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Mis Narraciones Cortas
Narraciones basadas en experiencias y conocimientos personales
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Cosas que de vez en cuando, si estoy inspirada, me da por escribir. Basadas en mis experiencias personales y hechos conocidos de personas de mi entorno alguna vez me han servido como desahogo.
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EL ESPECIMEN
Mi vida había experimentado un rotundo cambio, me había separado y me había mudado, no hacía mucho, a mi primera casa alquilada. Conocí por aquél entonces a una encantadora pareja que vivía en mi mismo bloque de apartamentos, a los que tomé un gran cariño. El afecto era mutuo, así que aunque ellos se mudaron de allí antes que yo, seguimos manteniendo el contacto. No había pasado mucho tiempo desde que se fueron cuando Ana tuvo que hacer un viaje a Sevilla y se vino a casa. Llevaba tiempo empeñada en que yo tenía que buscarme una pareja, cosa que no entraba, por aquél entonces ni por asomo, en mis ideas. Había salido de un matrimonio nada satisfactorio y me apetecía, más que nada, estar una buena temporada tranquila y sin complicaciones amorosas. Pues empeñada en ello, como estaba Ana, rara era la conversación que no aprovechaba para sacar a relucir el tema. Hasta tuve que decirle, muy seriamente, que lo dejara estar, que no pensaba buscarme a nadie por el momento y pareció haberlo asumido.

En aquel tiempo que estuvo en casa, un día, cuando yo volvía de mi trabajo, estaba ella esperándome y me pidió que la llevara, puesto que no disponía de coche, a una urbanización algo alejada de donde vivíamos, porque tenía que ver a un cliente y me propuso luego ir a tomar unas cervezas. Accedí gustosa y emprendimos el camino. Llegamos al lugar y entramos en un chalet adosado. Nos hicieron pasar a una salita y nos dijo la chica que nos abrió que esperásemos un momento. Fue entonces cuando Ana me dijo que aquello era una Agencia Matrimonial y que se había tomado la libertad de llamar para apuntarme en ella. Casi me desmayo del susto, no me podía creer que aquello fuera cierto, pero antes de que me diera tiempo a reaccionar salió el dueño y nos hizo pasar a su despacho. Allí empezó un interrogatorio un tanto absurdo: que qué tipo de hombre quería conocer, que como debía ser físicamente, que qué estudios debería tener, que qué edad… ¡yo que sé, cuantas cosas más!. Recuerdo que, sin pensarlo mucho, me fui a lo imposible y le dije que quería un tipo sincero, fiel, sensible, cariñoso, generoso, simpático, educado, sociable, inteligente, abstemio (muy importante para mí ésto), con una buena cultura, alto, delgado, atlético, joven, con buena situación económica, buena presencia… ¡ah! y guapo, lo más parecido posible, físicamente, a Richard Gere, Paul Newman o Robert Reford. Vamos, un “chico de oro”, algo muy difícil de encontrar pero que, en todo caso, sería lo único que me haría perder un poco la cabeza en aquellos momentos. Me dijo que lo miraría y después me haría una serie de “presentaciones”. Quedamos que después de dichas “presentaciones” si me convencía aquello, le pagaría lo estipulado. Le dejé mi teléfono y nos despedimos.

Para el siguiente fin de semana me llamó el señor de la agencia y me dijo que tenía una persona que me iba a gustar. Que era médico, muy educado y no recuerdo ya bien que más detalles me dio. Me pidió permiso para darle mi teléfono para que me llamara y yo accedí. Así que al día siguiente (sábado), por la mañana, me llamó el buen señor (de cuyo nombre no quiero ni acordarme). Hablamos y quedamos para conocernos esa tarde en una cafetería. Me esperaría en la puerta, vestido con un polo verde (era verano) y un periódico debajo del brazo para que lo reconociera. Llegué puntual a la cita y mirando por los alrededores veo a un señor con un polo verde, muy bajito, rechonchete, sin cuello, (parecía como si le hubieran puesto una pesada losa encima de la cabeza que no le hubiera dejado crecer a lo largo… solo a lo ancho), que le asomaba por el cuello del polo un gran manojo de vello que casi se le metía en la nariz, que por cierto era enorme, completamente calvo, con unos piececitos pequeñitos y regordetes y unas “manecitas” que sujetaban un periódico. Me dije a mi misma que aquél no podía ser, que era imposible porque nada más alejado de lo que yo había dicho que, físicamente, me gustaría que aquél buen señor. Pero ¡mi gozo en un pozo!, aquél hombre vino hacia mi y me preguntó si yo era María. Claro, le dije que sí y se me presentó. Aquella tarde fue inolvidable. Se pasó la mayor parte del tiempo contándome lo gastosa que era su “ex” y en qué y como se gastaba el dinero (que, por cierto, para mí era en cosas de lo más normales). Tomamos una cerveza él y una coca cola yo y al ir a pagar, contaba y recontaba las monedas y miraba y remiraba el ticket (supongo que por si se equivocaba y daba una moneda de más) y mientras hacía esas operaciones, observé con cierta repulsión algo en lo que no me había fijado antes, que tenía la uña del dedo gordo larga y de color verdoso (que no exagero, que es cierto, aquella uña era feísima, larga, gorda y verde). Luego me dijo que había dejado el coche a una considerable distancia de la cafetería para no tener que pagar aparcamiento y en un sitio donde había bastante luz para que no se lo fueran a robar, cosa que me resultó muy chocante, porque esas cosas, si se hacen, no se dicen y menos en una primera cita ¿no?, así que le llevé yo en el mío hasta donde lo tenía (debo decir que me cogía de paso) y allí nos despedimos. Como me volví muy pronto para casa, con una disculpa muy tonta, pensé que habría sido, ya que era médico, lo suficientemente inteligente y no me volvería a llamar. Pero nada más lejos de la realidad. A la mañana siguiente (domingo) a primerísima hora de la mañana suena el teléfono y era él.

