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Mi ventana
Una mirada diaria desde la quietud, a un mundo que gira demasiado aprisa
Acerca de
Me gusta observar el mundo que me rodea, fijarme en las personas que pasan a mi lado cada día e imaginarme sus vidas. Me gusta escribir, hacder fotografías, dibujar, oir música, charlar con mis amigos. me gusta vivir. De todo esto quiero hablaros en mi blog. Una pequeñísima historia cada día, desde mi ventana.
Sindicación
 
APARCAMIENTO
A Luis no le molestaba tener que madrugar. Despertaba antes de que sonara el despertador y era su mujer quien lo apagaba cuando ya él estaba en la ducha. Se vestía con rapidez y salía de casa sin desayunar y con el periódico, que recogía en el descansillo, en la mano para leerlo en el bar antes de entrar en el almacén donde trabajaba.

Luis empezó a refunfuñar un día, por culpa del vecino. No le importaba que fuese invierno, ni el frío, ni el viento, ni tener que levantarse antes que el resto de los mortales. Le molestaba el vecino. Bueno, el vecino y el autobús.

Fue entonces, al llegar el vecino, cuando empezó a desear un coche. Lo deseaba con todas sus fuerzas, soñaba con él y se le iban los ojos detrás de cada nuevo modelo que salía al mercado.
Pero, Luis no necesitaba el coche, no le hacía falta. El autobús se detenía casi a la puerta de su casa y lo dejaba en la entrada de su trabajo. Apenas cien metros tenía que andar cada mañana.
La verdad es que nunca Luis había pensado en tener coche hasta que llegó el vecino. Su problema en realidad era el vecino, pero el lo sublimaba en el deseo del coche.

El vecino trabajaba cerca de su almacén, tenía más o menos su edad y un cochazo, que dejaba aparcado en la plaza de minusválido que le habían concedido a su mujer. Todo un lujo en aquel barrio, la plaza y el coche, pero sobre todo la plaza, y una razón más para que Luis se sintiera molesto con el hombre. El aparcamiento, el coche y su manía de ir en autobús y pasar siempre delante de él..

Aquella mañana lloviznaba. Luis no quiso abrir el paraguas plegable, porque una vez mojado le resultaba un incordio. Caminó sus diez pasos por la acera y llegó a la parada. Miró alrededor sin encontrar sombra del vecino y casi lo echó de menos, pero no le dio tiempo de disfrutar de su soledad, porque el autobús apareció, reflejando la luz de sus faros en el asfalto húmedo. Alzó la mano para detenerlo, sintió el chirriar de los frenos y el impacto de las ruedas desplazando la lluvia. La puerta se abrió y una sombra pasó a su lado empujándole. La cogió con las dos manos. No era una sombra. Era un cuerpo cubierto hasta los ojos con una gabardina que él había visto muchas veces.

─¡Joder! -dijo tirando de la prenda que se le resistió─. Estoy hasta las narices de tus juegos.

Los ojos del vecino aparecieron sobre el cuello levantado.

─Llevo diez minutos esperando ─bramó él alzando los brazos─. Tengo derecho a subir el primero.

─¿Dónde estabas?, ¡Eh! ¿Dónde estabas? En la parado no, desde luego y para tener derecho a subir primero hay que estar en la parada. Yo sí estaba aquí.

Luis no soltó la gabardina. Estaban los dos hombres sobre la acera empapada por la lluvia que seguía cayendo. El autobús vacío tenía todas las luces encendidas y su conductor apoyó los brazos sobre al volante y esperó.

─¿Por qué no vas en coche? ─gritó Luis sin soltar la gabardina─. ¿Para qué lo quieres? ¿Sólo para lucirlo? ¿Sólo para demostrar que necesitas esa plaza de minusválido que tu mujer nunca ha usado? ¡Eres un cerdo!

─¿Yo? ¿Un cerdo yo?

─Una piara de cerdos. Eso es lo que eres.

Luis seguía sin soltar la gabardina y el vecino intentaba desabrocharse los botones para liberarse.

El conductor del autobús miró su reloj y, con suavidad, cerró la puerta y puso el vehículo en marcha.

─¡Joder! ─exclamó Luis, sin soltar la gabardina─. Se va.

El vecino desabrochó el último botón y corrió, libre de la prenda, pero el autobús ya había tomado la curva y desaparecido entre las sombras.

─Pero, ¿qué coño te pasa? ─gritó el vecino acercando sus puños cerrados al rostro de Luis.

Él permanecía boquiabierto con los brazos caídos a lo largo del cuerpo. La gabardina estaba en el suelo, con el forro levantado como un globo que las gotas de agua iban aplastando.

─Se ha ido ─masculló─. Se ha ido. Será la primera vez que llegue con retraso a mi trabajo.

El vecino cogió la gabardina y la sacudió con fuerza. Saltó el agua, como si la prenda fuera un perrillo liberándose de la ducha.

─Tendremos que ir andando ─dijo en voz baja, poniéndose la gabardina sobre la cabeza y caminando hacia la curva que se había engullido al autobús.

─¿Y el coche qué? ─gritó Luis siguiéndole─. ¿Para qué quieres el coche?

El vecino no contestó y apuró el paso un poco más. Cuando Luis lo alcanzó, se detuvo bajo una farola y lo miró.

─No sé conducir ─gritó─, ni mi mujer tampoco. Lo hemos comprado porque ella tenía derecho a una plaza de aparcamiento, la solicitamos y nos la concedieron y, si teníamos la plaza, Necesitábamos un coche, ¿no es cierto?

Luis se encogió de hombros. Abrió el paraguas y procuró cubrir tanto la cabeza del vecino como la suya.

Seguía lloviendo y el día clareaba sobre los edificios empapados.