Además es una putada.
No basta con darte cuenta de que te haces mayor, con ser consciente de que hace un porrón de años que llegaste llorando al mundo. No basta con acordarte de todo lo que te queda por hacer y de todo lo que habías pensado hacer antes de cierta edad. No basta con que todos tus planes de vida se hayan ido por el retrete del costumbrismo. No.
Encima tienes que celebrarlo.
Celebrar un cumpleaños debería estar prohibido a partir de los 25.
No solo porque en la mayoría de los casos no sea un motivo de celebración sino porque llegados a cierta edad cada día cuenta. Sobrevivir en este mundo sin pegarte un tiro es todo un triunfo. Día tras día.
Pero ya que la gente se empeña, deberían de tomarse una serie de medidas para que el cumpleaños sea realmente un día que celebrar.
Por ejemplo, debería estar prohibido trabajar el día de tu cumpleaños y el día siguiente. Debería estar contemplado en el calendario laboral. Tu cumpleaños y su correspondiente resaca deberías pasarlo en casa rodeado de tus amigos y familiares. Nada de tenerte que levantar a las seis de la mañana. Eso hace que no tengas ganas de celebrar la vida, más bien te hace odiarla. Y más si es lunes.
Un equipo de médicos especializados, llamemoslo "El Gabinete Médico de Cumpleaños", GAMECU, debería ocuparse de que tu salud no te arruinara ese día tan feliz. Porque la salud es una hija de puta y se encarga de joderte las celebraciones más importantes haciendo, por ejemplo, que te baje la regla el día de tu cumpleaños o que te salga ese herpes en la cara que llevaba sin aparecer años, dormido, esperando el mejor lunes para atacar tu autoestima.
Así mismo un Comite de Alegría para Cumpleaños Ajenos (no pienso juntar las siglas, ya es bastante obvio) debería encargarse de llamar a todos aquellos de esos amigos que bastante tienen con seguir acordándose de que están vivos y recordarles tu cumpleaños. Eso ahorraría muchos enfados y dolimientos innecesarios en esas fechas tan señalada para ti.
La Asociacion Anti Capullos se encargaría de mantener alejadas de ti a aquellas personas que pueden arruinarte las ganas de vivir. Un taxista borde, un segurata amargado que ve en su arma un alargamiento de su pene, un guaperas por convencimiento (no por realidad) que se cree el amo del mundo, un sindicalista de pro que deja claro a sus compañeros que es un tío liberal y antiglobalilzación que fuma porros y pasa de los convencionalismos (jocomomolastío) y escucha Siniestro Total mientras está calculando cual va a ser su siguiente movimiento para lamerle el culo al jefe mientras a ti te calienta la cabeza con las horas extras para que explotes por algún lado y seas tú quien le quite la mierda de encima y le deje el camino despejadito para el ascenso (me encantan, son ya tan predecibles...) y toda esa borágine de gente indeseable que habita el mundo en el que vives.
Los regalos de tu cumpleaños deberían estar pensados para quitar de tu vida todo lo que ha hecho que no sea tan feliz como debiera. El corazón aún sangrante de algún exnovio hijo de puta, la carta de despido de aquella zorra que te estuvo machacando durante meses de 9 a 7, el dedo corazón de Arbustito, el bronceador solar de Zaplana... no sé, objetos que realmente hayan influido en tu vida para que tú les des el uso que merecen.
La fiesta de cumpleaños no debería coronarse con una tarta con velitas. Cuando eres pequeño las velitas son un riesgo, es algo que te recuerda que el riesgo es parte de la vida. Se tiran todo el año advirtiéndote que el fuego no es divertido, que causa dolor y que solo lo podrás manejar cuando seas mayor. Sin embargo el día de tu cumpleaños lo ponen a tu servicio, para que lo domines y lo apagues. Para que seas su dueño durante unos minutos.
Cada uno que saque sus conclusiones pero se me ocurren un montón de símiles que podrían hacer las veces de fuego a partir del cuarto de siglo...
Cada uno que escoja el suyo (se admiten sugerencias).
Si todo esto fuera mínimamente posible yo me sentiría más contenta y felíz que una mujer en un anuncio de compresas. Vería flores y oiría cantar a los pajaritos. Saldría a la calle con la sonrisa puesta, pasearía por la playa con alguna canción ñoña de fondo y bailaría con mi vestido rosa mientras cruzo los semáforos. Porque entonces me daría igual tener veintiseis años y trescientos sesenta y cuatro días que tener veintisiete pero sabría que al menos un día al año pordría descansar de tanto indeseable...
Pero mis ojos no podían separarse de este recorte:

Al principio pensaba que se trataba de un fotomontaje. Pero no. Quién te ha visto y quién te ve, ABC, siempre arrimado al sol que más calienta, de cara o de espalda según quién te mime mejor.
