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在台灣的生活
¿qué es el pasado si no aquello que elegimos recordar?
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9. La boda
Cuando llegaron dos baúles y los pusieron en el centro del salón, yo me quedé mirándolos con ilusión, no sabía lo que había dentro, pero eran como esos cofres del tesoro de las películas de piratas. Grandes y adornados y con una cerradura en medio. Me quedé allí mirándolos, como una niña ilusionada y pensando que podían contener. Su madre al ver mi interés vino y lo abrió para que yo saliera de la duda. El interior del cofre estaba todo forrado y no eran tesoros los que se podía encontrar en su interior, ocupando todo el baúl estaba el vestido de novia blanco que yo había elegido en la tienda. ¿Y que podía haber en el otro? el vestido rosa que ellos se habían empeñado en probarme en la tienda. Al verlo me mostré contrariada. Yo había elegido el blanco, ¿por qué habían enviado también el rosa? Además ¿cómo me iba a poner los dos vestidos al mismo tiempo?
Mi futura suegra dándose cuenta de mis interrogantes y gestos de contrariedad, me llevó hasta el calendario, señaló el día veinticinco, día en que nos casaríamos y luego señaló el vestido blanco. Después volvió hasta donde estaba colgado el calendario, levantó varias hojas hasta llegar al día treinta y uno y me señaló el vestido rosa. Dos días, dos vestidos, parecía fácil de entender, pero no lo entendí. No entendí porque hacían falta dos vestidos. Parecía que llevaría un vestido diferente en dos días diferente, eso es lo que entendí. Me casaba el veinticinco, así que ese día llevaría el vestido blanco, ¿pero que ocurría el treinta y uno? Si para ese día se suponía que ya estaría casada ¿qué sentido tenía ponerme otro vestido de novia en esa fecha? No tenía claro como sería la ceremonia, ni si habría banquete de bodas. Y la verdad no me importaba, más bien al contrario, toda esa incertidumbre que me envolvía me gustaba. Era como una sorpresa detrás de otra. Desde que había llegado, los días trascurrían en una aventura constante que no parecía tener fin.
El día 25 lo primero que hicimos por la mañana fue ir a casa del abuelo. La casa del abuelo, estaba en la capital de Peng-hu, Makung, a cuarenta minutos de la aldea de Wai-an, tenía tres plantas, en la de abajo estaba el salón y la cocina, en la segunda las habitaciones y en la tercera el altar, donde rezaban. Era una casa típica la mayoría de las casas estaban distribuidas de esta manera.
Me subieron a una de las habitaciones, con el cofre del tesoro, el baúl con el vestido de novia blanco que habíamos traído en el maletero del coche.
Dos mujeres que llevaban un maletín, me acompañaban, tú con ellas me decía Tony mientras subíamos las escaleras. Yo con ellas, si, pero ellas ¿Quiénes eran? ¿Y porque tenían que subir conmigo? No era que me hiciera mucha ilusión encerrarme en una habitación con dos mujeres que portaban un maletín, que a saber de su contenido. Que mal rollo, me empezaron a desnudar. Yo intentaba quitármelas de en medio, sabía desvestirme y vestirme yo sola. Armamos una buena -ellas hablándome en chino y yo diciendo que me dejaran en paz en español-. No sirvió de nada acabaron poniéndome ellas el vestido de marras. Mientras entres ellas hablaban, yo sin tener ni idea de lo que decían, pero se lo pasaban muy bien porque a la vez reían y también me miraban admiradas. Así que imagino que dirían.
-¡que guapa está! ¡Pero que bien que le sienta el vestido a la niña esta!
Lo positivo de no entender nada, es que la gente dice lo que tú quieres imaginar. Y para crear una buena armonía, siempre es mejor imaginar cosas buenas, Lo peor fue cuando abrieron el maletín, allí había de todo lo necesario para dejarme hecha un cromo. Yo no solía maquillarme y en mi vida había visto tantos utensilios destinados a embellecer a una mujer. Era mi boda y con aquel vestido de princesa, lo mejor era dejarlas, seguro que eran profesionales y me dejarían tan bella como las princesas de los cuentos de hadas.
Hablando con franqueza la sesión de maquillaje fue un desastre. Lo primero que me hicieron fue afeitarme la cara y no pude hacer nada por impedirlo. Veía caer la pelusa mientras una me sujetaba y la otra me lo hacía y me entraban ganas de llorar. Pensaba, - de esta me sale barba seguro-. ¿De que me servía estar sin pelusa el día de mi boda, si luego tendría barba? Pero ellas hacían su trabajo, mientras hablaban sin que yo, para colmo, supiera lo que decían. Al menos aunque en aquel momento no me pareció bien que me afeitaran así, creo que tuve suerte de que no utilizaran la técnica habitual allí, que consistía en rotar un hilo de algodón sobre la piel, el cual se enredaba en el vello y lo arrancaba.

