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Mi ventana
Una mirada diaria desde la quietud, a un mundo que gira demasiado aprisa
Acerca de
Me gusta observar el mundo que me rodea, fijarme en las personas que pasan a mi lado cada día e imaginarme sus vidas. Me gusta escribir, hacder fotografías, dibujar, oir música, charlar con mis amigos. me gusta vivir. De todo esto quiero hablaros en mi blog. Una pequeñísima historia cada día, desde mi ventana.
Sindicación
 
EL SEISCIENTOS

Fue mi padre quien se empeñó, aunque la idea había sido de mi madre. Ellos funcionaban así. Mi madre dijo: “Deberíamos visitar a la familia” y mi padre miró para otro lado, pero, al día siguiente, en la mesa, mientras nos tomábamos un plato de caldo, herencia del cocido del día anterior, mi padre dijo:

─Se me ha ocurrido que podríamos ir al pueblo a ver a la familia.

Mi madre me miró y juntó su pie con el mío por debajo de la mesa.

Mi hermano siguió comiendo, pero tenía el ceño fruncido.

La familia a visitar era la de mi madre. Vivía, y todavía vive, aunque ya la segunda y tercera generaciones, en un pueblo precioso, recostado en el mar, entre playas rocosas y montañas en las que todavía ahora se crían caballos salvajes.

─He alquilado un coche ─continuó mi padre─, un seiscientos.

Mi madre abrió la boca, pero mi padre continuó hablando.

─Para el domingo. Nos recogerá a las seis y media de la mañana, porque tendremos que ir con la fresca.

La fresca no era una vecina un poco atrevida, sino la mañana recién estrenada, sin sol todavía, porque era verano y aunque vivíamos en el Norte, el sol calentaba lo suyo.

Mi madre, que había hecho un intento de protesta, se quedó callada. Yo pensé en mi abuela y en la cara de alegría que ponía cuando llegábamos, pero mi hermano se puso a gritar diciendo que no iría.

Tenía sus razones, porque para llegar a casa de mis abuelos había que recorrer más de cien kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, por una carretera que le llamaban de las mil curvas. Y él se mareaba.

Mi madre, que a mi padre solo le daba ideas, a nosotros nos marcaba pautas.

─Nunca discutas las decisiones de tu padre ─dijo, agachándose hasta la altura de mi hermano, que todavía no había dado el estirón de los trece años─. No lo hagas mientras no tengas un trabajo remunerado y una casa en la que vivir que no sea ésta.

Y llegó el domingo.

Mi madre nos hizo una revisión, desde la punta de los zapatos hasta el final del pelo.

─Deberías haber ido al peluquero ─masculló dirigiéndose a mi padre.

A mi hermano le mandó lavar las manos una vez más, pues las manchas de tinta continuaban en sus dedos, y a mí me hizo bajar las bolsas de ropa que llevábamos para “los de la aldea”.

No es que nosotros tuviéramos los armarios llenos, pero mi hermano y yo crecíamos y los vestidos no.

El llevar la ropa no era por generosidad, ni por presunción, sino puro canje. Al darles la ropa, mi madre pedía que le devolvieran las bolsas, “para otra vez”, y mis abuelos lo hacían llenándolas de patatas, verduras y quizás un conejo o un pollo que mi abuela mataba sin pestañear.

Como ninguno sabíamos conducir, el seiscientos llegó con su dueño y conductor que cuando nos vio juntos en la acera, con las bolsas y nuestras chaquetas para el relente hizo la señal de la cruz.

─Me gusta ─susurró mi madre─. Si es buen católico, conducirá bien.

El hombre, después de guardar las bolsas en el maletero y persignarse de nuevo abrió la puerta derecha, corrió el asiento y nos hizo una señal para que subiéramos.

─La señora primero, por favor.

El chico después, claro, que para eso siempre fue el favorito de mi madre y luego yo.

Delante, mi padre, con sus largas piernas dobladas en forma de cuatro y la cabeza rozando el techo.

─Es más cómodo llevar un coche que ir en el autobús ─le decía al conductor.

Los de detrás no hablábamos, porque nos faltaba el aire para encontrar las palabras. Seguramente por eso, antes de veinte kilómetros y cuando todavía no habían empezado las curvas en serio, mi hermano empezó a ponerse blanco.

