<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1" ?><rdf:RDF xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/" xmlns:ti="http://purl.org/rss/1.0/modules/textinput/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:co="http://purl.org/rss/1.0/modules/company/" xmlns:rdf="http://www.w3.org/1999/02/22-rdf-syntax-ns#" xmlns="http://purl.org/rss/1.0/"><channel rdf:about="http://blogs.ya.com/miventana/rss20.xml"><title><![CDATA[Mi ventana]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/miventana/rss20.xml]]></link><description><![CDATA[Una mirada diaria desde la quietud, a un mundo que gira demasiado aprisa]]></description><dc:publisher><![CDATA[Publisher]]></dc:publisher><dc:creator><![CDATA[creator]]></dc:creator><dc:rights><![CDATA[rights]]></dc:rights><dc:date><![CDATA[12/12/2004]]></dc:date><sy:updatePeriod><![CDATA[hour]]></sy:updatePeriod><sy:updateFrequency><![CDATA[123]]></sy:updateFrequency><sy:updateBase><![CDATA[BASE]]></sy:updateBase><items><rdf:Seq><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/miventana/c_26.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/miventana/c_25.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/miventana/c_24.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/miventana/c_23.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/miventana/c_22.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/miventana/c_21.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/miventana/c_20.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/miventana/c_19.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/miventana/c_18.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/miventana/c_15.htm"/></rdf:Seq></items></channel><item rdf:about="http://blogs.ya.com/miventana/c_26.htm"><title><![CDATA[EL SEISCIENTOS]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/miventana/c_26.htm]]></link><description><![CDATA[<br/>&#9;Fue mi padre quien se empeñó, aunque la idea había sido de mi madre.  Ellos funcionaban así. Mi madre dijo: “Deberíamos visitar a la familia” y mi padre  miró para otro lado, pero, al día siguiente, en la mesa, mientras nos tomábamos un plato de caldo, herencia del cocido del día anterior, mi padre dijo:<br/><br/>&#9;&#9472;Se me ha ocurrido que podríamos ir al pueblo a ver a la familia.<br/><br/>&#9;Mi madre me miró y juntó su pie con el mío por debajo de la mesa.<br/><br/>&#9;Mi hermano siguió comiendo, pero tenía el ceño fruncido.<br/><br/>&#9;La familia a visitar era la de mi madre. Vivía, y todavía vive, aunque ya la segunda y tercera generaciones, en un pueblo precioso, recostado en el mar, entre playas rocosas y montañas en las que todavía ahora se crían caballos salvajes.<br/><br/>&#9;&#9472;He alquilado un coche &#9472;continuó mi padre&#9472;, un seiscientos.<br/><br/>&#9;Mi madre abrió la boca, pero mi padre continuó hablando.<br/><br/>&#9;&#9472;Para el domingo. Nos recogerá a las seis y media de la mañana, porque tendremos que ir con la fresca.<br/><br/>&#9;La fresca no era una vecina un poco atrevida, sino la mañana recién estrenada, sin sol todavía, porque era verano y aunque vivíamos en el Norte, el sol calentaba lo suyo.<br/><br/>&#9;Mi madre, que había hecho un intento de protesta, se quedó callada. Yo pensé en mi abuela y en la cara de alegría que ponía cuando llegábamos, pero mi hermano se puso a gritar diciendo que no iría.<br/><br/>&#9;Tenía sus razones, porque para llegar a casa de mis abuelos había que recorrer más de cien kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, por una carretera  que le llamaban de las mil curvas. Y él se mareaba.<br/><br/>&#9;Mi madre, que a mi padre solo le daba ideas, a nosotros nos marcaba pautas.<br/><br/>&#9;&#9472;Nunca discutas las decisiones de tu padre &#9472;dijo, agachándose hasta la altura de mi hermano, que todavía no había dado el estirón de los trece años&#9472;. No lo hagas mientras no tengas un trabajo remunerado y una casa en la que vivir que no sea ésta.<br/><br/> &#9;Y llegó el domingo.<br/><br/>&#9;Mi madre nos hizo una revisión, desde la punta de los zapatos hasta el final del pelo.<br/><br/>&#9;&#9472;Deberías haber ido al peluquero &#9472;masculló dirigiéndose a mi padre.<br/><br/>                    A mi hermano le mandó lavar las manos una vez más, pues las manchas de tinta continuaban en sus dedos, y a mí me hizo bajar las bolsas de ropa que llevábamos para “los de la aldea”. <br/><br/>                  No es que nosotros tuviéramos los armarios llenos, pero mi hermano y yo crecíamos y los vestidos no.<br/><br/>                El llevar la ropa no era por generosidad, ni por presunción, sino puro canje. Al darles la ropa, mi madre pedía que le devolvieran las bolsas, “para otra vez”, y mis abuelos lo hacían llenándolas de patatas, verduras y quizás un conejo o un pollo que mi abuela mataba sin pestañear.