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¡Me mudo¡
Después de varios días pénsándolo me llevo mis textos a otra parte. Si te apetece leerme sólo tienes que ir a esta dirección: http://mireias32.blogspot.com

¡¡Nos vemos allí!!!
 
Shakespeare 69 (Segunda Parte)
"Estás cansada. Te pesan los párpados. No abras los ojos." Estas frases sonaban en su cerebro una y otra vez mientras esperaba el metro de pie en el andén. Decir que tenía sueño a esas horas de la mañana no era nada excepcional. ¿Quién no lo tendría considerando que eran las siete de la mañana de un frío mes de enero?. Miró a su alrededor y observó los rostros de las personas cercanas a ella. Para su satisfacción todas tenían el mismo aspecto somnoliento y una mueca de horror ante la idea de volver al trabajo otra jornada más. - ¿Y si toda esta gente también se ha pasado la noche chateando?- pensó. Después de valorar la idea durante unos segundos no pudo hacer otra cosa que reirse de su ocurrencia. Tal vez esta idea podía ser buena para escribir uno de sus relatos. Una ciudad en la que todos sus seres tienen una doble vida. Durante el día reina en sus vidas la normalidad absoluta mientras que, por la noche, deciden dar rienda suelta a sus pasiones. Cuanto más vueltas le daba al tema más se divertía pensando en el modo en el que relataría la historia. Pero, desde luego, no iba a ponerse a ello ahora. Estaba demasiado cansada porque, al contrario que el resto de la gente que estaba en ese andén, ella sí que se había pasado toda la noche frente a la pantalla del ordenador.

Por fin llegó el tren y, afortunadamente, pudo coger un asiento junto a la ventana. Este era uno de los sitios preferidos por aquellas personas que tenían casi una hora de trayecto hasta llegar a su lugar de trabajo. El cristal hacía posible apoyar la cabeza, cuestión que Mar apreciaba porque le permitía ponerse cómoda para leer o escribir de camino al trabajo. Y, estar junto a la calefacción en esta época del año era un auténtico placer teniendo en cuenta que la temperatura en la calle a esas horas de la mañana era de poco más de dos grados. Mar se dejó caer sobre el asiento, colocó el maletín sobre sus muslos y extrajo de él uno de los ejemplares que estaba corrigiendo. Tenía que mantenerse ocupada si no quería quedarse dormida y aparecer en el último pueblo del área metropolitana. Abrió el dossier por la penúltima página que había corregido el día anterior y repasó sus notas. De repente toda la información necesaria acudió a su mente. Aquel trabajo que le habían encargado debía ser un castigo por algo. La historia no sólo estaba mal escrita, sino que el tema era de lo más absurdo que había leído en los últimos tiempos. - Doctores tiene la iglesia- pensó al mismo tiempo que cogía su rotulador y se disponía a fusilar por completo aquella cosa que pretendía llamarse novela.
Cuando a penas había leído dos páginas decidió parar. Sabía que, debido al cansancio, la corrección que estaba haciendo no era objetiva. Era consciente de que cuando estuviera más espabilada tendría que revisar todo el trabajo absurdo que en este momento estaba haciendo así es que no tenía sentido continuar. Aún faltaban cuatro paradas para llegar a su despacho y evaluó la posibilidad de bajar en la siguiente y andar hasta llegar a la oficina. Por supuesto, podía quedarse sentada y bajar en la estación de cada día pero, a la vista de su lamentable estado, corría el riesgo de quedarse dormida en cualquier momento. Así es que hizo acopio de valor, se puso de pie, se ajustó el abrigo y esperó a que el tren se detuviera en la siguiente parada.