─Pare, por favor, pare, que el chiquillo tiene que vomitar ─gritó mi madre.

Y paró, de repente, incrustando a mi padre en el parabrisas y a nosotros en los asientos delanteros, pero no fue bastante rápido, pues mi hermano dejó parte del vómito en la puerta.

Y mientras el dueño del coche intentaba limpiarlo, mi hermano devolvía junto a un trigal y yo miraba mi reloj calculando que mi abuela ya no podría improvisar una comida decente, mi madre refunfuñaba junto a mi padre:

─Pero, ¿cómo se te ocurrió alquilar un coche tan pequeño?. Se van a reír de nosotros.

─Hay que tener en cuenta los costes ─respondió mi padre.

Cuando subimos de nuevo al coche, el conductor cambió de criterio:

─El señor primero, por favor.

Después mi madre, claro, que para eso mi padre la había conocido antes que a nosotros, y luego yo.

Delante, mi hermano, con la cabeza hundida en el respaldo y los ojos cerrados.

El resto del viaje fue bien. Solo tuvimos que detenernos a los cincuenta kilómetros porque el motor se había recalentado y hubo que esperar a que se enfriase para echarle agua al radiador. A los setenta, paramos de nuevo porque había una tienda de carretera y el conductor dijo que necesitaba tomar un café y estirar las piernas. Y ya cerca de la casa de mis abuelos, cogimos un desvío y nos perdimos.

Lo peor fue que, al llegar, hubo que empujar a mi padre para que pudiera salir y durante un buen rato creímos que había encogido. Y fue angustioso, porque no recuperó su estatura normal hasta después de comer, cuando ya todos mis tíos, mis primos y los vecinos habían venido para comprobar la tremenda capacidad de aquel seiscientos tan pequeño y desearnos suerte con lo de mi padre.

Pero, yo me reí con mi abuela y la ayudé a coger frutas y verduras para llenar las bolsas. También ayudé a mi abuelo a llenar otras bolsas con patatas, mientras mi madre y la abuela preparaba los dos pollos que habían matado de un hachazo .limpio separando sus cabezas del resto del cuerpo.

El dueño del coche comió con nosotros y después se acostó debajo de un árbol y mi madre nos amenazó con desheredarnos si nuestros gritos le despertaban, pues necesitaba descansar para la vuelta.

Mi abuelo y yo pusimos las bolsas en fila. Mi padre dio unos paseos frente a la casa para estirar sus piernas antes de encogerlas de nuevo. Mi abuela y mi madre llegaron con los pollos envueltos en papel de periódicos atrasados y mi hermano apareció con un grillo encerrado entre sus manos. Creo que fueron los chirridos del animalejo los que despertaron al dueño del coche. Se levantó, estiró los brazos, bostezó y nos miró. Y volvió a mirarnos. Sus ojos, antes marrones, se pusieron rojos. Miró al seiscientos y nos miró de nuevo.

─Ni un kilo más ─gritó─, ni uno. En el coche no entra ni un kilo más de los que trajo.

En el cálculo que hizo, la ropa equivalía, poco más o menos a los dos pollos muertos y al grillo de mi hermano. El resto de las bolsas tuvieron que quedarse allí.

Subimos al coche en el mismo orden que durante el último trayecto. Mi hermano delante, para preservarlo del mareo.

Por los movimientos que mi madre hizo durante la vuelta y los saltos que daba mi padre, me di cuenta de que utilizaba la técnica del pellizco a traición, que había aprendido de las monjas, cada vez que decía: “Cuestión de costes. ¿Te das cuenta de lo que valía todo lo que no nos pudimos traer?”

Creo que mi padre sí se había dado cuenta. La prueba está en que nunca más volvió a subirse a un seiscientos.




 
MEDIO METRO JUSTO

Desperté cansado, sintiendo el cuerpo extraño. El alcohol me hace daño, pero Raúl se empeñó una y otra vez en que teníamos que celebrarlo. ¿Celebrar qué? pregunté yo, pero él reía y miraba para el hombre hierático que entornaba sus ojos pequeños. Timbahuec, dijo que se llamaba. Su piel oscura y su pelo, de un negro brillante, me hicieron pensar en lugares exóticos, Sudamérica, quizás, pero Raúl dijo que le había conocido en la Universidad.

