sin aliento
Vamos, déjame sin aliento.
Espero la tortura dulce de tu cuerpo, subir, bajar
morir despacio y rápido, lento y violento.
Quiero sorber el aire bruscamente, mátame y de repente devuélveme la vida.
Vamos, tocaré las estrellas con los dedos, polvo de estrellas y humo derramado, surcaré las más oscuras simas de tu cielo, navegaré los mares cuerpo a cuerpo.
Vamos, déjame sin aliento.
Entregado, aquí estoy, presto y certero, agitado, sumiso, derretido, plomo en ebullición, lava caliente me recorre las venas.
Quiero poder respirarte, consumirte a bocanadas del aire que me quitas y me entregas al paso de tus manos.
Sin aliento, febril y viva llama la que me quema desde dentro y sacude mis entrañas al tiempo que suavemente pasas, leve, frágil.
Vamos, déjame sin aliento, otra vez y una más.
Y suplico tu dedos, y suspiro tu boca que me colma y me quita y me da.
Sin aliento y feliz, extraño vuelo, solo aspiro a poder aterrizar en la pista de tu seno
organismos primarios
Ameba: Las amebas son organismos unicelulares que pueden cambiar de forma constantemente. Algunas amebas, como la Arcella construyen alrededor de su cuerpo una especie de coraza con material que toman de su entorno.
•protozoo, protozoario, rizópodo
El ser más evolucionado.
Sin sistema nervioso.
Evita el peligro.
¿Me pregunto a veces, solo a veces, que contendrá tú maletín?
Por que no lo abres y lo aireas?
Pero tú ni caso, los organismos mas primarios no alcanzamos a ver la realidad de las cosas
•protozoo, protozoario, rizópodo
El ser más evolucionado.
Sin sistema nervioso.
Evita el peligro.
¿Me pregunto a veces, solo a veces, que contendrá tú maletín?
Por que no lo abres y lo aireas?
Pero tú ni caso, los organismos mas primarios no alcanzamos a ver la realidad de las cosas
soy

Solo soy si te pienso, si a la retina viene tu memoria.
Y se me instala allí, ocupándolo todo, colores, sombra, luz y cuanto de verdad miran mis ojos.
Solo soy si te pienso, si mi pelo enredado te presiente.
Se estremecen y vibran mis cabellos cuando asoma el recuerdo de tu mano y su contacto dulce y poderoso.
Solo soy si te pienso, si tu calor humedece mis labios.
Los invade el sabor de la nostalgia, acíbar de los tuyos heredado en un leve gemir.
Si te pienso, yo soy el músico en la verbena, la paloma en la plaza y el rosal que en los patios languidece.
El malva de las tardes de verano a la puesta de sol, la nube blanca que despacio, con pereza y un punto de desdén pasea por el cielo mansamente.
Y soy la novia blanca en primavera, con las manos hambrientas de sentidos, de ser la luz triunfal de las mañanas de enero, cuando amanece gris y todo tiembla.
Si te pienso, y no siempre lo consigo, solo soy una espera que se sienta al borde de la nada mientras llega una ilusión de ti, de tu recuerdo, y el alma se sonríe y se transforma.
Solo si te pienso soy, y mientras sea, libre seré para poder pensar y ser, sentirte dentro, administrar los gozos y las sombras que me agostan las noches de tu ausencia, para poder vivir tu cuerpo denso en la llanura interminable de mi cama.
Solo soy si te pienso, y pienso ciertamente en ti a cada instante que respiro, por lo que soy real, real y cierto, soy, soy no lo dudes ni un momento.
ángel
Mira, ha pasado un ángel. Un ángel de ojos tristes y rotos.
El cristal de sus ojos cayó al suelo una noche de tormenta, mientras dentro del baño sonó el teléfono y nada volvió a ser igual.
Recogió como pudo las plumas desprendidas de sus alas, blancas, inmensas, y escaleras abajo corrió en pos de la vida que se le negó en tantas ocasiones, doloroso ángel de ojos tristes.
Siempre retorna la primavera, y con ella de la mano la sabia de los años se anuda en las gargantas, hincha los corazones solitarios, germinando en pasiones de ida y vuelta.
Como la primavera, en aletazos profundos y decidido gesto migró el ángel de mirada serena a unos cielos mas claros de un azul más intenso, retoñando en delirios de soledad y sombra, y alimentó en su seno el deseo de volar por fin sin ataduras al abrigo del viento.
Se hizo terrenal y amordazó sus penas, descendió de las nubes con un vestido blanco y la carne del padre asumió tiernamente.
