AMISTAD
El avión está parado sobre la pista requemada de sol. Los pasajeros, con los cinturones apretados, miran hacia un mismo punto, alertados por la voz del sobrecargo. “Un médico. Se necesita un médico”, había dicho.
La niña, que lleva un lazo rosa, está asustada. Reclama la atención de su madre con zalemas y susurros, pero ella tiene la vista puesta en la cabina, de donde tiene que salir la voz que tranquilice.
Los ojos de la niña están húmedos, como con niebla. A su lado, pasillo por medio, un hombre, con estatura de niño y mirada de viejo la observa.
─No hay miedo ─susurra─. No pasa nada.
La niña retira la mano que cuelga fuera del asiento, a dos palmos de la del hombre y mira hacia la cabina, con gesto adulto.
El hombre se revuelve en el asiento y mira alrededor. De uno de los compartimientos del equipaje cuelga una cinta roja, con una hebilla en la punta. Él se levanta, intenta alcanzar el compartimiento, pero no llega. Da un pequeño salto, la cinta oscila delante de su cara. Los jóvenes de los asientos contiguos miran por la ventanilla para acallar sus carcajadas, mientras la cinta roja se balancea. El hombre de estatura de niño se sonroja, hace un gesto de rabia y se sienta de nuevo.
Su brazo pequeño cuelga a lo largo del asiento. Su mano contrahecha se crispa en un gesto de inútil rebeldía.
La niña lo ha estado mirando a través de la niebla de sus ojos tristes. Deja colgar su brazo y tiende su mano abierta.
─No hay miedo ─susurra─. No pasa nada.
La niña, que lleva un lazo rosa, está asustada. Reclama la atención de su madre con zalemas y susurros, pero ella tiene la vista puesta en la cabina, de donde tiene que salir la voz que tranquilice.
Los ojos de la niña están húmedos, como con niebla. A su lado, pasillo por medio, un hombre, con estatura de niño y mirada de viejo la observa.
─No hay miedo ─susurra─. No pasa nada.
La niña retira la mano que cuelga fuera del asiento, a dos palmos de la del hombre y mira hacia la cabina, con gesto adulto.
El hombre se revuelve en el asiento y mira alrededor. De uno de los compartimientos del equipaje cuelga una cinta roja, con una hebilla en la punta. Él se levanta, intenta alcanzar el compartimiento, pero no llega. Da un pequeño salto, la cinta oscila delante de su cara. Los jóvenes de los asientos contiguos miran por la ventanilla para acallar sus carcajadas, mientras la cinta roja se balancea. El hombre de estatura de niño se sonroja, hace un gesto de rabia y se sienta de nuevo.
Su brazo pequeño cuelga a lo largo del asiento. Su mano contrahecha se crispa en un gesto de inútil rebeldía.
La niña lo ha estado mirando a través de la niebla de sus ojos tristes. Deja colgar su brazo y tiende su mano abierta.
─No hay miedo ─susurra─. No pasa nada.
Comentario:
Comentario:
Y tú, dulce "meiga" observabas la escena con tu mágica mirada. ¡Un relato precioso! Desborda sensibilidad y ternura, como tú, Rosariño.
Un besote fuerte,
Pilar
Un besote fuerte,
Pilar