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Mis Hombres
Ellos, los que han llenado mi vida hasta saciarla, Mis Hombres
Acerca de
No puedo vivir sin ellos
Sindicación
 
ROMPER CON LA RUTINA
Nunca le he contado a Alex mis inclinaciones bisexuales. En parte, porque no creo que sea de su incunvencia y en parte porque sacaría esa vena cavernícola que a veces tiene y no pararía hasta conseguir pasar una noche conmigo y otra chica, lo cual considero que debe ser algo "que surja", nada precipitado. Además, ¡qué coño! Alex no es el tipo de persona que me gustaría compartir con nadie. Así que el domingo, a medio día, mientras estábamos dando la papilla a su hija, cuando me preguntó qué tal había ido mi salida nocturna la noche anterior con "la panda de lesbianas" como él las denominó y le contesté "Muy bien, acabé acostándome con una de ellas" simplemente se rió, ante mi ocurrencia...iluso...

Carmen trabajaba conmigo hace años en una oficina. No estábamos en el mismo departamento, pero en seguida congeniamos. Desde principio me quedó muy claro que era lesbiana y la chica andaba tanteándo el terreno, a ver si podía "cazar" algo. Pero enseguida creo que le quedó claro que era algo imposible. Carmen no es el tipo de chica que me excite. Pero, a pesar de eso, Carmen y yo conseguimos pasar la barrera que te lleva de ser simples conpañeras de trabajo a ser amigas.

Por eso, no me extrañó que me llamara para invitarme a su cumpleaños ese fin de semana. Y acepté sin pensarlo.

Llegué al restaurante y, comprobé sin sorprenderme, que aparte de dos chicos que iban con sus parejas y un chico a todas luces gay, el resto de comensales eramos féminas. Pero entre ellas estaba Andrea. Fue imposible no fijarse en ella. Rubia, menudita, pero increiblemente bien formada, con esos pechos duros que dejaba entrever con su camisa semitrasparente y esos tejanos de cintura baja tan apretaditos...Decididamente Andrea era el tipo de chica que me excita!! Pero como tengo esa despreciable habilidad para llegar siempre tarde a los sitios, tuve que sentarme en uno de los pocos huecos que quedaban en la mesa, el cual, evidentemente estaba alejado de Andrea.

Pero cuando llegamos al club al que fuimos al término de la cena, la tentación de ver a Andrea sola en la barra fue demasiado grande como para no hacerle caso. No fui con ninguna intención concreta, ni siquiera me planteé que pudiera surgir algo, simplemente ella me atraía y quería conocerla, hablar con ella...Me estuvo contando que había conocido a Carmen hacía ya varios años, y que solían salir en el mismo grupo de amigos. Me dijo que ya había oido hablar a Carmen varias veces de mi, y que se alegraba de conocerme por fin. Aquello era un buen comienzo! La verdad es que cada vez que movía esos labios carnosos, me excitaba solo de pensar cómo sería meter la lengua entre ellos, juguetear con mis labios sobre ellos, morderlos un poquito...

Quizás ella se dio cuenta de lo fijamente que miraba sus labios y se sintió cohibida, porque de repente noté como se sonrojaba y se disculpó para ir al baño. Vaya, quizás había sido muy poco discreta y la había abrumado...