El aire de la mañana la ayudó bastante a volver al mundo real. Apretó el paso para entrar en calor y, por supuesto, para llegar lo antes posible al despacho y tomarse una enorme dosis de cafeína. Absorta en sus pensamientos, que pasaban con rapidez de la explicación que le debía a Ana por no haber pasado la noche con ella a la extraña conversación que había mantenido con aquel tipo del chat, llegó a la puerta de la editorial sin darse cuenta. Entró y a penas respondió al saludo de Marc, el encargado de seguridad del edificio con el que cada mañana intercambiaba las bromas de rigor. Entró en el ascensor, introdujo la tarjeta de identificación que le daba acceso a la planta en la que trabajaba y disfrutó de los últimos instantes de calma. - Concéntrate en el trabajo y deja los temas personales para el regreso a casa- murmuró al tiempo que se abría la puerta del ascensor y enfilaba el pasillo que conducía a su despacho.
Se dejó caer pesadamente en su silla de trabajo y puso la cabeza entre las manos. Presentía que iba a quedarse dormida en cualquier momento y justo entonces, Almudena entró en el despacho con su jovialidad habitual y le puso delante lo que tanto necesitaba: ¡Una enorme taza de café bien cargado y sin azúcar! Esa mujer se merecía más de lo que le pagaban. - Alguien capaz de conocer tus necesidades antes de verte la cara no tiene precio. Tengo que pedir más sueldo para ella- anotó Mar en la agenda que tenía abierta sobre la mesa.
- ¿Has pasado toda la noche trabajando, verdad? Esa novela tuya te va a acabar matando- Aseveró Almudena mirándola directamente a los ojos. Mar reflexionó sobre la respuesta que debería dar. Jamás le había mentido a su asistente pero le parecía algo impropio confesar que se había pasado la noche en un chat. Sabía que internet tenía enganchados a muchos de sus compañeros pero, ella no podía permitírselo. Era consciente de que tanto su trabajo como su persona estaban permanentemente en el punto de mira tanto de sus jefes como de los que querían ocupar su puesto. Así es que decidió mentir a una de las personas que ella consideraba más valiosa en aquel lugar.
- Sí. Para qué nos vamos a engañar. Me desperté de madrugada, no podía dormir, encendí el ordenador y bueno... te puedes imaginar el resto- Mar se sorprendió de la habilidad de su respuesta porque no había nada de falso en lo que acababa de decir. Almudena continuaba mirándola fijamente y, tras varios segundos en silencio, sentenció la conversación. - Pues a ver si duermes más porque estás hecha un asco.- Mar soltó una sonora carcajada que provocó la curiosidad de un grupo de compañeros que estaban conversando en el pasillo. Pero, tras los susurros de rigor, nadie entró en su despacho a preguntar nada.
Hojeó el planning del día que le había dejado Almudena sobre la mesa. Por suerte, la mañana no estaba demasiado cargada. Sólo un par de entrevistas que estaba segura que su eficaz asistente podría aplazar para otro día. Si algo no podía hacer hoy era tener que seleccionar a las dos personas nuevas que iban a estar a su cargo durante los próximos seis meses. Encendió el ordenador y revisó el correo que Almudena ya le había marcado como urgente: Diversas conclusiones sobre las jornadas de trabajo que se habían realizado en Londres, dos propuestas de proyecto literario para el otoño ( lo que significaba trabajo intenso durante el verano), un mail del Director General que reclamaba por la vía urgente un informe sobre los progresos del proyecto en el que estaba trabajando y una invitación para un almuerzo junto al mar procedente nada más y nada menos que de la máxima responsable del grupo editorial rival. Mar releyó el mail deseando que no fuera dirigido a ella y que se hubiera colado en su bandeja de entrada por error. Pero no. El correo y, por lo tanto, la invitación estaba dirigida a ella. No podía imaginar qué querría de ella una mujer como Sara pero, algo en su interior le decía que no podía ser nada bueno. Justo en el mismo instante en el que iba a cerrar el mail, una última línea captó su atención: "Si no puedes asistir al almuerzo seguro que las musas harán posible nuestro encuentro".