<br/><br/>             Como ninguno sabíamos conducir, el seiscientos llegó con su dueño y conductor que cuando nos vio juntos en la acera, con las bolsas y nuestras chaquetas para el relente hizo la señal de la cruz.<br/><br/>           &#9472;Me gusta &#9472;susurró mi madre&#9472;. Si es buen católico, conducirá bien.<br/><br/>          El hombre, después de guardar las bolsas en el maletero y persignarse de nuevo abrió la puerta derecha, corrió el asiento y nos hizo una señal para que subiéramos.<br/><br/>        &#9472;La señora primero, por favor.<br/><br/>        El chico después, claro, que para eso siempre fue el favorito de mi madre y luego yo.<br/><br/>         Delante, mi padre, con sus largas piernas dobladas en forma de cuatro y la cabeza rozando el techo.<br/><br/>       &#9472;Es más cómodo llevar un coche que ir en el autobús &#9472;le decía al conductor.<br/><br/>        Los de detrás no hablábamos, porque nos faltaba el aire para encontrar las palabras. Seguramente por eso, antes de veinte kilómetros y cuando todavía no habían empezado las curvas en serio, mi hermano empezó a ponerse blanco.<br/><br/>       &#9472;Pare, por favor, pare, que el chiquillo tiene que vomitar &#9472;gritó mi madre.<br/><br/>       Y paró, de repente, incrustando a mi padre en el parabrisas y a nosotros en los asientos delanteros, pero no fue bastante rápido, pues mi hermano dejó parte del vómito en la puerta.<br/><br/>      Y mientras el dueño del coche intentaba limpiarlo, mi hermano devolvía junto a un trigal y yo miraba mi reloj calculando que mi abuela ya no podría improvisar una comida decente, mi madre refunfuñaba junto a mi padre:<br/><br/>    &#9472;Pero, ¿cómo se te ocurrió alquilar un coche tan pequeño?. Se van a reír de nosotros.<br/><br/>    &#9472;Hay que tener en cuenta los costes &#9472;respondió mi padre.<br/><br/>      Cuando subimos de nuevo al coche, el conductor cambió de criterio:<br/><br/>       &#9472;El señor primero, por favor.<br/><br/>       Después mi madre, claro, que para eso mi padre la había conocido antes que a nosotros, y luego yo.<br/><br/>       Delante, mi hermano, con la cabeza hundida en el respaldo y los ojos cerrados.<br/><br/>      El resto del viaje fue bien. Solo tuvimos que detenernos  a los cincuenta kilómetros porque el motor se había recalentado y hubo que esperar a que se enfriase para echarle agua al radiador. A los setenta, paramos de nuevo porque había una tienda de carretera y el conductor dijo que necesitaba tomar un café y estirar las piernas. Y ya cerca de la casa de mis abuelos, cogimos un desvío y nos perdimos. <br/><br/>       Lo peor fue que, al llegar, hubo que empujar a mi padre para que pudiera salir y durante un buen rato creímos que había encogido. Y fue angustioso, porque no recuperó su estatura normal hasta después de comer, cuando ya todos mis tíos, mis primos y los vecinos habían venido para comprobar la tremenda capacidad de aquel seiscientos tan  pequeño y desearnos suerte con lo de mi padre.<br/><br/>      Pero, yo me reí con mi abuela y la ayudé a coger frutas y verduras para llenar las bolsas. También ayudé a mi abuelo a llenar otras bolsas con patatas, mientras mi madre y la abuela preparaba los dos pollos que habían matado de un hachazo .limpio separando sus cabezas del resto del cuerpo.<br/><br/>      El dueño del coche comió con nosotros y después se acostó debajo de un árbol y mi madre nos amenazó con desheredarnos si nuestros gritos le despertaban, pues necesitaba descansar para la vuelta.<br/><br/>      Mi abuelo y yo pusimos las bolsas en fila. Mi padre dio unos paseos frente a la casa para estirar sus piernas antes de encogerlas de nuevo. Mi abuela y mi madre llegaron con los pollos envueltos en papel de periódicos atrasados y mi hermano apareció con un grillo encerrado entre sus manos.  Creo que fueron los chirridos del animalejo los que despertaron al dueño del coche. Se levantó, estiró los brazos, bostezó y nos miró. Y volvió a mirarnos. Sus ojos, antes marrones, se pusieron rojos. Miró al seiscientos y nos miró de nuevo.<br/><br/>      &#9472;Ni un kilo más &#9472;gritó&#9472;, ni uno. En el coche no entra ni un kilo más de los que trajo.<br/><br/>      En el cálculo que hizo, la ropa equivalía, poco más o menos a los dos pollos muertos y al grillo de mi hermano. El resto de las bolsas tuvieron que quedarse allí.<br/><br/>      Subimos al coche en el mismo orden que durante el último trayecto. Mi hermano  delante, para preservarlo del mareo.<br/><br/>      Por los movimientos que mi madre hizo durante la vuelta y los saltos que daba mi padre, me di cuenta de que utilizaba la técnica del pellizco a traición, que había aprendido de las monjas, cada vez que decía: “Cuestión de costes. ¿Te das cuenta de lo que valía todo lo que no nos pudimos traer?”<br/><br/>      Creo que mi padre sí se había dado cuenta. La prueba está en que nunca más volvió a subirse a un seiscientos.