En la Agencia nos habían dicho que, por favor, no descartáramos a nadie en la primera cita, que a veces la primera impresión no era buena, pero que en una segunda oportunidad la cosa podía cambiar. Yo estaba completamente segura que allí no había cambio posible, pero por aquello de no dar la nota, pagué la “novatada” y cumplí lo prometido al de la Agencia, contesté aquella llamada y hablé de nuevo con el médico.

Todo lo que cuento a continuación, por increíble que parezca, es totalmente cierto y sin exagerar nada… lo juro.

Me dio los buenos días y a continuación me propuso que fuera con él a un Hotel (seguro que has pensado lo mismo que yo pensé en ese momento… pues no, no era eso). Estaba a punto de colgarle de mala manera el teléfono ante aquella proposición, cuando siguió hablando y me dijo que solo tenía que ir a recoger allí un regalo que le habían indicado que tenían para él en recepción. Indagué un poco y me contó que eran unas invitaciones que le habían dado donde decían que le darían un regalo por ir allí… y a mi otro. Entonces caí en la cuenta y le dije ¿no será una de esas promociones en las que tienes que aguantar un rollo de narices para que luego te quieran vender algo y te den para consolarte una tontería, verdad?. Se vio pillado y no pudo negarlo, así que le dije que gracias, que perdonaba “mi regalo”, pero que no me apetecía nada el plan, que se fuera él solo. Insistió y me prometió que no tendríamos que oír ninguna charla, que solo recogería su regalo y saldríamos de allí. Yo estaba lo que se dice anonadada, no me lo podía creer y accedí solo por ver en qué terminaba aquella historia, no sin antes advertirle que no le iban a dar ningún regalo así como así. Llegamos al Hotel y fue a meter el coche en el aparcamiento del mismo. Cuál no sería mi sorpresa cuando veo que entra en el aparcamiento justo por la salida (con un disco de dirección prohibida que se veía desde un kilómetro). Pensando que habría sido un despiste, se lo dije y me contestó que siempre lo hacía así, que entraba por la salida y así no tenía que pagar (¿¿¿???). Yo no sabía si reírme o llorar y, ante la duda, opté por taparme los ojos para no ver si venía algún coche, saliendo, de frente, porque se me ponían los vellos de punta solo de pensarlo. A continuación, y después de dejar el coche fatalmente aparcado, subimos a recepción. Yo no entré, me quedé en la puerta por varias razones, entre ellas por si hubiera alguien conocido por allí (que lo había por cierto) y porque no quería estar delante cuando le dijeran lo que, estaba segura, le iban a decir al pedir así por las buenas su regalo (¡¡por Dios, que vergüenza!!). Y claro, le dijeron que para recoger el regalito tenía que entrar en el salón y escuchar lo que le iban a ofrecer, me lo propuso, me negué y nos fuimos de allí, no sin antes decir que ya lo recogería él en otro momento, otro día (¿cómo se lo iba a perder?).

Después de esos episodios, yo estaba a punto de estallar y no tenía más ganas de estar con ese buen hombre, así que le dije la primera mentira que se me ocurrió, que me tenía que ir porque me esperaban para comer en casa de mis padres y que ellos comían pronto, pero era demasiado temprano aún y me rogó que me fuera antes a tomar con él una cerveza al Club Náutico, que nos cogía de camino y teníamos tiempo. Me dio un poco de apuro, así que accedí ¡total por una cerveza! (para qué lo haría…).