Tras una hora más o menos en la que estuve charlándo con más gente, Carmen se me acercó y me arrastró a la pista de baile. Yo soy un pato bailando y la verdad es que intentó no hacerlo, pero era su cumpleaños y se la veía tan feliz que fui incapaz de negarme. Y allí estaba yo, moviéndome como podía al ritmo de Alaska y sus Mil Campanas, cuando noté unas manos detrás de mi, en mi cintura. Me giré y la vi, sonriéndo, cantando, sudando, abriéndose paso entre los cuerpos para acercarse a mi. Andrea estaba preciosa. Pegó si pelvis a mi culo, y lo notaba subiéndo y bajando, refregándose, mientras sus pechos acariciaban mi espalda. Me giré y creo que en ese momento esperó a ver cual era mi reacción para seguir con ese baile, o alejarse y dejar el hecho en un simple acto amigable. Pero yo metí mis manos por debajo de su camisa y la agarré de la cintura notando su piel húmeda a la vez que introducía mis piernas entre las suyas y apretaba mi muslo contra su sexo. Ella se acercó a mi aún más, pegándo su frente a la mia, mirándome directamente a los ojos y sonriendo. Podía notarlo, ella también estaba tremendamente excitada. Pero esta vez me tocaba a mi ser la mala, así que, al termino de la canción, me disculpé y, alegando mi torpeza bailando, me separé de ella y volví con la misma gente con la que minutos antes estaba hablando.

El resto de la noche, Andrea buscaba mi mirada, y a mi me encantaba, pero no hacía por vover a acercarme a ella, me gustaba tenerla pendiente.

La noche ya tocó a su fin y salimos al frío de la calle. Yo tenía mi coche aparcado solo a unas manzanas, así que me dispuse a despedirme espectante ante algún gesto de Andrea. Pero para mi decepción, no hubo tal gesto, y tras los besos y despedidas de rigor, me alejé. Pero no había ni recorrido 10 metros, cuando oí su voz llamándome y preguntándome hacía qué dirección iba. Cuando le contesté, esperánzada, vi que se giraba, se despedía de los demás y se acercaba a mi sonriendo. "No te importa acercarme a casa, ¿verdad?" No, cariño, claro que no me importa!!

Al llegar al parking para sacar el coche me dijo risueña que le encantaba mi coche y me preguntó si no me importaba que lo condujera ella hasta su casa. ¡Encantada! Nunca me ha gustado conducir por el centro de las ciudades.

Se ajustó el asiento, pusimos una música chill out y salimos. No podía dejar de mirarla, realmente me atraía. Ella, en cada semaforo que paraba me miraba, sonreía contenta y me decía lo suaves que iban los pedales, cómo le gustaba la tapicería o cualquier otro comentario acerca del coche.

Así que cuando ya entramos en la autopista y se concentró en la carretera, decidí que era el momento de jugármela. Sin decir palabra deslicé mi mano sobre su muslo y lo apreté firmemente. Ella, sin ni siquiera mirarme sonrío un poco ruborizada. Sí! Podía ir más allá, a ella le gustaba la idea. Subí mi mano por su muslo y comencé a acariarla entre las piernas. Creo que incluso a través de la tela vaquera fue capaz de sentir mis dedos presionando. Con un movimiento rápido, me quité el cinturón de seguridad que me impedía moverme bien, giré mi cuerpo hacia ella y ahora ya con ambas manos libres, sin dejar de acariciarle el sexo, comencé con la otra mano a tocar su pecho. Con cuidado desabroché los botones de su camisa dejando su sujetador negro al descubierto. Eran unos pechos perfectos, duros, firmes, y sin poder resistirme saqué el que más cerca me quedaba del sujetador y acerqué mi boca hacía ellos. Estaba deseando lamerlo, succionarlo, besarlo, pero esperé un poco, sabiendo que ella se pondría nerviosa y a la vez excitada de ver mi cara tan cerca de su pecho. Y su reacción no se hizo esperar, me miró risueña y soltando la mano que tenía por encima de mi del volante, dejando la otra en él, hundió los dedos a través de mi pelo en mi nuca y me acercó la cabeza hasta que mi boca rozó su pezón. Era tan suave que mi lengua no podía dejar de lamerlo. Yo estaba tan húmeda ya que apretaba mis propias piernas en un vago intento de aliviarme. Y casi sin darme cuenta, el coche paró. Andrea me apartó suavemente para poner el freno de mano y entonces pude ver que estábamos en una zona residencial. Me agarró la cara con ambas manos y me besó. Dios que dulces eran sus labios! Su lengua jugueteando con la mía y sus manos en mis pechos me estaban volviendo loca.

