ahora que te tiene el mar..........
buena suerte, lamp. No dolerá, lo que amas nunca duele
en brazos de un ángel
Pasé todo mi tiempo esperando
esa segunda oportunidad,
para una rotura que te haga bien.
siempre hay una razón
Para no sentirse bastante bueno
y es difícil, al final del día.
Me deja vacío e ingrávido,
Y tal vez encontraré algo de paz esta noche.
En los brazos de un ángel,
volar lejos de aquí,
de este cuarto del hotel oscuro, frío,
y el infinito que tu sientes.
Puede que se produzca el milagro de costumbre
invencible escuadrilla voladora
Hay días que en la vida es fiesta grande, no preguntéis por qué, que el corazón no entiende de razones.
Fue en primavera, la pasada, quizá en mayo, que decidí por fin que era la hora que mis hijos volaran a mi altura y a la de tantos otros que soñamos con la pradera del Santo a las espaldas, y ponerles unas alas rojiblancas para volar rasantes por el rio.
Días de fiesta grande. Cuantas veces soñé con ese día, con subir a las gradas del estadio tras ellos, con ver en sus ojos la emocionada espera, enseñarles la hierba desde arriba, “esto somos, miradlo, es nuestro orgullo”.
Jamás me pregunté por los motivos, me nacieron así a rayas rojas y las alas del aviación en la solapa del alma y hasta ahora enteramente colchonero.
Estos colores son inexplicables, la sinrazón de la espera interminable, de volver a soñar con el domingo, levantarse y caer, y levantarse y gozar de lo minúsculo. Perder en lo más fácil, lograr los imposibles. Es un suplicio dulce y este veneno nace con la sangre, se apodera de ti, no duelen prendas, y pienso seriamente en la locura de que mi religión y la de tantos celebra sus ritos al lado mismo del manzanares.
Y siento tanto orgullo por ellos, por esa presunción de la victoria de quien fue grande un día, y volverá otra vez por donde solía, y nos dolemos juntos es las muchas penas y en las pocas alegrías.
Escogí con cuidado la fecha del bautizo, y me volví a equivocar. Una tarde de perros, jamás llovió una tarde como aquella, pero vi esos ojos esperando galopes por la banda del niño, y compramos banderas y bufandas que agitaron al viento, en silencio escuchamos los cánticos como quien reza el credo que nos alivia el alma, y sentí que vivían el sueño que les pudo, y yo cumplí los míos.
Invencible escuadrilla voladora, la que por más que pierda nunca será vencida en nuestros corazones, y arrecian más los cantos cuanto más se consuma el acto de la puntual derrota. Mala tarde vivimos, pues peor que derrota fue humillación profunda de seis puñaladas, seis, como los toros.
Y brillaba en sus ojos la humedad de los duelos, y les pudo el silencio hasta llegar al coche donde quedó flotando la tristeza del rito que pretendí vivir con ellos esa noche.
Callados, en silencio salimos de Madrid. Respeté su derrota, por que también fue mía, y ni cenar quisieron. Pasaron los kilómetros, lentos, pausadamente, y entendí que debía inventar unas risas.
Miré hacia atrás y ambos dormían, envueltos cada uno en su bandera, mojada, un tanto ajada pero bella. Soñaban con la grada en otra tarde, atronada de cánticos y goles, seguros, como yo, que volverían. Y sonó para mí como otras veces desde el fondo del pecho: Atletiiiiii, Atletiiiii
Fue en primavera, la pasada, quizá en mayo, que decidí por fin que era la hora que mis hijos volaran a mi altura y a la de tantos otros que soñamos con la pradera del Santo a las espaldas, y ponerles unas alas rojiblancas para volar rasantes por el rio.
Días de fiesta grande. Cuantas veces soñé con ese día, con subir a las gradas del estadio tras ellos, con ver en sus ojos la emocionada espera, enseñarles la hierba desde arriba, “esto somos, miradlo, es nuestro orgullo”.
Jamás me pregunté por los motivos, me nacieron así a rayas rojas y las alas del aviación en la solapa del alma y hasta ahora enteramente colchonero.