<br/><br/><br/>&#9;<br/>&#9;<br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/miventana/c_25.htm"><title><![CDATA[MEDIO METRO JUSTO]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/miventana/c_25.htm]]></link><description><![CDATA[<br/>Desperté cansado, sintiendo el cuerpo extraño. El alcohol me hace daño, pero Raúl se empeñó una y otra vez en que teníamos que celebrarlo. ¿Celebrar qué? pregunté yo, pero él reía y miraba para el hombre hierático que entornaba sus ojos pequeños. Timbahuec, dijo que se llamaba. Su piel oscura y su pelo, de un negro brillante, me hicieron pensar en lugares exóticos, Sudamérica, quizás, pero Raúl dijo que le había conocido en la Universidad.<br/><br/>Lo mejor de mi cuarto es que da a un patio interior, un patio amplio en el que se alzan dos palmeras cuyos troncos elevan sus penachos de palmas sobre el rojo del tejado. En la mañana hay un trinar de pájaros que da la medida del silencio que envuelve el edificio, porque la totalidad de los inquilinos vive en la capital y utilizan los apartamentos solo en los fines de semana y en vacaciones. Yo no. Yo lo ocupo todo el año. Me gusta la vida reposada. No tengo  grandes ambiciones ni gastos. Puedo sobrevivir con los intereses que me dan los bancos por el dinero, procedente de la herencia de mis padres, que tengo en ellos depositado. Algunas veces hago  incursiones en Bolsa y consigo aumentar mis ingresos. Pequeñas cantidades, pero no necesito más.<br/><br/>Esto a Raúl le duele porque en el inicio de nuestra amistad él era el rico y yo el pobre. Ahora vive de fantasías, prefiere la ciudad y la bulla. El mundo del espectáculo le atrae y cada vez que viene a verme me presenta a un ser extraño procedente del mismo.<br/><br/>Timbahuec fue el de ayer. Me dio miedo. Sus ojos, hundidos entre los párpados terrosos, no dejaron de mirarme y su mano, grande y descarnada se ocupó de que mi vaso no estuviera nunca vacío. Hablaban. Yo no les entendía, porque mi cerebro estaba cada vez más torpe. Repetían la palabra éxito una y otra vez. Y llenaban la conversación de adjetivos: inaudito, inimaginable, glorioso. <br/><br/>Como no podía obligarles a marcharse fui yo quien me vine para mi cuarto e intenté dormir, pero no pude hacerlo, porque cuando cerraba los ojos todo se volvía rojo, como la noche del incendio. Y oía la risa de Raúl y los gritos de sus padres y de los míos. Ellos estaban abajo, entre las llamas y nosotros corríamos por los tejados. Yo sabía por qué corría él, pero ignoraba por qué lo hacía yo, siguiéndole aturdido.<br/><br/>Esta noche también intenté correr. También oí la risa de Raúl, pero no pude moverme. Me dolían las muñecas, y me duelen todavía, y un olor fuerte me impedía respirar. Veía los ojos de Timbahuec muy cerca y era un sueño, porque los veía igual si cerraba mis ojos como si los abría. Y los ojos de Raúl detrás, demoníacos, como cuando me miró sin aceptar que la previsión de mis padres me aseguraba una vida cómoda que él no podría alcanzar jamás porque los suyos solo le habían dejado deudas.<br/><br/>La de hoy fue una noche larga. El alcohol hizo crujir mis huesos y algo en mi interior se alteró. Caminé sin rumbo por un sueño. Un sueño largo de rito ancestral en el que sonaron tambores y gritos de búho  en la espesura dibujada  sobre mi alfombra.<br/><br/>Timbahuec estuvo en mi sueño. Sus ojos eran dos carbones encendidos y sus manos grandes, cada vez más grandes me impedían ver. No volveré a beber. No quiero noches de angustia. Raúl sí, Raúl dice que una vida sin emociones no merece ser vivida. Ayer hablaba, ¿De qué hablaba ayer? De un espectáculo televisivo, creo, de trabajar con un muñeco capaz de hablar y de moverse sin necesidad de artilugios mecánicos o electrónicos. ¿Cómo podría? <br/>Tengo que levantarme, pero estoy cansado, muy cansado. Y tengo miedo, porque mi cuarto no me pareció mi cuarto cuando abrí los ojos, ni mis manos se parecían a mis manos. <br/><br/>El sol avanza sobre la alfombra, tan  lejana,  los gorriones alborotan en las copas de las palmeras y un viento cálido sisea a través de la ventana mal cerrada.<br/><br/>Me incorporo en la cama. Me cuesta trabajo mover la colcha de flores y cuando muevo mis piernas,  éstas cuelgan sobre un precipicio de ropas revueltas. <br/><br/>La puerta se entreabre y dos figuras descomunales aparecen.<br/>&#9472;Ahí lo tienes &#9472;sisea la voz sin matices de Timbahuec&#9472; lo que tú querías, medio metro justo.<br/><br/>Raúl no contesta. Sonríe mientras sus ojos brillantes me miran con codicia.<br/><br/>Rosario Barros Peña<br/>Julio de 2006 <br/><br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/miventana/c_24.htm"><title><![CDATA[APARCAMIENTO]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/miventana/c_24.htm]]></link><description><![CDATA[A Luis no le molestaba tener que madrugar. Despertaba antes de que sonara el despertador y era su mujer quien lo apagaba cuando ya él estaba en la ducha. Se vestía con rapidez y salía de casa sin desayunar y con el periódico, que recogía en el descansillo, en la mano para leerlo en el bar antes de entrar en el almacén donde trabajaba.