Lo mejor de mi cuarto es que da a un patio interior, un patio amplio en el que se alzan dos palmeras cuyos troncos elevan sus penachos de palmas sobre el rojo del tejado. En la mañana hay un trinar de pájaros que da la medida del silencio que envuelve el edificio, porque la totalidad de los inquilinos vive en la capital y utilizan los apartamentos solo en los fines de semana y en vacaciones. Yo no. Yo lo ocupo todo el año. Me gusta la vida reposada. No tengo grandes ambiciones ni gastos. Puedo sobrevivir con los intereses que me dan los bancos por el dinero, procedente de la herencia de mis padres, que tengo en ellos depositado. Algunas veces hago incursiones en Bolsa y consigo aumentar mis ingresos. Pequeñas cantidades, pero no necesito más.

Esto a Raúl le duele porque en el inicio de nuestra amistad él era el rico y yo el pobre. Ahora vive de fantasías, prefiere la ciudad y la bulla. El mundo del espectáculo le atrae y cada vez que viene a verme me presenta a un ser extraño procedente del mismo.

Timbahuec fue el de ayer. Me dio miedo. Sus ojos, hundidos entre los párpados terrosos, no dejaron de mirarme y su mano, grande y descarnada se ocupó de que mi vaso no estuviera nunca vacío. Hablaban. Yo no les entendía, porque mi cerebro estaba cada vez más torpe. Repetían la palabra éxito una y otra vez. Y llenaban la conversación de adjetivos: inaudito, inimaginable, glorioso.

Como no podía obligarles a marcharse fui yo quien me vine para mi cuarto e intenté dormir, pero no pude hacerlo, porque cuando cerraba los ojos todo se volvía rojo, como la noche del incendio. Y oía la risa de Raúl y los gritos de sus padres y de los míos. Ellos estaban abajo, entre las llamas y nosotros corríamos por los tejados. Yo sabía por qué corría él, pero ignoraba por qué lo hacía yo, siguiéndole aturdido.

Esta noche también intenté correr. También oí la risa de Raúl, pero no pude moverme. Me dolían las muñecas, y me duelen todavía, y un olor fuerte me impedía respirar. Veía los ojos de Timbahuec muy cerca y era un sueño, porque los veía igual si cerraba mis ojos como si los abría. Y los ojos de Raúl detrás, demoníacos, como cuando me miró sin aceptar que la previsión de mis padres me aseguraba una vida cómoda que él no podría alcanzar jamás porque los suyos solo le habían dejado deudas.

La de hoy fue una noche larga. El alcohol hizo crujir mis huesos y algo en mi interior se alteró. Caminé sin rumbo por un sueño. Un sueño largo de rito ancestral en el que sonaron tambores y gritos de búho en la espesura dibujada sobre mi alfombra.

Timbahuec estuvo en mi sueño. Sus ojos eran dos carbones encendidos y sus manos grandes, cada vez más grandes me impedían ver. No volveré a beber. No quiero noches de angustia. Raúl sí, Raúl dice que una vida sin emociones no merece ser vivida. Ayer hablaba, ¿De qué hablaba ayer? De un espectáculo televisivo, creo, de trabajar con un muñeco capaz de hablar y de moverse sin necesidad de artilugios mecánicos o electrónicos. ¿Cómo podría?
Tengo que levantarme, pero estoy cansado, muy cansado. Y tengo miedo, porque mi cuarto no me pareció mi cuarto cuando abrí los ojos, ni mis manos se parecían a mis manos.

El sol avanza sobre la alfombra, tan lejana, los gorriones alborotan en las copas de las palmeras y un viento cálido sisea a través de la ventana mal cerrada.

Me incorporo en la cama. Me cuesta trabajo mover la colcha de flores y cuando muevo mis piernas, éstas cuelgan sobre un precipicio de ropas revueltas.

La puerta se entreabre y dos figuras descomunales aparecen.
─Ahí lo tienes ─sisea la voz sin matices de Timbahuec─ lo que tú querías, medio metro justo.

Raúl no contesta. Sonríe mientras sus ojos brillantes me miran con codicia.

Rosario Barros Peña
Julio de 2006