LA COMETA
Vuelan cometas en la playa, estructuras siempre delicadas pero muy
vistosas y tecnicamente proporcionadas y preparadas para grandes
vuelos.
Sus dueños preparan el despegue con sutileza y cuidado, realizan to-
dos los preparativos con gran cálculo y eficacia, observando los cam-
bios de marea y la fuerza de la brisa, parámetros indispensables para
la perfecta ejecución del vuelo deseado.
Un golpe seco de brazos lanza hacia las nubes a la cometa, gira y cor-
ta el viento con rapidez, realiza giros imprevistos, bruscos, buscando
la corriente de aire adecuada, que le permita planear alrededor de la
mirada de su piloto y de las demás cabezas que observan la proeza
del vuelo de algo tan leve.
Y esa levedad se transforma en magia, y sus colores se convierten en
la bandera de nuestra infancia, que se repite en cada mirada nueva
de un nuevo observador.
Cada vez que contemplo el vuelo de una cometa, veo reflejado en el
cielo mis intentos para hacer volar mis cometas de papel, lanzadas
desde la ventana de mi habitación, incapaces de flotar breves instan-
tes en el aire, consiguiendo tan sólo golpearse contra la fachada roja
de la realidad de aquellos años.
Cada vez que observo el vuelo de una cometa, envidio su facilidad y su
paseo aereo, su habilidad y su soltura en el espacio.
Pero ya no contruyo cometas.
Aunque siga viendo volar mis sueños.





