LA MARGARITA
Era aquél un buen parque donde se estaba muy agradable. En él habían crecido cantidad de árboles que daban una acogedora sombra en los días calurosos, pero que a la vez dejaban pasar el sol entre sus ramas en esos días especialmente fríos del invierno cuando el calorcito del sol es un bien tan codiciado. Resultaba atractivo y acudían a él pájaros de todas clases que iban y venían. Algunos de ellos transportaron semillas de plantas que, con el tiempo, crecieron y dieron sus flores en el parque consiguiendo, de esa manera, que presentara ese atractivo y agradable aspecto que ahora tenía.
Ese año, que a su comienzo nada hacía indicar que fuera especial o distinto de los anteriores, sucedió en el parque algo inesperado que hacía mucho tiempo que no se daba por allí. Finalizando ya el invierno, el inicio de la primavera se empezaba a mostrar en aquellos parajes y estaban apareciendo ya las primeras flores. En uno de los rincones, probablemente el menos visitado por estar más escondido, además de las rosas que se podían encontrar por toda la extensión del parque y las miles de florecillas de variados colores que destacaban en el verde del césped, entre ellas empezó a crecer una margarita, procedente de una vieja planta que, desde hacía tiempo, había echado sus raíces en aquél lugar, cuando el parque aún no era como ahora sino casi un descampado, llevada hasta allí su semilla por un pajarillo y que llevaba mucho tiempo ya sin echar flores. Sorprendentemente, volvió a florecer aquella primavera y de ella salió la preciosa margarita que destacaba en aquél rincón por su recto tallo, su tamaño y su vistoso colorido amarillo y blanco. La margarita se encontraba feliz allí, disfrutando de todo cuanto había a su alrededor. Desde su nacimiento se había dado cuenta que en uno de los árboles, muy cercano a donde ella se encontraba, se posaba con mucha frecuencia un divertido y vistoso pajarillo que revoloteaba a su alrededor y le dedicaba muchos de sus cantos. Debía llevar por aquellos lugares algún tiempo ya, dada la confianza con que se movía por entre todos los árboles del parque. Era observadora y pronto entendió que, de alguna manera y aunque no comprendía muy bien la razón, debía a aquél pajarillo el haber crecido precisamente en aquellos días, seguramente con sus cantos había logrado despertar de su letargo a la vieja planta de la que procedía. El pajarillo, durante una temporada, se acercó mucho a ella, pasaba mucho tiempo revoloteando a su lado, posándose suavemente en sus hojas, dedicándole sus cánticos y ella tenía la sensación que le susurraba cosas preciosas a la vez que le cantaba lindas canciones, que ella a veces interpretó como amorosas. En un principio, sintió un poco de miedo de lo que le pudiera hacer aquél pajarillo, porque había algo que, sin saber exactamente qué, era como si le recordara vivencias anteriores y sufrimientos pasados. Pero con el paso de los días y a fuerza de verle y oírle, la margarita olvidó aquellos malos recuerdos y acabó perdiendo su temor y acostumbrándose a él. Se hicieron muy amigos, casi inseparables y le cogió un gran cariño, tanto que llegó a pensar, incluso, que le gustaría terminar sus días a su lado, sin importarle que fuera de otra especie, que pudiera ser más libre y que con su facilidad para levantar el vuelo probablemente antes o después volaría a otros lugares. Por una temporada y en contra de todo pronóstico y de toda lógica, todo el parque se concentró en la margarita y su pajarillo. A ella empezaba a no importarle que se la pudiera llevar con él a otras tierras, aunque ello significara perder de vista el parque y todo cuanto en él había. La margarita era una flor prudente y sencilla a la que le daba horror solo pensar el que pudiera forzar alguna situación no esperada o deseada y por eso, claro, no le contaba todo aquello que estaba sintiendo, en toda su intensidad y extensión, al pajarillo y se limitaba, en cierto modo, a intentar solo seguirle la corriente y ver qué pasaba después. Quería, primero, aprender a hablar y entender perfectamente bien su idioma para contarle sus sentimientos y, de esa forma, poder expresarse correctamente y que llegaran a entenderse bien los dos, especialmente en ese idioma de los sentimientos que es tan complicado y tan importante a la vez y evitar así malas interpretaciones.
Pasó el tiempo y un buen día la margarita se dio cuenta con gran pesar, que no había interpretado bien las señales que el pajarillo le estaba enviando y tampoco había calculado que era muy probable que aquel pajarillo, perteneciendo a otras latitudes, no estuviera preparado para llevarse consigo y cuidar a una flor como ella que en el lugar de donde él procedía, seguramente le iba a costar mucho vivir. Que ella iba a necesitar mucho amor y cariño en esas circunstancias que, tal vez, el pajarillo no se sería capaz de darle. Y que, antes que el calor del verano llegara a aquel parque, seguro que emigraría y quizás no volviera a verle nunca más. Todos esos presentimientos la hicieron observar con más precisión el revoloteo del pajarillo y estar más atenta a sus cánticos y susurros en los días que siguieron a su penoso descubrimiento. Entonces empezó también a no tener demasiado claro qué era lo que el pajarillo había visto en ese parque que le había atraído, y a preguntarse como y por qué había llegado a asentarse aquella temporada allí viniendo de lugares lejanos... ¿por qué desconocida razón la habría ayudado en su crecimiento?. Al observar sus movimientos y actitudes dedujo que era probable que buscara en ella el que con sus pétalos (“sí”, “no”… “sí”, “no”…), le dijera si era posible para él asentarse definitivamente en aquél parque o, tal vez y todo entraba dentro de lo posible, averiguar, de esa misma manera, si una de su misma especie volvería a volar con él o no por sus tierras lejanas. Y la idea de esto último le dolió especialmente, porque no podía dejar de pensar que cualquier día podría empezar a arrancarle sus pétalos diciendo si la de su misma especie “me quiere” o “no me quiere”… De manera que, desde ese momento, empezó a mirar al pajarillo con cierto temor y recelo, no ya por el daño que le pudiera hacer al deshojarla, porque el dolor ya era inevitable y sabía que aquello era algo inherente a ella, sino por la profunda tristeza que le iba a suponer el que se fuera, la tremenda pena de una despedida que intuyó definitiva y demasiado próxima.
No pasó mucho tiempo hasta que sus intuiciones se vieron cumplidas. No llegaron a cumplirse sus temores de verse allí mismo deshojada. Simplemente el pajarillo lo mismo que vino, se fue, en busca de sus lugares más frescos, no sin antes despedirse cariñosamente de la margarita y del parque donde la encontró, como si no hubiera pasado nada.
Fue entonces cuando la margarita decidió deshojarse a sí misma, intentando adivinar si aquél pajarillo la habría querido, en algún momento, tal como ella lo había querido a él durante aquellos fantásticos días… nunca lo supo con seguridad, porque inconscientemente no quiso averiguarlo y perdió el sentido antes de deshojar los últimos pétalos. Según se iba desprendiendo de cada uno de ellos, la inmensa tristeza y la desilusión hacían que las lágrimas cayeran, como enormes gotas de agua resbalando por su tallo, al suelo. Cuando terminó, el suelo debajo de ella estaba anegado, tanto que, a pesar del fuerte calor que se había desatado en esos días, el terreno estaba lo suficientemente húmedo como para no dejar que se secaran el resto de florecillas que había en aquél rincón escondido del parque y que estaban empezando a marchitarse, ni ellas ni la planta de la que había salido la margarita que quedó perfectamente preparada para echar, en cualquier inesperado momento, una nueva flor que pudiera volver a destacar entre las demás por su tallo derecho y su belleza sencilla… ¡ojalá que esta vez, la madre planta le transmitiera también a la nueva flor la lección ya aprendida!.
LO QUE EL LADRÓN DE SUEÑOS NO ME ROBÓ
Estaba totalmente desconcertada, no sabía qué había pasado, donde estaba ni que hacía yo en aquél lugar. Miraba a un lado y a otro de aquél sendero extraño para ver si lograba recordar algo, reconocer algún lugar y, de camino, poner mis pensamientos y sentimientos en orden. Pero nada, no tenía ni la más mínima idea de que era todo aquello.
