultad y buscan con los dedos acariciando la arena, encuentran y lo

guardan en el bolsillo.

Nunca se puede conseguir ver el preciado botín.

Son los nuevos buscadores de oro.

Pendientes, pulseras, anillos, medallas.

Monedas de uno, de medio, de un cuarto, céntimos.

¿Cuántas horas son necesarias para conseguir para un chato?

¿Cuántos días necesitan para encontrar el regalo perfecto para el día

de la madre?

Conociendo como conocemos ahora al ser humano, cada uno tendrá

su propio sueño, su hallazgo ideal, su meta, su objetivo vital.

Y el de la mayoría será encontrar en una playa desierta, un maletín lle-

no de dinero.

 
DON QUIJOTE EN LA PLAYA DE BARCELONA.

- ¡Mire mi señor Don Quijote, el mar¡.- dijo un asombrado Sancho.

A lo que Don Quijote no dió ninguna respuesta.

Rocinante hundió sus pezuñas en la arena y lentamente bajo las du-

nas llevando a cuestas a la estilizada y cansada figura.

Al llegar a la orilla, Don Quijote desmontó de su flaco caballo y se arro-

dilló, mojando su oxidada armadura. Atrapó con sus dos manos todo

el agua que sus delgadísimos dedos podían contener y llamó apresu-

rado a su leal escudero:

- ¡Sancho¡¡Sancho¡

- ¿Le sucede algo a vuesa merced?

- ¡Mira Sancho¡¡Mira¡

- Ya lo veo, mi señor, es agua.

- ¡¡Pero no es azul, Sancho¡¡; ¡¡NO ES AZUL¡¡ - gritó al cielo llorando.

Sancho observaba mudo el desconsuelo de su amo. Le limpió las lá-

grimas con un pañuelo y creyó ver en el envejecido rostro del caballe-

ro, unas gotas azules que recorrían sus huesos tristemente.

Sancho guardo rápido en su bolsillo el pañuelo.

Don Quijote volvía a ser víctima de encantamientos.

 
LA LLAMADA.

Una joven pasea sola por la playa, impasible ante el acoso de las olas

de marzo.

Tras de sí va sembrando unas huellas pequeñas y livianas, que mue-

ren borradas por la marea azul.

Una música electrónica suena débil, y la joven busca entre sus bolsi-

llos su teléfono, contesta a la llamada...

- Sí?

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- Dime, casi no se oye.

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- Si, estoy bien, como siempre, ¿sientes las olas?

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- Sí, no te preocupes, ya estoy mejor, ¿notas el murmullo de la brisa?

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- El trabajo agotador, ya lo sabes, unos días mejor que otros...

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- Sí, eso ya está superado, de verdad, agradezco tu preocupación,pero

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- Prefiero no hablar de ello, en serio, ¿SIENTES LAS OLAS?

- -----

- ¿SIENTES LAS OLAS SÍ O NO?¿ME ESTAS ESCUCHANDO?

ESCUCHA¡¡¡¡, ¿LAS SIENTES?

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- Ahora no llores, mamá, no llores, por favor...

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- Sí, ya sé que tu quieres lo mejor, pero ahora no es buen momento.

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- Sí vale, ya hablamos otro día, adiós.

El teléfono no vuelve a su bolsillo, lo lanza con todas sus fuerzas ha-

cia el mar, que lo engulle al momento.

Lo lamenta por la radiación vertida, pero su sonrisa resplandece ante

su futura incomunicación.
 
EL DOMADOR DE OLAS.

El espectáculo de variedades marinas llegó a la ciudad.

Nadie entendía como un espectáculo que se definía marino llegara en

camiones, por la carretera nacional.

¿Y dónde meten a los delfínes?- era la pregunta oficial.

Montaron una gran carpa, y dentro, ocupando la parte central, monta-

ron una enorme y transparente pecera.

Empapelaron todas las calles con carteles y repartieron vales des-

cuento para menores de siete años acompañados por la familia.

Vendieron muchas entradas y el día del estreno la carpa estaba casi a

rebosar de niños y de curiosos.

Se apagaron las luces y se iluminó la pecera.

El agua hasta el momento tranquila comenzó a salpicar levemente a

los de la primera fila, lo que en principio fueron unas tímidas risas se

convirtieron en gritos de desaprobación ante la total falta de respeto al

público. El agua salpicaba ya a la octava fila y parecía no tener fin.

El público abandonaba sus asientos buscando una salida segura, al-

gunos caían resbalando con los charcos formados en la escalera, los

que tenían hijos trataban de cubrirlos y que no se asustaran.

