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Mis Narraciones Cortas
Narraciones basadas en experiencias y conocimientos personales
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Cosas que de vez en cuando, si estoy inspirada, me da por escribir. Basadas en mis experiencias personales y hechos conocidos de personas de mi entorno alguna vez me han servido como desahogo.
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SOLE
Mi Soledad es como si fuera mi hermana siamesa, siempre estuvo unida a mi, inseparable. Quiero decir con esto que nació a la vez que yo y que siempre ha estado pegadita a mí. Durante mucho tiempo no me di cuenta de su presencia, bien porque es muy silenciosa, porque no se hizo sentir o, seguramente, porque no la conocía ni sabía de su existencia.

Con el paso de los años, al madurar, se va uno dando cuenta de muchas cosas, las analizas y las ves con más claridad. De manera, que así fue como descubrí a Soledad… con el paso de los años. Al principio era una completa desconocida que me pareció una intrusa en mi vida y la trataba con cierto desprecio, reparo y lejanía; tenía más bien una especie de temor infundado a que se instalara en mi vida y me la hiciera triste. No me di cuenta que siempre había estado ahí… Luego, con el tiempo, fui acostumbrándome y cogiendo confianza con ella, observé que no pretendía hacerme ningún daño; más bien al contrario, solo quería que me acostumbrara a su presencia y la viera como algo natural… y así la fui conociendo y nos fuimos haciendo amigas hasta que un buen día decidimos que Soledad era un nombre demasiado fuerte, que con confianza, ya, la llamaría Sole… y así la llamo.

Estoy convencida que todo el mundo, sin excepciones, tiene también una Soledad a su lado. Lo que pasa es que cada uno la ve y la siente de una manera, ella tiene diferentes caras y se presenta y comporta de forma distinta con cada persona… según cada uno se relacione con ella. Pero no se le debe tener miedo, Soledad no puede hacerte daño si la tratas como es debido, si la ves como una compañera necesaria e imprescindible en tu vida y si no pretendes utilizarla en exclusiva, es decir, que a veces hay que buscar la manera de compartir su presencia con otras de otro tipo, que, aunque ella estará ahí siempre, hay más cosas en la vida... ella tiene sus momentos.

Concretamente conmigo y al principio, estaba, como ya dije, muy silenciosa y me pasó desapercibida. De vez en cuando, si lo pienso bien, notaba su presencia, pero no le hacía el menor caso. Repasando mis recuerdos, me doy cuenta que, verdaderamente, desde pequeñita ya la sentí y hablé de ella. Mi mundo, entonces, era mi familia, mi casa, mi colegio y mis amigas y amigos de la infancia. Para empezar, yo era la mayor de cuatro hermanos, pero los tres que venían detrás de mi, entonces, eran varones, así que cuando no podía irme a jugar con mis amigas a “cosas de niñas”, protestaba porque me tenía que quedar con Soledad (aunque por entonces como desconocía su existencia, la llamaba “nadie”). Mis hermanos eran… ¡como diría! … bastante más brutos que yo (como todos los chavales) y los juegos “de niños” que practicaban la mayor parte de las veces nada tenían que ver con los que a mi me gustaban, así que ellos iban por su lado y yo por el mío en lo que se refería a jugar que, por otra parte, era de lo más importante para nosotros en nuestros años de infancia.

Luego nació mi hermana… pero para entonces yo tenía unos 16 años con lo cuál poca compañía me podía hacer por aquellas fechas. Y allí seguía Soledad en silencio. Pero yo tenía ya otras cosas en qué pensar. Tenía que estudiar mucho, empezaba en la Universidad y aquello ya representaba más responsabilidad. Además de estudiar salía, siempre que era posible, con mis amigas y amigos e inevitablemente pensaba en que si éste o aquél niño me gustaba más o menos, en que si yo le gustaría o no, en que si me llamaría o no para salir, que si me dejarían o no mis padres… en fin, en todos esos “problemas” que la mayoría con esas edades hemos tenido y disfrutado. Así que Soledad, aunque seguía allí, me pasaba totalmente inadvertida en esa época… es más, si alguna vez notaba su presencia, huía de ella como del mismísimo demonio

Después ya vinieron el novio, el final de la Carrera, la boda (uff, …¡¡la boda!!), mi casa, mis hijas y luego al poco tiempo ¡¡los problemas!!... Entonces fue cuando empecé realmente conocer a Soledad y a intimar con ella. Al principio, unas veces, la rechazaba desde lo más profundo de mi alma, pero otras y cada vez con más frecuencia, no me importaba en absoluto que estuviera allí conmigo y empecé a tener cada vez más confianza con ella y a hacerme su amiga. Llegó un momento en que prefería su compañía a la de mi marido, que se suponía que debía ser mi compañero y la persona que estuviera siempre a mi lado y compartiera mi vida y mis problemas. Me di cuenta que no era mala consejera y que si la conocías bien llegaba a ser encantadora. Nunca jamás me hizo daño alguno y comprendí entonces que mis temores y aprensiones contra ella eran infundados. Llegó un momento en que ya no se despegaba de mi lado, me acompañaba en la casa, en la educación y cuidado de mis hijas, que eran lo más importante y valioso que yo tenía y, cuando las cosas en mi matrimonio se pusieron al rojo vivo, mi paciencia y capacidad de aguante se habían terminado y mis cuestiones particulares conseguí, con su ayuda, que estuvieran todas en orden, se vino conmigo a iniciar una nueva vida, partiendo de cero. Fue la única en quien confié y que quise que me acompañara en aquél trance y difícil viaje y la que me ayudó bastante a salir airosa del intento, porque mis hijas ya tenían edad suficiente e iban cada una por su lado.

No sabía lo que iba a pasar ni como me podía salir aquello, pero ella, no me abandonó, me sirvió de ayuda y me acompañó en todo momento. Fue entonces cuando empecé a llamarla Sole, de la confianza que había cogido ya con ella y de lo bien que me sentía a su lado.

Después hubo un tiempo en que nos separamos un poco… pero muy poco. Más bien fui yo la que le hacía menos caso, pero ella siempre siguió estando allí, haciendo de ángel guardián y no abandonándome en mis peores momentos. Fue por aquella época cuando comprendí el verdadero significado de ese sabio dicho popular: “más vale sola que mal acompañada”… y, entonces, aún valoré más la presencia de mi compañera y amiga Sole.

Desde entonces estoy encantada con ella. Como ya dije, para mí además de amiga es una muy buena consejera, que me ayuda a inspeccionar dentro de mí, a pensar, meditar, profundizar en mis sentimientos y ver las cosas con más claridad en los momentos críticos… Nos llevamos muy bien Sole y yo y no me importa que siga a mi lado, siempre está cuando la necesito, nunca me dejó tirada… ¿no es eso de agradecer?

Gracias mi Sole. Este escrito es un homenaje a ti. Por favor… sigue siendo para siempre mi amiga!!

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