Miré al cielo y vi que hacía un día precioso, solo unas cuantas nubes blancas y esponjosas como algodones hacían dibujos en el azul turquesa del cielo y se movían lentamente empujadas por una suave brisa. La temperatura era ideal y empecé a sentirme muy bien. Decidí que iba a seguir aquél sendero que tenía delante porque, más que intuir, estaba segura que me llevaría a algún sitio conocido y maravilloso, así que sin pensarlo más, me puse a caminar…
No sé el tiempo que llevaría caminando, me sentía un poco cansada y parecía como si no me hubiera movido del sitio, como si hubiera estado andando en círculos de forma que siempre veía el mismo panorama. Me senté en una piedra que encontré en el camino y de pronto me di cuenta que llevaba en la mano una especie de maletín. Sorprendida por no haberme dado cuenta antes, lo abrí y me encontré con un par de cajas llenas de una especie de botecillos con unas inscripciones. Unos eran más bonitos que otros, aún teniendo todos la misma forma y el mismo tamaño y observé también que unos estaban más llenos que otros. Cogí uno de ellos, de los más bonitos, que estaba casi lleno y leí la inscripción “Paciencia” -¡qué extraño!- pensé y me dispuse a ver lo que ponía en todos los demás. Había uno que ponía “Sentido de la amistad”, otro “Egoísmo”, otro “Cariño”, otro “Amor”, otro “Orgullo”, otro “Envidia”, “Sentido de la justicia”, "Rencor"… y así fui leyendo una a una todas las inscripciones hasta que me di cuenta que había escritas cantidad de defectos y virtudes, que las virtudes estaban en los botes más bonitos y los defectos en los más feos y que se compensaban, es decir, que si el bonito estaba muy lleno, su antagónico, el feo que le correspondía estaba casi vacío y viceversa de manera que entre los dos siempre formaban una unidad, la misma para todos. Cuando, sorprendida e intrigada, fui a cerrar el maletín para continuar mi camino, me di cuenta que había dentro un papel enrollado como un pergamino y metido en un departamento que me había pasado inadvertido. Lógicamente lo desenrollé y vi que había escrito, con unas letras góticas de un respetable tamaño: “ESTE ES TU EQUIPAJE” y a continuación, ya en letras más reducidas: “Se te confió en el momento de tu nacimiento, siempre ha estado y estará contigo y deberás hacer buen uso de él. Verás que, como en la naturaleza, todo está compensado. Tendrás que procurar no abrir unos botes, o bien intentar hacer poco uso de ellos y, por el contrario usar siempre los otros, de manera que al final unos queden prácticamente como están y los otros estén vacíos. Las cantidades están calculadas perfectamente para toda tu vida, así que no te preocupes por el gasto. Todo lo más que se te concede es que los devuelvas tal y como están… pero si haces mal uso de ellos, no respondemos de lo que pase”.
Aquello me dio que pensar, me di cuenta que me sirvió para conocerme mejor a mi misma. Así que durante el resto de mi camino tuve entretenimiento dándole vueltas a todo aquello y no me di cuenta que poco a poco me iba acercando a un precioso lugar. Había una casa, pequeñita pero que parecía muy acogedora, en medio de un prado muy verde, lleno de florecillas silvestres agrupadas por colores entre los que destacaban el blanco y el amarillo de las margaritas y el rojo de las amapolas. Decidí acercarme a ella y llamar a la puerta. Lo hice y no me abrió nadie, así que pensé que no estarían allí y, cansada como estaba, me senté en el porche a esperar. Me di cuenta que había recorrido mucho camino, que aunque no era muy consciente del tiempo que había transcurrido, debían haber pasado unas cuantas horas y que, aunque me sentía agotada, no tenía ni hambre ni sed. Eso, aunque me sorprendió un poco, no me preocupó en absoluto… ya me empezaba a acostumbrar a todos esos hechos extraños que me estaban sucediendo. Ensimismada como estaba en mis pensamientos, no me di cuenta que se acercaba una persona. Más que verla, la presentí. Era una personilla de pequeño tamaño. La miraba y la miraba y tenía la sensación de conocerla, de conocerla mucho y además sentía algo dentro de mí, una sensación inexplicable como de inmensa ternura, de cariño, de alegría, emoción,… no sé, me resulta difícil de explicar todo lo que sentía en aquellos momentos. Mi mente me decía que era normal, ya que al fin había encontrado a alguien que me explicaría donde estaba y me ayudaría a esclarecer todo aquello. Pero mi corazón me indicaba que había algo más, algo que de alguna manera me unía a aquella persona con unos lazos muy fuertes pero, en aquellos momentos, para mi, incomprensibles y que despertaba en mi un montón de maravillosos sentimientos.
De repente me di cuenta que aquél personaje estaba a mi lado. No podía verle claramente el rostro, solo sentía que le quería muchísimo y no me importaba como era. Tenía unos inmensos ojos claros que se clavaron en mí y me miraban fijamente y, cuanto más me miraban, más crecía la sensación de ternura y de inmenso cariño que me inspiraba. Yo permanecía inmóvil, solo sintiendo y recreándome en aquellas fantásticas sensaciones que aquella personilla me inspiraba.
Entonces abrí los ojos y cuál no sería mi sorpresa cuando me di cuenta de que mi nieto estaba al lado de mi cama, mirándome con sus grandes ojos azules muy fijamente, sin atreverse a despertarme… La noche anterior sus padres habían salido y se había quedado a dormir en mi casa. Se había despertado y estaba allí, cerquita de mi y mirándome fijamente para ver si estaba o no dormida…
¡¡Todo había sido un sueño!!... pero un maravilloso sueño, que me había mostrado muchas cosas y me había enseñado muchas más. Un sueño que nunca jamás olvidaré…
Miré al cielo y vi que hacía un día precioso, solo unas cuantas nubes blancas y esponjosas como algodones hacían dibujos en el azul turquesa del cielo y se movían lentamente empujadas por una suave brisa. La temperatura era ideal y empecé a sentirme muy bien. Decidí que iba a seguir aquél sendero que tenía delante porque, más que intuir, estaba segura que me llevaría a algún sitio conocido y maravilloso, así que sin pensarlo más, me puse a caminar…
No sé el tiempo que llevaría caminando, me sentía un poco cansada y parecía como si no me hubiera movido del sitio, como si hubiera estado andando en círculos de forma que siempre veía el mismo panorama. Me senté en una piedra que encontré en el camino y de pronto me di cuenta que llevaba en la mano una especie de maletín. Sorprendida por no haberme dado cuenta antes, lo abrí y me encontré con un par de cajas llenas de una especie de botecillos con unas inscripciones. Unos eran más bonitos que otros, aún teniendo todos la misma forma y el mismo tamaño y observé también que unos estaban más llenos que otros. Cogí uno de ellos, de los más bonitos, que estaba casi lleno y leí la inscripción “Paciencia” -¡qué extraño!- pensé y me dispuse a ver lo que ponía en todos los demás. Había uno que ponía “Sentido de la amistad”, otro “Egoísmo”, otro “Cariño”, otro “Amor”, otro “Orgullo”, otro “Envidia”, “Sentido de la justicia”, "Rencor"… y así fui leyendo una a una todas las inscripciones hasta que me di cuenta que había escritas cantidad de defectos y virtudes, que las virtudes estaban en los botes más bonitos y los defectos en los más feos y que se compensaban, es decir, que si el bonito estaba muy lleno, su antagónico, el feo que le correspondía estaba casi vacío y viceversa de manera que entre los dos siempre formaban una unidad, la misma para todos. Cuando, sorprendida e intrigada, fui a cerrar el maletín para continuar mi camino, me di cuenta que había dentro un papel enrollado como un pergamino y metido en un departamento que me había pasado inadvertido. Lógicamente lo desenrollé y vi que había escrito, con unas letras góticas de un respetable tamaño: “ESTE ES TU EQUIPAJE” y a continuación, ya en letras más reducidas: “Se te confió en el momento de tu nacimiento, siempre ha estado y estará contigo y deberás hacer buen uso de él. Verás que, como en la naturaleza, todo está compensado. Tendrás que procurar no abrir unos botes, o bien intentar hacer poco uso de ellos y, por el contrario usar siempre los otros, de manera que al final unos queden prácticamente como están y los otros estén vacíos. Las cantidades están calculadas perfectamente para toda tu vida, así que no te preocupes por el gasto. Todo lo más que se te concede es que los devuelvas tal y como están… pero si haces mal uso de ellos, no respondemos de lo que pase”.
