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Mis Hombres
Ellos, los que han llenado mi vida hasta saciarla, Mis Hombres
Acerca de
No puedo vivir sin ellos
Sindicación
 
COMPRENSIONES INCONGRUENTES
Una canción de Gloria Stefan tuvo la culpa de que la noche anterior Alex y yo acabáramos jugando, riendo y haciendo el amor (con Alex siempre hago el amor) bajo sus sábanas.

Me desperté sola en aquella cama en la que tantas veces he sido la invitada y, a pesar de saber que Álex no estaba, una sonrisa como de niña pequeña en la mañana de Navidad me iluminó la cara al ver una nota en la mesita.

“ME HE IDO A TRABAJAR, YA SABES QUE ESTAS EN TU CASA. TIENES CAFÉ Y BOLLOS EN LA COCINA. UN BESO PEQUEÑA (ESTÁS PRECIOSA DORMIDA).
ÁLEX
P.D.: ¿CREES QUE POR FIN FUNCIONARÁ?”


Esta última frase literalmente me removió por dentro. Álex tenía razón, llevábamos ya demasiado tiempo jugando al gato y al ratón, demasiado tiempo dejando que nuestro orgullo pasara por encima de nuestros sentimientos, demasiado tiempo hiriéndonos el uno al otro por despecho. ¿Significaba aquella posdata que él estaba dispuesto a olvidarlo todo e intentar ya de una vez ser feliz conmigo? Si era así, yo hasta a ciegas le seguiría, borraría de un plumazo todo lo pasado anteriormente y abriría una nueva puerta en mi vida solo para él.

Me deleité toda la mañana en aquel piso tan conocido para mi, en aquel piso que realmente era Álex en esencia pura, sintiendo una oleada de regocijo cada vez que recordaba aquella posdata. Sobre las 12 de la mañana sonó mi móvil y su nombre apareció en la pantallita.

-¿Ya estás despierta?
-Sí claro, hace ya un rato. ¿Tú qué tal?
-Pues liadísimo, no creo que vuelva a casa hasta las 20:00 o las 21:00. ¿Has visto mi nota?
(Vuelco en el corazón)
-Sí, sí que la he visto. Me tienes que explicar más extensamente qué significa esa posdata.
-Ya, jeje. Tienes razón. ¿Qué te parece si esta noche vienes a cenar a casa, te preparo una cena y hablamos al respecto?
-Vale, me parece bien el plan. Pero tiene que ser una cena con velitas ehh – bromeo.
- Lo que tú quieras, cariño. Pero cómpralas tu esta tarde, que yo no voy a tener tiempo. Y no te olvides el cepillo de dientes…por si tardas en irte.

Colgué y me sentí realmente feliz. Feliz con todas las letras, con todos los matices y posibles variantes que a esa palabra puedan aplicarse. Feliz de estar allí y feliz ante la perspectiva de lo que me esperaba. Esta vez sí, esta vez íbamos a tener la oportunidad que los dos nos merecíamos después de tantos años.

Por la tarde decidí quedar con mis amigas Mayca y Meri en un centro comercial. La excusa era que tenía que comprar las velas, aunque todas teníamos claro que lo realmente importante era sentarnos en la cafetería de siempre, la de al lado de las escaleras y comentar todo lo sucedido con Álex.

Mayca, su prima y a la vez una de mis mejores amigas, estaba contentísima de que por fin hubiéramos sido capaces de entendernos o de que como mínimo estuviéramos dispuestos a intentar hacerlo.

Estaba tan tan contenta, subida en mi propia nube, que no supe cambiar mi cara de felicidad y aquella estúpida sonrisa de mis labios cuando vi aparecer a Álex por aquellas escaleras del centro comercial de la mano de aquella chica. Pero más “graciosa” (si es que se puede denominar así, porque gracia para mi no tuvo ninguna) fue la cara de Álex al vernos a todas allí sentadas, en la primera mesa, en aquella que encuentras a menos de medio metro cuando acaban las escaleras por las que ellos subían y que era imposible de evitar.

Su nerviosismo fue en aumento a medida que las escaleras lo acercaban a mi. Comenzó a buscar dentro de unas bolsas que llevaba como para poder apartar la vista de nosotras, aún sabiendo que era inevitable el encontrarnos. La chica sonreía a su lado, ajena a la tensa situación que allí se estaba viviendo. Y como aquellas escaleras no eran infinitas, Álex no pudo evitar llegar a nuestro lado. Intenté que mi cara no delatara que en ese mismo momento la ilusión de mi vida se estaba cayendo a pedazos, pero la cara de Mayca y las demás eran todo un poema. Cuando por fin Álex consiguió articular palabra para saludarnos no era capaz ni de levantar la vista del suelo. Intentó aparentar naturalidad, pero su voz y su manos temblorosas le delataban.

