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EN LA PLAYA.
Relatos. por Miguel Angel Aedillo.
Sindicación
 
LA BANDERA PIRATA.

Me gusta navegar bajo bandera pirata.

La calavera sonriente y las tibias cruzadas ondeando al viento despier-

tan un deseo voraz en mi interior.

Un deseo que sólo se calma abordando un navío cargado de oro y

joyas.

Diez vueltas al mundo conocido atraviesan mis orejas y llevo tatuado

el nombre de todas mis conquistas:

La India.

Cabo de Hornos.

Alaska.

Tasmania.

Hong-Kong.

Ceuta...

Aunque en mi mente siempre se halle Ambodifotatra, mi hogar.

Donde reposamos el ardor guerrero y liquidamos el tesoro logrado en

mujeres y en vino, despanzurrados en sus playas, ebrios de riqueza y

libertad.

Ambodifotatra, la leyenda de la isla invisible.

La que no aparece en ningún mapa de los treinta ejércitos que han

intentado sin éxito, no ya conquistarla, sino hallarla.

Ambodifotatra, el paraíso de los pañuelos de colores, las alhajas de

oro y las prótesis artificiales.

Ambodifotatra, el final del viaje de cualquier viejo pirata, descansando

en su cementerio junto a otros garfios, parches y patas de palo.

El cementerio pirata más famoso del mundo, el cementerio trampa.

En el cual la marea puede sorprender al visitante y dejarle atrapado a

expensas de los espíritus juguetones de sus moradores.

El lugar donde la bandera pirata ondea más allá de la muerte.

Sin compasión.
 
LA COSTA DE LAS MEDUSAS MUERTAS.

Nadie se baña.

Toda la playa ha amanecido convertida en un cementerio improvisado

de medusas.

Cientos de medusas muertas son arrastradas por las olas hacia la

expectante orilla.

Nadie se baña.

Las medusas pican, y nadie quiere sentir su latigazo.

Pero están muertas.

Un niño recoje una con un palo, los tentáculos cuelgan inertes de la

rama inerte.

Otro la toca.

- ¿No pica?

- No, están muertas.

Cierto, pero el ser humano prefiere al mar convertido en piscina, con

las olas justas, los peces inofensivos pequeños y los grandes en las

películas o a miles de kilómetros.

Nadie pregunta ¿Por qué?

Todos desean saber ¿Cuándo? van a limpiar la playa y así poder dis-

frutar de sus vacaciones sin molestias ni interrupciones de caracter

natural, tan fastidiosas.
 
UN DÍA DE PLAYA CUALQUIERA.

Reflejos solares dibujados en el fondo, siluetas de luz danzando al

son de las mareas.

Vibrando en acuáticas formas de expresión salada.

Esculturas de sal y arena, bajorelieves en la piel tostada de rayos,

dicen, peligrosos.

Incrustaciones solares en los poros abrigados de protección.

El calor primerizo de junio.

La brisa, siempre la brisa.

Y la gorra en casa.
 
LA PLAYA GUARDA LA ROPA DE INVIERNO.

La playa solitaria se ha convertido en un hervidero de pies morenos,

que pisotean las conchas que buscabamos en enero como si fueran

piedras preciosas.

Los trocitos pisoteados se clavan en las plantas de los pies de niños

colorados como sus papás.

Los barcos siguen su camino, sin alterar su rumbo.

Cómo si nada.
 
TONO HEDÓNICO NEGATIVO.

- Lo que usted necesita es una temporada cerca del mar.

De esta forma se despidió de mí el Dr. Balsa, mi psicoanalista, des-

pués de diagnosticarme un "tono hedónico negativo".

Pero existe un problema más, a mí no me gusta el mar, lo odio.

La mayoría de la gente se lo pasa estupendamente tostandose al sol,

dandose baños de sal, tomando cañas y vistiendo de formas poco ha-

bituales, pero yo no.

¿Tono hedónico negativo ?

¿Qué demonios significa eso ?

¿ Qué puede solucionar la contemplación del mar ?

¿ Para qué han servido las cincuenta sesiones al mes con el Dr. Bal-

sa ?

Creo que para nada.

Mi vida sigue en vía muerta.

Pero le haré caso.

Con mis últimos ahorros alquilé un piso en primera línea de playa,

comí la mejor paella de bogabante posible, bebí vino de la tierra bien

fresquito, me compré el bañador más hortera que encontré y con una

barquita amarilla me adentre en el mar.
 
MENSAJE EN UNA BOTELLA.