Aquello me dio que pensar, me di cuenta que me sirvió para conocerme mejor a mi misma. Así que durante el resto de mi camino tuve entretenimiento dándole vueltas a todo aquello y no me di cuenta que poco a poco me iba acercando a un precioso lugar. Había una casa, pequeñita pero que parecía muy acogedora, en medio de un prado muy verde, lleno de florecillas silvestres agrupadas por colores entre los que destacaban el blanco y el amarillo de las margaritas y el rojo de las amapolas. Decidí acercarme a ella y llamar a la puerta. Lo hice y no me abrió nadie, así que pensé que no estarían allí y, cansada como estaba, me senté en el porche a esperar. Me di cuenta que había recorrido mucho camino, que aunque no era muy consciente del tiempo que había transcurrido, debían haber pasado unas cuantas horas y que, aunque me sentía agotada, no tenía ni hambre ni sed. Eso, aunque me sorprendió un poco, no me preocupó en absoluto… ya me empezaba a acostumbrar a todos esos hechos extraños que me estaban sucediendo. Ensimismada como estaba en mis pensamientos, no me di cuenta que se acercaba una persona. Más que verla, la presentí. Era una personilla de pequeño tamaño. La miraba y la miraba y tenía la sensación de conocerla, de conocerla mucho y además sentía algo dentro de mí, una sensación inexplicable como de inmensa ternura, de cariño, de alegría, emoción,… no sé, me resulta difícil de explicar todo lo que sentía en aquellos momentos. Mi mente me decía que era normal, ya que al fin había encontrado a alguien que me explicaría donde estaba y me ayudaría a esclarecer todo aquello. Pero mi corazón me indicaba que había algo más, algo que de alguna manera me unía a aquella persona con unos lazos muy fuertes pero, en aquellos momentos, para mi, incomprensibles y que despertaba en mi un montón de maravillosos sentimientos.
De repente me di cuenta que aquél personaje estaba a mi lado. No podía verle claramente el rostro, solo sentía que le quería muchísimo y no me importaba como era. Tenía unos inmensos ojos claros que se clavaron en mí y me miraban fijamente y, cuanto más me miraban, más crecía la sensación de ternura y de inmenso cariño que me inspiraba. Yo permanecía inmóvil, solo sintiendo y recreándome en aquellas fantásticas sensaciones que aquella personilla me inspiraba.
Entonces abrí los ojos y cuál no sería mi sorpresa cuando me di cuenta de que mi nieto estaba al lado de mi cama, mirándome con sus grandes ojos azules muy fijamente, sin atreverse a despertarme… La noche anterior sus padres habían salido y se había quedado a dormir en mi casa. Se había despertado y estaba allí, cerquita de mi y mirándome fijamente para ver si estaba o no dormida…
¡¡Todo había sido un sueño!!... pero un maravilloso sueño, que me había mostrado muchas cosas y me había enseñado muchas más. Un sueño que nunca jamás olvidaré…
EL CAMINO
Era una mujer valiente, aunque nunca lo habría pensado de ella misma. Hacía ya tiempo que había empezado su andadura en solitario, algún tiempo más que tenía intenciones de comenzarla y algún tiempo menos que una nueva ilusión se instalaba en su vida. Llevaba con ella un equipaje lleno de amor y repleto de ilusiones y esperanzas. Pensaba en él todo el tiempo y deseaba con todas sus fuerzas llegar al final de aquella dura etapa para, por fin, estar juntos los dos y continuar o pararse, eso era lo de menos, pero siempre uno al lado del otro y haciendo lo que ambos, sin presiones externas de ninguna clase, decidieran hacer con sus vidas. Nada le parecía que pudiera interrumpir su marcha y todos los obstáculos los iba superando con alegría. En su caminar en busca de la felicidad encontró de todo, cosas buenas, menos buenas, indiferentes y malas, pero nada podía detenerla. Los malos momentos los iba superando a base de paciencia, apoyándose en su fuerza interior y, en algunas ocasiones, a base de consumir ilusiones y esperanzas de las que llevaba guardadas consigo.
Pasaba el tiempo y la marcha se iba haciendo cada vez más lenta. Empezaba a consumirle la impaciencia por llegar al final, especialmente porque temía que se le agotaran sus reservas y eso la obligara a quedarse en el camino. Pero aún seguía con optimismo.
De repente todo empezó a hacerse más difícil, había más curvas (que alargaban su camino) y subidas y bajadas continuas (que lo hacían más agotador). Pero aún no eran obstáculos insalvables y los iba sorteando como bien podía, aunque sus reservas cada vez eran más escasas y, por consiguiente, más preciosas.
Naturalmente le salía gente al paso con la que charlaba o a la que saludaba amable y educadamente, pero sin querer entretenerse demasiado, porque tenía un objetivo claro que quería alcanzar cuanto antes. A veces, entre esa gente había quien, con buenas intenciones, le advertía que el camino era difícil, que se iba a encontrar con obstáculos prácticamente insalvables y que debería ir haciéndose a la idea que era posible que no llegara a feliz término, para no llevarse una gran desilusión después. Pero ella seguía confiando en sus posibilidades y, de una forma bastante ingenua, en la ayuda que llegado el momento él le prestaría, así que continuaba incansable y siempre mirando hacia delante.
Pasó mucho, mucho tiempo, quizá demasiado y empezó a sentirse cansada y cada vez con menos ánimos y ganas de continuar… aquello no terminaba nunca. A aquél camino no se le veía el final y, lo que es peor, cada vez estaba más oscuro. Las luces que antes brillaban y lo iluminaban todo, especialmente cuando se hacía de noche y que lo mantenían tan agradable y transitable, se habían ido apagando poco a poco y ya a penas si quedaban luciendo algunas muy salteadas.
Iba llegando el invierno, los días eran cada vez más cortos y más fríos y las noches más largas, gélidas y oscuras. Sus fuerzas estaban casi al límite, de tal forma que se las veía y se las deseaba para seguir caminando. Cada vez las luces que iluminaban el camino estaban más alejadas unas de otras por lo que, en cuanto anochecía, tenía que hacer largas caminatas en completa oscuridad durante las cuales, y para no perder los ánimos, trataba de traer a su mente buenos recuerdos e intentaba animarse diciéndose a sí misma que ya tenía que faltar poco, que no podía ser posible que hubiera perdido el tiempo y tantas ilusiones, esperanzas y esfuerzos para nada, su natural optimismo le impedía pensar en algo peor.
Intentó pedirle ayuda a él en repetidas ocasiones, pero resultó inútil, comprendió que estaba muy lejos, que su camino no se acercaba al suyo y que tenía muchas menos fuerzas y mucho menos valor para la lucha que ella, así que pensó que no la oía o no entendía bien lo que ella intentaba decirle, o lo que era peor, que no quería oír. La última vez que habían hablado, tuvo la terrible sensación que la estaba engañando, que no había sido sincero con ella, que era un cobarde y que nada era como él le había dicho que sería. De manera que de una forma, un tanto cruel, empezó a darse cuenta que de nuevo estaba completamente sola. Que aquél camino se había convertido en una especie de espiral sin fin en la que ilusamente se había metido y de la que le iba a costar mucho salir y que, cuando al fin lo hiciera, se habría dejado en ella jirones de su vida y de su alma que, probablemente, jamás volvería a recuperar. Ver, así de pronto, esa realidad la dejó de momento hundida y sintió la imperiosa necesidad de sentarse, recapacitar y estudiar la forma de no perder los pocos ánimos que le quedaban, sacar fuerzas de donde casi no las había para intentar seguir adelante con su vida en solitario. Se estaba haciendo de noche…
Estuvo mucho tiempo sentada en aquella piedra del camino. Era ya noche cerrada y la luz que hasta ese momento la había estado alumbrando se apagó sin previo aviso, así que se quedó totalmente a oscuras, la siguiente luz estaba demasiado lejana y ella se sentía demasiado cansada y sin fuerzas como para acercarse. Miró al cielo y descubrió que se estaba yendo una negra nube que dejaba al descubierto una hermosa luna llena que iluminaba el camino con una azulada y pálida luz, que por otra parte, le sirvió para poder encontrar en su equipaje una linterna con la que alumbrarse para poder escribir … Eso le sirvió de desahogo, la tranquilizó y entonces se dio cuenta que hay muchas cosas maravillosas en el mundo que siempre van a estar ahí, independientemente de cómo nos sintamos nosotros en ese instante y que después de un mal momento siempre puede venir uno bueno, tal vez mejor que los anteriores. Que la vida sigue y nunca se sabe lo que nos puede traer ¿por qué pensar que serán contrariedades?. Que lo importante es luchar y no ceder nunca y si no conseguimos un objetivo, pues siempre habrá otros que alcanzar. Esto le hizo sentir mucha paz en su interior y le dio ánimos y renovadas fuerzas…
Cuando terminó de escribir, tuvo la sensación que su vida había cambiado radicalmente. Repentinamente se sintió invencible de nuevo, comprendió que nadie podría hundirla si ella no se dejaba y a partir de ahí comenzó, con nuevos ánimos y la frente muy alta, a continuar su andadura… de nuevo en solitario .
Pasaba el tiempo y la marcha se iba haciendo cada vez más lenta. Empezaba a consumirle la impaciencia por llegar al final, especialmente porque temía que se le agotaran sus reservas y eso la obligara a quedarse en el camino. Pero aún seguía con optimismo.