Estos colores son inexplicables, la sinrazón de la espera interminable, de volver a soñar con el domingo, levantarse y caer, y levantarse y gozar de lo minúsculo. Perder en lo más fácil, lograr los imposibles. Es un suplicio dulce y este veneno nace con la sangre, se apodera de ti, no duelen prendas, y pienso seriamente en la locura de que mi religión y la de tantos celebra sus ritos al lado mismo del manzanares.
Y siento tanto orgullo por ellos, por esa presunción de la victoria de quien fue grande un día, y volverá otra vez por donde solía, y nos dolemos juntos es las muchas penas y en las pocas alegrías.
Escogí con cuidado la fecha del bautizo, y me volví a equivocar. Una tarde de perros, jamás llovió una tarde como aquella, pero vi esos ojos esperando galopes por la banda del niño, y compramos banderas y bufandas que agitaron al viento, en silencio escuchamos los cánticos como quien reza el credo que nos alivia el alma, y sentí que vivían el sueño que les pudo, y yo cumplí los míos.
Invencible escuadrilla voladora, la que por más que pierda nunca será vencida en nuestros corazones, y arrecian más los cantos cuanto más se consuma el acto de la puntual derrota. Mala tarde vivimos, pues peor que derrota fue humillación profunda de seis puñaladas, seis, como los toros.
Y brillaba en sus ojos la humedad de los duelos, y les pudo el silencio hasta llegar al coche donde quedó flotando la tristeza del rito que pretendí vivir con ellos esa noche.
Callados, en silencio salimos de Madrid. Respeté su derrota, por que también fue mía, y ni cenar quisieron. Pasaron los kilómetros, lentos, pausadamente, y entendí que debía inventar unas risas.
Miré hacia atrás y ambos dormían, envueltos cada uno en su bandera, mojada, un tanto ajada pero bella. Soñaban con la grada en otra tarde, atronada de cánticos y goles, seguros, como yo, que volverían. Y sonó para mí como otras veces desde el fondo del pecho: Atletiiiiii, Atletiiiii
detener el tiempo

Aquel momento que flota
nos toca de su misterio.
Tendremos siempre el presente
roto por aquel momento.
Toca la vida sus palmas
y tañe sus instrumentos.
Acaso encienda su música
sólo para que olvidemos.
Pero hay cosas que no mueren
y otras que nunca vivieron
y las hay que llenan todo
nuestro universo.
Y no es posible librarse
de su recuerdo.
De "Alegría" 1947 José Hierro
el rompeolas
Tenía el alma enlosada. Añoraba el musgo nuevo sobre las piedras viejas, lisa cubierta donde resbalaba el agua de resacas furiosas y lentos lametones de mar y sal.
Caracolillos blancos se solapaban a veces sobre la costra dura del lodo que entera la cubría, limo de fertilidad escasa y torpe, incapaz de engendrar el suave destello de una flor, ni la incipiente promesa de una rosa risueña y ruborosa.
Vivir cabalgando la tristeza en un rompeolas.
Una prolongación de mi se internaba tercamente en la seguridad dolorida y caliente de los mares de ausencias y sentimientos huecos, lanza punzante, península fatídica, parapeto del mar de parte a parte.
Pero en la base gris de mis cimientos, sobre la roca base de mi vida, un rumor de crecida se alimenta, y me llena las grietas de sentidos fragantes, colma mis heridas del salitre de vida que te hace sentir nuevamente simiente, grano de arroz, germen de luz, aroma del licor de la esperanza.
Sube la marejada sobre el tiempo de muertos que habitaba el rompeolas oscuro de mis días, sube un aluvión de agua fresca y viva, azul de mar y espuma blanca, emergente calor que despereza toda mi creación y su sustento, y se queda vibrante, atronador, bañándome en mareas formidables.
Vivo en el rompeolas, y en ocasiones la aguas se desbordan, y me abren de par en par calando hondo donde las humedades eran sueños de un desierto de paz y arena hiriente.
Se remueve el profundo estertor del deseo, abisal resonancia que se eleva en cada golpe de ola o beso tibio, en la mojada caricia de los labios de mar que me subyugan y hacen de mí florecida escollera, rompeolas de amor, jardín flotante.
pertenecemos