<br/><br/>       Luis empezó a refunfuñar un día, por culpa del vecino. No le importaba que fuese invierno, ni el frío, ni el viento, ni tener que levantarse antes que el resto de los mortales. Le molestaba el vecino. Bueno, el vecino y el autobús.<br/><br/>      Fue entonces, al llegar el vecino,  cuando empezó a desear un coche. Lo deseaba con todas sus fuerzas, soñaba con él y se le iban los ojos detrás de cada nuevo modelo que salía al mercado.<br/>Pero, Luis no necesitaba el coche, no le hacía falta. El autobús se detenía casi a la puerta de su casa y lo dejaba en la entrada de su trabajo. Apenas cien metros tenía que andar cada mañana. <br/>La verdad es que nunca Luis había pensado en tener coche hasta que llegó el vecino. Su problema en realidad era el vecino, pero el lo sublimaba en el deseo del coche.<br/> <br/>         El vecino trabajaba cerca de su almacén, tenía más o menos su edad y un cochazo, que dejaba aparcado en la plaza de minusválido que le habían concedido a su mujer. Todo un lujo en aquel barrio, la plaza y el coche, pero sobre todo la plaza, y una razón más para que Luis se sintiera molesto con el hombre. El aparcamiento,  el coche y su manía de ir en autobús y pasar siempre delante de él..<br/><br/>           Aquella mañana lloviznaba. Luis no quiso abrir el paraguas plegable, porque una vez mojado le resultaba un incordio. Caminó sus diez pasos por la acera y llegó a la parada. Miró alrededor sin encontrar sombra del vecino y casi lo echó de menos, pero no le dio tiempo de disfrutar de su soledad, porque el autobús apareció, reflejando la luz de sus faros en el asfalto húmedo. Alzó la mano para detenerlo, sintió el chirriar de los frenos  y el impacto de las ruedas desplazando la lluvia. La puerta se abrió y una sombra pasó a su lado empujándole. La cogió con las dos manos. No era una sombra. Era un cuerpo cubierto hasta los ojos con una gabardina que él había visto muchas veces.<br/><br/>         &#9472;¡Joder!  -dijo tirando de la prenda que se le resistió&#9472;. Estoy hasta las narices de tus juegos.<br/><br/>        Los ojos del vecino aparecieron sobre el cuello levantado.<br/><br/>       &#9472;Llevo diez minutos esperando &#9472;bramó él alzando los brazos&#9472;. Tengo derecho a subir el primero.<br/><br/>        &#9472;¿Dónde estabas?, ¡Eh! ¿Dónde estabas? En la parado no, desde luego y para tener derecho a subir primero hay que estar en la parada. Yo sí estaba aquí.<br/><br/>        Luis no soltó la gabardina. Estaban los dos hombres sobre la acera empapada por la lluvia que seguía cayendo. El autobús vacío tenía todas las luces encendidas y su conductor apoyó los brazos sobre  al volante y esperó.<br/><br/>        &#9472;¿Por qué no vas en coche? &#9472;gritó Luis sin soltar la gabardina&#9472;. ¿Para qué lo quieres? ¿Sólo para lucirlo? ¿Sólo para demostrar que necesitas esa plaza de minusválido que tu mujer nunca ha usado? ¡Eres un cerdo!<br/><br/>         &#9472;¿Yo? ¿Un cerdo yo?<br/><br/>       &#9472;Una piara de cerdos. Eso es lo que eres.<br/>  <br/>       Luis seguía sin soltar la gabardina y el vecino intentaba desabrocharse los botones para liberarse.<br/><br/>       El conductor del autobús miró su reloj y, con suavidad, cerró la puerta y puso el vehículo en marcha.<br/><br/>       &#9472;¡Joder! &#9472;exclamó Luis, sin soltar la gabardina&#9472;. Se va.<br/><br/>      El vecino desabrochó el último botón y corrió, libre de la prenda, pero el autobús ya había tomado la curva y desaparecido entre las sombras.<br/><br/>        &#9472;Pero, ¿qué coño te pasa? &#9472;gritó el vecino acercando sus puños cerrados al rostro de Luis.<br/><br/>        Él permanecía boquiabierto con los brazos caídos a lo largo del cuerpo. La gabardina estaba en el suelo, con el forro levantado como un globo que las gotas de agua iban aplastando.<br/><br/>       &#9472;Se ha ido &#9472;masculló&#9472;. Se ha ido. Será la primera vez que llegue con retraso a mi trabajo.<br/><br/>      El vecino cogió la gabardina y la sacudió con fuerza. Saltó el agua, como si la prenda fuera un perrillo liberándose de la ducha.<br/><br/>      &#9472;Tendremos que ir andando &#9472;dijo en voz baja, poniéndose la gabardina sobre la cabeza y caminando hacia la curva que se había engullido al autobús.<br/><br/>     &#9472;¿Y el coche qué? &#9472;gritó Luis siguiéndole&#9472;. ¿Para qué quieres el coche?<br/><br/>     El vecino no contestó y apuró el paso un poco más. Cuando Luis lo alcanzó, se detuvo bajo una farola y lo miró.<br/><br/>     &#9472;No sé conducir &#9472;gritó&#9472;, ni mi mujer tampoco. Lo hemos comprado porque ella tenía derecho a una plaza de aparcamiento, la solicitamos y nos la concedieron y, si teníamos la plaza, Necesitábamos un coche, ¿no es cierto?