De repente todo empezó a hacerse más difícil, había más curvas (que alargaban su camino) y subidas y bajadas continuas (que lo hacían más agotador). Pero aún no eran obstáculos insalvables y los iba sorteando como bien podía, aunque sus reservas cada vez eran más escasas y, por consiguiente, más preciosas.
Naturalmente le salía gente al paso con la que charlaba o a la que saludaba amable y educadamente, pero sin querer entretenerse demasiado, porque tenía un objetivo claro que quería alcanzar cuanto antes. A veces, entre esa gente había quien, con buenas intenciones, le advertía que el camino era difícil, que se iba a encontrar con obstáculos prácticamente insalvables y que debería ir haciéndose a la idea que era posible que no llegara a feliz término, para no llevarse una gran desilusión después. Pero ella seguía confiando en sus posibilidades y, de una forma bastante ingenua, en la ayuda que llegado el momento él le prestaría, así que continuaba incansable y siempre mirando hacia delante.
Pasó mucho, mucho tiempo, quizá demasiado y empezó a sentirse cansada y cada vez con menos ánimos y ganas de continuar… aquello no terminaba nunca. A aquél camino no se le veía el final y, lo que es peor, cada vez estaba más oscuro. Las luces que antes brillaban y lo iluminaban todo, especialmente cuando se hacía de noche y que lo mantenían tan agradable y transitable, se habían ido apagando poco a poco y ya a penas si quedaban luciendo algunas muy salteadas.
Iba llegando el invierno, los días eran cada vez más cortos y más fríos y las noches más largas, gélidas y oscuras. Sus fuerzas estaban casi al límite, de tal forma que se las veía y se las deseaba para seguir caminando. Cada vez las luces que iluminaban el camino estaban más alejadas unas de otras por lo que, en cuanto anochecía, tenía que hacer largas caminatas en completa oscuridad durante las cuales, y para no perder los ánimos, trataba de traer a su mente buenos recuerdos e intentaba animarse diciéndose a sí misma que ya tenía que faltar poco, que no podía ser posible que hubiera perdido el tiempo y tantas ilusiones, esperanzas y esfuerzos para nada, su natural optimismo le impedía pensar en algo peor.
Intentó pedirle ayuda a él en repetidas ocasiones, pero resultó inútil, comprendió que estaba muy lejos, que su camino no se acercaba al suyo y que tenía muchas menos fuerzas y mucho menos valor para la lucha que ella, así que pensó que no la oía o no entendía bien lo que ella intentaba decirle, o lo que era peor, que no quería oír. La última vez que habían hablado, tuvo la terrible sensación que la estaba engañando, que no había sido sincero con ella, que era un cobarde y que nada era como él le había dicho que sería. De manera que de una forma, un tanto cruel, empezó a darse cuenta que de nuevo estaba completamente sola. Que aquél camino se había convertido en una especie de espiral sin fin en la que ilusamente se había metido y de la que le iba a costar mucho salir y que, cuando al fin lo hiciera, se habría dejado en ella jirones de su vida y de su alma que, probablemente, jamás volvería a recuperar. Ver, así de pronto, esa realidad la dejó de momento hundida y sintió la imperiosa necesidad de sentarse, recapacitar y estudiar la forma de no perder los pocos ánimos que le quedaban, sacar fuerzas de donde casi no las había para intentar seguir adelante con su vida en solitario. Se estaba haciendo de noche…
Estuvo mucho tiempo sentada en aquella piedra del camino. Era ya noche cerrada y la luz que hasta ese momento la había estado alumbrando se apagó sin previo aviso, así que se quedó totalmente a oscuras, la siguiente luz estaba demasiado lejana y ella se sentía demasiado cansada y sin fuerzas como para acercarse. Miró al cielo y descubrió que se estaba yendo una negra nube que dejaba al descubierto una hermosa luna llena que iluminaba el camino con una azulada y pálida luz, que por otra parte, le sirvió para poder encontrar en su equipaje una linterna con la que alumbrarse para poder escribir … Eso le sirvió de desahogo, la tranquilizó y entonces se dio cuenta que hay muchas cosas maravillosas en el mundo que siempre van a estar ahí, independientemente de cómo nos sintamos nosotros en ese instante y que después de un mal momento siempre puede venir uno bueno, tal vez mejor que los anteriores. Que la vida sigue y nunca se sabe lo que nos puede traer ¿por qué pensar que serán contrariedades?. Que lo importante es luchar y no ceder nunca y si no conseguimos un objetivo, pues siempre habrá otros que alcanzar. Esto le hizo sentir mucha paz en su interior y le dio ánimos y renovadas fuerzas…
Cuando terminó de escribir, tuvo la sensación que su vida había cambiado radicalmente. Repentinamente se sintió invencible de nuevo, comprendió que nadie podría hundirla si ella no se dejaba y a partir de ahí comenzó, con nuevos ánimos y la frente muy alta, a continuar su andadura… de nuevo en solitario .
SOLE
Mi Soledad es como si fuera mi hermana siamesa, siempre estuvo unida a mi, inseparable. Quiero decir con esto que nació a la vez que yo y que siempre ha estado pegadita a mí. Durante mucho tiempo no me di cuenta de su presencia, bien porque es muy silenciosa, porque no se hizo sentir o, seguramente, porque no la conocía ni sabía de su existencia.
Con el paso de los años, al madurar, se va uno dando cuenta de muchas cosas, las analizas y las ves con más claridad. De manera, que así fue como descubrí a Soledad… con el paso de los años. Al principio era una completa desconocida que me pareció una intrusa en mi vida y la trataba con cierto desprecio, reparo y lejanía; tenía más bien una especie de temor infundado a que se instalara en mi vida y me la hiciera triste. No me di cuenta que siempre había estado ahí… Luego, con el tiempo, fui acostumbrándome y cogiendo confianza con ella, observé que no pretendía hacerme ningún daño; más bien al contrario, solo quería que me acostumbrara a su presencia y la viera como algo natural… y así la fui conociendo y nos fuimos haciendo amigas hasta que un buen día decidimos que Soledad era un nombre demasiado fuerte, que con confianza, ya, la llamaría Sole… y así la llamo.
Estoy convencida que todo el mundo, sin excepciones, tiene también una Soledad a su lado. Lo que pasa es que cada uno la ve y la siente de una manera, ella tiene diferentes caras y se presenta y comporta de forma distinta con cada persona… según cada uno se relacione con ella. Pero no se le debe tener miedo, Soledad no puede hacerte daño si la tratas como es debido, si la ves como una compañera necesaria e imprescindible en tu vida y si no pretendes utilizarla en exclusiva, es decir, que a veces hay que buscar la manera de compartir su presencia con otras de otro tipo, que, aunque ella estará ahí siempre, hay más cosas en la vida... ella tiene sus momentos.
Concretamente conmigo y al principio, estaba, como ya dije, muy silenciosa y me pasó desapercibida. De vez en cuando, si lo pienso bien, notaba su presencia, pero no le hacía el menor caso. Repasando mis recuerdos, me doy cuenta que, verdaderamente, desde pequeñita ya la sentí y hablé de ella. Mi mundo, entonces, era mi familia, mi casa, mi colegio y mis amigas y amigos de la infancia. Para empezar, yo era la mayor de cuatro hermanos, pero los tres que venían detrás de mi, entonces, eran varones, así que cuando no podía irme a jugar con mis amigas a “cosas de niñas”, protestaba porque me tenía que quedar con Soledad (aunque por entonces como desconocía su existencia, la llamaba “nadie”). Mis hermanos eran… ¡como diría! … bastante más brutos que yo (como todos los chavales) y los juegos “de niños” que practicaban la mayor parte de las veces nada tenían que ver con los que a mi me gustaban, así que ellos iban por su lado y yo por el mío en lo que se refería a jugar que, por otra parte, era de lo más importante para nosotros en nuestros años de infancia.