Lo tropecé una tarde en uno de sus vuelos, ángel de luna blanca con esos ojos tristes que trasforman la noche en un crisol de estrellas. No sospeché siquiera el poder de sus labios, enredadera suave que desgrana despacio sus promesas aladas, y a contraluz del miedo enciende y apaga con precisión rotunda mis más oscuras nieves.
Por él sigo volando, sus ardorosas alas me envuelven en un lienzo de caricias furtivas, apenas en un roce que deja claro el sexo angelical y cierto, sin dudar ni un segundo, fecundante, voraz.
Es la luz que persigo, la mirada de ángel que ha pasado en un soplo.
Aquellos ojos rotos, la tristeza del iris relampaguea nueva en risas y promesas.
Y me siento las alas naciendo firmemente
El cristal de sus ojos cayó al suelo una noche de tormenta, mientras dentro del baño sonó el teléfono y nada volvió a ser igual.
Recogió como pudo las plumas desprendidas de sus alas, blancas, inmensas, y escaleras abajo corrió en pos de la vida que se le negó en tantas ocasiones, doloroso ángel de ojos tristes.
Siempre retorna la primavera, y con ella de la mano la sabia de los años se anuda en las gargantas, hincha los corazones solitarios, germinando en pasiones de ida y vuelta.
Como la primavera, en aletazos profundos y decidido gesto migró el ángel de mirada serena a unos cielos mas claros de un azul más intenso, retoñando en delirios de soledad y sombra, y alimentó en su seno el deseo de volar por fin sin ataduras al abrigo del viento.
Se hizo terrenal y amordazó sus penas, descendió de las nubes con un vestido blanco y la carne del padre asumió tiernamente.
Lo tropecé una tarde en uno de sus vuelos, ángel de luna blanca con esos ojos tristes que trasforman la noche en un crisol de estrellas. No sospeché siquiera el poder de sus labios, enredadera suave que desgrana despacio sus promesas aladas, y a contraluz del miedo enciende y apaga con precisión rotunda mis más oscuras nieves.
Por él sigo volando, sus ardorosas alas me envuelven en un lienzo de caricias furtivas, apenas en un roce que deja claro el sexo angelical y cierto, sin dudar ni un segundo, fecundante, voraz.
Es la luz que persigo, la mirada de ángel que ha pasado en un soplo.
Aquellos ojos rotos, la tristeza del iris relampaguea nueva en risas y promesas.
Y me siento las alas naciendo firmemente
bailando en el desván II
Y no sé que contarte, solo miro tus ojos.
Como un tiesto florido en pleno mes de enero que rodea la escarcha y acaricia el rocío.
Asoman muy despacio sus pétalos las flores tiritando ateridas, sus extremos de seda enseñan poco a poco como probando el aire, tal cual como mis dudas enseñan sus anhelos, catan los sentimientos mis sentidos gastados en batallas ajenas, en frustradas pasiones que al mirarte renuevan su sabia de repente.
Subo al desván y grito, y bailo, y me emociono, a solas donde el hombre es él y su silencio, donde la vida adquiere plenitud y tibieza, bailando en el desván de mi sentir mas intimo.
Aquí te siento plena, puedo besarte toda sin cortapisas raras, sin pensar en mañana te levanto y te beso como una enredadera que te abraza insolente en caricias profundas, sosegadas, tranquilas.
En mi desván de sueños, una danza de labios te recorre hasta el centro de tu gemir mas denso, unos dedos de lava lamerán tus heridas, y sanaran los miedos que te acompañan siempre desde el fondo del río que te arrastró una noche.
Bailo desde la vida, una tribal secuencia de latidos inflama el corazón cadáver que encontraste y viviste, boca a boca sin aire que me lleva en volandas a la altura del beso, y desciende despacio, despacio, interminable.
Toda tú te confundes con mí ser en la danza, se comprimen los cuerpos, se hacen uno, se nacen de la nada más honda de mí latir constante, y los ojos se giran hacia el querer más grande.
En mi desván te bailo, donde no mira nadie.
Solo miro tus ojos, y no sé que contarte
bailando en el desván

Como cuerdas de guitarra, que con tocarlas, apenas una caricia y vibran, remueven y sacan de lo más hondo los más limpios sonidos, las más oscuras notas.
Así siento mis dedos, mis ojos, mis cabellos, todo yo soy un acorde imposible que resuena en la noche. Bailando en el desván, permanezco sentado, inaudita peripecia que se me da de nuevo, que se ofrece a mi vida dejando en el olvido los miedos y lo negro.
Y sin moverme danzo, me retuerzo, me paro, desperezo mis ganas y de vuelta al molino que me arrastra consigo, bailo y bailo constante en mi desván de gozos.