<br/><br/>       Luis se encogió de hombros. Abrió el paraguas y procuró cubrir tanto la cabeza del vecino como la suya.<br/><br/>      Seguía lloviendo y el día clareaba sobre los edificios empapados.<br/><br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/miventana/c_23.htm"><title><![CDATA[VACIO]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/miventana/c_23.htm]]></link><description><![CDATA[<br/><br/>No la alegraron las luces, ni las risas de los niños<br/>Ni sonrió cuando su hija la felicitó por teléfono<br/>Ni dio las gracias al vecino que elogió su empaque<br/>Ni a su nuera que puso sobre sus hombros la toquilla.<br/><br/>No se cobijó entre los brazos de su hijo que la agasajaba,<br/>Ni rió con sus nietos que la enredaron con sus juegos.<br/>Ni agradeció tener dinero en el banco y el piso libre de hipoteca,<br/>Ni que el Gobierno le subiera la pensión al mes siguiente.<br/><br/>Sí peleó con la  chica porque le cayó el marco de plata<br/>Y hundió entre cristales rotos la sonrisa quieta del marido. <br/>Y la mandó marchar antes de que terminase su jornada<br/>Y luchó con la ventana que había quedado abierta.<br/><br/>“Si las fuerzas me llegan iré tras tu mirada”. Le dijo a la sonrisa<br/>Y cogió  el limpia cristales y el paño entre los dedos.<br/>Y se asomó a la calle. Dejó vencer el cuerpo tragándose su miedo.<br/>Y se dejó caer sin un suspiro. Los  brazos de él la recogieron.<br/><br/>!Cuánto has tardado, mi amor, ya no podía!  -;le dijo en un susurro.<br/>-Tampoco yo podía seguir viviendo;le silenció ella con un beso.<br/>-Pobre mujer -lloraban en la acera-. Quizás tuvo un mareo.<br/>El cuerpo destrozado no era ella, era tan solo piel y huesos.<br/><br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/miventana/c_22.htm"><title><![CDATA[MI SALUDO PARA LAS VISITAS]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/miventana/c_22.htm]]></link><description><![CDATA[<br/>No tengo muchas visitas, es cierto. La culpa es mía, claro, porque yo tampoco aparezco por esta ventana.  No es por falta de ganas, no creáis, lo que ocurre es que una se enreda por aquí y por allá y al final en la red personal no queda un hueco para asomarse a esta red grande, llamar a los amigos e invitarlos a esta casa virtual, pero, de vez en cuando, yo sé que alguien aparece, y se alegra de que haya un comentario  nuevo, por eso hoy me he asomado, para decir hola y dar fe de que sigo viva.<br/><br/>Buenas noches. Mañana, a lo mejor se os ocurre aparecer por este rincón, por si acaso vaya mi saludo para vosotros y la promesa, que siempre incumplo, de que apareceré con más frecuencia, para que el blog esté tan vivo como yo.]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/miventana/c_21.htm"><title><![CDATA[IMITANDO A CERVANTES]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/miventana/c_21.htm]]></link><description><![CDATA[EL CABALLERO QUE SE FUE UNA NOCHE<br/><br/>En un lugar de la vida que la historia no contempla, vivió ha cierto tiempo Don Álvaro de la Vega, un caballero de los de mirada limpia, palabra cumplida, sonrisa bondadosa y cartera chica y esquilmada.<br/>Hablan, quienes le conocieron, de su figura esbelta, su rostro enjuto  y el pelo de rizos canos.  Describen  sus ojos grises y sus manos amplias, que sostenían con  fuerza un viejo bastón, con puño de marfil.<br/>Afirman que llegó una tarde en un coche conducido por un hombre que se le parecía y que no miró atrás cuando el vehículo, tras dejarle, dio la vuelta y desapareció por la carretera desierta. <br/>Aseguran que subió por su pie las escaleras de piedra, pasó bajo el arco que decía “Residencia de ancianos” y siguiendo al celador que llevaba su maleta, recorrió el largo pasillo de baldosas negras y blancas, subió al primer piso y desapareció detrás de la puerta del último cuarto. <br/>Dicen que estuvo varios días sin bajar al comedor y que tampoco tomó el sol en el patio de las palmeras, ni salió al jardín.  Lo hizo más tarde, del brazo de una de las Auxiliares, con las piernas temblorosas y la mirada pasmada. Y se quedó mucho tiempo en la sala de descanso, con la mirada fija en el pequeño ventanal desde el que se veía la carretera lejana y el cielo que cambiaba de color.<br/>Comentan que,  de vez en cuando, sonreía y que, otras veces, sus ojos  se empañaban.<br/>Cuentan que, en las mañanas de lluvia, los más viejos de la residencia buscaban un lugar cerca de Don Álvaro y miraban con él la ventana por la que se filtraba el gris.