Paseando por la playa me encontré una botella verde, que el mar ha-

bía devuelto con la marea de la mañana.

Antes de abandonarla en la papelera más próxima, me dí cuenta que

dentro había un papel enrollado.

Mis ojos de niño volvieron a capitanear mi imaginación y nervioso fuí

corriendo a buscar algo con lo que sacar el mensaje.

¡ Cuántos veranos esperando noticias de Viernes ¡

¡ Cuántas tardes ansiando noticias de la Isla de Salgari ¡

¡ Cuántos sueños de viajes perdidos ¡

¡ Cuántas botellas lanzadas sin obtener respuesta ¡

Con un alambre conseguí recuperar el pliego intacto.

Estaba un poco húmedo y lo abrí con todo el mimo y cuidado que per-

mitía mi curiosidad.

Decía:

" Seguir buscando es el tesoro, no desesperes, estoy muy cerca."

Mis ojos de niño volvieron a emocionarse.

Ahora la botella reposa debajo de mi cama, entre las olas de mis sue-

ños, cuando duermo, que es el único momento en el que regreso a la

misteriosa y divertida Isla del Tesoro.
 
TINTES DE MAR A CIEN PESETAS.

La vieja tenía el pelo largo y blanco, cubierto por un gorro de la lana

con visera, ajena a los calores del mes de julio.

Las arrugas formaban diminutos ríos de sudor y ternura, y su labio su-

perior se adentraba tímidamente en el inferior, provocando un gesto

infantil e inocente.

Recorría la playa de un lado a otro vendiendo su mercancía:

"Tintes de mar a cien pesetas"

Lanzaba su frase con voz temblorosa y frágil, publicitando a la brisa su

producto.

Muchos días la ví recorrer las arenas calientes entre la gente y las

sombrillas, entre las toallas y los olores a cremas protectoras.

Pero nunca alguien que quisiera comprar el famoso tinte de mar.

La llamé con educación.

Ella vino hacia mí con tranquilidad, arrastrando sus pasos entre la fal-

da holgada, creando en la arena unas huellas pequeñas y superficia-

les.

- ¡ Quiero un tinte de mar ¡

- Son cien pesetas.

- ¿ Cómo debo utilizarlo ?

- Dentro encontrarás las indicaciones.

Y me entregó un frasquito azul que contenía un papel enrollado, a la

manera de los mensajes en una botella.

La observé desaparecer entre las sombrillas, con sus frasquitos tin-

tineando entre sus manos enredadas de pulseras de colores.

Abrí el frasquito azul, saqué el misterioso prospecto, lo desenrollé,

intenté leerlo...

No podía.

Nada de lo allí escrito se entendía.

No sabía si sentirme engañado en serio o reirme de mi falta de inte-

ligencia para resolver enigmas como éste.

Sonreí.

No entendía .

Pero mi cara se coloreo con una sonrisa azul, como el mar.
 
LA MADRE NATURALEZA.

Siempre había vertido mis desechos en cualquier parte, pero un día

me levanté convertido en "La Madre Naturaleza".

Los seres humanos, unos animales sin escrúpulos y sin inteligencia,

se dedicaban a lo que yo, antes de mi metamorfosis, consideraba nor-

mal:

Llenar todo de mierda.

Pero ahora yo, como Madre Naturaleza, no podía consentir este crimi-

nal desorden medioambiental, y me defendía así:

Levantando olas de cincuenta metros; abriendo grietas en la corteza

terrestre; abrasandoles la cara cuando exponían sus asquerosos

cuerpos al sol, en las playas convertidas en vertederos de vacaciones

y basura.

Que las fábricas alimentaban mis pulmones y los llenaban de verti-

dos químicos incontrolados, yo cambiaba el ciclo de las estaciones,

las mareas y las fases lunares.

Que talaban o quemaban hectáreas de bosques, yo erizaba los cau-

dales de los ríos y los aterrorizaba destruyendo sus débiles casas.

¡Qué pena no poder mantener la primavera como estación total y de

esa manera multiplicar el número de suicidios per cápita en el bello

mes de las flores y el amor¡

Pero desperté.

Seguía siendo un ser humano, o sea, nada.

Y continué el resto de mi vida arruinando mi entorno, sin respetar las

sencillas e inútiles papeleras y sin utilizar los bonitos contenedores

de colores.

Creando sin piedad, mi tonelada de desperdicios al año, tan a gusto.

Es lo que tiene ser un animal con capacidad para la memoria pero

que prefire la tranquilidad y la supuesta inocencia del olvido.