Melodías de siempre, del ayer y el mañana empujaran mi danza, danzarín sorprendente, mi negrura más honda se conmueve en mis pasos.
Todo el polvo pasado se remueve a mi entorno y muestra contraluces que se ciegan y caen, devenir de los años, memorias de tristeza arrastran torpemente mis ansias de alegría, que se defiende en bailes, en risas y esperanza.
Bailando en el desván, y me invento y renazco, principio y fin de sueños, prólogo y epitafio de mí, suena en mi alma la más cálida música.
Pero los miedos bailan su canción de rocío
al tiempo que mis ganas se asoman al vacío,
batalla ya perdida, marcada por mi sino,
senda del mal que siempre se recorre conmigo.
Siento la primavera danzar conmigo mismo,
al calor del verano no hay ni invierno ni frío
en la pista de baile fatal de mis sentidos,
bordón y prima nueva vitales y exclusivos
yo canto, ya canto
Laura Pausini
Tiempos cambiantes, cambiantes ánimos. Tobogan de colores e ideas que suben y bajan. Mariposas mueven sus alas alrededor de mi estómago, y canto. Alguien me escuchará.
rosa de los vientos

La encontré en un bazar polvoriento de El Cairo donde las alfombras mágicas cuelgan como cortinas tupídas desde el techo hasta el suelo, y los cueros elevan sus olores de agrios viejos.
Al fondo del pasillo, se abría una sala ancha con mesitas de ébano con tapetes de lino que soportan estoicas el peso de los años y por añadidura de centenares de pipas, y alambiques, papiros y vaya usted a saber si el caballito triste que rumia su silencio es alabastro negro o jabón perfumado.
Bajo aquella vidriera se amontonan maletas sospechosa y pulcramente nuevas, expertas en idiomas orientales del chino al mandarín, tela de araña que atrapa a los que transitamos las callejas que rodean la Mezquita Blanca en un devenir extraño de camisetas nuevas con las tallas cambiadas y letreros absurdos desde el griego hasta el copto.
Me encontré de repente con ella, con su extraño magnetismo de vientos, meridiana de vida con apoyos laterales a una innegociable Flor de Lis asociados, decidida , punzante, definitiva.
Conquistarme en el Cairo en aquellos momentos, en aquellos o en otros, pero más en aquellos no era tarea difícil, el aroma a tabaco de las pipas de agua y las especias fuertes llevadas de los aires, las pupilas preñadas de las rocas mas bellas, elegía de piedra y mármol levantada. Me cautivo su estudiada belleza de formas para ser intocable en un mundo imperfecto de navegantes nuevos, instrumento de fe como Biblia del mar y algo a que amarrarse en tiempos de mudanza.
La compré sin medirla, sin pesar y sin tiempo. La guardé en la maleta del todo a cien de sueños en que nos convertimos en momentos felices sin más remordimientos que el ticket de facturación y los bultos de mano.
Dormía en mi cajón el sueño de los justos, en su bolsita nueva de viejas ilusiones, y tropecé con ella en esta madrugada.
Despierta, remolona, la tormenta ha llegado, puede que tus colores y tus redondos cuadros pongan rumbo a mi nave, flor de lis de los vientos, rosa-mar de mi desierto Cairo.
muchacha en la ventana

Hace ya unos días que no la frecuento, puede ser por que mi cabeza está en otras singladuras más mundanas, y no creas, echo en falta sus cabellos morenos.
Normalmente a la tarde, cuando se muere el día, en el rincón mas claro de mi salón oscuro donde vive callada desde hace algunos años, la visito a diario. En mi silloncito de mimbre dejo caer mi pesaroso cuerpo cansado de los ruidos, gastado del recuerdo, y le hablo a escondidas.
Gala creo que se llama y alguien me dijo o tal vez lo soñé que es familiar lejano o cercano quizá de un loco de Gerona llamado Salvador.
Buenas tardes, la llamo y espero su respuesta en vano, la imagino mirando hacia la lejanía, mas allá de la playa con Cadaqués al fondo y las casitas blancas repletas de las redes de pescadores viejos y jóvenes muchachas.
Cuanto me gustaría saber de sus silencios, ver de frente sus ojos, poder mirar su cara, pero no me responde. Permanece callada, la mirada perdida en el azul hiriente de su mar solitario.
Imagino su pecho rebosante de anhelos, con tormentas de fondo y marejadas dormidas prestas a despertar en un batir intenso de olas contra sus costas.