Lo de afeitar a las novias, era una costumbre para tener la cara mas suave, aunque no sé muy bien para que, porque con el pegote maquillaje con el que me llenaron la cara después, creo que hubiera dado igual que tuviera hasta barba, que no se me vería. Lo de las pestañas postizas que me pusieron, si que fue un puntazo. Las mías siempre habían sido más bien escasas y ahora podía hasta abanicarme pestañeando. Pero por si no fuera suficiente, me embadurnaron con polvos blancos por brazos cuello y toda aquella parte de visible que no estuviera oculta por la ropa. No era ya, suficientemente blanca, había que potenciarlo, hasta el punto que mi madre cuando vio las fotos que le envié, comentó que parecía una muerta de lo blanca que estaba. En cuanto a esas manías típicas en eventos y fiestas una de las usuales era llevar algo rojo. Y no se les ocurrió mejor cosa que los zapatos.




Bajé las escaleras ante la atenta mirada de todos los presentes. No me había mirado en el espejo, pero mi imaginé preciosa. Era lo menos que podía esperar después de aquella sesión de belleza con afeitado incluido. El abuelo me miraba tan atento que no pude evitar encender un cigarrillo para provocarle. Ciertamente no me favorecía mucho un cigarrillo en la boca con aquel atuendo. Tony se acercó para advertirme que el abuelo estaba diciendo que a ver si iba a quemar el vestido, que era alquilado y que había que devolverlo. Apagué el cigarrillo mientras le dedicaba una mirada al abuelo. Mi parte buena me decía que tenía que acostumbrarme a ellos y a su modo de vida y costumbres, mientras mi parte rebelde deseaba gritar. -¡hago lo que me da la gana!
Subimos al último piso donde estaba ubicado el altar, donde ellos rezaban. Nos colocaron a los dos frente al altar, el a mi derecha y detrás de mí se colocó su tía. Estaba un poco harta de ella, me perseguía todo el tiempo colocándome el vestido. Parecía una lapa y yo pensaba, -que tía más pesada- no tenía ni idea de que era mi madrina y que ese era su cometido, estar a mi lado. Lo supe años después, mirando las fotos, cuando me dijo, ¿te acuerdas? Yo fui tu madrina. En ese momento volvió a pasar todos los recuerdos del día de la boda por mi mente y pensé. –jo que injusta fui entonces. Y yo pensando que porque no me dejaba en paz.
Allí estábamos frente al altar ese donde en el centro había una diosa, muy bonita y femenina a la que yo me quedé mirando embobada. Delante de ésta, un bote lleno de tierra. Su madre cogió un puñado de barritas de incienso y las encendió. Luego las repartió, tres para mí y tres para él.
Entonces la madrina de marras me puso la mano en la cabeza y me obligo a inclinarme.
¡vale¡ ¡vale¡ ¡!que ya lo hago yo sola¡¡ tampoco sería tan difícil, miré para él, como lo hacía y le imité. Tres inclinaciones y clavar las barritas en el bote.
Me preguntaba si ya estábamos casados, ¿sería así de simple?
Nos fuimos a un estudio de fotos cerca de la casa del abuelo. Allí estuvimos horas agotadoras, en una sesión de fotos interminable. Al principio me divertía, el fotógrafo me iba diciendo como debía colocarme. La mano aquí, mira hacia allí y intercambiándome ramos de flores de todo tipo. Después de todas esas poses y posturas artificiales y de sonreír forzadamente quedó un álbum bastante bonito.


