DON QUIJOTE EN LA PLAYA DE BARCELONA.
- ¡Mire mi señor Don Quijote, el mar¡.- dijo un asombrado Sancho.
A lo que Don Quijote no dió ninguna respuesta.
Rocinante hundió sus pezuñas en la arena y lentamente bajo las du-
nas llevando a cuestas a la estilizada y cansada figura.
Al llegar a la orilla, Don Quijote desmontó de su flaco caballo y se arro-
dilló, mojando su oxidada armadura. Atrapó con sus dos manos todo
el agua que sus delgadísimos dedos podían contener y llamó apresu-
rado a su leal escudero:
- ¡Sancho¡¡Sancho¡
- ¿Le sucede algo a vuesa merced?
- ¡Mira Sancho¡¡Mira¡
- Ya lo veo, mi señor, es agua.
- ¡¡Pero no es azul, Sancho¡¡; ¡¡NO ES AZUL¡¡ - gritó al cielo llorando.
Sancho observaba mudo el desconsuelo de su amo. Le limpió las lá-
grimas con un pañuelo y creyó ver en el envejecido rostro del caballe-
ro, unas gotas azules que recorrían sus huesos tristemente.
Sancho guardo rápido en su bolsillo el pañuelo.
Don Quijote volvía a ser víctima de encantamientos.
Comentario:
Bonito Homenaje.