Luego nació mi hermana… pero para entonces yo tenía unos 16 años con lo cuál poca compañía me podía hacer por aquellas fechas. Y allí seguía Soledad en silencio. Pero yo tenía ya otras cosas en qué pensar. Tenía que estudiar mucho, empezaba en la Universidad y aquello ya representaba más responsabilidad. Además de estudiar salía, siempre que era posible, con mis amigas y amigos e inevitablemente pensaba en que si éste o aquél niño me gustaba más o menos, en que si yo le gustaría o no, en que si me llamaría o no para salir, que si me dejarían o no mis padres… en fin, en todos esos “problemas” que la mayoría con esas edades hemos tenido y disfrutado. Así que Soledad, aunque seguía allí, me pasaba totalmente inadvertida en esa época… es más, si alguna vez notaba su presencia, huía de ella como del mismísimo demonio
Después ya vinieron el novio, el final de la Carrera, la boda (uff, …¡¡la boda!!), mi casa, mis hijas y luego al poco tiempo ¡¡los problemas!!... Entonces fue cuando empecé realmente conocer a Soledad y a intimar con ella. Al principio, unas veces, la rechazaba desde lo más profundo de mi alma, pero otras y cada vez con más frecuencia, no me importaba en absoluto que estuviera allí conmigo y empecé a tener cada vez más confianza con ella y a hacerme su amiga. Llegó un momento en que prefería su compañía a la de mi marido, que se suponía que debía ser mi compañero y la persona que estuviera siempre a mi lado y compartiera mi vida y mis problemas. Me di cuenta que no era mala consejera y que si la conocías bien llegaba a ser encantadora. Nunca jamás me hizo daño alguno y comprendí entonces que mis temores y aprensiones contra ella eran infundados. Llegó un momento en que ya no se despegaba de mi lado, me acompañaba en la casa, en la educación y cuidado de mis hijas, que eran lo más importante y valioso que yo tenía y, cuando las cosas en mi matrimonio se pusieron al rojo vivo, mi paciencia y capacidad de aguante se habían terminado y mis cuestiones particulares conseguí, con su ayuda, que estuvieran todas en orden, se vino conmigo a iniciar una nueva vida, partiendo de cero. Fue la única en quien confié y que quise que me acompañara en aquél trance y difícil viaje y la que me ayudó bastante a salir airosa del intento, porque mis hijas ya tenían edad suficiente e iban cada una por su lado.
No sabía lo que iba a pasar ni como me podía salir aquello, pero ella, no me abandonó, me sirvió de ayuda y me acompañó en todo momento. Fue entonces cuando empecé a llamarla Sole, de la confianza que había cogido ya con ella y de lo bien que me sentía a su lado.
Después hubo un tiempo en que nos separamos un poco… pero muy poco. Más bien fui yo la que le hacía menos caso, pero ella siempre siguió estando allí, haciendo de ángel guardián y no abandonándome en mis peores momentos. Fue por aquella época cuando comprendí el verdadero significado de ese sabio dicho popular: “más vale sola que mal acompañada”… y, entonces, aún valoré más la presencia de mi compañera y amiga Sole.
Desde entonces estoy encantada con ella. Como ya dije, para mí además de amiga es una muy buena consejera, que me ayuda a inspeccionar dentro de mí, a pensar, meditar, profundizar en mis sentimientos y ver las cosas con más claridad en los momentos críticos… Nos llevamos muy bien Sole y yo y no me importa que siga a mi lado, siempre está cuando la necesito, nunca me dejó tirada… ¿no es eso de agradecer?
Gracias mi Sole. Este escrito es un homenaje a ti. Por favor… sigue siendo para siempre mi amiga!!
Con el paso de los años, al madurar, se va uno dando cuenta de muchas cosas, las analizas y las ves con más claridad. De manera, que así fue como descubrí a Soledad… con el paso de los años. Al principio era una completa desconocida que me pareció una intrusa en mi vida y la trataba con cierto desprecio, reparo y lejanía; tenía más bien una especie de temor infundado a que se instalara en mi vida y me la hiciera triste. No me di cuenta que siempre había estado ahí… Luego, con el tiempo, fui acostumbrándome y cogiendo confianza con ella, observé que no pretendía hacerme ningún daño; más bien al contrario, solo quería que me acostumbrara a su presencia y la viera como algo natural… y así la fui conociendo y nos fuimos haciendo amigas hasta que un buen día decidimos que Soledad era un nombre demasiado fuerte, que con confianza, ya, la llamaría Sole… y así la llamo.
Estoy convencida que todo el mundo, sin excepciones, tiene también una Soledad a su lado. Lo que pasa es que cada uno la ve y la siente de una manera, ella tiene diferentes caras y se presenta y comporta de forma distinta con cada persona… según cada uno se relacione con ella. Pero no se le debe tener miedo, Soledad no puede hacerte daño si la tratas como es debido, si la ves como una compañera necesaria e imprescindible en tu vida y si no pretendes utilizarla en exclusiva, es decir, que a veces hay que buscar la manera de compartir su presencia con otras de otro tipo, que, aunque ella estará ahí siempre, hay más cosas en la vida... ella tiene sus momentos.
Concretamente conmigo y al principio, estaba, como ya dije, muy silenciosa y me pasó desapercibida. De vez en cuando, si lo pienso bien, notaba su presencia, pero no le hacía el menor caso. Repasando mis recuerdos, me doy cuenta que, verdaderamente, desde pequeñita ya la sentí y hablé de ella. Mi mundo, entonces, era mi familia, mi casa, mi colegio y mis amigas y amigos de la infancia. Para empezar, yo era la mayor de cuatro hermanos, pero los tres que venían detrás de mi, entonces, eran varones, así que cuando no podía irme a jugar con mis amigas a “cosas de niñas”, protestaba porque me tenía que quedar con Soledad (aunque por entonces como desconocía su existencia, la llamaba “nadie”). Mis hermanos eran… ¡como diría! … bastante más brutos que yo (como todos los chavales) y los juegos “de niños” que practicaban la mayor parte de las veces nada tenían que ver con los que a mi me gustaban, así que ellos iban por su lado y yo por el mío en lo que se refería a jugar que, por otra parte, era de lo más importante para nosotros en nuestros años de infancia.
Luego nació mi hermana… pero para entonces yo tenía unos 16 años con lo cuál poca compañía me podía hacer por aquellas fechas. Y allí seguía Soledad en silencio. Pero yo tenía ya otras cosas en qué pensar. Tenía que estudiar mucho, empezaba en la Universidad y aquello ya representaba más responsabilidad. Además de estudiar salía, siempre que era posible, con mis amigas y amigos e inevitablemente pensaba en que si éste o aquél niño me gustaba más o menos, en que si yo le gustaría o no, en que si me llamaría o no para salir, que si me dejarían o no mis padres… en fin, en todos esos “problemas” que la mayoría con esas edades hemos tenido y disfrutado. Así que Soledad, aunque seguía allí, me pasaba totalmente inadvertida en esa época… es más, si alguna vez notaba su presencia, huía de ella como del mismísimo demonio
Después ya vinieron el novio, el final de la Carrera, la boda (uff, …¡¡la boda!!), mi casa, mis hijas y luego al poco tiempo ¡¡los problemas!!... Entonces fue cuando empecé realmente conocer a Soledad y a intimar con ella. Al principio, unas veces, la rechazaba desde lo más profundo de mi alma, pero otras y cada vez con más frecuencia, no me importaba en absoluto que estuviera allí conmigo y empecé a tener cada vez más confianza con ella y a hacerme su amiga. Llegó un momento en que prefería su compañía a la de mi marido, que se suponía que debía ser mi compañero y la persona que estuviera siempre a mi lado y compartiera mi vida y mis problemas. Me di cuenta que no era mala consejera y que si la conocías bien llegaba a ser encantadora. Nunca jamás me hizo daño alguno y comprendí entonces que mis temores y aprensiones contra ella eran infundados. Llegó un momento en que ya no se despegaba de mi lado, me acompañaba en la casa, en la educación y cuidado de mis hijas, que eran lo más importante y valioso que yo tenía y, cuando las cosas en mi matrimonio se pusieron al rojo vivo, mi paciencia y capacidad de aguante se habían terminado y mis cuestiones particulares conseguí, con su ayuda, que estuvieran todas en orden, se vino conmigo a iniciar una nueva vida, partiendo de cero. Fue la única en quien confié y que quise que me acompañara en aquél trance y difícil viaje y la que me ayudó bastante a salir airosa del intento, porque mis hijas ya tenían edad suficiente e iban cada una por su lado.
No sabía lo que iba a pasar ni como me podía salir aquello, pero ella, no me abandonó, me sirvió de ayuda y me acompañó en todo momento. Fue entonces cuando empecé a llamarla Sole, de la confianza que había cogido ya con ella y de lo bien que me sentía a su lado.
Después hubo un tiempo en que nos separamos un poco… pero muy poco. Más bien fui yo la que le hacía menos caso, pero ella siempre siguió estando allí, haciendo de ángel guardián y no abandonándome en mis peores momentos. Fue por aquella época cuando comprendí el verdadero significado de ese sabio dicho popular: “más vale sola que mal acompañada”… y, entonces, aún valoré más la presencia de mi compañera y amiga Sole.
Desde entonces estoy encantada con ella. Como ya dije, para mí además de amiga es una muy buena consejera, que me ayuda a inspeccionar dentro de mí, a pensar, meditar, profundizar en mis sentimientos y ver las cosas con más claridad en los momentos críticos… Nos llevamos muy bien Sole y yo y no me importa que siga a mi lado, siempre está cuando la necesito, nunca me dejó tirada… ¿no es eso de agradecer?
Gracias mi Sole. Este escrito es un homenaje a ti. Por favor… sigue siendo para siempre mi amiga!!
