EL RUMOR DEL OLEAJE
Encerrado en una oficina de la ciudad de Madrid me sorprendo al sen-
tir algo de tristeza por la lejanía del mar.
Han pasado los meses entre papeles y olvidos, encontrando sitio en
una nueva rutina.
Muchas veces me pongo de puntillas para intentar contemplar por en-
cima de las cabezas de la gente, el horizonte azul.
Y a veces creo verlos, surcando las olas, atravesando la bahía, entre
gaviotas y brumas, cargados de mercancías viajeras.
Pero no huele a sal.
Y el rumor que escucho no es el mar, soy yo, que invoco desde mi in-
terior su fresco compás, su olvidada marea.