Viva la república. Con dos cojones.
Pero la edición sevillana, con eso de que pilla más cerca de Marruecos, unida al frente nacional.
Aquí hay para todos. Una de cal y una de arena que hay que tenerlos a todos contentos. No sabemos quién va a ganar la guerra.
Es como si una republicana quisiera ser reina... Inconcebible.
Pero esto es España, ole y ole, aquí presumimos de valientes por ponernos frente a un animal drogado (ojo que ni critico ni defiendo la "fiesta nacional", solo hablo de los fraudes que la rodean) y por eso nos pagan una pasta, que nos estamos jugando la vida.
Este paraíso otrora lleno de gallinas en los autobuses y alemanas en las playas está ahora a la cabeza del progreso (jajajajajajajajajajajaja, ahí me he pasado un poco).
Somos un crisol de culturas en pacífica convivencia. Lo mismo da que seas blanco que negro...
No.
Es el país de la doble moral. Y lo del ABC es tan solo un ejemplo de cada uno de nosotros. Los catalanes son unos cabrones porque quieren pagar menos pero si fuese nuestra comunidad la que se librara del toro tendríamos mil y una escusas y razones.
Es una pena y una vergüenza.
Y lo peor de todo es cómo lo asumimos, lo digerimos y lo comprendemos.
No nos parece mal. Incluso cuando el que se jura el más antiglobalización y ecologista del planeta (todos tenemos un amigo así) habla de sus planes si le toca la primitiva no nos extraña que se vaya a comprar una casa en el centro y un cochazo de esos que pasan de 0 a 100 si pestañeas.
Y es que por mucho que nos joda, aquí y en todas partes el ser humano es el ser humano.
Solo que alguno que otro retiene un poco de integridad y no se llena la boca hablando del reparto de la riqueza, de lo bonito que sería que todos tuvieramos lo mismo y de lo que sufre pensando en los pobres negritos africanos que se mueren de hambre. No. Alguno que otro es consciente de lo que quiere para sí mismo, de lo que importa el dinero y de lo que es capaz para conseguirlo.
Esos son los malos, los que día a día criticamos y tachamos de fascistas. Incluída yo. Son aquellos que me hacen hervir la sangre porque solo se preocupan de si mismos.
Esos son realmente mejores que muchos de nosotros. Al menos tienen las agallas de decir lo que piensan
Pues bien, desde que me mandaron a Alicante, salvo por el moño y la falda de tubo (y el sueldo) soy una de ellas.
De Lunes a viernes duermo en el Meliá y el fin de semana visito el aeropuerto para poder llegar a mi casa en Madrid.
Y seguirá así hasta que, por fin, me den el piso prometido en esta, mi nueva ciudad de residencia.
Y he de decir que estoy hasta las narices.
Echo de menos a mi gata, a mi intimidad y a mi ordenador.
Tengo el estómago hecho un baile y he debido de engordar cinco kilos
Estoy harta de hacer maletas, deshacer maletas y poner lavadoras. Estoy cansada de planchar con este maldito calor y de oir el repique del cabecero de la cama de la habitación de al lado contra la pared.
Ya me he cansado de ver national geografic, de leer gratis La Razón (el planfetismo está de moda últimamente y se ha dejado de hacer periodismo para hacer publicidad) y del quick coffe que te regalan a las siete y media mientras esperas al taxi.
Y es que todo es muy bonito cuando sale en las películas pero cuando pasa a ser una realidad rutinaria y diaria pierde toda la magia para convertirse en un infierno.
No me malinterpreten, el no tener que cocinar ni hacerse la cama está muy bien. El llegar después de trabajar y llamar al servicio de habitaciones, que te sirvan, te mimen, te cuiden y te cambien sábanas y toallas a diario es una verdadera gozada. Pero como todas las cosas buenas de esta vida te hace renunciar a un montón de otras cosas que echabas de más hasta que se pierden y las echas de menos.
Incluso noto la falta de la vecina cotilla que velaba por mi seguridad cuando algún hombre desconocido para ella me acompañaba por las escaleras camino de mi casa. Aunque fuera mi tio...
Quiero volver a quejarme de lo de siempre
Y realmente me encantaría volver a entrar en esa rueda de autolástima en la que me encanta girar cuando estoy premenstrual.
Pero no creo que sea buena idea, porque bastante tengo con saberlo como para encima recrearme en ello una y otra vez.
