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Mis Narraciones Cortas
Narraciones basadas en experiencias y conocimientos personales
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Cosas que de vez en cuando, si estoy inspirada, me da por escribir. Basadas en mis experiencias personales y hechos conocidos de personas de mi entorno alguna vez me han servido como desahogo.
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LA MARGARITA

Era aquél un buen parque donde se estaba muy agradable. En él habían crecido cantidad de árboles que daban una acogedora sombra en los días calurosos, pero que a la vez dejaban pasar el sol entre sus ramas en esos días especialmente fríos del invierno cuando el calorcito del sol es un bien tan codiciado. Resultaba atractivo y acudían a él pájaros de todas clases que iban y venían. Algunos de ellos transportaron semillas de plantas que, con el tiempo, crecieron y dieron sus flores en el parque consiguiendo, de esa manera, que presentara ese atractivo y agradable aspecto que ahora tenía.

Ese año, que a su comienzo nada hacía indicar que fuera especial o distinto de los anteriores, sucedió en el parque algo inesperado que hacía mucho tiempo que no se daba por allí. Finalizando ya el invierno, el inicio de la primavera se empezaba a mostrar en aquellos parajes y estaban apareciendo ya las primeras flores. En uno de los rincones, probablemente el menos visitado por estar más escondido, además de las rosas que se podían encontrar por toda la extensión del parque y las miles de florecillas de variados colores que destacaban en el verde del césped, entre ellas empezó a crecer una margarita, procedente de una vieja planta que, desde hacía tiempo, había echado sus raíces en aquél lugar, cuando el parque aún no era como ahora sino casi un descampado, llevada hasta allí su semilla por un pajarillo y que llevaba mucho tiempo ya sin echar flores. Sorprendentemente, volvió a florecer aquella primavera y de ella salió la preciosa margarita que destacaba en aquél rincón por su recto tallo, su tamaño y su vistoso colorido amarillo y blanco. La margarita se encontraba feliz allí, disfrutando de todo cuanto había a su alrededor. Desde su nacimiento se había dado cuenta que en uno de los árboles, muy cercano a donde ella se encontraba, se posaba con mucha frecuencia un divertido y vistoso pajarillo que revoloteaba a su alrededor y le dedicaba muchos de sus cantos. Debía llevar por aquellos lugares algún tiempo ya, dada la confianza con que se movía por entre todos los árboles del parque. Era observadora y pronto entendió que, de alguna manera y aunque no comprendía muy bien la razón, debía a aquél pajarillo el haber crecido precisamente en aquellos días, seguramente con sus cantos había logrado despertar de su letargo a la vieja planta de la que procedía. El pajarillo, durante una temporada, se acercó mucho a ella, pasaba mucho tiempo revoloteando a su lado, posándose suavemente en sus hojas, dedicándole sus cánticos y ella tenía la sensación que le susurraba cosas preciosas a la vez que le cantaba lindas canciones, que ella a veces interpretó como amorosas. En un principio, sintió un poco de miedo de lo que le pudiera hacer aquél pajarillo, porque había algo que, sin saber exactamente qué, era como si le recordara vivencias anteriores y sufrimientos pasados. Pero con el paso de los días y a fuerza de verle y oírle, la margarita olvidó aquellos malos recuerdos y acabó perdiendo su temor y acostumbrándose a él. Se hicieron muy amigos, casi inseparables y le cogió un gran cariño, tanto que llegó a pensar, incluso, que le gustaría terminar sus días a su lado, sin importarle que fuera de otra especie, que pudiera ser más libre y que con su facilidad para levantar el vuelo probablemente antes o después volaría a otros lugares. Por una temporada y en contra de todo pronóstico y de toda lógica, todo el parque se concentró en la margarita y su pajarillo. A ella empezaba a no importarle que se la pudiera llevar con él a otras tierras, aunque ello significara perder de vista el parque y todo cuanto en él había. La margarita era una flor prudente y sencilla a la que le daba horror solo pensar el que pudiera forzar alguna situación no esperada o deseada y por eso, claro, no le contaba todo aquello que estaba sintiendo, en toda su intensidad y extensión, al pajarillo y se limitaba, en cierto modo, a intentar solo seguirle la corriente y ver qué pasaba después. Quería, primero, aprender a hablar y entender perfectamente bien su idioma para contarle sus sentimientos y, de esa forma, poder expresarse correctamente y que llegaran a entenderse bien los dos, especialmente en ese idioma de los sentimientos que es tan complicado y tan importante a la vez y evitar así malas interpretaciones.