<br/>Recuerdan que un día, por el pasillo de baldosas negras y blancas, llegaron un príncipe y una princesa. Visitaron la Institución y la encontraron hermosa. Los viejos los miraron curiosos y no los reconocieron como sus futuros reyes. Aseguran que los príncipes comentaron que aquella gente necesitaba un televisor para estar informada. Y se lo mandaron de regalo. Y los hombres que lo trajeron lo colocaron en el cuarto de la ventana desde la que se veía el cielo, y cerraron ésta para que no molestara la luz<br/>Dicen que todos tuvieron miedo de entrar en aquella habitación oscura, pero que Don Álvaro entró,  ocupó su banco y observó extrañado el televisor que ocupaba el sitio del pequeño ventanal y que los llamó para explicarles que aquella ventana era mucho más interesante porque a través de ella se veía a personas vivas que reían, hablaban y discutían y no carreteras muertas, por las que nunca volvía nadie.<br/>Aseguran que Don Álvaro se aprendió los nombres de los presentadores de todos los programas, se entusiasmó con las telenovelas plagadas de personajes malvados y de doncellas sufrientes,  siguió con entusiasmo  los encierros de los famosos y de los menos famosos en lugares extraños donde les obligaban a realizar duros trabajos y les negaban el pan y la sal y que escuchó compungido declaraciones de mujeres maltratadas, insultos de políticos y quejas de vecinos que se habían quedado sin su vivienda. Y que luego explicó, a quien quiso oírle, que el mundo que había al otro lado de la puerta ya no valía para vivir.<br/>Dicen los habitantes de la Residencia que no conocieron a Doña Dulce, la esposa de Don Álvaro, porque se  había muerto cuando el hijo de ambos era muy niño y que tampoco conocieron a éste, que sólo se llegó al edificio para dejar a su padre en la puerta, pero que por las noches sabían de ambos por las palabras que Don Álvaro pronunciaba en sueños. <br/>“Tengo que hacer algo”, decía, “Tengo que arreglarlo, mujer. Antes los pueblos peleaban entre sí y luego lo hicieron los hombres unos con otros, pero ahora son los hombres quienes no se entienden a ellos mismos”. “Yo creía que eran solo nuestro hijo y el hijo de nuestro hijo quienes habían cambiado, pero es el mundo el que lo ha hecho.”<br/>Dicen que oían sus palabras murmuradas en el silencio de la noche y que veían su gesto de impotencia durante el día, sentado en su banco, con los ojos fijos en el televisor y las manos apretadas sobre el bastón.<br/>Refieren que un día,  el médico dijo que no era bueno que Don Álvaro permaneciera tanto tiempo ante el televisor, porque si continuaba así, dejaría de andar, perdería la vista y su mente se enturbiaría, pero el hombre lloraba como un niño cuando la pantalla se quedaba a oscuras y  hablaba solo por los pasillos tropezándose con las paredes, lloraba en el patio, con los ojos grises ocultos bajo los párpados, lloraba en su cuarto, con la cabeza bajo el embozo de la sábana y su carne desaparecía bajo su piel.<br/>Y dicen las gentes que fue por aquel entonces cuando Nacho llegó a la Residencia, en un coche de la Policía y con las manos esposadas, enviado  por un Juez que creyó que el chico era demasiado joven para perderse en una cárcel. <br/>Aseguran que les explicaron que el chico venía para ayudar, porque el Juez había dicho que tendría que aprender lo triste que es la vejez, para poder aprovechar su juventud y no estropearla con las drogas, el alcohol y las peleas. <br/>Explican que todos tuvieron miedo del muchacho, todos menos Don Álvaro que al principio ni se enteró de su presencia y que cuando lo oyó hablar lo miró con curiosidad, porque, según él, tenía el mismo vocabulario de su nieto. También dicen que el juez y el médico se pusieron de acuerdo para que aquella prestación social que el chico había de realizar tuviera como finalidad la inserción social del muchacho y la recuperación de la salud del viejo. Y se sorprendieron de que el chico escuchara sin pestañear lo que Don Álvaro le decía acerca del cielo y del infierno y sobre la obligación de recomponer en esta vida los desafueros cometidos y de dejar para los que vengan después un mundo mejor que el que encontramos a nuestra llegada. <br/>Se extrañaron de que la mirada de Nacho se dulcificara y de que el semblante de Don Álvaro recuperase el color, los vieron siempre juntos, paseando por el pasillo en los días de lluvia y por el jardín en las mañanas de sol. Después de comer, durante un rato, miraban al televisor, cuchicheaban y el viejo apuntaba cosas en una libreta.  Luego, le daba explicaciones al joven que miraba la pantalla con una sonrisa y gesto de duda. <br/>Y supieron que una tarde, cuando trajeron las provisiones del supermercado, Nacho ocultó un carro grande y fuerte en el fondo del almacén y que a la hora de la cena cogió más fruta de la necesaria y que, cuando todos estuvieron dormidos y en la Residencia se hizo el silencio, el chico subió al cuarto de Don Álvaro, le ayudó a vestirse, le dio su bastón e hizo un hatillo con su ropa. Luego, los dos juntos, bajaron hasta el almacén, cogieron el carro y allí metieron el hatillo y se acomodó Don Alonso, blandiendo como una lanza su bastón con puño de marfil.