Así que en vez de eso os diré que he conocido los ojos más inalcanzablemente azules que jamás podré volver a ver, que no tenían nombre pero sí sonrisa. Que he vivido un día de anuncio que comenzó cuando buscaba mi tarjeta de embarque y mi cartera ha caido al suelo desperdigando todas las monedas por el aeropuerto de Alicante y el americano más americano que he podido conocer se ha agachado a ayudarme, cerca, tanto que he podido descubrir el carnet de identidad de su colonia (Loewe, ya la conocía de antes, gracias) y por el cuello de su camisa he podido adivinar sus abdominales. Un cuerpo escultural justamente bronceado de más de metro ochenta que debe sudar testosterona, con una sonrisa blanca y sincera y ese aire de metrosexual despistado con dinero para gastar en si mismo que me encanta.
Su pelo rubio ni muy largo ni corto y su barbita de dos días no tenían nada que hacer al lado de esas manos seguras y fuertes de dedos largos y manicura perfecta que rozaron mis dedos rechonchos y lo que no puedo morder de mis uñas al pasarme una moneda de dos euros. Los dos agachados, yo mirándolo a los ojos como solo se puede mirar cuando estás a punto de violar a un hombre y él levemente sonrojado, recogiendo monedas, siendo consciente de que en ese momento para mi ya podía caer una bomba nuclear que no tenía la más mínima intención de moverme. Y devolviéndome la mirada consciente de su coqueteo y mis ganas y de lo imposible que era que fuera a verlo de nuevo. Unos vaqueros medio gastados que se asentaban justo debajo de unos imaginables huesitos en la cadera y que, como pude averiguar más tarde, cuando se dio la vuelta para siempre, guardaban el culo más perfectamente moldeado que una mujer puede imaginar en su vida. Y así, en ese escaner, pasó el minuto más largo de mi vida detrás del cual se incorporó dejándome en una postura bastante vergonzosa, prácticamente de rodillas frente a él, orando al Dios de dioses, a mi particular becerro de oro. Y sin dejar de sonreir me tendió la mano para ayudarme a incorporarme y a salir de mis pensamientos que en ese momento de puro sucios eran negros. Y la acepté y me incorporé apoyando todo mi peso en los pobres tacones para que me notara mucho más ligera de lo que jamás llegaré a ser y solo conseguí tambalearme logrando que pusiera su otra mano en lo que se podría definir como mi cintura si la tuviera. Y tras eso por mi parte, solo un mal pronunciado "thanks" y un completamente sexy y perfectamente acentado " de nada" como respuesta.
Y el mismo avión con el mismo destino y cuatro asientos que nos separaban pero que me dejaron embobarme durante una hora viéndole dormir. Ni siquiera las turbulencias que lo despertaron me hicieron salir de mis fantasías.
Y después una hora y una cocacola light a medias esperando las maletas. Y la gente protestaba a mi alrededor y hablaba de reclamaciones y denuncias mientras yo daba gracias a Dios por permitir que Iberia siga existiendo y aceptaba la botella y posaba mis labios en el sitio exacto donde él había bebido antes para poder tener el más mínimo contacto con el calor de su boca. Y él hablaba de España, de las españolas, de sus vacaciones, de los sanfermines, de lo mal que le parecía el toreo, de lo mágico que era tener siglos de Historia y de lo orgullosos que deberíamos sentirnos los europeos de poder disfrutar de todas esas cosas. "Proud", decía. Y yo le traducía su spanglish casi robóticamente mientras no podía parar de imaginarmelo diciéndome obscenidades en inglés al oido con esa voz casi rota agarrando mi cara con una de sus manos y bajando la cremallera de mi falda con la otra
Y yo intentaba hablarle de lo mucho que me gustaría conocer Estados Unidos y mi patético dominio del inglés.
Pero Iberia no es perfecta y la T4 no es el Edén y la cinta empezó a girar y yo me avergoncé de mi maleta de Mickey Mouse mientras él bromeaba al respecto y él recogió la suya. Y los dos salimos juntos del aeropuerto. Y cuando cruzabamos la puerta de "Llegadas" y recorrimos el paseillo que forma la gente que espera a sus familiares y novios y el conductor con el cartelito de "Señor Fernandez" yo me sentí la mujer más envidiada del mundo.
Finalmente un beso por mejilla con su mano en mi cuello y un taxi nos separaron para siempre.
Y sí, cuando finalmente llegué a casa y recordé en un momento, segundo a segundo, lo que había vivido, tuve un orgasmo. Sin ayuda.
Con esto tengo para toda una vida de felicidad y recuerdos.
Viva América y sus ascendentes, sean de donde sean
La gente no deja de sorpenderme.
Para mal.
Pero al menos no me aburro.
La decepciones te las llevas a diario. Lo más triste de todo es que al principio te echas la culpa, crees que fueron suposiciones o que tu mente te jugó una mala pasada. Y una mierda. Sé que los que le conocen no van a estar de acuerdo conmigo y sé que voy a parecer una obsesa, una imbecil o en el peor de los casos una deseperada. Pero sé lo que ví, se lo que oí y sobre todo sé lo que sentí así que ahora no me vengan con cuentos.
