LA BANDERA PIRATA.
Me gusta navegar bajo bandera pirata.
La calavera sonriente y las tibias cruzadas ondeando al viento despier-
tan un deseo voraz en mi interior.
Un deseo que sólo se calma abordando un navío cargado de oro y
joyas.
Diez vueltas al mundo conocido atraviesan mis orejas y llevo tatuado
el nombre de todas mis conquistas:
La India.
Cabo de Hornos.
Alaska.
Tasmania.
Hong-Kong.
Ceuta...
Aunque en mi mente siempre se halle Ambodifotatra, mi hogar.
Donde reposamos el ardor guerrero y liquidamos el tesoro logrado en
mujeres y en vino, despanzurrados en sus playas, ebrios de riqueza y
libertad.
Ambodifotatra, la leyenda de la isla invisible.
La que no aparece en ningún mapa de los treinta ejércitos que han
intentado sin éxito, no ya conquistarla, sino hallarla.
Ambodifotatra, el paraíso de los pañuelos de colores, las alhajas de
oro y las prótesis artificiales.
Ambodifotatra, el final del viaje de cualquier viejo pirata, descansando
en su cementerio junto a otros garfios, parches y patas de palo.
El cementerio pirata más famoso del mundo, el cementerio trampa.
En el cual la marea puede sorprender al visitante y dejarle atrapado a
expensas de los espíritus juguetones de sus moradores.
El lugar donde la bandera pirata ondea más allá de la muerte.
Sin compasión.





