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Mi ventana
Una mirada diaria desde la quietud, a un mundo que gira demasiado aprisa
Acerca de
Me gusta observar el mundo que me rodea, fijarme en las personas que pasan a mi lado cada día e imaginarme sus vidas. Me gusta escribir, hacder fotografías, dibujar, oir música, charlar con mis amigos. me gusta vivir. De todo esto quiero hablaros en mi blog. Una pequeñísima historia cada día, desde mi ventana.
Sindicación
 
MI SALUDO PARA LAS VISITAS

No tengo muchas visitas, es cierto. La culpa es mía, claro, porque yo tampoco aparezco por esta ventana. No es por falta de ganas, no creáis, lo que ocurre es que una se enreda por aquí y por allá y al final en la red personal no queda un hueco para asomarse a esta red grande, llamar a los amigos e invitarlos a esta casa virtual, pero, de vez en cuando, yo sé que alguien aparece, y se alegra de que haya un comentario nuevo, por eso hoy me he asomado, para decir hola y dar fe de que sigo viva.

Buenas noches. Mañana, a lo mejor se os ocurre aparecer por este rincón, por si acaso vaya mi saludo para vosotros y la promesa, que siempre incumplo, de que apareceré con más frecuencia, para que el blog esté tan vivo como yo.
 
VACIO


No la alegraron las luces, ni las risas de los niños
Ni sonrió cuando su hija la felicitó por teléfono
Ni dio las gracias al vecino que elogió su empaque
Ni a su nuera que puso sobre sus hombros la toquilla.

No se cobijó entre los brazos de su hijo que la agasajaba,
Ni rió con sus nietos que la enredaron con sus juegos.
Ni agradeció tener dinero en el banco y el piso libre de hipoteca,
Ni que el Gobierno le subiera la pensión al mes siguiente.

Sí peleó con la chica porque le cayó el marco de plata
Y hundió entre cristales rotos la sonrisa quieta del marido.
Y la mandó marchar antes de que terminase su jornada
Y luchó con la ventana que había quedado abierta.

“Si las fuerzas me llegan iré tras tu mirada”. Le dijo a la sonrisa
Y cogió el limpia cristales y el paño entre los dedos.
Y se asomó a la calle. Dejó vencer el cuerpo tragándose su miedo.
Y se dejó caer sin un suspiro. Los brazos de él la recogieron.

!Cuánto has tardado, mi amor, ya no podía! -;le dijo en un susurro.
-Tampoco yo podía seguir viviendo;le silenció ella con un beso.
-Pobre mujer -lloraban en la acera-. Quizás tuvo un mareo.
El cuerpo destrozado no era ella, era tan solo piel y huesos.