CONTINUARÁ
 
Shakespeare69 (Primera Parte)
Hacía varios meses que escribía su novela. No se lo había dicho a nadie y guardaba celosamente todos los archivos de texto en una carpeta encriptada en el disco duro del ordenador. Era consciente de que su pareja nunca se atrevería a invadir su intimidad pero, en el fondo, se quedaba mucho más tranquila sabiendo que nadie más tenía acceso a todo lo que estaba creando. Una noche se despertó sobresaltada. Se sentó sobre la cama sin poder recordar qué es lo que la había devuelto a la realidad de ese modo. Intentó calmarse pensando que tal vez habría soñado algo no demasiado agradable. Fue hasta la cocina y se calentó un poco de leche. Poco después se sentó en el salón delante de su ordenador y lo encendió. Estaba demasiado cansada para escribir pero no lo suficiente como para volver de nuevo a la cama. Fue entonces cuando le pasó por la mente la idea de conectarse a internet.
Mar se había jurado hacía ya tres años no volver a pisar un chat de internet en la vida. La sucesión de malas experiencias junto a la adicción al chateo que desarrolló durante mucho tiempo sumió su vida en un auténtico caos. Tras muchos altibajos generados en gran medida por las horas que se pasaba conversando frente a la pantalla del ordenador, perdió a su pareja de entonces y estuvo a punto de perder lo que más le gustaba. Su trabajo. Precisamente, cuando los responsables de la editorial en la que trabajaba la convocaron a una reunión urgente tuvo una mínima idea de lo que estaba sucediendo en su vida. Por fortuna y, a pesar de las horas que desperdiciaba en el chat, su trabajo era bueno, muy bueno. La editorial sabía que sería difícil encontrar a una persona con esa capacidad crítica y olfato para los buenos textos, así que, decidieron concederle una segunda oportunidad, eso sí, alejada de todo aquello que la indujera a volver a las andadas.
- ¿ Por qué no?- Pensó. - Los malos tiempos ya pasaron. Ahora mi vida tiene un nuevo sentido y, por entrar unos minutos a ver lo que se cuece por aquí tampoco me va a pasar nada.-
Pulsó la opción "entrar" y esa ventana que tanto había conocido en otros tiempos se abrió ante ella. Para la ocasión se limitó a buscar canales relacionados con el mundo de la cultura y del conocimiento. En otros tiempos eran frecuentes sus visitas a canales de sexo y pornografía pero, como se acaba de decirse a ella misma, eso ya estaba superado. Al final optó por un canal de corte literario. Después del saludo de rigor, un escueto buenas noches, se quedó absorta en la conversación que se estaba produciendo en ese momento. Dos personas debatían sobre El Quijote y, como suele pasar con los grandes temas culturales, cada uno defendía una postura totalmente opuesta e irreconciliable con la del otro. Aún sabiendo que no se pondrían de acuerdo y que el diálogo probablemente acabaría en el enfrentamiento personal, siguió leyendo sin participar en la conversación. Tras varios minutos de crudo debate llegaron los insultos y con ellos, la crispación general y el desmadre. Justo en el mismo instante en el que Mar se estaba planteando apagar el ordenador, un ser llamado Shakespeare69 empezó a dar su opinión sobre un best seller que la editorial en la que Mar trabajaba acababa de publicar.
Era consciente de que no podía decir lo que realmente pensaba y sabía sobre el libro en cuestión porque, si algo había aprendido de su anterior experiencia en el chat, es que se debe hablar lo menos posible de la vida privada de cada uno. Así se evitan males mayores en el futuro. Así, tratando de ser lo más cautelosa posible, Mar contradijo en varias cuestiones al tipo que terminaba de poner a parir una obra que a ella no le había parecido tan mala cuando tuvo que leerla y corregirla para la editorial. Obviamente el libro, que trataba sobre la vida de un judío en Nueva York que escribía guiones de cine, no pretendía ser obra de referencia de la literatura universal pero, cumplía un importante objetivo que no era otro que el de entretener.