Cuando el caos parecía reinar en la carpa, a la orden de "MAR FUERA"

todo volvió a la normalidad.

La potente voz que provocó la mansedumbre del agua permanecía en

la oscuridad.

El público no entendía nada, pero retomó sus asientos.

Un foco iluminó de pronto a un hombre con traje de neopreno.

Se presentó como EL DOMADOR DE OLAS.

- "Aquí no hay delfines."- se escucho desde la fila nueve.

Un gesto suyo bastó para que el agua comenzára a formar siluetas en

el aire, cambiaban cada pocos segundos, enlazando un dibujo con o-

tro, formando algo así como una jirafa, un avión y un grupo de delfines

saltando.

- Eres un payaso - le dijo su mujer al de la fila nueve.

Eran verdaderas esculturas acuáticas, y del miedo inicial, y del asom-

bro posterior, se paso a una ovación generalizada cuando las olas

escribieron con sus lenguas de espuma : " GRACIAS ".

El domador de olas desapareció sin saludar, y las olas aprovecharon

el descuido del público para devorar a unos cuantos humanos.

El periódico se hace eco del suceso :

"VARIOS MUERTOS DEBIDO A UN FALLO TÉCNICO DE LA ESTRUC-

TURA DEL NUEVO CIRCO LLEGADO A LA CIUDAD."

La verdad es :

EL MAR NO AGUANTA MÁS DESTRUCCIÓN POR PARTE DE LOS HU-

MANOS Y AYUDADO POR ALGUNOS DISIDENTES, HA COMENZADO

A ATACAR A LA TIERRA.

 
EL HOMBRE QUE HACÍA PREGUNTAS AL MAR.

Un hombre le hacía preguntas al mar.

Desde las más absurdas, como ¿conociste a Moby Dick?, a preguntas

más profundas como ¿por qué eres azul?.

Dibujaba con un palo, escribiendo con mayúsculas todas las palabras

para que al mar le resultára más fácil leerlo.

El mar las leía poco a poco, devorando cada palabra con sus lenguas

de espuma.

Pero nunca obtenía respuesta.

Él deseaba una pura conversación marina, y eso como todo el mundo

sabe depende de dos, y uno no articulaba más que oleajes ininteligi-

bles.

Un día incluso se atrevió a formularle la pregunta que sabía podía de-

satar su ira, que no era otra que, ¿qué opinas de la Tierra?

Pero ni con esas, era imposible conseguir una plena comunicación.

Los días pasaban y él continuaba preguntando al mar impasible :

¿Cuánto mides?

¿Siempre has sido tan salado?

¿Te gusta erosionar?

¿Tienes algo qué ver en los naufragios?

¿Te molestan mis preguntas?

La época de las lluvias llegó antes de lo previsto y el hombre que ha-

cía preguntas dejo de hacerselas durante unos días.

El primer día que el sol retomaba su fuerza, desemplovo su lapicero

grande de rama y salió en busca de conversación, con los ánimos re-

novados.

Al llegar a la playa no pudo contener su emoción y se puso a correr en

todas direcciones, la playa estaba llena de palabras.

Palabras dibujadas con olas, caligrafía de mar adulto.

Letras perfiladas con la marea alta.

La emoción en los ojos le impedían leer, pero no le importaba dema-

siado, el diálogo se había completado.

El mar había contestado a su llamada.

Contestaba sus preguntas.

Guardando la calma y comenzando a leer todas y cada una de las pa-

labras que inundaban la playa, pudo comprobar que era una sola fra-

se que se repetía miles de veces :


ENCUENTRA LA PREGUNTA.

ESA ES LA RESPUESTA.
 
NO VOLVER LA ESPALDA AL MAR.

Escepticismo.

Pesimismo.

Melancolía.

¿Algún chispazo de optimismo?

¿Alguna posibilidad de marcha atrás?

¿Alguna posible solución?

¿Dónde está la salvación?

En el paisaje.

En la distancia.

En un lugar soñado.

La marea sube, las olas atrapan los malos sueños y los arrastran mar

adentro.

Por un momento las cosas parecen aclararse.

Son espejismo.

Al menos una ventana se abre frente al mar.

Y nos invoca al viaje.

La escapada.

Con los pies.

Con los ojos.

Con los sentidos.

Pensamientos que parecen resolver problemas materiales.

No hay que volver la espalda al mar.

La Tierra observa, esperando nuestro regreso del mar de los sueños,

para recordarnos que la visión de ese mar es sólo un sueño de vera-

no.