 
IMITANDO A CERVANTES
EL CABALLERO QUE SE FUE UNA NOCHE

En un lugar de la vida que la historia no contempla, vivió ha cierto tiempo Don Álvaro de la Vega, un caballero de los de mirada limpia, palabra cumplida, sonrisa bondadosa y cartera chica y esquilmada.
Hablan, quienes le conocieron, de su figura esbelta, su rostro enjuto y el pelo de rizos canos. Describen sus ojos grises y sus manos amplias, que sostenían con fuerza un viejo bastón, con puño de marfil.
Afirman que llegó una tarde en un coche conducido por un hombre que se le parecía y que no miró atrás cuando el vehículo, tras dejarle, dio la vuelta y desapareció por la carretera desierta.
Aseguran que subió por su pie las escaleras de piedra, pasó bajo el arco que decía “Residencia de ancianos” y siguiendo al celador que llevaba su maleta, recorrió el largo pasillo de baldosas negras y blancas, subió al primer piso y desapareció detrás de la puerta del último cuarto.
Dicen que estuvo varios días sin bajar al comedor y que tampoco tomó el sol en el patio de las palmeras, ni salió al jardín. Lo hizo más tarde, del brazo de una de las Auxiliares, con las piernas temblorosas y la mirada pasmada. Y se quedó mucho tiempo en la sala de descanso, con la mirada fija en el pequeño ventanal desde el que se veía la carretera lejana y el cielo que cambiaba de color.
Comentan que, de vez en cuando, sonreía y que, otras veces, sus ojos se empañaban.
Cuentan que, en las mañanas de lluvia, los más viejos de la residencia buscaban un lugar cerca de Don Álvaro y miraban con él la ventana por la que se filtraba el gris.
Recuerdan que un día, por el pasillo de baldosas negras y blancas, llegaron un príncipe y una princesa. Visitaron la Institución y la encontraron hermosa. Los viejos los miraron curiosos y no los reconocieron como sus futuros reyes. Aseguran que los príncipes comentaron que aquella gente necesitaba un televisor para estar informada. Y se lo mandaron de regalo. Y los hombres que lo trajeron lo colocaron en el cuarto de la ventana desde la que se veía el cielo, y cerraron ésta para que no molestara la luz
Dicen que todos tuvieron miedo de entrar en aquella habitación oscura, pero que Don Álvaro entró, ocupó su banco y observó extrañado el televisor que ocupaba el sitio del pequeño ventanal y que los llamó para explicarles que aquella ventana era mucho más interesante porque a través de ella se veía a personas vivas que reían, hablaban y discutían y no carreteras muertas, por las que nunca volvía nadie.
Aseguran que Don Álvaro se aprendió los nombres de los presentadores de todos los programas, se entusiasmó con las telenovelas plagadas de personajes malvados y de doncellas sufrientes, siguió con entusiasmo los encierros de los famosos y de los menos famosos en lugares extraños donde les obligaban a realizar duros trabajos y les negaban el pan y la sal y que escuchó compungido declaraciones de mujeres maltratadas, insultos de políticos y quejas de vecinos que se habían quedado sin su vivienda. Y que luego explicó, a quien quiso oírle, que el mundo que había al otro lado de la puerta ya no valía para vivir.
Dicen los habitantes de la Residencia que no conocieron a Doña Dulce, la esposa de Don Álvaro, porque se había muerto cuando el hijo de ambos era muy niño y que tampoco conocieron a éste, que sólo se llegó al edificio para dejar a su padre en la puerta, pero que por las noches sabían de ambos por las palabras que Don Álvaro pronunciaba en sueños.
“Tengo que hacer algo”, decía, “Tengo que arreglarlo, mujer. Antes los pueblos peleaban entre sí y luego lo hicieron los hombres unos con otros, pero ahora son los hombres quienes no se entienden a ellos mismos”. “Yo creía que eran solo nuestro hijo y el hijo de nuestro hijo quienes habían cambiado, pero es el mundo el que lo ha hecho.”
Dicen que oían sus palabras murmuradas en el silencio de la noche y que veían su gesto de impotencia durante el día, sentado en su banco, con los ojos fijos en el televisor y las manos apretadas sobre el bastón.
Refieren que un día, el médico dijo que no era bueno que Don Álvaro permaneciera tanto tiempo ante el televisor, porque si continuaba así, dejaría de andar, perdería la vista y su mente se enturbiaría, pero el hombre lloraba como un niño cuando la pantalla se quedaba a oscuras y hablaba solo por los pasillos tropezándose con las paredes, lloraba en el patio, con los ojos grises ocultos bajo los párpados, lloraba en su cuarto, con la cabeza bajo el embozo de la sábana y su carne desaparecía bajo su piel.
Y dicen las gentes que fue por aquel entonces cuando Nacho llegó a la Residencia, en un coche de la Policía y con las manos esposadas, enviado por un Juez que creyó que el chico era demasiado joven para perderse en una cárcel.
Aseguran que les explicaron que el chico venía para ayudar, porque el Juez había dicho que tendría que aprender lo triste que es la vejez, para poder aprovechar su juventud y no estropearla con las drogas, el alcohol y las peleas.
Explican que todos tuvieron miedo del muchacho, todos menos Don Álvaro que al principio ni se enteró de su presencia y que cuando lo oyó hablar lo miró con curiosidad, porque, según él, tenía el mismo vocabulario de su nieto. También dicen que el juez y el médico se pusieron de acuerdo para que aquella prestación social que el chico había de realizar tuviera como finalidad la inserción social del muchacho y la recuperación de la salud del viejo. Y se sorprendieron de que el chico escuchara sin pestañear lo que Don Álvaro le decía acerca del cielo y del infierno y sobre la obligación de recomponer en esta vida los desafueros cometidos y de dejar para los que vengan después un mundo mejor que el que encontramos a nuestra llegada.
Se extrañaron de que la mirada de Nacho se dulcificara y de que el semblante de Don Álvaro recuperase el color, los vieron siempre juntos, paseando por el pasillo en los días de lluvia y por el jardín en las mañanas de sol. Después de comer, durante un rato, miraban al televisor, cuchicheaban y el viejo apuntaba cosas en una libreta. Luego, le daba explicaciones al joven que miraba la pantalla con una sonrisa y gesto de duda.
Y supieron que una tarde, cuando trajeron las provisiones del supermercado, Nacho ocultó un carro grande y fuerte en el fondo del almacén y que a la hora de la cena cogió más fruta de la necesaria y que, cuando todos estuvieron dormidos y en la Residencia se hizo el silencio, el chico subió al cuarto de Don Álvaro, le ayudó a vestirse, le dio su bastón e hizo un hatillo con su ropa. Luego, los dos juntos, bajaron hasta el almacén, cogieron el carro y allí metieron el hatillo y se acomodó Don Alonso, blandiendo como una lanza su bastón con puño de marfil.
Cuenta uno de los viejos que él los vio salir y que pudo escucharlos:
─¡Joder! Tío. ¿Cómo vamos a cambiar el mundo?─preguntó el muchacho.
─Tú empuja, mi buen Nacho ─respondió el viejo─, porque, no podremos cambiarlo todo, pero sí algunas mentes demasiado cuerdas.
─Pero, ¿y afuera dónde nos cobijaremos? Aquí se está muy bien –rezongó el chico.
─Los cerdos están calientes en sus pocilgas, pero, ¿Quién los recuerda cuando mueren? ─protestó el viejo, moviendo sus piernas y apoyando el bastón para hacer avanzar el carro.
─¿Y yo qué gano con esto? ─gruñó Nacho─, ¿me contará este tiempo para la prestación social?.
─Hay infeliz, ¡Cuántas preguntas! ─dijo el viejo resignado─. Mi mujer también preguntaba y se murió haciéndolo. Mi hijo me dejó aquí, preguntándose si hacía bien. ¿Dónde estarán las respuestas? ¿Al final del camino? Estarán allí, seguro y para ti habrá un buen empleo, uno de funcionario, para toda la vida.
─¡Joder! Tío, un empleo fijo no me lo había ofrecido nadie. Ahora que fijos no están ni los árboles.
─Pues, empuja con fuerza, que tenemos mucho que hacer. Defenderemos a esas pobres mujeres acosadas por los paparazzi, llevaremos comida a los famosos que están en esa granja pasando hambre, pondremos paz en la finca esa donde no hay quien viva porque los vecinos se pelean siempre y continuaremos reparando entuertos mientras nos queden fuerzas.
Aseguran quienes los recuerdan que nunca volvieron a saber de ellos, pero que en el cuarto oscuro de la pantalla grande, hay siempre un asiento reservado, por si Don Alonso vuelve para contar sus andanzas.