<br/>Cuenta uno de los viejos que él los vio salir y que pudo escucharlos:<br/>&#9472;¡Joder! Tío. ¿Cómo vamos a cambiar el mundo?&#9472;preguntó el muchacho.<br/>&#9472;Tú empuja, mi buen Nacho &#9472;respondió el viejo&#9472;, porque, no podremos cambiarlo todo, pero sí algunas mentes demasiado cuerdas.<br/>&#9472;Pero, ¿y afuera dónde nos cobijaremos? Aquí se está muy bien –rezongó el chico. <br/>&#9472;Los cerdos están calientes en sus pocilgas, pero, ¿Quién los recuerda cuando mueren? &#9472;protestó el viejo, moviendo sus piernas y apoyando el bastón para hacer avanzar el carro.<br/>&#9472;¿Y yo qué gano con esto? &#9472;gruñó Nacho&#9472;, ¿me contará este tiempo para la prestación social?.<br/>&#9472;Hay infeliz, ¡Cuántas preguntas! &#9472;dijo el viejo resignado&#9472;. Mi mujer también preguntaba y se murió haciéndolo. Mi hijo me dejó aquí, preguntándose si hacía bien. ¿Dónde estarán las respuestas? ¿Al final del camino? Estarán allí, seguro y para ti habrá un buen empleo, uno de funcionario, para toda la vida.<br/> &#9472;¡Joder! Tío, un empleo fijo no me lo había ofrecido nadie. Ahora que fijos no están ni los árboles. <br/>&#9472;Pues, empuja con fuerza, que tenemos mucho que hacer. Defenderemos a esas pobres mujeres acosadas por los paparazzi,   llevaremos comida a los famosos que están en esa granja pasando hambre,  pondremos paz en la finca esa donde no hay quien viva porque los vecinos se pelean siempre y continuaremos reparando entuertos mientras nos queden fuerzas.<br/>Aseguran quienes los recuerdan que nunca volvieron a saber de ellos, pero que  en el cuarto oscuro de la pantalla grande, hay siempre un asiento reservado, por si Don Alonso vuelve para contar sus andanzas.<br/><br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/miventana/c_20.htm"><title><![CDATA[LA TORTILLA]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/miventana/c_20.htm]]></link><description><![CDATA[<b></b><br/>            Uno piensa que si está en el extranjero, lo primero que recuerda de la madre patria es a su otra mitad (léase novia, novio, mixto, pareja, etc.) y si por ahí no hay nada que recordar, pues a su familia, y si ésta falla, a sus amigos, y si estos salen rana, pues, la iglesita del pueblo, o el pajar donde un día de verbena hicimos un descubrimiento.  Sí, eso se piensa, pero, la realidad es muy otra.<br/><br/>          He recorrido el extranjero por aquí y por allá unas cuantas veces y entre el goce por lo nuevo y el deslumbre por lo superior no recordé ni por un momento todo lo que os cito. Ni yo, ni mis acompañantes. <br/><br/>           Al principio, o sea, los cuatro o cinco primeros días del viaje, solo corríamos hacia delante para que la obligación de volver no nos alcanzara. Luego, según iba engordando la bolsa de la ropa sucia en nuestra maleta y adelgazando la cartera, pues, empezábamos a pensar en que aquello no podía durar siempre, pero era sobre el décimo día cuando la añoranza se hacía más fuerte y entonces venía el recuerdo, ése,  imborrable, imparable e inalcanzable: la tortilla de patatas. Y ahí no había nacionalidades, ni regionalidades ni comunidades ni nada. Todos a una suspirábamos por la dichosa tortilla. Y me ocurrió en los países nórdicos, donde te dan de comer patatas y no te niegan los huevos, pero nunca los ponen juntos. Y en Italia, donde trataron de obsequiarnos con una tortilla a la que le echaron patatas y huevos pero, ¡Señor! ¡Qué pecado!<br/><br/>           He pensado siempre que si los españoles fuéramos tan listos como los italianos, habríamos sembrado el mundo de “Tortillerías” y todos nadaríamos en la abundancia.<br/><br/>          Me enrollo como las alfombras, porque todo esto os lo cuento porque alguien me pidió que explicara lo de la tortilla a la que tuve que dar vuelta en mi comentario anterior. Y ahora lo hago.<br/><br/>           Para dar vuelta a una tortilla hace falta: maña personal, mucha práctica, un techo de cocina muy alto, buen movimiento de muñeca para lanzar la tortilla y buenas piernas para acudir a ver lo que pone la tele en otro cuarto y volver a tiempo de recoger la tortilla en la misma sartén con que la lanzamos. <br/><br/>          Resumiendo, la tortilla es muy difícil de explicar, pero muy fácil de hacer, si disponemos de una sartén, aceite, patatas y huevos. Y un pizco de sal también. Y cebolla para los no alérgicos.<br/><br/>         Claro que, en último extremo, me han contado que ahora venden tortillas congeladas en los hipermercados.<br/><br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/miventana/c_19.htm"><title><![CDATA[TENGO CINCUENTA AÑOS Y ESTOY ENAMORADA]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/miventana/c_19.htm]]></link><description><![CDATA[Lo malo de la televisión es que la utilizamos como mero animal de compañía. Llegamos a casa y como nadie nos recibe con un beso y nadie acude, moviendo la cola, a darnos unos lametones en las manos,  pues, para no pensar y evitar sentirnos solos, ponemos el dedo en el interruptor del televisor y un guapo chico o una hermosa mujer nos hablan de sus cosas, nos guiñan un ojo, nos ofrecen mil y un  producto interesante e intentan  por todos los medios captarnos en un conciliábulo perfecto entre el sofá y la ventana al país de la tontería.