"Lo siento, vivo con mis padres" dijo entonces entre gadeos. Le pregunté dónde estabamos exaactamente y cuando me lo dijo, deduje que el trayecto hasta mi casa era demasiado largo y ninguna de las dos podríamos aguantar tanto tiempo. Así que sin pensarlo abrí mi puerta, salí del coche y aparté el sillón para meterme en la parte trasera. Ella, al principio me miró sorprendida, pero en seguida se asomó a su cara una sonrisa picara e hizo lo mismo. Y allí la tenía, toda para mi, ese cuerpo esbelto para disfrutar de él, mientras ella me hacía gozar a mi.

La tumbé y me coloqué encima de ella. A pesar de no tener el bulto correspondiente de un hombre, el simple hecho de frotar su sexo contra el mío me excitaba. No sin dificultades, conseguimos las dos quitarnos nuestros pantalones. Sus dedos, rápidamente se deslizaron dentro de mis bragas. Estaba, nerviosa, desesperada por tocarme a la vez que me apretaba contra su cuerpo. Incorporándose un poco, su boca buscó desesperadamente mis pechos y cuando los encontró, los apretó entre sus labios, tan fuertemente que incluso pude sentir un placentero dolor. Torpemente, conseguimos ponernos las dos tumbadas, pero como el asiento tampoco es que sea muy amplio, estabamos tan pegadas que casi era imposible meter las manos entre nuestros cuerpos, pero aún así, lo conseguí, volviendo a introducir mis dedos en sus bragas. Estaba tan húmeda que enseguida mis dedos quedaron totalmente mojados. Encontré sin problemas su clitorís, hinchado, caliente, latente, y comencé a acariciarlo lentamente, haciendo circulos y arriba y abajo, mientras mi lengua se encontraba con la suya fuera de nuestras bocas. Su respiración jadeante y entrecortada me excitaba tanto como tocarla. Sus jadeos se fueron haciendo más apremiantes , así que decidí que lo mejor era volver a mordisquear sus pechos, mientras mi lengua jugueteaba con su pezón. Aquello acabó con sus "defensas" y mientras con una de sus manos apretaba mi cabeza contra su pecho y sus piernas se retorcían, Andrea se corrío con incesantes gemidos.

Tras recomponerse un poco, y areglarse un poco el pelo de manera distraída, las dos nos sentamos y ella, sonriendo de oreja a oreja me beso en los labios. Un piquito, otro, otro y su lengua empezó a juguetear con la mía. Sus manos me agarraban fuertemente de la cintura y sin dejar de besarme, me empujó hacia atrás, dejándome casi tumbada, con ella encima de mi. Su lengua bajó poco a poco, lamiendo mis orejas, mi cuello, mis hombros hasta llegar a mi pechos. A la vez que con sus manos los apretaba, su lengua azotaba mi pezón, ya de por si sensible. Pero, aunque sus manos siguieron acariciando mi pecho, su lengua fue bajando hasta llegar a mi ombligo. Siguió bajando y a medida que lo hacía sus manos dejaron por un momento mis pechos para centrase en quitarme las bragas. Y así, yo medio sentada en el asiento trasero y ella totalmente acurrucada en el hueco entre los asiento, comenzó a lameme y besarme las ingles. Yo me estaba volviendo loca, necesitaba YA que me lo comiera todo, necesitaba correrme en aquella cara tan preciosa, en esos labios tan turgentes. Y a pesar de que sus manos volvían a acariciarme el pecho, yo necesitaba entretener a mi boca con algo, así que cogí una de sus manos y la llevé hasta mi boca para poder chupar y morder uno de sus dedos. Estaba tan excitada que con una de mis manos me acariaba yo también el pecho, mientras que la otra guió la cabeza de Andrea al sitio donde yo quería que estuviera. Y así, su lengua comenzó a acariciar mi clitoris. Yo, a pesar de tener sus dedos en mi boca, era incapaz de dejar de gemir y gritar. Más fuerte, necesitaba que lo hiciera más fuerte, así que apreté aun más su cabeza contra mi sexo. Andrea lo captó al momento, y tanto el movimiento de su lengua como en de su mano en mi pecho aceleró hasta llegar a tomar un ritmo frenético que mi cuerpo acompañaba moviendose de atrás a delante. Andrea me apretaba también contra ella y gemia. Realmente le gustaba lo que estaba haciendo. Y aquel pensamiento, junto con su lengua lamiendo mi clitoris y nuestras manos acariando mi pecho fueron lo que consiguieron que llegara al orgasmo, un orgasmo como hacía tiempo que no tenía, con jadeos incontrolados, espasmos y sobretodo una oleada de placer que nacia entre mis piernas y llegaba hasta la última célula de mi cuerpo.