Me he llevado suficientes desengaños como para saber distinguir cuando alguien tiene o no tiene interés. Y lo siento mucho por él, sus creencias, su novia y su carnet de las nuevas generaciones del pp, pero tenía interés.
Sí, fue por el alcohol, pero no por mi parte.
De lástima a lástima. De pena a pena y de decepción en decepción. Ya ni me acuerdo el tiempo que llevo así.
Lo que pasa es que esta vez, en vez de deprimirme, lamentarme y autolastimarme y castigarme me lo he tomado por las buenas y lo que tengo es ganas de darle una ostia. Las cosas como son.
Tengo y tiene la suerte de que a mi estas cosas, por la experiencia que llevo acumulada, se me pasan rápido y que soy más dada a conservar amigos que a coleccionar amantes, examantes, exposiblesamantes o exgilipollas...
...y sobre todo tiene y tengo la suerte de que hoy han empezado las rebajas.
Así que en vez de armarme con un machete he cogido mi American Express Corporate y me he lanzado cual hombre bala al centro comercial Principe Pío. Modelito nuevo de la cabeza a los pies. Me he teñido el pelo, me he comprado una camiseta, una falda, unos zapatos y un bolso.
No ir a la carcel no tiene precio, para todo lo demás, American Express.
Además ahora me duelen demasiado los pies como para quejarme por otra cosa.
Sí, duele y no, no tengo ni pizca de ganas de reirme pero me juré una vez que no volvería a sufrir y no tengo la más mínima intención de hacerlo. tengo 26 años y mucha vida vivida para que me afecten estas cosas más tiempo de lo necesario. Y mucha vida por vivir para que otro gilipollas venga y me la joda por un simple "Te acompaño a casa". No, queridos amigos, ya soy mayorcita para andar besando ranas y pensando en príncipes.
Vuelvo a mi estado aséptico sin sentimientos en el que todo el resto de mi vida iba a ser unipersonal.
Cada vez me doy más cuenta que en mi cama de 1'50 no hay sitio para dos.
Y en mi corazón y en mi memoria hay overbooking. No hay cabida para ningún pasajero más
Ni ahora ni en toda la temporada alta.
Y es que una, señores y señoras es imbecil. Es algo que me viene de serie desde que nací y que se fue acrecentando con un par de traumas y tres o cuatro complejos.
Tengo la mala costumbre de pensar que los hombres que me interesan se pueden fijar en mi para cualquier cosa salvo para todo lo relacionado con el sexo y que cualquier proposición que se me haga al respecto es de todo menos en serio. Una broma, un coqueteo. Y lo más gracioso de todo es que soy muy dada a ese tipo de coqueteos y vaciles cuando tengo absolutamente claro que no va a pasar nada.
Eso hace que la gente piense que soy una mujer que entiende perfectamente el juego, que sabe perfectamente qué es lo que un hombre le está pidiendo y que no se anda con gilipolleces.
Pero nada más lejos de la realidad.
Cuando la situación es propicia y la persona me gusta mis neuronas entran en estado vegetativo y vuelvo a tener quince años...
El ser humano tiene una serie de protocolos de actuación basados en gestos y frases que generalmente hacen que el interlocutor comprenda a la perfección lo que se le está pidiendo.
Lo hemos visto en películas y series, lo hemos leído en el Pronto y lo hemos vivido en más de una ocasión.
Frases como "¿salimos fuera a dar una vuelta?" suelen dejar bastante claras las intenciones que tienes.
En mi caso no.
-Voy a pedirme un cubata ¿quieres algo?
- De beber no
- Pues aquí no sirven nada más que bebida, ¿quieres un cigarro?
Este es solo una de las muchas situaciones propicias que corté de raíz el viernes.
-¿Quieres que te acompañe a casa?
- Estoy borracha pero voy en taxi, creo que puedo ir sola, gracias.
Creo que cualquier comentario al respecto sobra.
Tras comentar el tema con algún que otro amigo común y con mi adorada Fataliax hemos llegado a las siguientes conclusiones:
1.- Hablamos demasiado
2.- Soy imbecil
3.- Él tampoco es que sea el hombre más lanzado del universo
4.- Es lo mejor que podía haber pasado dadas las circunstancias
Pero me jode. Me jode porque me gusta, porque me duele el no saber que podría haber pasado, porque estoy casi segura de que cualquier próximo viernes que podamos volver a beber juntos él no se acercará y yo estaré demasiado tensa para dar el primer paso. Porque ahora sé que ya no hay nada que hacer.
La he cagado. Y ningún mail, ni mensaje, ni conversación va a poder cambiarlo.
Y sí, es una verdadera lástima.