Llegamos a las instalaciones del Club y según íbamos entrando me suelta, así de sopetón, que él vivía solo y no aportaría ninguna carga a una relación, que qué pasaría con mi hija (que entonces vivía conmigo) si llegábamos a algo. Casi me deja sin habla, pero le dije que no se preocupara que él y yo no llegaríamos a nada y que, por supuesto, en aquellos momentos, como siempre, para mí mis hijas eran lo primero. Llegamos al bar y estaba aquello que no cabía ni un alfiler. Había en una mesa una parejita muy acaramelada y el hombre se empeñó en sentarse en aquella mesa con ellos porque decía que les sobraba sitio. Yo le decía:
-Pero hombre de Dios ¿Cómo nos vamos a sentar en su mesa?
Y el insistía:
-¡Pues claro que sí, si a ellos les sobra sitio y no les vamos a molestar!
Le dije que se sentara él, que yo no estaba por la labor, así que desistió y nos dirigimos a la barra. Me preguntó que qué quería tomar y le dije que una cerveza. Dijo que ponían unas tapitas de pollo que estaba muy bueno y que iba a pedir una, yo no quise, él la pidió y en eso que se quedó una mesa libre, así que nos fuimos a sentarnos. Estaba comiéndose el pollo y empeñado en que yo lo probara también, mientras me decía que él quería una persona que le acompañara a las comidas y cenas de los Congresos médicos porque sus compañeros iban con sus mujeres y no quería ir siempre solo, cuando de repente veo que se mete aquél dedo pulgar de la uña verde en la boca y ayudándose con el índice de la misma mano ¡¡se quita la dentadura!!. Aquello ya fue el remate, yo me quedé de piedra, no sabía donde meterme ni qué hacer ni qué decir, miraba a un lado y a otro intentando ver si alguien se había dado cuenta de semejante barbaridad y pidiendo que me tragara la tierra. Me echaba los pelos a la cara, con la cabeza agachada, procurando esconderme de alguna manera para que nadie me reconociera, sin poder reaccionar. Y mientras tanto, como si fuera la cosa más normal del mundo, él limpiaba con servilletas de papel aquellos dientes y las tiraba al suelo, con lo que, encima, estaba poniendo todos los alrededores de la mesa hechos un asco de servilletas arrugadas. Me explicaba, de aquella manera, con la boca sin dientes, que se le había metido en la dentadura un huesito del pollo y mientras, al hablar, con la boca llena de pollo y sin dientes, me escupía trocitos de pollo en mi vaso de cerveza, que se quedó que parecía una pecera. Cuando terminó con la operación, se metió los dientes en el bolsillo (no en la boca). Yo ya me había levantado de la mesa diciendo que se me había hecho muy tarde y que me iba a lo que me respondió:
-Pero antes ¿no te bebes la cerveza?, ¡venga ya, mujer, bébetela!
Le dije que no, que estaba caliente y no muy “bebible” y salí a toda prisa de allí, asombrada y sin poder creerme lo que me había pasado, mientras él me llamaba y corría detrás de mí.

No le dejé acompañarme, cogí un taxi y por el camino me pellizcaba a ver si todo aquello había sido un mal sueño y me despertaba, porque nunca me había visto en una situación mas asombrosamente disparatada.

Luego me llamó unas cuantas veces más intrigado por mi negativa a salir e incluso hablar con él… no lo entendía ¿no es increíble?. Y yo, mientras, no paraba de imaginar, con espanto, verme con él en una cena en un Congreso, rodeados de médicos, entre los que seguro habría alguno conocido, y con este “especimen” quitándose los dientes y limpiándolos con la servilleta… sobre todo si ponían pollo.

Yo a mi vez llamé al de la Agencia y le dije de todo menos bonito. Me pidió mil perdones y me prometió presentarme a unos señores estupendos y maravillosos que seguro que me iban a gustar muchísimo y entre los cuales encontraría a mi pareja ideal... claro que de las promesas de ese señor ¡como para fiarse!.

También llamé a Ana y le conté la experiencia. Se cayó de la silla y casi rompe el teléfono de la risa y me prometió no volver a hablarme nunca más en su vida de Agencias Matrimoniales, cosa que, por cierto, ha cumplido.

Aún hoy me parece mentira todo aquello y a veces me pregunto si no sería una pesadilla de esas que a veces parecen reales… Aunque, la verdad, es que le he sacado partido al episodio porque ¡¡anda que no nos hemos reído veces recordándolo!!. Con el paso del tiempo, todo aquello ha pasado de ser una situación desagradable y un mal rato a ser un disparate muy divertido que espero que te haya hecho reír un poco que, a la postre, es lo que pretendía al escribirlo y contártelo.
 
Comentario:
Hay que ser optimistas, podría haber sido peor... No sé en este caso de qué forma... Pero podría ser peor... Creo...
 
Comentario:
¿Y de verdad no se te pasó por la cabeza aceptar su proposición de cambio de la molesta hija que vivía contigo chupando del bote por la inestimable compañía de ese NO principe azul con uña verde? ¿y no pensaste en las cosquillitas que te podía hacer con esa uñita?
Inexplicable.
Pero eso sí, la anécdota ha dado para mas de una risa...
No