<br/><br/>          Claro que una se siente sola, como el 99,99% de los humanos, pero no es tonta, como el 55,55% de los individuos, ni es vaga como el 33,33% de las personas. Bueno, no sé a que 100% quiero llegar, pero el caso es que quería deciros que yo pongo la televisión para no saberme sola, pero luego no la veo, para evitar sentirme idiota.<br/>Pero, claro,  el gasto inútil, no es tan inútil y de pronto, mientras coloco bien el embozo de una sábana o le doy vuelta a una tortilla escucho algo que me llama la atención y me intriga.<br/><br/>          Lo del otro día fue la frase que sirve de titulo a estas líneas: “Tengo cincuenta años y estoy enamorada”.  Dejé la tortilla a medio dar vuelta, que mira que es difícil y fui a ver cual era el bien hacer de la extraña mujer capaz de enamorarse a una edad tan ¿Cómo diría yo? ¿Madura? ¿Extraña? ¿Impropia? Bueno, que eso, que fui y no me enteré de nada.  Pero, al día siguiente, la misma voz soltó de nuevo la frasecita. Entonces, corrí más. Y la vi Su mensaje era claro. Estaba en un tarro de crema que sostenía en sus manos, mientras su sonrisa encantadora se extendía por un rostro sin arrugas.<br/><br/>        Estoy por dejar de poner la televisión, porque todos los días escucho el mismo mensaje y me aburre. No creo que sea precisa ninguna crema de belleza para que uno pueda enamorarse, a los cincuenta años o a cualquier otra edad. Pero, eso sí, algo habrá que inventar para que a esa edad, alguien se enamore de una.  Claro que, eso no lo dice la televisión.<br/><br/><br/><br/><br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/miventana/c_18.htm"><title><![CDATA[AMISTAD]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/miventana/c_18.htm]]></link><description><![CDATA[El avión está parado sobre la pista requemada de sol. Los pasajeros, con los cinturones apretados, miran hacia un mismo punto, alertados por la voz del sobrecargo.  “Un médico. Se necesita un médico”, había dicho.<br/>La niña, que lleva un lazo rosa, está asustada. Reclama la atención de su madre con zalemas y susurros, pero ella tiene la vista puesta en la cabina, de donde tiene que salir la voz que tranquilice. <br/>Los  ojos de la niña están húmedos, como con niebla. A su lado, pasillo por medio, un hombre, con estatura de niño y mirada de viejo la observa.<br/>&#9472;No hay miedo &#9472;susurra&#9472;. No pasa nada.<br/>La niña retira la mano que cuelga fuera del asiento, a dos palmos de la del hombre y mira hacia la cabina, con gesto adulto.<br/>El hombre se revuelve en el asiento y mira alrededor. De uno de los compartimientos del equipaje cuelga una cinta roja, con una hebilla en la punta. Él se levanta, intenta alcanzar el compartimiento, pero no llega. Da un pequeño salto, la cinta oscila delante de su cara. Los jóvenes de los asientos contiguos miran por la ventanilla para acallar sus carcajadas,  mientras la cinta roja se  balancea. El hombre de estatura de niño se sonroja, hace un gesto de rabia y se sienta de nuevo.<br/>Su brazo pequeño cuelga a lo largo del asiento. Su mano contrahecha se crispa en un gesto de inútil rebeldía.<br/>La niña lo ha estado mirando a través de la niebla de sus ojos tristes. Deja colgar su brazo y tiende su mano abierta. <br/>&#9472;No hay miedo &#9472;susurra&#9472;. No pasa nada.<br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/miventana/c_15.htm"><title><![CDATA[OTRO POEMA]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/miventana/c_15.htm]]></link><description><![CDATA[Debe ser la Primavera, que me lleva a la nostalgia, por eso os dejo otro poema.<br/><br/><b>TENGO TUS HUELLAS</b><br/><br/>Tengo tus huellas.<br/>En mi piel desnuda,<br/>en la memoria,<br/>en el recuerdo, veladas por el sueño<br/>También en la pregunta sin respuesta<br/>de tu huída.<br/>y de tu miedo.<br/><br/>Tengo tus palabras,<br/>no en documentos que nada valen<br/>sino en tus versos.<br/>En tus versos, prietos en tus libros,<br/>libres en los ecos<br/>de tu voz,<br/>en el rumor del viento.<br/><br/>Te tengo,no lo dudes, en mi cuerpo<br/>Tus huellas en mi piel,<br/>sabor de besos.<br/>Porque fuiste tu quien me labraste,<br/>artesano sincero<br/>y soy igual que me soñaste.<br/>Y soy tal cual como yo quiero.<br/><br/>Caudal de alegría y esperanza,<br/>la sombra de un deseo,<br/>el par sin par y aquella rosa roja,<br/>tan roja, que la aurora temprana parecía.<br/>Soy todo eso sin ti<br/>porque te tengo, porqaue tengo tus huellas.<br/>Tus huellas y mi tiempo.<br/><br/>]]></description></item></rdf:RDF>