fotos_estudio.bmp

Al terminar la sesión de fotos, subimos al coche que nos esperaba en la plaza frente al templo. El coche iba a dornado con un gran lazo rojo que lo atravesaba desde delante hasta la parte posterior, como si fuera un gran regalo. Subimos a él para volver a wai-an.


A la entrada del pueblo nos esperaban familiares y curiosos, todos preparados para hacer estallar los petardos a nuestro paso. Los habían colocado antes de nuestra llegada, igual que cuando en España la gente se prepara con el arroz para arrogarlo sobre los novios. Los primeros me cogieron de improvisto, pero enseguida me fui fijando en esas riestras que colgaban de las esquinas y en cuanto veía a uno acercarse para encender la mecha justo cuando nosotros estábamos a punto de llegar a la altura del mismo. Yo ya me preparaba para que el estruendo no me pillara desprevenida.





Una vez en casa repetimos el ritual, con sus padres. Primero ellos que eran mayores y luego nosotros. El incienso, las reverencias, la madrina pegada a mi sujetándome el vestido


y mas reverencias con la madrina vigilándome de cerca


y luego a la habitación, !!!Dios mío¡¡¡ ¿no me harían consumar el matrimonio allí delante de testigos?.
Uuuuuufffffffff menos mal solo se trataba de comerse unas bolitas de arroz dulces con unos palillos.


Me daba bastante asco, así que me metí una para el carrillo izquierdo, la segunda fue para el derecho y luego disimulé buscando una papelera. Por suerte había una en cada habitación, en un despiste las escupí.
Tenía ganas de quitarme el vestido, era incomodo y total ya me habían visto con él y ya me habían sacado las fotos. Una prima de él me trajo un vestido chino de color rosado avioletado del estilo de ellos, en realidad era lo que llaman chipao. Mientras me cambiaba por fin podía verme bien todo el maquillaje. Me acerqué al espejo y me quedé mirando las pestañas postizas, pestañeé, que sensación mas extraña, no me agradaba. ¿Cómo se quitaría aquello? Agarré las pestañas con los dedos y tiré un poco, no se quitaban. Estaban como pegadas. No me gustaban, quería mis pestañas, eran escasas, pero eran mías. Me las arranqué como pude, la verdad es que me hizo un poco de daño. Luego con un pañuelo de papel me frote la cara intentando quitar el maquillaje. No me gustaba esa paliducha que veía en el espejo, quería recuperar mi cara. Me costó mucho ver algo de color. Cuando salí de la habitación sé que se sorprendieron de lo que había hecho. Ellos habían contratado a unas profesionales para ponerme bonita y yo en un momento lo había deshecho todo. Por la tarde volvimos a Makong, el banquete se celebraría allí. Al menos allí estaba cómoda porque no llevaba el vestido de novia, que tanto pesaba y estorbaba. Los invitados me sacaban fotos sin parar, la comida no estaba nada mal. Me sentí a gusto.



No todas las bodas son iguales, mi boda era una de las más normales. A algunos les gusta celebrar bodas al estilo tradicional. Claro que tradicional de los adinerados, porque hay que tener pelas para casarse así. La novia va en palanquín y el novio a caballo. Ella lleva la cara cubierta con una tela roja y el novio descubre su rostro una vez casados. Y si te han dado gato por liebre a fastidiarse.

 
Comentario:
Hola Maria:
Me he quedado a medias. Pincho en el archivo mayo 2006 y no me sale nada.
¿Has borrado algo ? Voy a probar si puedo abrirlo desde otro ordenador. Aqui hay gente que ha escrito que han llegado al final de la historia. Si n la puedo continuar me da algo.

Un beso.
No