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EN LA PLAYA.
Relatos. por Miguel Angel Aedillo.
Sindicación
 
LA SUICIDA.

Paseo todas las mañanas por la playa.

Todas las mañanas sin falta, arrastro mi cuerpo dormido a despertar

contra las olas.

Por la playa no se ve a nadie. La arena solitaria se introduce en mis

zapatillas, Los minúsculos granitos que invaden mi calzado desem-

barcan en mi casa. De vez en cuando los observo como trepan para

tomar la encimera y hacer suya la cocina. Aparecen en el sitio más

inesperado. Ignoro cuando darán por concluida su invasión.

Antes no era así, la playa no estaba sola.

Nos acompañaba una figura abrigada y de pelo alborotado, una joven

que cada amanecer aparecía sentada mirando al mar, siempre en el

mismo sitio, a la misma hora. Aunque el mar todavía no se hubiera

despertado, allí estaba ella esperando su llegada.

Nunca me atreví a acercarme demasiado, no quería arruinar su ensi-

mismamiento, no me atrevía a distraer su concentración, parecía tan

relajada, tranquila.

Nunca conseguí ver su rostro, ni siquiera podía componer unos trazos

de su belleza, que sin duda poseía. Todo su retrato para mí se resu-

mía en unas pálidas manos y una delicada forma de sentarse.

Un día se levanto de su asiento, dejando una marca achatada y unos

surcos finos de sus dedos como huellas en la arena, y comenzó a

adentrarse en las revueltas y frías aguas de febrero.

El mar parecía estar esperando su visita, y entre espumas y lentamen-

te empezó a desaparecer, sin violencia, sin ruido, y la marea siguió su

curso.

Y ella se marchó.

A veces paso largas horas esperando a que vuelva, pero no lo hace.

Y sigo paseando solo por la solitaria playa de las mañanas.
No