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mi vida en Alemania
Acerca de
Si la uva esta hecha de vino, quizá nosotros somos las palabras que cuentan que somos. El libro de los abrazos. E. Galeano
Sindicación
 
Werner Herzog
"doquiera que Lope de Aguirre dejase casa de su morada, que estas fueran derribadas por los cimientos, y sus tierras aradas y sembradas con sal".

La primera película que tuve acceso de este alemán fue Lope de Aguirre, la ira de Dios: la historia de un personaje maldito y estigmatizado por la historia: Lope de Aguirre, "el traidor". Esas imágenes de los soldados españoles y sus obligados acompañantes indios bajando la montaña sumergidos en el bosque de nubes, con la mística música del grupo Popol Vuh acompañándolos, no sólo eran intimidatorias, sino embriagantes, estremecedoras, recuerdos en la sala del cine Bellas Artes de Madrid en mis tiempos de facultad. Pensé: al fin, alguien hace de la imagen en movimiento, una épica, recuperando la historia y el territorio. Al fin, una película con sangre de verdad, no las de ketchup como las que hace Mel Gibson y su Patriot fascineroso.

No me he olvidado de digno "El Dorado" de Saura e interpretado por Omero Antonutti. Antes de escribir el guión, el cineasta leyó las novelas La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (1964), del español Ramón J. Sender, y Daimón (1978), del argentino Abel Posse, y también las crónicas de Tobirio de Ortiguera, Francisco Vázquez y Custodio Hernández.

Como es lógico suponer, cuando después me aluciné con Fitzcarraldo -basada también en otro personaje real, Isaías Fermín Fitzcarrald, uno de los barones de la época del auge de la explotación del caucho en Sudamérica-, terminé de convencerme de que Herzog, el director de ambas cintas, estaba rematadamente loco. Si hay un cineasta que desafió todas las reglas y rompió todos los límites, ese cineasta es Werner Herzog. Filmó sus películas en el corazón de la selva amazónica, encima de las cumbres de piedra de la Patagonia, entre los manglares infectos de África.

Una infancia feliz
Mira por donde nació por aquí en Munich, Baviera, el 5 de septiembre de 1942, bajo el signo de la obsesión y en medio de la II Guerra Mundial. En verdad, Alemania ha sido pródiga en brindarnos íconos demoledores, signados por el todo o nada: Schopenhauer, Nietzsche, Wagner, Baader & Meinhof. De todos ellos, sólo queda Herzog. Los demás murieron trastornados, desolados o fusilados, el sistema manda.

Cuando tenía apenas dos semanas de edad, la casa de sus padres fue derribada por una bomba y los Herzog tomaron una sana decisión: se fueron a vivir a las montañas (esas mismas donde vive Heidi). Herzog vio como los soldados nazis huían, se quitaban el uniforme, arrojaban sus armas y corrían a través de los árboles. El propio Werner contó sus recuerdos: "Cuando niños, jugábamos con ametralladoras que encontrábamos en el bosque. En verdad fue peligroso; mi madre vivía atemorizada, pero yo tuve una infancia feliz. Otros niños de mi generación que crecieron en ciudades bombardeadas, también tuvieron una infancia dichosa. Crecieron entre las ruinas. Pandillas de chicos tenían para ellos manzanas enteras de casas totalmente destruidas por las bombas. Ahí establecían sus imperios".

Ese clima psíquico define bien la marca Herzog: riesgo, ruinas, imperios, felicidad. Es verdad: no hay nada genuino que no nazca del derrumbe. Siempre ha sido así, los conservadores sólo producen una sola cosa: mierda, más de lo mismo, esterilidad.

El adolescente Herzog siguió viviendo en las montañas, aislado, era él mismo su futuro Kaspar Hauser: hasta los doce años, por ejemplo, desconoció la existencia del cinematógrafo, ni nunca había visto alguna de esas máquinas que popularizó Ford. Un año después, conoció esas frutas esféricas llamadas naranjas, pero a los quince años, ya estaba escribiendo su primer guión. Dos años después, hizo su primera llamada telefónica; a los 21, produjo su primera película con el dinero ahorrado trabajando de soldador en una fábrica. Una buena síntesis de esta etapa es su convicción de que los niños son los únicos idealistas y que la sociedad burguesa sólo produce inmovilidad, prejuicio y muerte. El enigma de Kaspar Hauser, uno de sus primeros filmes, trabaja sobre esas coordenadas.

Caminando

Un día de invierno de 1974, un amigo lo llamó por teléfono y le comunicó que Lotte Eisner, una de las fundadoras del cine alemán, estaba postrada y muy enferma y que sin duda iba a morirse en París, donde radicaba. Herzog tomó su mejor chaqueta abrigada y arrancó desde Munich, por la carretera, a pie rumbo a la capital de Francia. Estaba convencido que si llegaba caminando hasta su lecho, y podía verla, la Eisnerin, apodo con que Bertold Brech bautizó a Eisner- no se moriría, al menos "no en este momento. El cine alemán no podía prescindir todavía de ella, no debíamos permitir que muriera". Y se largó al camino en pleno invierno centroeuropeo.
En la edición española del libro, nadie cuenta qué pasó con la Sra. Eisner. Lo leí años después en un reportaje: vivió nueve años más y murió a una edad de 89 o 90 años. Herzog acotó en la entrevista: "Las cosas decisivas siempre las he hecho a pie".
Nieve, nieve, nieve: su diario de marcha lo tituló" Del caminar sobre el hielo" y es uno de esos papeles salvajes que uno siempre agradece cuando lo tiene delante de los ojos: narra la peripecia ?a través del agua, la bruma, la tormenta feroz, los bares de las autopistas- de un gesto que nos enaltece a todos ya que restituye y otorga plenitud a la condición humana. Caminar para que alguien no muera: magia pura, de esa que sana las heridas de esta modernidad absurda. Cuando entendamos que no debemos hacer otra cosa que lo dicte nuestro corazón, vamos a empezar a reconocernos como seres humanos.

Por eso, caminar y los mapas, sin dudas: pasión herzoniana. Su obra fílmica también puede ser leída así: como una cartografía de los confines, como una travesía hacia los límites que no se acaba nunca.

Filmó "Cobra Verde "en África. Las escenas con las miles de guerreras desnudas son espeluznantes e invencibles- en base al libro El virrey de Ouidah, escrito por otro gran caminante como era Bruce Chatwin.


"El enigma de Kaspar Hauser".
La película "Jeder für sich und Gott gegen alle" 1.974(Cada uno por su parte y Dios contra todos) se basa en la historia real de este joven alemán, que apareció un día por las calles de Nuremberg en 1828. Había pasado la mayor parte de su vida encerrado en un sótano y se desconocía su origen y el modo en el que un día se liberó o fue liberado. Hauser aprendió en cinco años a leer, escribir poesía, andar correctamente, tocar el piano, conversar y a relacionarse con el mundo. Un ser que era una página en blanco transplantado a un mundo decadente, totalmente desconocido para él. Herzog hace hincapié en cómo Hauser llevó su particularidad con gran dignidad, mientras que la sociedad burguesa, interesada morbosamente en su caso, era la realmente excéntrica y enfermiza. Su singularidad e inocencia no le fueron perdonadas y falleció asesinado. Nunca se esclareció el móvil del asesinato.
No