November Rain
Como diría Edurne, "Jopetas, que sueño".
Estoy que me caigo.
Dos horas de sueño y una bolera tienen la culpa.
Ya me he dado cuenta de que me he puesto demasiado chunga en el último post pero era inevitable, es un tema espinoso y no del todo superado. Mil perdones.
A parte de eso, creo que ya sé lo que se siente cuando uno se "encoña".
Un camarero rubio y una bolera tienen la culpa.
Y es que ayer vi a Dios.
No tengo la menor idea de su nombre, orientación sexual, edad, religión, nacionalidad ni cesta de la compra. Pero os puedo asegurar, desde lo más profundo de la arrabalera que llevo dentro, que me lo follaría. Una y mil veces. Hasta acabar extasiada.
Y conste que uso esa palabra tan fea (sigo viniendo de una educación religiosa progre, mal que nos pese a mi y a mi madre) porque es la realidad. No es un hombre a quien besar dulcemente antes de quedarte dormida, ni abrazar al despertar. No es un hombre adorable ni achuchable. No es aquel con quien me gustaría estar despierta hasta las tantas de la mañana haciendo bromas estúpidas. No es nadie que ponga ninguna de mis fases enamorísticas alerta. No. Simple y llanamente está hecho de sexo. 100% pure sex. Su mirada es sexo, su sonrisa es sexo, su "¿la cocacola Light?" es sexo. Todo en el incita al sexo. Está prohibido para menores.
Y mirad que yo no soy de rubios delgaditos con cara de angel. Pero él, Él es un tema aparte.
Por supuesto, nada que hacer (y mucho menos con la jauría de hormonas revueltas y tetas firmes que purulaban a su alrededor pidiendo cerveza y dando saltitos a cada pleno, fuera de quien fuese). Solo puedes observarle desde la distancia, verle ir y venir sabiendo que jamás será tuyo.
Eso y beber. Jamás en mi vida he pedido tantas cocacolas. Me he dejado el sueldo en bebidas gaseosas, pedidas estratégicamente de una en una, ingeridas a la velocidad del Renault de Fernando, deleitándome cada vez que pulsaba el botón de "Trainos algo" en el panel de mandos. Con la mirada puesta en la barra temiendo que se adelantara su compañero. Deseando ser un hombre y que él sea una mujer para poder decirle alguno de esos piropos que tengo guardados de cuando los escuché, a mi dirigidos, allá por el pleistoceno. Haciendo crujir mis vértebras hasta la dislocación cada vez que se paseaba con la bandeja.
Pagaría por él aunque me tarifaran en segundos.
Y una vez más vuelvo sola a casa, febril y con la respiración entrecortada [Nota: para aquellos que tienen el placer de conocerme personalmente, agradecería la ausencia de cualquier comentario a este respecto o a la sensación alérgica producida ante tal visión de mi ser, en mi presencia física. Gracias, no deberíais estar leyendo esto], consumiendome por las ganas de encontrarlo al abrir la puerta y poder demostrarle la diferencia entre la horda de mariposillas puber y prepuber que él seguramente conoce y lo que sería capaz de hacer alguien que está verdaderamente desesperada.
Pero no, el genio de la lámpara se ha pirado con Yasmín de vacaciones, y al abrir la puerta, nadie salvo mi gata (a la que adoro pero no tanto) salió a mi encuentro.
Por cierto, si por casualidad acabas leyendo esto, tú me dejas un mensajito y yo te llamo, que este mes ando boyante, a ver si llegamos a un acuerdo.
Por último decirle a todas las mujeres de Madrid y alrededores, salvo a su novia si es que la tiene, que si me preguntan yo les digo en qué centro de ocio de Alcobendas queda la bolera





