vivir los sueños
( I )
Diez de la mañana. Avanzamos por la Avenida de los carneros en dirección al primer Pilono del Templo de Karnak. No hace calor, al menos yo no lo siento, y es raro pues estamos en la ultima semana de agosto
Así, vigilado por las miradas milenarias de las esfinges, y a punto de hacer realidad mis mas íntimos sueños, recuerdo la llegada anoche a Luxor, el vuelo mas bien intranquilo, con las manos húmedas desde que el piloto anunció que sobrevolábamos Alejandría, el Nilo serpenteando sereno, sosegado, no así las miles de lucecitas que brillan en las dos orillas, los cruceros fluviales que esperan pacientes y quietos a sus ocupantes, y por encima de ellos las oscuras cimas que esconden en sus entrañas el Valle de los Reyes.
El grupo está revuelto, gritan, rien, juegan a turistas alegres, divertidos, y a mi eso me molesta un poco, y me dan ganas de decirles” callaos blasfemos, silencio, respeto, acabáis de llegar al centro de la historia, la cuna de la vida, arrodillaos”.
Pero mi pasión por Egipto no es obligatoria, es mía, intima, personal, y en la noche de ayer comenzó a hacerse real.

( II )
Entramos por el embarcadero antiguo, guiados por el asombro y la certeza de sabernos alli. Karnak me descubre uno de los primeros enigmas; el primer pilono no esta acabado, la piedra no esta pulida y aparece recubierta hasta la mitad de su altura por adobes de barro cocido que caen en cascada hasta el piso firme. Métodos de construcción, es cierto, oh dios, la construcción de todo esto era factible.
Contemplo la capilla de las barcas, la esfinge de Tutankamon, el Templo de Ramses III, la Capilla Roja, pero al frente, imponente, hierático, solemne Ramses el Grande me saluda con una sonrisa que intuyo, invitándome a traspasar la historia,.- “ entra en mi mundo, ve, cree, admira”.-
Tras atravesar el Portal de Bubastris, sin aviso previo me interno en la Gran Sala Hipostila, ( flaco favor le hizo muerte en el nilo, descanse en paz doña Ághata).
Morir, se debería morir aquí, entre estas columnas, granito cincelado, cima y gozo de todos los Imperios, energía de piedra labrada que mira directamente al cielo.
Las admiro, una a una, las poseo, me empapo de su historia como se bebe el agua un rollo de papiro seco.
Recorro el resto del templo mudo, despacio, saboreando cada rincón, midiendo los Obeliscos de Tutmosis y mi reina Hapsesupt, navegando en la barca sagrada todos y cada uno de los pilonos, el Patio Central desolado, comiendome los muros inexplicable y milagrosamente decorados mientras el resto del grupo gira como párvulos alrededor del “escarabajo de la suerte” que vigila indolente un maravilloso obelisco inacabado.
Llego hasta el estanque de Tutmosis, y me siento agotado a digerir esta bacanal de belleza, esta sobredosis de sueños.
No puedo seguir, se me agotan las palabras y el espacio.
Salgo de allí, cuatro horas después, feliz pero cansado, arrastrando los pies, en silencio, incapaz de asumir esa majestuosidad pétrea, esa vorágine de roca levantada, con un nudo en la garganta y humedad en los ojos.
Cuando estoy en el autobús de vuelta solo se me ocurre musitar una frase:
¡¡ Florencia, ja ja!!
Mañana espera Luxor, diosa al borde del nilo, pero esa es otra historia que soñare otro día
Diez de la mañana. Avanzamos por la Avenida de los carneros en dirección al primer Pilono del Templo de Karnak. No hace calor, al menos yo no lo siento, y es raro pues estamos en la ultima semana de agosto
Así, vigilado por las miradas milenarias de las esfinges, y a punto de hacer realidad mis mas íntimos sueños, recuerdo la llegada anoche a Luxor, el vuelo mas bien intranquilo, con las manos húmedas desde que el piloto anunció que sobrevolábamos Alejandría, el Nilo serpenteando sereno, sosegado, no así las miles de lucecitas que brillan en las dos orillas, los cruceros fluviales que esperan pacientes y quietos a sus ocupantes, y por encima de ellos las oscuras cimas que esconden en sus entrañas el Valle de los Reyes.
El grupo está revuelto, gritan, rien, juegan a turistas alegres, divertidos, y a mi eso me molesta un poco, y me dan ganas de decirles” callaos blasfemos, silencio, respeto, acabáis de llegar al centro de la historia, la cuna de la vida, arrodillaos”.
Pero mi pasión por Egipto no es obligatoria, es mía, intima, personal, y en la noche de ayer comenzó a hacerse real.

( II )
Entramos por el embarcadero antiguo, guiados por el asombro y la certeza de sabernos alli. Karnak me descubre uno de los primeros enigmas; el primer pilono no esta acabado, la piedra no esta pulida y aparece recubierta hasta la mitad de su altura por adobes de barro cocido que caen en cascada hasta el piso firme. Métodos de construcción, es cierto, oh dios, la construcción de todo esto era factible.
Contemplo la capilla de las barcas, la esfinge de Tutankamon, el Templo de Ramses III, la Capilla Roja, pero al frente, imponente, hierático, solemne Ramses el Grande me saluda con una sonrisa que intuyo, invitándome a traspasar la historia,.- “ entra en mi mundo, ve, cree, admira”.-
Tras atravesar el Portal de Bubastris, sin aviso previo me interno en la Gran Sala Hipostila, ( flaco favor le hizo muerte en el nilo, descanse en paz doña Ághata).
Morir, se debería morir aquí, entre estas columnas, granito cincelado, cima y gozo de todos los Imperios, energía de piedra labrada que mira directamente al cielo.
Las admiro, una a una, las poseo, me empapo de su historia como se bebe el agua un rollo de papiro seco.
Recorro el resto del templo mudo, despacio, saboreando cada rincón, midiendo los Obeliscos de Tutmosis y mi reina Hapsesupt, navegando en la barca sagrada todos y cada uno de los pilonos, el Patio Central desolado, comiendome los muros inexplicable y milagrosamente decorados mientras el resto del grupo gira como párvulos alrededor del “escarabajo de la suerte” que vigila indolente un maravilloso obelisco inacabado.
Llego hasta el estanque de Tutmosis, y me siento agotado a digerir esta bacanal de belleza, esta sobredosis de sueños.
No puedo seguir, se me agotan las palabras y el espacio.
Salgo de allí, cuatro horas después, feliz pero cansado, arrastrando los pies, en silencio, incapaz de asumir esa majestuosidad pétrea, esa vorágine de roca levantada, con un nudo en la garganta y humedad en los ojos.
Cuando estoy en el autobús de vuelta solo se me ocurre musitar una frase:
¡¡ Florencia, ja ja!!
Mañana espera Luxor, diosa al borde del nilo, pero esa es otra historia que soñare otro día