Tras vestirnos y fumarnos un cigarro tranquilamente en la parte delantera del coche, Andrea me beso tiernamente mientras me miraba y me sonreía. Era el momento de irse o quizás empezaría a hacerme proposiciones de planes inmediatos o algo parecido, algo que no es muy compatible que digamos con mi relación con Alex. Así que, diciendole que aún me quedaba bastante camino hasta llegar a casa, me dipuse a arrancar el coche. Mientras ella, buscaba algo en su bolso. Sacó una tarjeta comercial. Era suya, oviamente. Simplemente me dijo que cuando me apeteciera verla otra vez, que la llamara. Sin compromiso alguno, sin complicaciones, solo pasarlo bien. Le di las gracias, y guardando la tarjeta en mi bolso me fui.

Mientras me alejaba, pensé que quizás sí, quizás sí que volviera a llamar a la dulce Andrea cualquier día de estos...
 
DESPEDIDA
Qué lástima que tus últimas palabras hacía mi hayan sido insultos. “No serás más que una zorra toda tu vida”, dijiste antes de que, ya como última opción, decidiera colgar el teléfono sin siquiera despedirme. No te imaginas lo que me entristece el saber que esas son las últimas palabras que voy a escuchar de ti. ¿Cómo puede una historia de casi siete años poner punto y final con frases en la que están presenten palabras como “zorra”?

Hace ya tiempo que ambos presentíamos el final, era la “crónica de una muerte anunciada”, pero hemos ido estirándolo, arañando cada segundo que le quedara de vida a nuestra relación, hasta que al final, por propia naturaleza, ha acabado rasgándose para siempre. Pero, ¿por qué te sorprendes? No se puede resucitar lo que ya está muerto. ¿No te das cuenta de que yo no puedo seguir interpretando el mismo papel?

Cuando nos conocimos, disfrutaba siendo tu “Lolita”, viendo como con mi adolescente cuerpo era capaz de volver loco a un hombre como tú. Eras capaz de follarme bruscamente, desesperado, arrancándome la ropa a tirones y, al cabo de tan solo media hora, abrazarme tiernamente, risueño, mientras intentabas ayudarme a estudiar. A ti te volvían loco mis minifaldas con leotardos a medio muslo, mientras yo era incapaz de creer cómo un hombre con tu personalidad, tu cuerpo y tu madurez se había encaprichado conmigo. Pero debemos ser realistas: A mi ya no me sientan bien los leotardos…

Cariño, no hemos sabido evolucionar juntos. Yo he crecido, he madurado, he sentido curiosidad por todo, pero tú no has sabido adaptarte al cambio. Si mi vida se centrase solamente en sexo, te juro mi amor que yo sería feliz solamente en el momento en que tú me bajases las bragas. Pero necesito mucho más que eso. Necesito experiencias, sensaciones, risas, llantos, amores, diferentes matices, viajar, acertar, equivocarme…Contigo, todo eso ya lo he hecho. Ahora necesito más.