Tras varios minutos de intensa conversación, otras personas se sumaron al debate. Mar perdió la noción del tiempo y se sumergió por completo en la defensa o la crítica de los temas que de conversación que se fueron sucediendo. Obviamente, de las conversaciones en el canal, se fueron derivando otras de carácter más privado aunque sin mayor trascendencia. Casi sin querer se había fijado en el nick con el que acababa de tener tan acalorado e interesante debate. Se preguntó quién sería y dónde trabajaba. Por supuesto no pensaba iniciar una conversación privada con él. Estaba convencida que la magia de este primer instante, la grata sorpresa de haber encontrado a alguien inteligente en el chat después de tantos años, se desvanecería tras las preguntas personales de rigor.
Se levantó de la silla y fue a la cocina a servirse otra taza de café. De regreso al comedor, un parpadeo en la pantalla del ordenador la sorprendió. Pinchó con el ratón sobre la luz naranja y leyó: "shakespeare69 desea hablar con usted". Una sonrisa a medio camino entre la diversión y el triunfo se dibujó en su rostro. Después de dejar pasar un par de minutos, decidió responder:
- Yo no tengo nada que decir aquí que no pueda hacerlo en el general del canal- Pulsó la tecla de envío y esperó respuesta pero, para su sorpresa, no apareció ninguna línea nueva en la pantalla. Continúo su conversación en el chat con otras tres personas pero se le iba la mirada hacia la ventana en la que estaba pendiente una conversación. Pasó un minuto, dos, tres... Nada. Mar pensó que tal vez había sido demasiado dura en su respuesta o, tal vez, el rey de la literatura se había tomado en serio aquello de que ella sólo hablaba en el general del chat. Repasó la lista de usuarios para cerciorarse de que el tipo seguía conectado. Buscó la letra "S" y, efectivamente, el señor shakesperare seguía conectado o, al menos, eso parecía. Iba a esperar un poco más pero, justo en ese momento miró el reloj. ¡¡Las seis de la mañana!! ¿Llevaba cuatro horas en el chat? Eso era imposible. Se levantó y entró en silencio en el dormitorio donde dormía su pareja. Consultó el despertador electrónico. Efectivamente, esa era la hora exacta. Salió del dormitorio y, sin llegar a sentarse tecleó en la ventana del chat: "Ha sido una noche interesante. Ahora debo irme". Varios usuarios se despidieron de ella cordialmente. En el mismo momento en el que iba a cerrar la conexión, la ventana correspondiente a shakespeare se iluminó. Con un rápido movimiento de ratón Mar pulsó sobre ella y leyó: "Seguro que la conversación puede ser aún más interesante si no lo proponemos. Que seas feliz".
Mar estaba escribiendo la respuesta cuando oyó el despertador. No había tiempo. Apagó el ordenador y corrió a la ducha.

CONTINUNARÁ...
 
La ventana
Hablando de literatura Emilio dixit...

"Juan abrió la ventana, miró al exterior.... y la cerró"

 
Regalo de amor
Cinco, cuatro, tres dos, uno… ¡Rosa. Ha salido rosa! Risas, lágrimas. Frío, calor. Estás ahí. Tu pequeña vida existe. ¡Pom, pom! La puedo sentir. Yo respiro, tú lates. Me muevo. Creces. Te hablo. Soy feliz. Estás tranquilo. Quiero verte. Te escondes pero te percibo. Te imagino una y mil veces. Te deslizas… Ahora te siento mejor. Creces…creces…creces…. ¡¡¡Ras!!! Dolor. Intensidad. Incertidumbre. Golpeas, empujas, te encoges, descansas. Respiro, sudo, te hablo. Coloco la mano sobre mi vientre. Espero. Me relajo. ¡¡Vuelves!! Sufrimiento, agonía, felicidad. Luchas. Empujas, aprietas con fuerza. Sudor, respiración entrecortada… ¡¡Estás ahí!!. Sólo unos pocos centímetros te separan de la vida. Eres tenaz. Luchas por conocer lo que te espera.