Pasó el tiempo y un buen día la margarita se dio cuenta con gran pesar, que no había interpretado bien las señales que el pajarillo le estaba enviando y tampoco había calculado que era muy probable que aquel pajarillo, perteneciendo a otras latitudes, no estuviera preparado para llevarse consigo y cuidar a una flor como ella que en el lugar de donde él procedía, seguramente le iba a costar mucho vivir. Que ella iba a necesitar mucho amor y cariño en esas circunstancias que, tal vez, el pajarillo no se sería capaz de darle. Y que, antes que el calor del verano llegara a aquel parque, seguro que emigraría y quizás no volviera a verle nunca más. Todos esos presentimientos la hicieron observar con más precisión el revoloteo del pajarillo y estar más atenta a sus cánticos y susurros en los días que siguieron a su penoso descubrimiento. Entonces empezó también a no tener demasiado claro qué era lo que el pajarillo había visto en ese parque que le había atraído, y a preguntarse como y por qué había llegado a asentarse aquella temporada allí viniendo de lugares lejanos... ¿por qué desconocida razón la habría ayudado en su crecimiento?. Al observar sus movimientos y actitudes dedujo que era probable que buscara en ella el que con sus pétalos (“sí”, “no”… “sí”, “no”…), le dijera si era posible para él asentarse definitivamente en aquél parque o, tal vez y todo entraba dentro de lo posible, averiguar, de esa misma manera, si una de su misma especie volvería a volar con él o no por sus tierras lejanas. Y la idea de esto último le dolió especialmente, porque no podía dejar de pensar que cualquier día podría empezar a arrancarle sus pétalos diciendo si la de su misma especie “me quiere” o “no me quiere”… De manera que, desde ese momento, empezó a mirar al pajarillo con cierto temor y recelo, no ya por el daño que le pudiera hacer al deshojarla, porque el dolor ya era inevitable y sabía que aquello era algo inherente a ella, sino por la profunda tristeza que le iba a suponer el que se fuera, la tremenda pena de una despedida que intuyó definitiva y demasiado próxima.

No pasó mucho tiempo hasta que sus intuiciones se vieron cumplidas. No llegaron a cumplirse sus temores de verse allí mismo deshojada. Simplemente el pajarillo lo mismo que vino, se fue, en busca de sus lugares más frescos, no sin antes despedirse cariñosamente de la margarita y del parque donde la encontró, como si no hubiera pasado nada.

Fue entonces cuando la margarita decidió deshojarse a sí misma, intentando adivinar si aquél pajarillo la habría querido, en algún momento, tal como ella lo había querido a él durante aquellos fantásticos días… nunca lo supo con seguridad, porque inconscientemente no quiso averiguarlo y perdió el sentido antes de deshojar los últimos pétalos. Según se iba desprendiendo de cada uno de ellos, la inmensa tristeza y la desilusión hacían que las lágrimas cayeran, como enormes gotas de agua resbalando por su tallo, al suelo. Cuando terminó, el suelo debajo de ella estaba anegado, tanto que, a pesar del fuerte calor que se había desatado en esos días, el terreno estaba lo suficientemente húmedo como para no dejar que se secaran el resto de florecillas que había en aquél rincón escondido del parque y que estaban empezando a marchitarse, ni ellas ni la planta de la que había salido la margarita que quedó perfectamente preparada para echar, en cualquier inesperado momento, una nueva flor que pudiera volver a destacar entre las demás por su tallo derecho y su belleza sencilla… ¡ojalá que esta vez, la madre planta le transmitiera también a la nueva flor la lección ya aprendida!.
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