TINTES DE MAR A CIEN PESETAS.
La vieja tenía el pelo largo y blanco, cubierto por un gorro de la lana
con visera, ajena a los calores del mes de julio.
Las arrugas formaban diminutos ríos de sudor y ternura, y su labio su-
perior se adentraba tímidamente en el inferior, provocando un gesto
infantil e inocente.
Recorría la playa de un lado a otro vendiendo su mercancía:
"Tintes de mar a cien pesetas"
Lanzaba su frase con voz temblorosa y frágil, publicitando a la brisa su
producto.
Muchos días la ví recorrer las arenas calientes entre la gente y las
sombrillas, entre las toallas y los olores a cremas protectoras.
Pero nunca alguien que quisiera comprar el famoso tinte de mar.
La llamé con educación.
Ella vino hacia mí con tranquilidad, arrastrando sus pasos entre la fal-
da holgada, creando en la arena unas huellas pequeñas y superficia-
les.
- ¡ Quiero un tinte de mar ¡
- Son cien pesetas.
- ¿ Cómo debo utilizarlo ?
- Dentro encontrarás las indicaciones.
Y me entregó un frasquito azul que contenía un papel enrollado, a la
manera de los mensajes en una botella.
La observé desaparecer entre las sombrillas, con sus frasquitos tin-
tineando entre sus manos enredadas de pulseras de colores.
Abrí el frasquito azul, saqué el misterioso prospecto, lo desenrollé,
intenté leerlo...
No podía.
Nada de lo allí escrito se entendía.
No sabía si sentirme engañado en serio o reirme de mi falta de inte-
ligencia para resolver enigmas como éste.
Sonreí.
No entendía .
Pero mi cara se coloreo con una sonrisa azul, como el mar.