Y la hacemos caso.

Nada más girar la cabeza olvidamos los sueños.

El azul queda instalado en el espacio cerebral del olvido.

Tan solo la brisa puede volver a despertar la sal de nuestros sueños.
 
ALGUNAS PERSONAS SOLAS NECESITAN UN PERRO.

Algunas personas solas necesitan un perro.

A falta de una compañia mejor.

O a que sólo hay un perro que les aguante.

La costa está llena de gente sola con perros.

Les dejan cagar en la arena de la playa.

La mayoría de las personas solas que necesitan perros, también ne-

cesitan un poco de educación.

Mis chanclas y yo se lo agradeceremos de por vida.
 
NO ESTAMOS SOLOS.

La chica abrigada de azul que recorre cada mañana la playa, se pre-

gunta como es capaz de tomar el sol con este frío una señora de esa

edad y no ponerse mala, ya que no falla ni un día desde hace un mes.


Un hombre con gorra de marinero se pregunta dónde puede ir con

esa prisa una chica tan joven, a esas horas, y con este frío. También

se pregunta porque no pican, con el buen cebo que le vendió Miquel.


Miquel abre la tienda de artículos marinos sin prisa. Desde la ventana

goza de una pequeña visión de la playa y sus recoge conchas.


Un matrimonio de jubilados pasea su edad con bolsas de plástico

colgando de sus manos arrugadas, recojen conchas, la mujer le dice

al hombre :

" Esas no, de las otras. "

Y le indica que mire hacia el otro lado donde un joven con traje de neo-

preno intenta hacer "fly-surf".


Desde el aire todo es diferente, y el chico que intenta amortizar el gas-

to del equipo de "fly-surf" cuanto antes, intenta sin conseguirlo, volar, y

distinguir con claridad la raza del perro de ahí abajo.


¡ Trogui, Trogui ¡

Llama a su perro una señora con ropa deportiva y moldeado de antes

de ayer, envidiando el viaje que le espera a aquel barco rojo.


El " Cornamusa " parte de puerto hacia las Islas de Cabo Verde con

bandera de la C.E.E, aunque lo que le gustaría a Marc es que ondeára

la bandera pirata. Mientras se distrae mirando con los prismáticos ha-

cia la costa, le llama la atención una señora tomando el sol.


La señora que toma el sol da por concluida su sesión de sol de invier-

no y se levanta con algo de dificultad. Su bikini es estampado y su mo-

reno envidiable. Antes de recoger su silla y una pequeña radio, hecha

un vistazo a su alrededor, como para comprobar que todo queda en

su sitio, y se fija en un hombre solo, que lee un libro, sentado en un

banco de madera frente al mar, y dice :

- ¡ Pobre, qué soledad ¡
 
LA SUICIDA.

Paseo todas las mañanas por la playa.

Todas las mañanas sin falta, arrastro mi cuerpo dormido a despertar

contra las olas.

Por la playa no se ve a nadie. La arena solitaria se introduce en mis

zapatillas, Los minúsculos granitos que invaden mi calzado desem-

barcan en mi casa. De vez en cuando los observo como trepan para

tomar la encimera y hacer suya la cocina. Aparecen en el sitio más

inesperado. Ignoro cuando darán por concluida su invasión.

Antes no era así, la playa no estaba sola.

Nos acompañaba una figura abrigada y de pelo alborotado, una joven

que cada amanecer aparecía sentada mirando al mar, siempre en el

mismo sitio, a la misma hora. Aunque el mar todavía no se hubiera

despertado, allí estaba ella esperando su llegada.

Nunca me atreví a acercarme demasiado, no quería arruinar su ensi-

mismamiento, no me atrevía a distraer su concentración, parecía tan

relajada, tranquila.

Nunca conseguí ver su rostro, ni siquiera podía componer unos trazos

de su belleza, que sin duda poseía. Todo su retrato para mí se resu-

mía en unas pálidas manos y una delicada forma de sentarse.

Un día se levanto de su asiento, dejando una marca achatada y unos

surcos finos de sus dedos como huellas en la arena, y comenzó a

adentrarse en las revueltas y frías aguas de febrero.

El mar parecía estar esperando su visita, y entre espumas y lentamen-

te empezó a desaparecer, sin violencia, sin ruido, y la marea siguió su

curso.

Y ella se marchó.

A veces paso largas horas esperando a que vuelva, pero no lo hace.

Y sigo paseando solo por la solitaria playa de las mañanas.