-Vaya…umm…chicas…¿qué tal?...ehh....¿Qué hacéis por aquí?
-Pues aquí, tomando un café y comentando cositas, ¿verdad Lucía? – djo Meri mientras me daba un codazo para que espabilase y fuera capaz de reaccionar.
-Sí…sí.,,,claro – conseguí balbucear.
-¿No nos presentas a tu amiga, primito? – inquirió Mayca con cara de pocos amigos
-Ehhh…sí, sí….claro…Teresa, está es mi prima…umm…ehhh mi prima…ummm
Era incapaz de apartar sus ojos de los míos. Tan absorto estaba que ni le salía el nombre de su prima.
-¡¡Mayca!! ¡¡Soy Mayca!!
-Eso…uff perdona…Mayca. Es mi prima Mayca. Ella es eehhh ummm….joder…es Meri – dijo señalándola – y ella Lucía.
¡¡Al menos mi nombre le salió a la primera!!
-Estamos todas encantadísimas – dijo Mayca con su voz más sarcástica.
Yo seguía siendo incapaz de articular palabra.
-Bueno, pues nosotros nos vamos que Teresa quería comprar unas cosas – dijo Álex casi empujando a su amiga para salir de allí.
-Ala, hasta luego – se despidió Meri con tono bastante despreciativo, girándose en redondo a la vez que Mayca y dándoles la espalda
-Hasta luego – musitó Álex en tono casi aliviado.

…….

Ése no fue nuestro primer “bache” y ni mucho menos seria el último, pero fue en ese momento en el que me quedé allí, sentada cabizbaja con las lágrimas a punto de asomar por mis ojos y el orgullo, la ilusión y el corazón destrozados, con aquella estúpida bolsa llena de velas perfumadas compradas expresamente para él, para Álex, mi Álex, para aquel chico que no hacía ni 6 horas me decía que quería que lo nuestro funcionara y ahora se alejaba de la mano de aquella tal Teresa, fue en aquel preciso momento cuando comprendí dos cosas:

- Que por mucho empeño que le pusiéramos, Álex y yo nunca seríamos capaces de perdonarnos todo el daño hecho mutuamente. Podemos jugar, hacer el amor, querernos, pero nunca podríamos ser felices juntos. Y..

- Que yo sin él, no sería capaz de ser feliz nunca
 
KEVIN
Joder! Cuando desperté en aquella cama fui 100% consciente de lo que había pasado. Kevin dormía desnudo a mi lado, mientras la sonriente foto de su mujer, sus hijas y su perro asomaba por detrás en la mesita. ¿Qué coño habíamos hecho? ¿Cómo habíamos llegado hasta ese extremo?¡Joder! ¡Joder! Lo peor de todo aquello no era que Kevin fuera 16 años mayor que yo (22 contra 38). Tampoco lo era el hecho de que estuviera casado con la adorable y más que conocida por mi Annette. Ni tan siquiera en esos momentos tuve en cuenta a sus dos pequeñas mellizas ni al perro…Lo realmente horrible de aquella situación para mi era que Kevin era el tío de Paul, el chico con el que llevaba unas semanas saliendo.

Paul y yo nos habíamos conocido hacía varias meses en el parque donde los dos paseábamos a nuestros perros. Él era traumatólogo y trabajaba en el Guy’s Hospital al sur de Londres. Al principio nuestras conversaciones no pasaban de los diplomáticos “Good Evevning” de rigor, pero poco a poco fuimos cogiendo confianza a la vez que Endor, mi labrador macho intentaba mancillar a Lin, su pastor alemán hembra. Antes de un mes, tanto Endor como yo habíamos conseguido lo que queríamos.

No es que Paul estuviera destinado a ser el hombre de mi vida, pero era agradable salir con él, hacía que todo pareciese muy sencillo y ¿para qué negarlo?...estaba como un queso.

Un sábado por la noche organizó una salida con todos sus amigos. Ellos formaban un grupo de seis hombres entre los 25 y los 45 años (entre los que se encontraba su tío Kevin) y yo sola entre todos ellos mezclado con la cantidad de pintas de cerveza y copas de vodka que llegamos a beber hizo que la noche pasara tan deprisa que casi me da vértigo al recordarlo. Al final de la noche, en lo que parecen milésimas de segundo, recuerdo a Paul de madrugada en el Soho a punto de caer por la calle, riéndose y apoyándose en otros dos de sus amigos que iban igual o más borrachos que él y yo caminando tambaleándome del brazo del “títo Kevin”. Bajamos caminando hasta Trafalgar Square, entre risas y tropezones y una vez allí nos dividimos para coger los taxis. “Mañana te llamo, princesa” me balbuceó Paul antes de meter la cabeza en su taxi.