EL ESPECIMEN
Mi vida había experimentado un rotundo cambio, me había separado y me había mudado, no hacía mucho, a mi primera casa alquilada. Conocí por aquél entonces a una encantadora pareja que vivía en mi mismo bloque de apartamentos, a los que tomé un gran cariño. El afecto era mutuo, así que aunque ellos se mudaron de allí antes que yo, seguimos manteniendo el contacto. No había pasado mucho tiempo desde que se fueron cuando Ana tuvo que hacer un viaje a Sevilla y se vino a casa. Llevaba tiempo empeñada en que yo tenía que buscarme una pareja, cosa que no entraba, por aquél entonces ni por asomo, en mis ideas. Había salido de un matrimonio nada satisfactorio y me apetecía, más que nada, estar una buena temporada tranquila y sin complicaciones amorosas. Pues empeñada en ello, como estaba Ana, rara era la conversación que no aprovechaba para sacar a relucir el tema. Hasta tuve que decirle, muy seriamente, que lo dejara estar, que no pensaba buscarme a nadie por el momento y pareció haberlo asumido.
En aquel tiempo que estuvo en casa, un día, cuando yo volvía de mi trabajo, estaba ella esperándome y me pidió que la llevara, puesto que no disponía de coche, a una urbanización algo alejada de donde vivíamos, porque tenía que ver a un cliente y me propuso luego ir a tomar unas cervezas. Accedí gustosa y emprendimos el camino. Llegamos al lugar y entramos en un chalet adosado. Nos hicieron pasar a una salita y nos dijo la chica que nos abrió que esperásemos un momento. Fue entonces cuando Ana me dijo que aquello era una Agencia Matrimonial y que se había tomado la libertad de llamar para apuntarme en ella. Casi me desmayo del susto, no me podía creer que aquello fuera cierto, pero antes de que me diera tiempo a reaccionar salió el dueño y nos hizo pasar a su despacho. Allí empezó un interrogatorio un tanto absurdo: que qué tipo de hombre quería conocer, que como debía ser físicamente, que qué estudios debería tener, que qué edad… ¡yo que sé, cuantas cosas más!. Recuerdo que, sin pensarlo mucho, me fui a lo imposible y le dije que quería un tipo sincero, fiel, sensible, cariñoso, generoso, simpático, educado, sociable, inteligente, abstemio (muy importante para mí ésto), con una buena cultura, alto, delgado, atlético, joven, con buena situación económica, buena presencia… ¡ah! y guapo, lo más parecido posible, físicamente, a Richard Gere, Paul Newman o Robert Reford. Vamos, un “chico de oro”, algo muy difícil de encontrar pero que, en todo caso, sería lo único que me haría perder un poco la cabeza en aquellos momentos. Me dijo que lo miraría y después me haría una serie de “presentaciones”. Quedamos que después de dichas “presentaciones” si me convencía aquello, le pagaría lo estipulado. Le dejé mi teléfono y nos despedimos.
Para el siguiente fin de semana me llamó el señor de la agencia y me dijo que tenía una persona que me iba a gustar. Que era médico, muy educado y no recuerdo ya bien que más detalles me dio. Me pidió permiso para darle mi teléfono para que me llamara y yo accedí. Así que al día siguiente (sábado), por la mañana, me llamó el buen señor (de cuyo nombre no quiero ni acordarme). Hablamos y quedamos para conocernos esa tarde en una cafetería. Me esperaría en la puerta, vestido con un polo verde (era verano) y un periódico debajo del brazo para que lo reconociera. Llegué puntual a la cita y mirando por los alrededores veo a un señor con un polo verde, muy bajito, rechonchete, sin cuello, (parecía como si le hubieran puesto una pesada losa encima de la cabeza que no le hubiera dejado crecer a lo largo… solo a lo ancho), que le asomaba por el cuello del polo un gran manojo de vello que casi se le metía en la nariz, que por cierto era enorme, completamente calvo, con unos piececitos pequeñitos y regordetes y unas “manecitas” que sujetaban un periódico. Me dije a mi misma que aquél no podía ser, que era imposible porque nada más alejado de lo que yo había dicho que, físicamente, me gustaría que aquél buen señor. Pero ¡mi gozo en un pozo!, aquél hombre vino hacia mi y me preguntó si yo era María. Claro, le dije que sí y se me presentó. Aquella tarde fue inolvidable. Se pasó la mayor parte del tiempo contándome lo gastosa que era su “ex” y en qué y como se gastaba el dinero (que, por cierto, para mí era en cosas de lo más normales). Tomamos una cerveza él y una coca cola yo y al ir a pagar, contaba y recontaba las monedas y miraba y remiraba el ticket (supongo que por si se equivocaba y daba una moneda de más) y mientras hacía esas operaciones, observé con cierta repulsión algo en lo que no me había fijado antes, que tenía la uña del dedo gordo larga y de color verdoso (que no exagero, que es cierto, aquella uña era feísima, larga, gorda y verde). Luego me dijo que había dejado el coche a una considerable distancia de la cafetería para no tener que pagar aparcamiento y en un sitio donde había bastante luz para que no se lo fueran a robar, cosa que me resultó muy chocante, porque esas cosas, si se hacen, no se dicen y menos en una primera cita ¿no?, así que le llevé yo en el mío hasta donde lo tenía (debo decir que me cogía de paso) y allí nos despedimos. Como me volví muy pronto para casa, con una disculpa muy tonta, pensé que habría sido, ya que era médico, lo suficientemente inteligente y no me volvería a llamar. Pero nada más lejos de la realidad. A la mañana siguiente (domingo) a primerísima hora de la mañana suena el teléfono y era él.
En la Agencia nos habían dicho que, por favor, no descartáramos a nadie en la primera cita, que a veces la primera impresión no era buena, pero que en una segunda oportunidad la cosa podía cambiar. Yo estaba completamente segura que allí no había cambio posible, pero por aquello de no dar la nota, pagué la “novatada” y cumplí lo prometido al de la Agencia, contesté aquella llamada y hablé de nuevo con el médico.
Todo lo que cuento a continuación, por increíble que parezca, es totalmente cierto y sin exagerar nada… lo juro.
Me dio los buenos días y a continuación me propuso que fuera con él a un Hotel (seguro que has pensado lo mismo que yo pensé en ese momento… pues no, no era eso). Estaba a punto de colgarle de mala manera el teléfono ante aquella proposición, cuando siguió hablando y me dijo que solo tenía que ir a recoger allí un regalo que le habían indicado que tenían para él en recepción. Indagué un poco y me contó que eran unas invitaciones que le habían dado donde decían que le darían un regalo por ir allí… y a mi otro. Entonces caí en la cuenta y le dije ¿no será una de esas promociones en las que tienes que aguantar un rollo de narices para que luego te quieran vender algo y te den para consolarte una tontería, verdad?. Se vio pillado y no pudo negarlo, así que le dije que gracias, que perdonaba “mi regalo”, pero que no me apetecía nada el plan, que se fuera él solo. Insistió y me prometió que no tendríamos que oír ninguna charla, que solo recogería su regalo y saldríamos de allí. Yo estaba lo que se dice anonadada, no me lo podía creer y accedí solo por ver en qué terminaba aquella historia, no sin antes advertirle que no le iban a dar ningún regalo así como así. Llegamos al Hotel y fue a meter el coche en el aparcamiento del mismo. Cuál no sería mi sorpresa cuando veo que entra en el aparcamiento justo por la salida (con un disco de dirección prohibida que se veía desde un kilómetro). Pensando que habría sido un despiste, se lo dije y me contestó que siempre lo hacía así, que entraba por la salida y así no tenía que pagar (¿¿¿???). Yo no sabía si reírme o llorar y, ante la duda, opté por taparme los ojos para no ver si venía algún coche, saliendo, de frente, porque se me ponían los vellos de punta solo de pensarlo. A continuación, y después de dejar el coche fatalmente aparcado, subimos a recepción. Yo no entré, me quedé en la puerta por varias razones, entre ellas por si hubiera alguien conocido por allí (que lo había por cierto) y porque no quería estar delante cuando le dijeran lo que, estaba segura, le iban a decir al pedir así por las buenas su regalo (¡¡por Dios, que vergüenza!!). Y claro, le dijeron que para recoger el regalito tenía que entrar en el salón y escuchar lo que le iban a ofrecer, me lo propuso, me negué y nos fuimos de allí, no sin antes decir que ya lo recogería él en otro momento, otro día (¿cómo se lo iba a perder?).