Jamás nos juramos amor eterno, ni fidelidad ni nada parecido, aunque tú te empeñases en actuar conmigo como una pareja convencional. ¿Por qué te engañabas de esa manera? ¿Cómo puedes ser ahora capaz de reprocharme cosas que yo jamás prometí? ¿No sería más fácil, abrir los ojos, ser capaz de ver que ya no hay nada, que es mejor despedirse con un fuerte abrazo y dejando un buen saber de boca de todo lo que hemos pasado juntos? Yo creo que sí, pero tú prefieres renegar, aún sabiendo que tengo razón. Es más fácil odiar que simplemente conformarse, ¿verdad?

Pero, a pesar de todo, sé que cada vez que me acuerde de ti, una sonrisa asomará en mi cara. Buena suerte Manu, espero de verdad que seas muy feliz.
 
RENCORES
COSAS QUE ELLOS PODRÍAN ECHARME EN CARA (y por las cuales jamás han abierto la boca):

- No haber sido capaz de ser fiel a Paco en tan solo un día y medio que duró nuestra “relación”.

- Haber echado casi a patadas a Juan de mi cama en el momento que decidí que no quería seguir con él.

- No haber acudido a aquel entierro en el que Álex me necesitaba tanto por una puñetera reunión de trabajo.

- No haber sido nunca capaz de hablar claramente con Paul.

- Haber dejado a Manu en más de una ocasión tirado,
esperándome en el aeropuerto sin siquiera una llamada para dar algún tipo de explicación.

- Haberme ido a casa andando sola aquella madrugada en la que Álex pretendía llevarme en coche y algo más…(esto no sé si realmente debería echármelo él en cara o debería hacerlo yo a mi misma).

- No haber podido contener las carcajadas el día que Edu dejó caer las palabras “vivir juntos”.

- Haberle recomendado a Iván que se hiciera una paja, mientras salía aún abrochándome el sujetador de su casa tras un semi-tanteo en su sofá.

- Haberme liado con Manuel, amigo de Álex, mientras él estaba en Soria, solo una semana después de habernos acostado por primera vez.

- El bofetón que le di a Pablo el día que apretó demasiado mi pecho.

- No haber sabido querer a Abel como él se merecía.


COSAS QUE YO PODRÍA ECHARLES EN CARA A ELLOS (y por las cuales jamás he abierto la boca):

- La bronca monumental que me lió Anselmo (con “piropos” incluidos) en medio de la calle el día que le dije que no quería verle más.

- El haber tenido que ver con mis propios ojos en aquel bar de pueblo que yo no era la única rubia en la vida de Jose Antonio.

- Escuchar a Kike decirme lo muchísimo que echaba de menos a su exnovia, tumbado en mi cama, fumando un cigarro mientras su semen aún resbalaba entre mis piernas.

- El mordisco “juguetón” (aunque a mi no me lo pareciera tanto) que me dio Ramón, por el que tuve una herida bastante fea en el labio inferior durante casi dos semanas.

- Que Domingo jamás me enviara una postal de San Valentín en los seis años que compartimos escuela en los cuales yo estaba loquita por él y en cambio, años después, pretendiera meterme la lengua hasta la campanilla sin aviso previo.

- Que Carlos me mintiera al explicarme que su desinterés por mi se debía a una supuesta novia que tenía en otra ciudad, en vez de decirme que realmente lo que pasaba es que es gay.

- Que Fernando, en su intento de su primer beso de adolescente, cerrara los ojos y solo atinara a babearme la barbilla.

- Que Paul nunca fuera capaz de hablar conmigo claramente.

- Que Joey jamás apareciera aquella tarde en aquella cafetería.

- La “broma” de Hugo, consistente en lanzar uno de mis zapatos nuevos por la ventana desde su sexto piso.

- Si empezara con cosas de Álex, esto sería un no parar…así que mejor lo dejamos aquí.


