Su hermana
Mi marido tiene un sobrino minusválido, con parálisis cerebral. Va en silla de ruedas y es un jovencito muy emotivo. Su madre, hermana de mi marido, es una mujer con mucha entereza y trabajadora que a veces necesita ayuda. Unas veces la pide y otras no. Ahí es donde hay que estar listo para ofrecerse y ayudar. El año pasado, el niño fue a un campamento de verano y a la vuelta, cuando nos vió, se puso a llorar y gritar y no tenía consuelo. Era su forma de expresar su emoción por vernos. Al principio creimos que era por que no estaba su padre, que viaja mucho por trabajo. Mi marido debió de quedar impresionado por los gritos del chiquillo, que repitió con motivo de su vuelta de otro viaje, delante de su padre. Este año, que tampoco puede estar mi cuñado para recoger a su hijo del campamento, comentó mi marido a su hermana, que no pensaba ir a recoger al chico para pasar otro rato igual de malo con sus gritos. Y así lo dijo y mi cuñada que está sola y necesita ayuda para recogerlo, ha llamado a una amiga para que la acompañe. ¡Y nosotros estamos en casa sin hacer nada! O sea, que hubiéramos podido ir a ayudar a mi cuñada, pero mi marido no quiere pasar por lo mismo y le dijo a su hermana, a mi no me llames para recoger al chico. ¿Te puedes creer semejante cosa? Si me hubiera enterado antes, sin duda que hubiera ido con ella, sola o acompañada de mi marido. Me parece fatal. Y el caso es que, como siempre, no se le puede comentar, despues, si se lo dijera, me diría que por que le doy tanta importancia o que no la tiene, y al final, que no le apetece ir. Yo hago las cosas que creo que debo hacer, sin mirar si me apetece o no. Muchas noches he estado recogiendo mi casa y fregando platos a las 12 de la noche, muerta de sueño y de cansancio, llorando a moco tendido por la vida tan arrastrada que llevaba y mi marido estaba en la cama, durmiendo o leyendo. Y de eso no se puede hablar ni lo reconocerá nunca.