Sí, habéis acertado, por cercanía entre casas me fui con Kevin y otro chico, Tod. Una vez dentro del taxi y colocados los tres en la parte posterior Kevin pasó su brazo por dentro de mi abrigo por detrás de mi espalda. Y mientras yo dormitaba apoyada en su hombro y ellos dos mantenía una conversación futbolística con el taxista, me fue acercando poco a poco a él hasta que su brazo pasó por debajo de mi axila y su mano comenzó a acariciarme un pecho. Aquella inesperada caricia hizo que me “despertara” de golpe. Mi primera reacción fue mirar a mi alrededor para ver si Tod se estaba dando cuenta. Pero entre lo enfrascados que estaban en la conversación, la oscuridad, lo pegados que íbamos los tres y que el brazo de Kevin se protegía con mi abrigo, nadie notaba nada. Solo Kevin me miró un momento sonriéndome como si no pasara nada. No me moví, estaba tan borracha que no era capaz de analizar la situación y además esos dedos pellizcaban con tanta dulzura mi pezón que no quería que parara de hacerlo. Tod bajó del taxi y tras despedirnos, Kevin le indicó al taxista la dirección de su casa. Aunque fuéramos uno menos atrás, ni Kevin ni yo nos movimos y seguimos allí, pegados contra la puerta derecha. Yo notaba como iba humedeciéndome poco a poco a causa de sus caricias clandestinas mientras de fondo oía una conversación acerca del entrenador del Newcastle. Cuando llegamos a la puerta de la casa de Kevin donde no hacía ni dos semanas habíamos estado cenando Paul y yo con él, Annette y las mellizas, me sorprendió que al bajar del coche, aguantara la puerta dándome a entender que yo también debía bajar. Muy obediente yo dado mi estado etílico, bajé sin tener aún claro que es lo que se suponía que debía hacer. Tras pagar al taxista, Kevin se dirigió a la puerta de su casa con llave en mano, mientras yo me quedaba clavada como un poste de la luz en la calle, tiritando de frío sin entender bien la situación. Al abrir la puerta y ver que yo no me movía, Kevin me sonrió mientras me decía que Annette y las niñas estaban en la casa de campo de Kent, con los abuelos. Pero yo seguí son moverme, dudosa, hasta que él se acercó hacia mi, me abrazó por detrás y besándome el cuello, volvió a acariciarme el pecho como lo había hecho en el taxi. Aquello y su voz diciéndome “Anda, pasa tontita” me deshizo de nuevo y pasé…vaya si pasé!!

No me importó que Annette hubiera pasado meses buscando el sofá ideal para el salón, a mi me pareció perfecto para que su marido me desnudara tumbada en él e hundiera su cabeza entre mis piernas mientras mis dedos se mezclaban en su pelo canoso. Su experta lengua lamió con ansia cada centímetro de mi entrepierna, haciendo que mis piernas y todo mi cuerpo se retorcieran de placer.

Kevin pareció darse cuenta de que si seguía haciéndolo así de bien la “fiesta” acabaría pronto, así que se apartó, se tumbó en el mismo cheslon donde había estado sentado Paul días antes y con una sonrisa picara me indicó lo que quería. Yo también lamí con ansia. La mezcla de alcohol y morbo era increíble y el cuerpo de Kevin era lujuria total.

En un momento dado, dejé de oir sus gemidos, le miré curiosa y me dijo: “Es hora de ir arriba, preciosa”. Yo, siguiendo en mi línea de obediencia asentí y me puse en pie. Kevin me cogió en brazos, haciendo que mis piernas rodearan su cuerpo por la cintura y mis brazos por el cuello, como si fuera una niña pequeña, y así subió las escaleras hacia arriba. Al subir los peldaños yo notaba su tremenda erección golpeándome entre las piernas. Una vez en el pasillo, me empotró contra la pared y en la misma posición que estábamos comenzó a penetrarme fuertemente. Dios como me gustaba que lo hiciera mientras me sujetaba contra la pared por el culo y su lengua recorría mis pezones mientras yo observaba un juguete de las niñas abandonado en una esquina. Pero en toda aquella bacanal de locura tuve un haz de lucidez (menos mal) y me di cuenta de que me estaba penetrando sin precaución alguna, así que le pedí que parara y que se pusiera algo. Ahora siendo él el obediente, me bajó y de la mano me condujo al dormitorio, el mismo dormitorio que compartía cada noche con su mujer. Abrió el primer cajón de su mesita de noche y de allí sacó una caja de preservativos ya abierta. Solo quedaban dos preservativos. Gracias al troquel los separó y guardó el sobrante otra vez en la caja mientras yo pensaba que aquel seguro que lo usaría con Annette. No tardó ni 20 segundos en estar tumbado en la cama y yo encima de él cabalgándole entre las sábanas de matrimonio. Lo follé como una perra, gimiendo sonoramente para que él supiera lo muchísimo que estaba disfrutando con aquello, para que se diera cuenta de lo aburrido que era follar con la dulce de su mujer habiendo en el mundo zorras como yo, zorras capaces de follarse al tío de su novio sin remordimiento alguno…Y así, entre placer, morbo, lujuria, alcohol y las sábanas de Annette nos corrimos los dos.

Mi reacción por la mañana ya la sabéis. Salí de aquella casa apenas habiendo cruzado unas palabras con Kevin en las que los dos pedíamos discreción al respecto…A ninguno nos convenía que se supiese nada y creo que ambos nos dabamos cuenta en ese momento de la magnitud de nuestros actos.

No vale la excusa de que estaba borracha y no sabía lo que hacía, ni tampoco la de que fue él quien me buscó. Simplemente fui una zorra y…aunque suene mal…¡cómo me gustó!