 
NUNCA DIGAS "DE ESTE AGUA...."
Ayer por la mañana sonó mi móvil. Cuando miré la pantalla y fui incapaz de reconocer el número, pensé en no contestar, como hago normalmente. Pero algo (quizás esa intuición femenina que dicen que tenemos) me hizo responder para escuchar una voz, que no supe reconocer. En cuanto aquella seria voz me dijo que me llamaban del Organismo de Protección Civil, Cuerpo de Bomberos de la isla en cuestión, un escalofrío me recorrió de arriba abajo. Esa llamada solo podía significar una cosa: que a Manu le había pasado algo. Seguramente Manu no había explicado al citado Organismo que hace meses que habíamos zanjado definitivamente nuestra relación, que tan solo hemos cruzado un par de mensajes sobrios en todo este tiempo, que yo ya no formaba parte de su vida, ni él de la mía. Seguramente aún no había cambiado de la base de datos los número de teléfono de contacto en caso de accidente y por eso me estaban llamando a mi. Igualmente, apreté fuertemente la mandíbula esperando cualquier cosa que aquella voz me dijera. Manu se había caído desde una altura de 2 pisos durante un servicio y estaba hospitalizado. No supieron darme más datos sobre su estado, ni en el cuerpo de bomberos ni en el hospital.

Así que sin pensarlo demasiado me tragué de una vez todas mis palabras anteriores, mis promesas a mi misma (y a gente que me rodea) de que aquello se había acabado para siempre, mis convicciones creadas por mi misma de que mi vida era mejor sin él, y compré por Internet un billete solo de ida para 5 horas más tarde y con la maleta llena de la angustia propia de una esposa y algo de ropa, he vuelto a la isla que juré no pisar más, desesperada por verle.

Conseguí llegar al hospital a las 20:45. Cuando entré en la habitación, su hermana Antonia se sorprendió de verme allí (lo noté por su cara) pero, tan cauta como ha sido siempre, salió de la habitación con la excusa de ir a tomar un café. Manu estaba dormido. Aparte de la pierna escayolada y algunos moratones, no fui capaz de verle ningún daño más y aquello me tranquilizó bastante. Su pecho subía y bajaba rítmicamente, acompasado con su respiración y de repente aquel pecho me pareció el mejor lugar del mundo donde cobijarme, donde apretar mi cuerpo y sentir que estoy protegida. Pero en vez de eso, solo acerté a acariciarle la mejilla. Con el simple contacto de mi mano se despertó y por su cara de sorpresa comprendí que él tampoco se acordaba que yo era una de las personas de contacto en la base de datos del Cuerpo. Intentado darle un matiz despreocupado al asunto, me agradecía mucho que hubiera venido, pero decía que no era necesario, que estaba bien, que mañana por la mañana le darían el alta a espera de operarle la pierna y que en casa ya se encargaría de él alguna de sus hermanas. No es que yo esperase que me suplicase de rodillas que me quedara con él, pero aquella insistencia por que me fuera, me dolió un poco. Así que mirándole seriamente a los ojos, le pregunté si realmente quería que me fuera y por respuesta me agarró del brazo, me atrajo hacía si mismo y me envolvió con sus brazos besándome, primero el cuello y después, haciendo una pequeña parada hasta tener mi sonrisa de aprobación, en los labios.

He dormido sola en la cama que Manu había dejado sin hacer cuando se fue 15 horas antes de guardia, en esa casa que, sin querer reconocerlo, he añorado tanto. He mirado si mi taza seguía ahí, esperándome para desayunar en ella y allí estaba. Lo que no seguía en su sitio era la foto de la estantería que nos hicimos juntos en la playa uno de los primeros veranos. Esa había desaparecido cediendo su lugar a un horrible cactus.

Esta mañana, puntual a las 10 estaba en el hospital, deseando que pasara ya el doctor para darle el alta y poder irnos a casa. Al final, cerca de las 12 él me esperaba en la puerta apoyado en las muletas mientras yo iba a buscar un taxi.