Después de esos episodios, yo estaba a punto de estallar y no tenía más ganas de estar con ese buen hombre, así que le dije la primera mentira que se me ocurrió, que me tenía que ir porque me esperaban para comer en casa de mis padres y que ellos comían pronto, pero era demasiado temprano aún y me rogó que me fuera antes a tomar con él una cerveza al Club Náutico, que nos cogía de camino y teníamos tiempo. Me dio un poco de apuro, así que accedí ¡total por una cerveza! (para qué lo haría…).
Llegamos a las instalaciones del Club y según íbamos entrando me suelta, así de sopetón, que él vivía solo y no aportaría ninguna carga a una relación, que qué pasaría con mi hija (que entonces vivía conmigo) si llegábamos a algo. Casi me deja sin habla, pero le dije que no se preocupara que él y yo no llegaríamos a nada y que, por supuesto, en aquellos momentos, como siempre, para mí mis hijas eran lo primero. Llegamos al bar y estaba aquello que no cabía ni un alfiler. Había en una mesa una parejita muy acaramelada y el hombre se empeñó en sentarse en aquella mesa con ellos porque decía que les sobraba sitio. Yo le decía:
-Pero hombre de Dios ¿Cómo nos vamos a sentar en su mesa?
Y el insistía:
-¡Pues claro que sí, si a ellos les sobra sitio y no les vamos a molestar!
Le dije que se sentara él, que yo no estaba por la labor, así que desistió y nos dirigimos a la barra. Me preguntó que qué quería tomar y le dije que una cerveza. Dijo que ponían unas tapitas de pollo que estaba muy bueno y que iba a pedir una, yo no quise, él la pidió y en eso que se quedó una mesa libre, así que nos fuimos a sentarnos. Estaba comiéndose el pollo y empeñado en que yo lo probara también, mientras me decía que él quería una persona que le acompañara a las comidas y cenas de los Congresos médicos porque sus compañeros iban con sus mujeres y no quería ir siempre solo, cuando de repente veo que se mete aquél dedo pulgar de la uña verde en la boca y ayudándose con el índice de la misma mano ¡¡se quita la dentadura!!. Aquello ya fue el remate, yo me quedé de piedra, no sabía donde meterme ni qué hacer ni qué decir, miraba a un lado y a otro intentando ver si alguien se había dado cuenta de semejante barbaridad y pidiendo que me tragara la tierra. Me echaba los pelos a la cara, con la cabeza agachada, procurando esconderme de alguna manera para que nadie me reconociera, sin poder reaccionar. Y mientras tanto, como si fuera la cosa más normal del mundo, él limpiaba con servilletas de papel aquellos dientes y las tiraba al suelo, con lo que, encima, estaba poniendo todos los alrededores de la mesa hechos un asco de servilletas arrugadas. Me explicaba, de aquella manera, con la boca sin dientes, que se le había metido en la dentadura un huesito del pollo y mientras, al hablar, con la boca llena de pollo y sin dientes, me escupía trocitos de pollo en mi vaso de cerveza, que se quedó que parecía una pecera. Cuando terminó con la operación, se metió los dientes en el bolsillo (no en la boca). Yo ya me había levantado de la mesa diciendo que se me había hecho muy tarde y que me iba a lo que me respondió:
-Pero antes ¿no te bebes la cerveza?, ¡venga ya, mujer, bébetela!
Le dije que no, que estaba caliente y no muy “bebible” y salí a toda prisa de allí, asombrada y sin poder creerme lo que me había pasado, mientras él me llamaba y corría detrás de mí.
No le dejé acompañarme, cogí un taxi y por el camino me pellizcaba a ver si todo aquello había sido un mal sueño y me despertaba, porque nunca me había visto en una situación mas asombrosamente disparatada.
Luego me llamó unas cuantas veces más intrigado por mi negativa a salir e incluso hablar con él… no lo entendía ¿no es increíble?. Y yo, mientras, no paraba de imaginar, con espanto, verme con él en una cena en un Congreso, rodeados de médicos, entre los que seguro habría alguno conocido, y con este “especimen” quitándose los dientes y limpiándolos con la servilleta… sobre todo si ponían pollo.
Yo a mi vez llamé al de la Agencia y le dije de todo menos bonito. Me pidió mil perdones y me prometió presentarme a unos señores estupendos y maravillosos que seguro que me iban a gustar muchísimo y entre los cuales encontraría a mi pareja ideal... claro que de las promesas de ese señor ¡como para fiarse!.
También llamé a Ana y le conté la experiencia. Se cayó de la silla y casi rompe el teléfono de la risa y me prometió no volver a hablarme nunca más en su vida de Agencias Matrimoniales, cosa que, por cierto, ha cumplido.
Aún hoy me parece mentira todo aquello y a veces me pregunto si no sería una pesadilla de esas que a veces parecen reales… Aunque, la verdad, es que le he sacado partido al episodio porque ¡¡anda que no nos hemos reído veces recordándolo!!. Con el paso del tiempo, todo aquello ha pasado de ser una situación desagradable y un mal rato a ser un disparate muy divertido que espero que te haya hecho reír un poco que, a la postre, es lo que pretendía al escribirlo y contártelo.
En aquel tiempo que estuvo en casa, un día, cuando yo volvía de mi trabajo, estaba ella esperándome y me pidió que la llevara, puesto que no disponía de coche, a una urbanización algo alejada de donde vivíamos, porque tenía que ver a un cliente y me propuso luego ir a tomar unas cervezas. Accedí gustosa y emprendimos el camino. Llegamos al lugar y entramos en un chalet adosado. Nos hicieron pasar a una salita y nos dijo la chica que nos abrió que esperásemos un momento. Fue entonces cuando Ana me dijo que aquello era una Agencia Matrimonial y que se había tomado la libertad de llamar para apuntarme en ella. Casi me desmayo del susto, no me podía creer que aquello fuera cierto, pero antes de que me diera tiempo a reaccionar salió el dueño y nos hizo pasar a su despacho. Allí empezó un interrogatorio un tanto absurdo: que qué tipo de hombre quería conocer, que como debía ser físicamente, que qué estudios debería tener, que qué edad… ¡yo que sé, cuantas cosas más!. Recuerdo que, sin pensarlo mucho, me fui a lo imposible y le dije que quería un tipo sincero, fiel, sensible, cariñoso, generoso, simpático, educado, sociable, inteligente, abstemio (muy importante para mí ésto), con una buena cultura, alto, delgado, atlético, joven, con buena situación económica, buena presencia… ¡ah! y guapo, lo más parecido posible, físicamente, a Richard Gere, Paul Newman o Robert Reford. Vamos, un “chico de oro”, algo muy difícil de encontrar pero que, en todo caso, sería lo único que me haría perder un poco la cabeza en aquellos momentos. Me dijo que lo miraría y después me haría una serie de “presentaciones”. Quedamos que después de dichas “presentaciones” si me convencía aquello, le pagaría lo estipulado. Le dejé mi teléfono y nos despedimos.
Para el siguiente fin de semana me llamó el señor de la agencia y me dijo que tenía una persona que me iba a gustar. Que era médico, muy educado y no recuerdo ya bien que más detalles me dio. Me pidió permiso para darle mi teléfono para que me llamara y yo accedí. Así que al día siguiente (sábado), por la mañana, me llamó el buen señor (de cuyo nombre no quiero ni acordarme). Hablamos y quedamos para conocernos esa tarde en una cafetería. Me esperaría en la puerta, vestido con un polo verde (era verano) y un periódico debajo del brazo para que lo reconociera. Llegué puntual a la cita y mirando por los alrededores veo a un señor con un polo verde, muy bajito, rechonchete, sin cuello, (parecía como si le hubieran puesto una pesada losa encima de la cabeza que no le hubiera dejado crecer a lo largo… solo a lo ancho), que le asomaba por el cuello del polo un gran manojo de vello que casi se le metía en la nariz, que por cierto era enorme, completamente calvo, con unos piececitos pequeñitos y regordetes y unas “manecitas” que sujetaban un periódico. Me dije a mi misma que aquél no podía ser, que era imposible porque nada más alejado de lo que yo había dicho que, físicamente, me gustaría que aquél buen señor. Pero ¡mi gozo en un pozo!, aquél hombre vino hacia mi y me preguntó si yo era María. Claro, le dije que sí y se me presentó. Aquella tarde fue inolvidable. Se pasó la mayor parte del tiempo contándome lo gastosa que era su “ex” y en qué y como se gastaba el dinero (que, por cierto, para mí era en cosas de lo más normales). Tomamos una cerveza él y una coca cola yo y al ir a pagar, contaba y recontaba las monedas y miraba y remiraba el ticket (supongo que por si se equivocaba y daba una moneda de más) y mientras hacía esas operaciones, observé con cierta repulsión algo en lo que no me había fijado antes, que tenía la uña del dedo gordo larga y de color verdoso (que no exagero, que es cierto, aquella uña era feísima, larga, gorda y verde). Luego me dijo que había dejado el coche a una considerable distancia de la cafetería para no tener que pagar aparcamiento y en un sitio donde había bastante luz para que no se lo fueran a robar, cosa que me resultó muy chocante, porque esas cosas, si se hacen, no se dicen y menos en una primera cita ¿no?, así que le llevé yo en el mío hasta donde lo tenía (debo decir que me cogía de paso) y allí nos despedimos. Como me volví muy pronto para casa, con una disculpa muy tonta, pensé que habría sido, ya que era médico, lo suficientemente inteligente y no me volvería a llamar. Pero nada más lejos de la realidad. A la mañana siguiente (domingo) a primerísima hora de la mañana suena el teléfono y era él.
