Descentrada
La verdad es que estoy dencentrada y no se por que, o al menos no se a que atribuirlo. Quizás a todo o quizás a nada. Mientras que yo hago las tareas doméstica o cualquier otra cosa, él está en casa dedicado a sus cosas, recogiendo apuntes, leyendo y cuando paso por su lado, con el friegasuelos en la mano, el delantal puesto y sudando por la actividad, me mira sonriendo con arrobo, como diciendo: ¡Cuanto te quiero!. Y yo le miro con indiferencia, por no mirarlo con desprecio, por que sería muy desagradable. De todos modos, él lo nota. Evidentemente, no estoy cariñosa en esos momentos ni en toda la tarde y el hombre está detrás de mí para tocarme la mano o acariciarme. Pero es que no se dá cuenta de que lo que espero de él no son caricias sino TRABAJO. Tío, trabaja en casa, que si tu vienes de un exámen, yo tambien vengo de quemarme las pestañas delante de un ordenador, que me levanto a las 6:30 de la mañana, y que no paro de trabajar en todo el día, y que estoy agotada. ¡Como se lo puedo decir sin que se enfade! Todo lo que yo le diga de hacer tareas se lo toma como un ataque personal y me dice que ya hace muchas cosas y que no es para tanto. En fín, que me encuentro rara por que no puedo dejar de hacer las cosas de casa, cuando las hago trabajo de mala leche y a última hora estoy que no me aguanto ni yo. Yo siempre he hecho las tareas de casa con mucha alegría y voluntad, pero no hay nada más contraproducente que estar limpiando los muebles de la cocina y que tu marido prejubilado que está sentado a la mesa diga: bueno, me voy para no molestar. Pero si nadie te ha dicho que molestes, lo que te estoy diciendo con la mirada es que me ayudes. ¿No te doy pena?.