Nada más entrar en casa y acomodarnos el sofá el silencio se ha adueñado de nosotros. Ninguno de los dos sabíamos qué decir, qué hacer. Ha sido una situación incómoda, ya que es demasiado tiempo el que ha pasado como para intentar simular que nada ha cambiado. Pero hemos sido siempre tan confidentes el uno con el otro que inventar cualquier tipo de excusa, hubiera resultado ridículo.

Así que, para acercarme a él, he hecho lo que se nos da mejor hacer juntos: me he acercado lentamente y le he besado. Le he besado con todas las ganas acumuladas en este tiempo, sintiendo que volvía al punto de partida con él, que volvía a dejarme llevar por aquel torrente de emociones contradictorias que él me provoca. Manu, por su parte, ha sujetado mi cabeza con sus dos manos, casi apretándome, como si temiera que de un momento a otro yo me apartase. Ha sido tan agradable el volver a sentir su lengua jugando con la mía, el notar su aliento tragándose el mío, el sentir por fin otra vez el olor de su piel cerca de la mía. ¿Creéis que realmente se puede ser adicto a una persona?

Las manos de Manu han ido rodando por mi cuerpo, entreteniéndose como solo él sabe hacer en mis pechos mientras me besaba el cuello. Torpe por no poder moverse bien por la pierna, aunque desesperadamente me ha quitado la camiseta y el sujetador para poder besar mis pechos, esos que tantas veces han sido suyos. Quitarle los pantalones ha sido lo más costoso, pero una vez fuera, y con toda la delicadeza y cuidado que he podido, ya desnuda, me he colocado encima de él.

“Te quiero, pequeña” ha acertado a decir antes de que mi lengua lamiera con total deseo su boca. Con miedo a hacerle daño, me he movido despacio, muy despacio, con él ya dentro de mi, penetrándome. Había olvidado lo muchísimo que me gusta cabalgar a Manu, lo increíblemente bien que se acoplan nuestros cuerpos, la manera perfecta de encajar su cuerpo entre mis piernas. Sus gemidos han subido tanto de tono que he pensado que eran de dolor, así que he parado un poco por si acaso. Pero sus manos agarrando fuertemente mi culo y empujándome contra su pelvis me ha hecho entender que los gemidos eran de placer. Así que he apretado fuertemente mis músculos interiores como sé que a él le gusta y no ha tardado mucho más en correrse. Dios, que increíble placer el volver a escuchar esos gemidos provocados por mi de su boca, volver a sentir como me abraza tiernamente después mientras besa mi frente sudorosa, sentir como su semen caliente me inunda entera...Sentirle de nuevo mío.

Como es “todo un caballero” me ha masturbado con sus dedos mientras, al oido, me susurraba lo muchísimo que me había echado de menos. Tal ímpetu le ha puesto al asunto, que al final, tras estar yo bien servida, he tenido que hundir mi cabecita en su entrepierna para acabar de satisfacerle de nuevo. Me encanta la manera que tiene de cogerme tierna, pero firmemente la cabeza para marcarme el ritmo en que quiere que lo haga…

Ahora está dormido, en el sofá, sin saber que escribo sobre él y sobre lo increíblemente sorprendida que estoy por haber tenido que esperar a que pasara algo así para volver aquí, por haberme dado cuenta ahora de lo muchísimo que le echaba de menos.
 
ELLOS SÍ QUE SON MIS HOMBRES
Sin cambiar la dinámica, aunque sí la tónica, de este blog, hoy voy a hablar de tres hombres que con total seguridad son los tres hombres más importantes de mi vida.