Derrota. Agotamiento. No lo conseguiremos. Dolor, dolor, dolor… Lágrimas. Nada. Me miras al alma una vez más. Tu último intento por sobrevivir. Escucho pero no te percibo. Cierro los ojos. Respiro. No te entiendo. Dame unos segundos más. Escucho tu voz en la lejanía: “Existe fuerza más allá de tu propia existencia”. Abro los ojos, aprieto los dientes. Todos los músculos de mi cuerpo están en tensión. Dolor, dolor, dolor… ¡¡¡empuja!!!. Blanco. Silencio.
Humedad, calidez, ternura. Te miro. Me observas. Te toco. Me coges con fuerza. Sonrío, te beso y te susurro: ¡Bienvenido al mundo!
 
El día que dejé de ser fea
Me visto como cada mañana. No elijo la ropa con cuidado. Ni si quiera me fijo si la blusa que he escogido combina a la perfección con el pantalón que me voy a poner. No me preocupa si llevo calcetines de rombos verdes con vaqueros negros y blusa morada. Me da lo mismo que lo mismo me da. Soy fea. Qué le vamos a hacer. La genética no fue agradable conmigo. Podría haberme parecido a mi madre, esa mujer digna de ser uno de los hermosos rostros y cuerpos del Hollywood de los cincuenta. Me parezco a mi padre. Lo tengo asumido.
Salgo de casa, como cada día. Compro el periódico, un café para llevar y bajo por las escaleras hasta la línea de metro que me lleva al trabajo. No miro a nadie. Me concentro en la lectura y en saborear el Capuchino con el que me premio a estas horas de la jornada. Apoyo la espalda contra la pared. A estas horas no hay quien pille un asiento en el andén. Procuro no perder el equilibrio y coordinar diferentes órdenes en mi cerebro. A la mano izquierda le sugiero que sostenga con firmeza el diario, mientras que a la derecha le recomiendo que me acerque lentamente el café a los labios, al tiempo que mi boca intenta sorber la bebida procurando no quemarme la garganta. Sin saber cómo lo consigo cada día. Hoy me centro especialmente en la información bursátil. Siempre me ha dado igual esta sección del periódico. De hecho, durante mucho tiempo he pensado que, si la eliminaran, no se notaría. Pero … ¡lo que hace el dinero!
Hace unas semanas, asesorada por la persona que me lleva las cuentas en el banco, accedí a invertir parte de mis ahorros en bolsa. Lo único que le pedí a la buena señora fue no tener que preocuparme por nada y poder disponer de mi dinero cuando quisiera. Así quedamos pero, desde entonces, no puedo evitarlo y, de forma casi automática, cada mañana me dedico a observar lo que he ganado o perdido, que de todo hay.
Sigo con la vista la cotización de los valores del Ibex. Intento no perderme entre la cantidad de cifras. Sería más fácil si pudiera guiarme con un dedo pero… Los tengo todos ocupados. Leo y calculo. Miro y cuento y, de repente, un escalofrío me recorre la espalda. Aparto los ojos del diario y clavo la vista en el andén de enfrente. Ahí está. Me mira, me observa. No lo hace con descaro ni mal gusto. No tiene la pinta de uno de esos babosos que a estas horas corren por los andenes. Al contrario. Hay mucha ternura en su mirada. Tanta que por un instante pienso si me conocerá de algo. Le miro con detalle. Procuro hacerlo sin resultar demasiado descarada. Pero… ¡qué puñetas si es él quien no deja de mirarme! ¿Por qué tengo que disimular?
Bajo el periódico y acerco el café a mis labios. Me mira. Sonríe. Cuánta complicidad hay en sus ojos. Me sorprendo. Le estoy sonriendo. Por Dios, ¿qué hago? ¿Estoy coqueteando con un tipo al que no he visto en mi vida? No. Ni si quiera me interesan los hombres. Aparto la vista de él y me concentro de nuevo en la lectura. No puedo. Percibo sus ojos, su sonrisa y le vuelvo a mirar. No está. Siento un gran alivio. Hay algo que me incomoda en ese hombre. Me hace sentir insegura, vulnerable. No lo soporto. Llega mi tren. Subo y me acomodo en el asiento. Son casi cincuenta minutos de trayecto. Meto el periódico en el bolso y saco la novela. La abro por la última página que he leído. Inconscientemente levanto la mirada y…¡Ahí está él! Sentado a menos de un metro de mí. No me lo puedo creer. ¿Qué le pasa a este tipo? ¿Qué quiere? ¿Será un psicópata? Pero… ¿qué iba a querer un psicópata de mí?