Y miro sus sandalias, y su espalda inclinada sobre el marco pequeño de su pequeño mundo. Dejo correr la vista por su vestido blanco bajándola despacio, mirando su cabello de moreno azabache, al descuido del viento sobre la redondez de sus hombros, y me sorprendo soñando debajo de su blusa terciopelos morenos y suaves montañas.
Me levanto deprisa, cada vez que me siento como un ladrón robando su intimidad doliente, y la llamo despacio, y ella no me contesta.
Gala creo que se llama. Muchacha en la ventana. Me prometo a mí mismo, cada tarde en las sombras que en el próximo día me acercaré a ella, me posaré en sus dedos, le miraré los ojos, y hablaremos de todo.
Quiero beber su risa que soñé tantas veces, quiero vivir sus ansias de juventud primaria y conocer a fondo sus más profundos miedos, que conozca los míos, escuchar sus palabras.
Pero no me responde, nunca giró la cara. Hago un último intento, y la vuelvo a llamar, y permanece quieta asomada a su ventana azul.
Todas las tardes, desde hace algún tiempo, me despido de ella de la misma manera, con la esperanza que mañana será el día, mañana sí, mañana podremos encontrarnos y reír y llorar. Mañana volveré, ¿estarás?
mil veces mil
Mil veces mil, y más si se pudiera volvería al andén donde la hallé una tarde. Desde detrás de los muros de la estación , como un espía loco contemplaba partir en su viaje de sueños locomotoras viejas con vagones flamantes, o más bien al contrario convoyes de colores con la ternura puesta.
Pero una triste tarde, triste, gris, tan oscura por triste, arrojada en el suelo por la desesperanza, en el centro de un charco empapada en tristeza, a los pies de su dueña, hallé mi bata blanca.
Incliné mi silencio y la recogí del suelo, y con un ademán displicente y suave la posé en unos hombros derrotados, vencidos, mientras en los cristales golpeaba la lluvia de las lágrimas secas y elevándose al cielo una oración sonaba por la megafonía.
No entiendo de tejidos, los telares cerraron, ni seda ni damasco, ni siquiera el armiño tienen significado para mi , pero al verla, al sentir su presencia, aprecie su entereza, su vigor entusiasta. Un gracias, buenas tardes, y el silencio cubrió lo que quedó del día.
Desde entonces la busco en su armarito nuevo de la estación antigua cuando mis huesos sienten un nuevo escalofrío, y al cubrirme me sana, me renueva por dentro, me florece y me brotan retoños de las manos.
Su blancura impoluta, nuclear, estruendosa, de coladas antiguas de azuletes y losas, permanece constante a pesar de su vuelo y los miedos me tapa, cicatriza mis llagas.
Mil veces mil, y más si se pudiera, y en un acto imposible de agradecer seria, no hay palabras ni gestos ni razones que entiendan de compensar siquiera , ni pesos ni medidas.
En un perchero nuevo está mi bata blanca, dispuesta está, ofrecida para mis tiempos turbios, con sus faldones largos que me enjugan las penas y sus bolsillos grandes donde guardo los verbos que gastaré mañana o cuando sea preciso
Pero una triste tarde, triste, gris, tan oscura por triste, arrojada en el suelo por la desesperanza, en el centro de un charco empapada en tristeza, a los pies de su dueña, hallé mi bata blanca.
Incliné mi silencio y la recogí del suelo, y con un ademán displicente y suave la posé en unos hombros derrotados, vencidos, mientras en los cristales golpeaba la lluvia de las lágrimas secas y elevándose al cielo una oración sonaba por la megafonía.
No entiendo de tejidos, los telares cerraron, ni seda ni damasco, ni siquiera el armiño tienen significado para mi , pero al verla, al sentir su presencia, aprecie su entereza, su vigor entusiasta. Un gracias, buenas tardes, y el silencio cubrió lo que quedó del día.
Desde entonces la busco en su armarito nuevo de la estación antigua cuando mis huesos sienten un nuevo escalofrío, y al cubrirme me sana, me renueva por dentro, me florece y me brotan retoños de las manos.
Su blancura impoluta, nuclear, estruendosa, de coladas antiguas de azuletes y losas, permanece constante a pesar de su vuelo y los miedos me tapa, cicatriza mis llagas.
Mil veces mil, y más si se pudiera, y en un acto imposible de agradecer seria, no hay palabras ni gestos ni razones que entiendan de compensar siquiera , ni pesos ni medidas.
En un perchero nuevo está mi bata blanca, dispuesta está, ofrecida para mis tiempos turbios, con sus faldones largos que me enjugan las penas y sus bolsillos grandes donde guardo los verbos que gastaré mañana o cuando sea preciso