mil veces mil
Mil veces mil, y más si se pudiera volvería al andén donde la hallé una tarde. Desde detrás de los muros de la estación , como un espía loco contemplaba partir en su viaje de sueños locomotoras viejas con vagones flamantes, o más bien al contrario convoyes de colores con la ternura puesta.
Pero una triste tarde, triste, gris, tan oscura por triste, arrojada en el suelo por la desesperanza, en el centro de un charco empapada en tristeza, a los pies de su dueña, hallé mi bata blanca.
Incliné mi silencio y la recogí del suelo, y con un ademán displicente y suave la posé en unos hombros derrotados, vencidos, mientras en los cristales golpeaba la lluvia de las lágrimas secas y elevándose al cielo una oración sonaba por la megafonía.
No entiendo de tejidos, los telares cerraron, ni seda ni damasco, ni siquiera el armiño tienen significado para mi , pero al verla, al sentir su presencia, aprecie su entereza, su vigor entusiasta. Un gracias, buenas tardes, y el silencio cubrió lo que quedó del día.
Desde entonces la busco en su armarito nuevo de la estación antigua cuando mis huesos sienten un nuevo escalofrío, y al cubrirme me sana, me renueva por dentro, me florece y me brotan retoños de las manos.
Su blancura impoluta, nuclear, estruendosa, de coladas antiguas de azuletes y losas, permanece constante a pesar de su vuelo y los miedos me tapa, cicatriza mis llagas.
Mil veces mil, y más si se pudiera, y en un acto imposible de agradecer seria, no hay palabras ni gestos ni razones que entiendan de compensar siquiera , ni pesos ni medidas.
En un perchero nuevo está mi bata blanca, dispuesta está, ofrecida para mis tiempos turbios, con sus faldones largos que me enjugan las penas y sus bolsillos grandes donde guardo los verbos que gastaré mañana o cuando sea preciso
Pero una triste tarde, triste, gris, tan oscura por triste, arrojada en el suelo por la desesperanza, en el centro de un charco empapada en tristeza, a los pies de su dueña, hallé mi bata blanca.
Incliné mi silencio y la recogí del suelo, y con un ademán displicente y suave la posé en unos hombros derrotados, vencidos, mientras en los cristales golpeaba la lluvia de las lágrimas secas y elevándose al cielo una oración sonaba por la megafonía.
No entiendo de tejidos, los telares cerraron, ni seda ni damasco, ni siquiera el armiño tienen significado para mi , pero al verla, al sentir su presencia, aprecie su entereza, su vigor entusiasta. Un gracias, buenas tardes, y el silencio cubrió lo que quedó del día.
Desde entonces la busco en su armarito nuevo de la estación antigua cuando mis huesos sienten un nuevo escalofrío, y al cubrirme me sana, me renueva por dentro, me florece y me brotan retoños de las manos.
Su blancura impoluta, nuclear, estruendosa, de coladas antiguas de azuletes y losas, permanece constante a pesar de su vuelo y los miedos me tapa, cicatriza mis llagas.
Mil veces mil, y más si se pudiera, y en un acto imposible de agradecer seria, no hay palabras ni gestos ni razones que entiendan de compensar siquiera , ni pesos ni medidas.
En un perchero nuevo está mi bata blanca, dispuesta está, ofrecida para mis tiempos turbios, con sus faldones largos que me enjugan las penas y sus bolsillos grandes donde guardo los verbos que gastaré mañana o cuando sea preciso