Intento leer. Imposible. La misma sensación del andén me invade de nuevo. Decido echarle morro y mirarlo directamente a los ojos a ver si se da por aludido. No. Ni se entera. Está absorto contemplando mis botas. Las mira de un modo que hace que mueva los pies. Intento controlarlos, evitar que se desplacen pero ellos me desobedecen y siguen balanceándose. Estudia ahora mis calcetines. Los observa y una sonrisa aparece en su rostro. Miro hacia abajo para ver qué le hace tanta gracia. No lo entiendo. Sólo hay perros de diferentes colores. Vuelvo la vista hacia él. ¡Me está mirando! Ya no sonríe. Está muerto de risa. Escucho una débil carcajada procedente de su boca. No sé qué hacer. ¿Se está riendo de mí? ¿No le gusta cómo voy vestida? Vuelvo la mirada a mis calcetines y nuevamente a él. Repito esta acción un par de veces pero… es tarde. Él ya está centrado en mis pantalones. Los mira una y otra vez pero no lo hace con deseo, no. Su mirada me sigue inspirando una profunda ternura. ¡Debo estar loca!
¿Qué hace ahora? ¿Me está mirando las tetas? ¡¡Esto ya es el colmo!! Cojo aire y me levanto. Voy a ir directamente hacia él a preguntarle de qué va toda esta película. Le clavo la mirada y hago intención de moverme del asiento. Él gesticula un “NO” en su boca. Me quedo quieta. Intento leerle los labios. No logro comprender. Tras el cuarto intento leo: “¡Mírate!”. Pongo cara de alucinar pero obedezco. Él me guía con la mirada. Volvemos a las botas. Observo mis pies. Son pequeños para mi altura pero ahora les veo su encanto. Miro los pantalones. Los toco. Noto mis firmes muslos bajo la tela. Pienso que mis piernas son horribles. Le miro. Me ordena: “Otra vez”. Los toco de nuevo. Los siento. Descubro mis piernas torneadas, grandes. ¡¡ Coño, claro que son grandes. Mido 1’80!! Sigo tocando, le miro y lo entiendo. Son bonitas. De hecho están absolutamente proporcionadas con el resto de mi cuerpo.
Fijo mis ojos en los suyos. Ya no me miro. Lo hago a través de él. Observo mis caderas, mi cintura, el vientre plano y asciendo hasta mi pecho. Grande, duro, terso, firme. ¡¡Dios, qué bonito!! Paseo por mi cuello. Esbelto, rosado, suave. Me pierdo lo que me parecen horas contemplando mis labios, mis ojos, mi pelo… Algo frío recorre mis mejillas. ¡Estoy llorando! Mis labios intentan gesticular. Apenas soy consciente de lo que digo. Intento prestar atención a mi boca. Sí. Ahora lo veo. ¡¡¡Soy preciosa!!!!
Se levanta. No aparta la mirada. Se acerca. Inclina su cabeza. Apoya sus labios en mi mejilla. Me susurra… “Si”. La puerta se abre, baja. Se para en el andén. Me mira. Me sonríe. Sigo llorando. Cierro los ojos para contener las lágrimas. “¡Gracias!” dicen mis labios. Me giro hacia la ventana para decírselo, para que me vea. Mi boca no me obedece. Sin embargo de la suya puedo leer… “De nada”.
 
Acróstico
Amaneces temprano y ese incompresible sentimiento
Levita nuevamente sobre tu alma y tu ser
Intentas combatirlo pero, en el fondo,
Conoces tu interior y sabes que no podrás evitarlo
Imaginas cómo sería la vida
Amando a esa mujer que ahora tanto deseas.
