LA SUICIDA.
Paseo todas las mañanas por la playa.
Todas las mañanas sin falta, arrastro mi cuerpo dormido a despertar
contra las olas.
Por la playa no se ve a nadie. La arena solitaria se introduce en mis
zapatillas, Los minúsculos granitos que invaden mi calzado desem-
barcan en mi casa. De vez en cuando los observo como trepan para
tomar la encimera y hacer suya la cocina. Aparecen en el sitio más
inesperado. Ignoro cuando darán por concluida su invasión.
Antes no era así, la playa no estaba sola.
Nos acompañaba una figura abrigada y de pelo alborotado, una joven
que cada amanecer aparecía sentada mirando al mar, siempre en el
mismo sitio, a la misma hora. Aunque el mar todavía no se hubiera
despertado, allí estaba ella esperando su llegada.
Nunca me atreví a acercarme demasiado, no quería arruinar su ensi-
mismamiento, no me atrevía a distraer su concentración, parecía tan
relajada, tranquila.
Nunca conseguí ver su rostro, ni siquiera podía componer unos trazos
de su belleza, que sin duda poseía. Todo su retrato para mí se resu-
mía en unas pálidas manos y una delicada forma de sentarse.
Un día se levanto de su asiento, dejando una marca achatada y unos
surcos finos de sus dedos como huellas en la arena, y comenzó a
adentrarse en las revueltas y frías aguas de febrero.
El mar parecía estar esperando su visita, y entre espumas y lentamen-
te empezó a desaparecer, sin violencia, sin ruido, y la marea siguió su
curso.
Y ella se marchó.
A veces paso largas horas esperando a que vuelva, pero no lo hace.
Y sigo paseando solo por la solitaria playa de las mañanas.