En la Agencia nos habían dicho que, por favor, no descartáramos a nadie en la primera cita, que a veces la primera impresión no era buena, pero que en una segunda oportunidad la cosa podía cambiar. Yo estaba completamente segura que allí no había cambio posible, pero por aquello de no dar la nota, pagué la “novatada” y cumplí lo prometido al de la Agencia, contesté aquella llamada y hablé de nuevo con el médico.
Todo lo que cuento a continuación, por increíble que parezca, es totalmente cierto y sin exagerar nada… lo juro.
Me dio los buenos días y a continuación me propuso que fuera con él a un Hotel (seguro que has pensado lo mismo que yo pensé en ese momento… pues no, no era eso). Estaba a punto de colgarle de mala manera el teléfono ante aquella proposición, cuando siguió hablando y me dijo que solo tenía que ir a recoger allí un regalo que le habían indicado que tenían para él en recepción. Indagué un poco y me contó que eran unas invitaciones que le habían dado donde decían que le darían un regalo por ir allí… y a mi otro. Entonces caí en la cuenta y le dije ¿no será una de esas promociones en las que tienes que aguantar un rollo de narices para que luego te quieran vender algo y te den para consolarte una tontería, verdad?. Se vio pillado y no pudo negarlo, así que le dije que gracias, que perdonaba “mi regalo”, pero que no me apetecía nada el plan, que se fuera él solo. Insistió y me prometió que no tendríamos que oír ninguna charla, que solo recogería su regalo y saldríamos de allí. Yo estaba lo que se dice anonadada, no me lo podía creer y accedí solo por ver en qué terminaba aquella historia, no sin antes advertirle que no le iban a dar ningún regalo así como así. Llegamos al Hotel y fue a meter el coche en el aparcamiento del mismo. Cuál no sería mi sorpresa cuando veo que entra en el aparcamiento justo por la salida (con un disco de dirección prohibida que se veía desde un kilómetro). Pensando que habría sido un despiste, se lo dije y me contestó que siempre lo hacía así, que entraba por la salida y así no tenía que pagar (¿¿¿???). Yo no sabía si reírme o llorar y, ante la duda, opté por taparme los ojos para no ver si venía algún coche, saliendo, de frente, porque se me ponían los vellos de punta solo de pensarlo. A continuación, y después de dejar el coche fatalmente aparcado, subimos a recepción. Yo no entré, me quedé en la puerta por varias razones, entre ellas por si hubiera alguien conocido por allí (que lo había por cierto) y porque no quería estar delante cuando le dijeran lo que, estaba segura, le iban a decir al pedir así por las buenas su regalo (¡¡por Dios, que vergüenza!!). Y claro, le dijeron que para recoger el regalito tenía que entrar en el salón y escuchar lo que le iban a ofrecer, me lo propuso, me negué y nos fuimos de allí, no sin antes decir que ya lo recogería él en otro momento, otro día (¿cómo se lo iba a perder?).
Después de esos episodios, yo estaba a punto de estallar y no tenía más ganas de estar con ese buen hombre, así que le dije la primera mentira que se me ocurrió, que me tenía que ir porque me esperaban para comer en casa de mis padres y que ellos comían pronto, pero era demasiado temprano aún y me rogó que me fuera antes a tomar con él una cerveza al Club Náutico, que nos cogía de camino y teníamos tiempo. Me dio un poco de apuro, así que accedí ¡total por una cerveza! (para qué lo haría…).
Llegamos a las instalaciones del Club y según íbamos entrando me suelta, así de sopetón, que él vivía solo y no aportaría ninguna carga a una relación, que qué pasaría con mi hija (que entonces vivía conmigo) si llegábamos a algo. Casi me deja sin habla, pero le dije que no se preocupara que él y yo no llegaríamos a nada y que, por supuesto, en aquellos momentos, como siempre, para mí mis hijas eran lo primero. Llegamos al bar y estaba aquello que no cabía ni un alfiler. Había en una mesa una parejita muy acaramelada y el hombre se empeñó en sentarse en aquella mesa con ellos porque decía que les sobraba sitio. Yo le decía:
-Pero hombre de Dios ¿Cómo nos vamos a sentar en su mesa?
Y el insistía:
-¡Pues claro que sí, si a ellos les sobra sitio y no les vamos a molestar!
Le dije que se sentara él, que yo no estaba por la labor, así que desistió y nos dirigimos a la barra. Me preguntó que qué quería tomar y le dije que una cerveza. Dijo que ponían unas tapitas de pollo que estaba muy bueno y que iba a pedir una, yo no quise, él la pidió y en eso que se quedó una mesa libre, así que nos fuimos a sentarnos. Estaba comiéndose el pollo y empeñado en que yo lo probara también, mientras me decía que él quería una persona que le acompañara a las comidas y cenas de los Congresos médicos porque sus compañeros iban con sus mujeres y no quería ir siempre solo, cuando de repente veo que se mete aquél dedo pulgar de la uña verde en la boca y ayudándose con el índice de la misma mano ¡¡se quita la dentadura!!. Aquello ya fue el remate, yo me quedé de piedra, no sabía donde meterme ni qué hacer ni qué decir, miraba a un lado y a otro intentando ver si alguien se había dado cuenta de semejante barbaridad y pidiendo que me tragara la tierra. Me echaba los pelos a la cara, con la cabeza agachada, procurando esconderme de alguna manera para que nadie me reconociera, sin poder reaccionar. Y mientras tanto, como si fuera la cosa más normal del mundo, él limpiaba con servilletas de papel aquellos dientes y las tiraba al suelo, con lo que, encima, estaba poniendo todos los alrededores de la mesa hechos un asco de servilletas arrugadas. Me explicaba, de aquella manera, con la boca sin dientes, que se le había metido en la dentadura un huesito del pollo y mientras, al hablar, con la boca llena de pollo y sin dientes, me escupía trocitos de pollo en mi vaso de cerveza, que se quedó que parecía una pecera. Cuando terminó con la operación, se metió los dientes en el bolsillo (no en la boca). Yo ya me había levantado de la mesa diciendo que se me había hecho muy tarde y que me iba a lo que me respondió:
-Pero antes ¿no te bebes la cerveza?, ¡venga ya, mujer, bébetela!
Le dije que no, que estaba caliente y no muy “bebible” y salí a toda prisa de allí, asombrada y sin poder creerme lo que me había pasado, mientras él me llamaba y corría detrás de mí.
No le dejé acompañarme, cogí un taxi y por el camino me pellizcaba a ver si todo aquello había sido un mal sueño y me despertaba, porque nunca me había visto en una situación mas asombrosamente disparatada.
Luego me llamó unas cuantas veces más intrigado por mi negativa a salir e incluso hablar con él… no lo entendía ¿no es increíble?. Y yo, mientras, no paraba de imaginar, con espanto, verme con él en una cena en un Congreso, rodeados de médicos, entre los que seguro habría alguno conocido, y con este “especimen” quitándose los dientes y limpiándolos con la servilleta… sobre todo si ponían pollo.
Yo a mi vez llamé al de la Agencia y le dije de todo menos bonito. Me pidió mil perdones y me prometió presentarme a unos señores estupendos y maravillosos que seguro que me iban a gustar muchísimo y entre los cuales encontraría a mi pareja ideal... claro que de las promesas de ese señor ¡como para fiarse!.
También llamé a Ana y le conté la experiencia. Se cayó de la silla y casi rompe el teléfono de la risa y me prometió no volver a hablarme nunca más en su vida de Agencias Matrimoniales, cosa que, por cierto, ha cumplido.
Aún hoy me parece mentira todo aquello y a veces me pregunto si no sería una pesadilla de esas que a veces parecen reales… Aunque, la verdad, es que le he sacado partido al episodio porque ¡¡anda que no nos hemos reído veces recordándolo!!. Con el paso del tiempo, todo aquello ha pasado de ser una situación desagradable y un mal rato a ser un disparate muy divertido que espero que te haya hecho reír un poco que, a la postre, es lo que pretendía al escribirlo y contártelo.





