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Mi ventana
Una mirada diaria desde la quietud, a un mundo que gira demasiado aprisa
Acerca de
Me gusta observar el mundo que me rodea, fijarme en las personas que pasan a mi lado cada día e imaginarme sus vidas. Me gusta escribir, hacder fotografías, dibujar, oir música, charlar con mis amigos. me gusta vivir. De todo esto quiero hablaros en mi blog. Una pequeñísima historia cada día, desde mi ventana.
Sindicación
 
MEDIO METRO JUSTO

Desperté cansado, sintiendo el cuerpo extraño. El alcohol me hace daño, pero Raúl se empeñó una y otra vez en que teníamos que celebrarlo. ¿Celebrar qué? pregunté yo, pero él reía y miraba para el hombre hierático que entornaba sus ojos pequeños. Timbahuec, dijo que se llamaba. Su piel oscura y su pelo, de un negro brillante, me hicieron pensar en lugares exóticos, Sudamérica, quizás, pero Raúl dijo que le había conocido en la Universidad.

Lo mejor de mi cuarto es que da a un patio interior, un patio amplio en el que se alzan dos palmeras cuyos troncos elevan sus penachos de palmas sobre el rojo del tejado. En la mañana hay un trinar de pájaros que da la medida del silencio que envuelve el edificio, porque la totalidad de los inquilinos vive en la capital y utilizan los apartamentos solo en los fines de semana y en vacaciones. Yo no. Yo lo ocupo todo el año. Me gusta la vida reposada. No tengo grandes ambiciones ni gastos. Puedo sobrevivir con los intereses que me dan los bancos por el dinero, procedente de la herencia de mis padres, que tengo en ellos depositado. Algunas veces hago incursiones en Bolsa y consigo aumentar mis ingresos. Pequeñas cantidades, pero no necesito más.

Esto a Raúl le duele porque en el inicio de nuestra amistad él era el rico y yo el pobre. Ahora vive de fantasías, prefiere la ciudad y la bulla. El mundo del espectáculo le atrae y cada vez que viene a verme me presenta a un ser extraño procedente del mismo.

Timbahuec fue el de ayer. Me dio miedo. Sus ojos, hundidos entre los párpados terrosos, no dejaron de mirarme y su mano, grande y descarnada se ocupó de que mi vaso no estuviera nunca vacío. Hablaban. Yo no les entendía, porque mi cerebro estaba cada vez más torpe. Repetían la palabra éxito una y otra vez. Y llenaban la conversación de adjetivos: inaudito, inimaginable, glorioso.

Como no podía obligarles a marcharse fui yo quien me vine para mi cuarto e intenté dormir, pero no pude hacerlo, porque cuando cerraba los ojos todo se volvía rojo, como la noche del incendio. Y oía la risa de Raúl y los gritos de sus padres y de los míos. Ellos estaban abajo, entre las llamas y nosotros corríamos por los tejados. Yo sabía por qué corría él, pero ignoraba por qué lo hacía yo, siguiéndole aturdido.

Esta noche también intenté correr. También oí la risa de Raúl, pero no pude moverme. Me dolían las muñecas, y me duelen todavía, y un olor fuerte me impedía respirar. Veía los ojos de Timbahuec muy cerca y era un sueño, porque los veía igual si cerraba mis ojos como si los abría. Y los ojos de Raúl detrás, demoníacos, como cuando me miró sin aceptar que la previsión de mis padres me aseguraba una vida cómoda que él no podría alcanzar jamás porque los suyos solo le habían dejado deudas.

La de hoy fue una noche larga. El alcohol hizo crujir mis huesos y algo en mi interior se alteró. Caminé sin rumbo por un sueño. Un sueño largo de rito ancestral en el que sonaron tambores y gritos de búho en la espesura dibujada sobre mi alfombra.

Timbahuec estuvo en mi sueño. Sus ojos eran dos carbones encendidos y sus manos grandes, cada vez más grandes me impedían ver. No volveré a beber. No quiero noches de angustia. Raúl sí, Raúl dice que una vida sin emociones no merece ser vivida. Ayer hablaba, ¿De qué hablaba ayer? De un espectáculo televisivo, creo, de trabajar con un muñeco capaz de hablar y de moverse sin necesidad de artilugios mecánicos o electrónicos. ¿Cómo podría?
Tengo que levantarme, pero estoy cansado, muy cansado. Y tengo miedo, porque mi cuarto no me pareció mi cuarto cuando abrí los ojos, ni mis manos se parecían a mis manos.

El sol avanza sobre la alfombra, tan lejana, los gorriones alborotan en las copas de las palmeras y un viento cálido sisea a través de la ventana mal cerrada.

Me incorporo en la cama. Me cuesta trabajo mover la colcha de flores y cuando muevo mis piernas, éstas cuelgan sobre un precipicio de ropas revueltas.

La puerta se entreabre y dos figuras descomunales aparecen.
─Ahí lo tienes ─sisea la voz sin matices de Timbahuec─ lo que tú querías, medio metro justo.

Raúl no contesta. Sonríe mientras sus ojos brillantes me miran con codicia.

Rosario Barros Peña
Julio de 2006

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