Primer día
Y llegó el primer día de mi hombre en casa. Yo compartía su felicidad y le expresaba mi envidia. Él me animaba a no desfallecer hasta que yo pudiera jubilarme y por fin, disfrutar juntos y hacer viajes, vivir aventuras, moverte con el coche, no tener horarios... Pero claro, yo sigo con mi actividad normal, nuestros dos hijos tambien y la vida sigue. Estuvimos unos días de celebraciones, despedidas de los compañeros, expresiones de admiración ante la inmensa suerte que había tenido.. Esto duró como unos dos meses. Durante este tiempo se sentía como si estuviera de vacaciones. Y yo casi que lo sentía también, pero empecé a sentir como una cierta insatisfacción que, por supuesto, no me atreví a expresar. ¡Dios mío, apenas dos meses, y ya voy a empezar a protestar¿ Es demasiado pronto, me dije, aguanta!. Traté de ser comprensiva ante la situación que me encontraba en casa cuando volvía de trabajar: un hombre esperándome con una sonrisa de oreja a oreja, que me decía: Bueno, ¿Te ayudo a preparar la comida?. Repuesta del susto inicial, me recomponía, y procedía a abrir el frigorífico con un rictus mortal, diciendo: Pues, hombre, solo hay que mirar en el frigorífico para ver si queda algo hecho o hay algo que se pueda cocinar en el momento, no hace falta que esperes al preciso momento en que paso la puerta. Despues nos sentábamos a comer como si fuera un domingo, sin prisas y con postre y café. Y acto seguido, como el hombre no había hablado con nadie en toda la mañana, se sentaba enfrente de mi, diciendo: Y bueno, ¿Cómo te ha ido el día?. La verdad es que en ese momento, en lo último que pensaba era en una charla amistosa. Por que lo que en realidad yo acostumbraba a hacer era: llegar a casa, malcomer, con el último bocado en la boca, revisar toda la casa para recogerla, poner lavadoras, pensar en la cena y en la comida del día siguiente, hacerla, y si hacía falta, salir a hacer algún recado. Me sentía inquieta, como si me hubieran clavado a la silla con una chincheta. Y sobre todo, desconcertada.