 
Y los tontos alcanzan la gloria….
Curras, curras y curras. No hay horario, no hay vida. El objetivo: Priorizar tu carrera profesional. ¡Aún hay tiempo! Tienes menos de treinta y, si te esfuerzas lo suficiente, con la nueva década, alcanzarás la tierra prometida. Tu puesto de subdirector, tu nómina de seis cifras, un grupo de personas a tu cargo, viajar, intercambiar conocimientos con miles de personas al otro lado del mundo. Todo esto además te dará acceso a tu coche de 90.000 euros, tu casa de 200 metros cuadrados y a la familia feliz. Tu marido, un ejecutivo de éxito y tu hija, inteligente como la que más y para la que ya tienes toda una vida organizada. Trabaja, trabaja, trabaja.
¡¡Despierta!!! Tienes 40 años. Has trabajado, te has esforzado. Te consideras una persona inteligente, preparada, despierta. Durante muchos años has presentado cientos de propuestas para mejorar las cosas, te has implicado en tu empresa llegando a sacrificar parte de tu vida. Es lunes. Ha llegado a primera hora de la mañana. A penas 25 años. Le miras, repasas su currículum. ¡¡Exacto!! Mucha menos preparación que tú a su misma edad. Relees nuevamente el informe por si has pasado algo por alto. No. Tu incredulidad va en aumento. Hablas con él. Le formulas unas sencillas preguntas. Temas triviales escogidos al azar. Analizas sus respuestas: Breves, vacías, desafortunadas.
No tiene nada. No aspira a nada No le preocupa nada. Te llama y te comenta su filosofía laboral. No sales de tu asombro. No propone nada que no se haya hecho ya. Muchas de sus innovaciones quedaron obsoletas hace más de cinco años. Pero tú eres honrado. Le informas de ello. Como si oyera llover. Se empecina. Te exige ese proyecto siguiendo sus directrices. Tú sabes lo que va a pasar. Le adviertes de nuevo. Las órdenes son claras: Hacer las cosas a su manera. ¡¡¡Señor, sí señor!!
Es viernes. Presentación del proyecto. Una mierda en tu opinión. Hace agua por todas partes. Miras a los ojos a algunos de tus compañeros y ves la misma sorpresa en sus rostros que la que se podía advertir en el tuyo hace cuatro días. Estás convencido de que en algún momento alguien se levantará y pondrá fin a esta locura. Fin de la presentación, silencio… Más silencio. Alguien se levanta de la mesa. Camina despacio pero con decisión. Más silencio. Llega a su altura. Le pone la mano sobre el hombro y le mira a los ojos. ¡Cielos. Su gesto es de absoluta aprobación! Él apenas se inmuta pero tú alucinas. Buscas la misma sorpresa en el rostro de tus compañeros, pero no está allí. Ahora todos sonríen. Tú aguantas el tirón. Esperas para salir. Todos abandonan la sala. Te dejas caer pesadamente en el sillón y reflexionas: No sabe nada, no entiende nada, no es innovador…. Pero ahí está. Es tu nuevo jefe.
Caminas hacia tu cubículo. Te sientas frente al ordenador. Tu mente fantasea con la posibilidad de recoger tus cosas, salir y empezar de nuevo. Miras los informes que tienes sobre la mesa. Los coges. Los colocas sobre la carpeta…..
Trabajas….trabajas…trabajas…
 
¡¡¡Estamos de vuelta!!!
Los Reyes Magos no existen, la vida no pone a cada uno en su sitio (para muestra véase la de hijos de puta que corren sueltos por nuestro entorno más cercano) y, como comprobamos cada verano, Chanquete no ha muerto. Los grandes pilares de la infancia, esos con los que muchos de nosotros hemos crecido, son un asco y el reflejo de una educación basada en lo que nos gustaría que fuera la sociedad pero que obvia por completo los principios y el funcionamiento de todo aquello que nos rodea.
