Cómo empezó todo
Todo empezó con la moda de las empresas de prejubilar a sus empleados. La noticia corrió veloz por los despachos y todos y cada uno de los trabajadores hemos soñado alguna vez con que esa situación se diera en nuestra empresa y además nos la ofrecieran. Sobre todo las mujeres, que andamos sobrecargadas de trabajo. Es un sueño dejar uno de los dos trabajos que tenemos, y como el de casa no podemos abandonarlo aunque queramos, pues soñemos con la posibilidad de dejar el trabajo remunerado. Supongo que os parecerá un comentario feminista, pero es mi realidad y, según he oido, la de muchas otras chicas. Tambien hay que tener en cuenta que solo se ofrece la prejubilación a aquellos que tienen de 50 años en adelante, como poco, con lo que ya te cogen un poco cansado. Por tanto, para que estés entre los elegidos tienes que estar en una empresa que oferte esta prejubilación, que tengas más de 50 años y por último, que te interese económicamente, ya que se reducen tus ingresos a una edad relativamente temprana. Bueno, pues de repente, un día, me di cuenta de que mi marido cumplía todas esas condiciones y que existía la posibilidad de que el Banco lo prejubilara. Bueno, para ser precisos y que nadie se eche las manos a la cabeza, a mi marido no lo paga la Seguridad Social (es decir, no de nuestros impuestos), le paga el Banco hasta que se jubile a la edad reglamentaria. Sobre todo empecé a darme cuenta de esto, cuando la conversación entre nosotros giraba en torno al MONOTEMA. No cabía otra opción, él ya lo tenía decidido: si se lo ofrecían, lo cogería. Y yo, por supuesto, le dije que le apoyaría y que contara conmigo. Y así transcurrió nuestra vida con nuestros dos hijos, nuestra gata y el MONOTEMA, que ya era como de la familia. Yo procuraba imaginarme mi vida posterior al HECHO y me decía: ánimo, fuerza y coraje. Procuré prepararme y acoger el HECHO con la mejor de mis sonrisas, pero nunca pude imaginar lo que pasaría......