CHRISTIAN FRITZ (mi abuelo materno): Alemán de carácter duro y recto, nació y vivió en Bonn hasta los 12 años, fecha en la que se trasladó con sus padres a un pueblo de Sevilla. Bético a rabiar, creció sintiéndose más español que alemán. Cuando a los 17 años conoció a Carmela, supo que pasaría con ella el resto de su vida, así que el mismo año que se licenció como abogado, se casaron. Quiso a sus diez hijos por igual, aunque teniendo siempre cierta debilidad por las niñas. En los años 60 toda la familia se trasladó a la capital que sería su hogar definitivo. Coincidiendo con la llegada de los primeros nietos, decidió jubilarse para poder disfrutar de la vida con Carmela. Varios viajes los tuvieron alejados de España durante largos periodos, hasta que los achaques propios de la edad los obligaron a volver definitivamente a casa. Fue entonces cuando su carácter comenzó a suavizarse y empezó a demostrar una sensibilidad con sus nietos de la que antes se hubiera avergonzado. Cuando en el año 93 murió su Carmela, la vida acabó para él también, aunque fuera capaz de “seguir viviendo” ocho años más.
Cosas que le debo: El apodo “Mein kleiner Engel”, las clases de flamenco desde los 4 años, mis rasgos áridos, lo terco de mi carácter.

MATÍAS (mi abuelo paterno): Granadino con raíces arabescas, sensible y bonachón, nació y creció en un pequeño pueblo de la sierra, donde su familia poseía casi la mitad del pueblo en tierras. La otra mitad pertenecía a una familia vecina, con la cual se emparentaban a través de matrimonios. Así que ya dieron por sentado que Jose Antonio se casaría con Teresa, la hija de la familia vecina con la que solo se llevaba un año. Pero en vez de eso y por simple rebeldía juvenil, lo que hicieron fue fugarse e irse a vivir juntos a la capital granadina sin antes casarse. Aquello provocó un gran escándalo en ambas familias, pero al final, consiguieron que entraran en razón y se casaran dos meses antes de que naciera su primer hijo. A los pocos años, mi abuelo decidió venderle a uno de sus hermanos su parte de las tierras y probar suerte en la capital donde vive actualmente. Al poco tiempo de llegar consiguió un puesto en la misma multinacional en la que 35 años más tarde se jubilaría. Lloró de emoción en los nacimientos de todos sus nietos. Fumador de 2 paquetes diarios, finalmente le ha pasado factura el tiempo y la salud. Aun es capaz de reconocer a las personas que quiere, aunque solo sea capaz de demostrarlo con esa preciosa y amplia sonrisa suya, ya que hace tiempo que casi dejó de hablar. Pero pronto no será capaz de hacerlo, aunque eso no achaca los ánimos de Teresa por cuidar a su novio, como ella le llama, mientras cariñosamente le limpia la cara con un pañuelo.
Cosas que le debo: La ilusión por la Navidad, mi pelo rizado, la sensibilidad por los animales.

JULIÁN (mi padre): Nació en Granada, aunque desde que tiene uso de razón vive en nuestra capital. Fue un niño demasiado movido en comparación con sus dos hermanos, pero lo compensaba al ser el más cariñoso. Con 18 años, la carrera a medias y habiendo tonteado con más de una droga, se volvió loco al conocer a Inés, mi madre. Lo dejó todo por ella (incluida la carrera) y a los 8 meses de verla por primera vez en una discoteca, se casaron. No tardaron en tener a sus dos hijas (lo que más quiere en el mundo, según él) y con 24 años fue capaz de retomar su carrera y acabarla. Tras 30 años de matrimonio y siendo una persona de principios muy rectos y coherentes, los olvidó todos cuando en un viaje de negocios conoció a Eva, una inmigrante de los países nórdicos, 25 años menor que él. Hoy en día, viven juntos, aunque la inestabilidad puede hasta palparse en esa casa.
Cosas que le debo: El hacerme ver que nadie es perfecto, el respaldo y apoyo que siempre tengo por su parte, el darme la independencia que siempre he necesitado, el amor incondicional que siento por él, mi vida entera.