“¡¡Nene caca. No te metas el bolígrafo en la boca que te puedes ahogar”, dice ese padre preocupado a su hijo de dos años. Pero, señor, qué más da… ¿no se da cuenta que en unos años más por esa misma boca se meterá, con un poco de suerte, marihuana cuando no puritos de cocaína? ¿Por qué se empeña en utilizar las mismas premisas que cientos de generaciones antes y que sabe que, de entrada, son erróneas? ¿Por qué no se ocupa directamente de hablarle a la criatura de las drogas desde su más tierna infancia, en vez de usar ese tono de gilipollas para evitar que el niño se trague la tapa del bic que lo más que le va a producir son “cagaleras”?
“Haz bien y no mires a quien” y “a palabras necias oídos sordos” dice esa tierna abuelita a su nieta cuando llega llorando del colegio porque sus compañeras de clase se burlan de “lo grandes que tiene las tetas”. ¡¡¡No señora!!!...!!!!Error!!! ¿¿¿Haz bien??? Y una mierda¡¡¡¡¡ Pero señora mía por qué aconseja eso. Sabe perfectamente que esas adolescentes premenorreícas que ahora se mofan de su Jennifer son las mismas zorras que dentro de unos años la iniciarán en el apasionante mundo del alcohol y las drogas de diseño ( si no lo han hecho ya), las que se follarán a su pareja a la menor ocasión y las que putearán a su cándida e ingenua nietecita en su puesto de trabajo. Usted sabe en su interior lo que debería aconsejar en realidad. Déjese de principios pseudo morales y religiosos y muéstrele la verdad de la vida a esa joven que aún está a tiempo de aprender. ¿Se ríen de sus tetas? ¡¡Dígale, con sinceridad, cómo debería actuar¡¡¡ Enséñele ya que, al final de la vida, si, esa punto exacto en el que usted se encuentra, no hay ni premio ni castigo de un ser superior por el comportamiento de uno. Enséñele ya que, cuanto más cabrona sea, más lejos llegará. ¡¡Coño que la niña ya tiene edad para entender aquello de… si no pisas te pisan!!. Dígale que, si a sus compañeras de clase le molestan las tetas que la criatura luce, debe ser porque a unas les han salido pequeñas y no se las pueden arreglar y otras, aún no han descubierto que chupando la polla adecuada se puede lograr la pasta para pagarse una operación de cirugía estética para aumentárselas. Sea sincera…¡¡¡Ábrale los ojos antes de que ella descubra por sí misma todo esto y sienta la terrible decepción que otras muchas antes han experimentado al descubrir que las bases de su educación no se correspondían con el mundo real!!
Dicen que somos una generación de cínicos, treinteañeros que estamos de vuelta de todo a pesar de nuestra juventud. Como para no estarlo oiga. Nos contaron toda clase de milongas, entre otras, aquella de que si estudiabas una carrera universitaria gozarías de una buena vida. Eso debió de ser en otro tiempo. Somos la generación de españoles con más formación académica y, al mismo tiempo, la generación de los mileuristas. Somos aquellos que nos partimos los cuernos cuando la nota de corte para entrar a la universidad era real y sin un ocho y medio no accedías a la carrera de tus sueños. Y aquí estamos…. Con trabajos de mierda, sueldos indecentes pero, eso sí, un bonito título colgado en la pared con el que cualquier día nos podremos liar unos canutos.
A la vista de esto yo reflexiono para mí misma, mismamente…. ¿ con las premisas de vida en las que hemos sido educados…. Cómo no vamos a ser unos cínicos? ¿ Por qué no vamos a estar de vuelta de todo? Y lo que es más… ¿qué tiene de malo ser cínico y estar de vuelta? ¡¡Ya está bien de decirnos cómo tenemos que ser y lo que debemos hacer!! Después de tanta ficción, de tanta mentira… Lo siento, señores…. Seré como me de la gana, es decir…. Extremadamente cínica y puñetera. Pero, mire usted por dónde... ¡¡¡¡Feliz!!!!
 
Aquí estoy.....
Escribiendo, escribiendo... diciendo lo que siento.